Orbe, un mundo en nuestras manos

El acto fundacional de este oficio que transito hace 60 años

 

Me une con Rodolfo Terragno una extensa, sostenida y linda amistad. Cursamos juntos los cinco años de la secundaria y en este mes de agosto se cumplen 60 años de un hecho singular, trascendente para la vida de ambos. Fue en 1961, cuando estábamos en quinto año, que apareció el último número de la revista estudiantil que hicimos –Terragno como director, yo como subdirector– durante tres años y siete ediciones.

Los dos teníamos quince años y éramos compañeros de tercer año, segunda división del turno mañana del Colegio Nacional Mariano Moreno. Rodolfo tuvo la iniciativa de hacer una revista estudiantil, que él prefiere categorizar como de “interés general”. Muchos años después, le pregunté por qué me había convocado a mí y me respondió “porque eras de los que en la división leía diarios”. Era cierto. En mi casa, hogar de clase media, en el barrio de Floresta, se recibía el diario El Mundo y a la noche, de regreso de su trabajo, mi papá traía a veces el vespertino La Razón. Me crié en una casa en donde también se recibían varias revistas a la semana, pero en donde había pocos libros. Se escuchaba mucha radio y recién en 1956 mis viejos dieron el paso de incorporar un aparato de televisión. A esos dos diarios yo los leía de punta a punta y desde chico conocía a quienes firmaban las notas, en especial las de El Mundo. Conocía al dedillo firmas como las de Jorge Koremblit, Edgardo Da Momio, Villita, Bernardo Neustadt, Horacio de Dios, Calki, entre otros.

La revista en cuestión, insisto, creación total de Rodolfo, se llamó Orbe: título pretencioso, inmodesto y abarcativo en exceso, grande como el universo, o el mundo entero. Mientras con suerte diversa cursamos tercero, cuarto y quinto año del secundario, hicimos un curso paralelo, extracurricular, de alcance fabuloso: siete ediciones de la revista. Esta semana volví a tener en mis manos el número 3, de 1959; el 4, el 5 y el 6, todos aparecidos en 1960, y el de agosto de 1961, la edición de despedida. Por alguna razón, no encontré ni el numero 1 y tampoco el 2, también de 1959. Más adelante contaré lo que descubrí en este repaso, pero lo que anticipo es que sentí que le descubría muchas cosas nuevas, algunas de las cuales me hicieron reír. Pero especialmente me emocioné, porque comprobé, una vez más, que en aquella revista le otorgué certidumbre a mi vocación, como si allí hubiera empezado realmente el oficio que vengo desarrollando desde que tenía 19 años. Y que desde entonces, en distintos medios y hasta en otro país, me dio de comer, a mí y a mi familia.

La primera redacción en la que estuve tenía olorcito a mantel de hule. Funcionaba en la cocina del departamento de la familia de Rodolfo, en un edificio de departamentos en Juan Bautista Alberdi y José María Moreno, en el barrio de Caballito. Ahí Rodolfo vivía con sus padres y con Beatriz, su hermana. Nos juntábamos muchas tardes con distintos propósitos, aunque casi ninguno tenía que ver con la escuela. Hablábamos de fútbol, merendábamos escuchando el radioteatro de Alberto Migré Esos que dicen amarse, cotejábamos el mundo en que nos tocaba crecer, jugábamos a que éramos periodistas y, fundamentalmente, nos reíamos mucho.

 

Terragno y Ulanovsky, año 1967.

 

 

Remarco y reivindico este término: jugar. Eso era lo que hacíamos: jugar, en el mejor lugar, en el mejor momento: atravesábamos el tiempo del ensayo y error, involuntariamente (corrijo: inconcientemente), sumábamos conocimientos y aprendizajes. Creo fuertemente en el valor de los actos fundacionales y en la fuerza de los mandatos: le agradezco a Orbe haberme enfilado hacia un camino que vengo transitando ya hace cerca de 60 años. La revista fue importante en todos los sentidos, empezando porque pudimos conocer a mucha gente a las que, de otro modo, no hubiéramos podido llegar. Y eso nos abrió ojos y mente, nos planteó coordenadas desconocidas, nos enriqueció. Y como si fuera poco, en el ámbito interno del colegio ganamos pertinencia y visibilidad, al punto que nos dieron la responsabilidad de organizar los actos finales de cuarto y quinto año. La excusa de que teníamos que entregar la revista al taller, o retirarla, o que teníamos que venderla. (Aclaración: teníamos el descaro de venderla. Las primeras seis costaron dos pesos de la época; la última, impresa en offset y con tapa y contratapa a cuatro colores, la subimos a cinco pesos.) Todo eso, además de que teníamos que participar de una muestra de publicaciones estudiantiles en otro colegio, nos posibilitó eludir un montón de horas de clase.

Cada vez que vuelvo a revisar esos ejemplares de Orbe, que por suerte conservé, me conmuevo como quien se enfrenta a un pedazo de su vida. Ahí están nuestras notas, pero también las de otros compañeros queridos, como el Roby (Roberto) Schverdfinger, el turco (Hampartzoun) Haladjian (que no era turco, sino armenio; vaya blasfemia, llamarlo turco), el flaco (Alejandro) Cavalieri, el tano (Edmundo) Macchi. Y también están los avisos publicitarios, aportes de la agencia de publicidad de José Vales, la maderera Lublinsky, la sastrería del papá de Alejandro, de la casa de repuestos del papá del gordo Vorobeichik, la fábrica de papel de Schcolnik y, por supuesto, los de la fábrica limpiadora de envases del padre de Rodolfo y el de la fábrica de muebles de mi viejo. Empezamos haciéndola en mimeógrafo en humildísimo blanco y negro, tipografía de máquina de escribir, pero para el número 7 ya había ascendido en las clases sociales de la impresión.

Orbe me puso sobre la pista de procedimientos que luego, ya como profesional del oficio, serían recursos clásicos. En varios números escribí la sección “Hola, América”. Me animé a hablar de los paisajes, naturaleza y otros detalles geográficos de Brasil, Venezuela o Chile sin haber estado nunca allí. ¿Cómo lo hacía? Contaba con la invalorable ayuda de folletos turísticos que juntaba en embajadas o en agencias de viajes. ¿Era una chanta? No, ya era periodista. Escribía esa parte con verosimilitud a partir de informaciones sueltas, datos ocasionales o aguerrida imaginación. Ya profesional, trabajando en redacciones, cuando uno ni soñaba con Internet o Google (ahora, con los buscadores, todo es más sencillo) se repitió la siguiente situación. Había ocurrido algo o la noticia se refería a alguien de quien uno jamás había escuchado hablar. Pero había que escribir, sí o sí, una cantidad de líneas. En un rato, tras visitar el archivo, luego de leer algunos cables o hacer unas consultas telefónicas a gente más experta que uno, nos sentíamos capacitados para completar un texto que una vez publicado y leído podía despertar comentarios como este: “¡Cómo sabe este tipo de tal tema o cuál persona!” Orbe me aportó destellos de este oficio encantador y me inició en el entrenamiento del músculo de la escritura.

Cuando salimos de la secundaria, Rodolfo y yo, otra vez juntos, empezamos a recorrer redacciones, a golpear puertas, a dejar sumarios. Era otro tiempo, mucho más sencillo para los que queríamos empezar, porque en todos los lugares nos recibían, nos escuchaban y, si teníamos suerte, hasta nos encargaban una colaboración. En una ocasión llegamos, portando sumarios, al despacho de Pancho Loiácono, que dirigía una revista de papel color sepia. Con dudas, llegamos a preguntarle: “Nosotros les dejamos estas ideas. ¿Qué pasa si alguien se las queda?” Sin perturbarse, ese sabio de la sencillez nos explicó: “Miren, pibes, las ideas son circulaciones. Si alguien les afana una idea, al ratito se les va a ocurrir una nueva”. Tenía razón.

 

Despedida de 5º año en una cantina de La Boca. Primero a la izquierda, Terragno; con anteojos oscuros, Ulanovsky.

 

 

En ese modo aprendizaje andábamos, cuando un día Rodolfo, que ya había empezado a estudiar Derecho, me informó que dejaría de andar peregrinando por redacciones y se dedicaría, por completo, a completar su carrera. Me enojé con él, pero con el tiempo entendí que el enojo era conmigo porque la dedicación tiempo completo de mi amigo denunciaba mi propia falta de esfuerzo. Luego, cada uno hizo su camino –nunca dejamos de vernos– y después de varios años volvimos a ser compañeros de trabajo, compartiendo la redacción del semanario Confirmado. Rodolfo era un joven abogado, un militante del radicalismo intransigente, figuraba en sus planes convertirse en Presidente de la Nación (eso lo decía sin ponerse colorado desde su adolescencia) y para la revista aportaba su lucidez para analizar la siempre tensa y difícil actualidad política. En mi caso, también había conseguido algunos títulos. Hacía bastante que tenía el ansiado carnet profesional (ese documento nacional que otorgaba el Ministerio de Trabajo y que más adelante comprobé que no servía para nada), me movía en mi tarea como pez en el agua y con la dudosa autoridad que me confería haberlos conocido primero en letras de molde, y luego personalmente, llamaba por su nombre de pila (Bernardo) a Neustadt o por sus apelativos, “Ruso” y “Gallego”, a Jacobo Timerman y Héctor Ricardo García, como si a cualquiera de ellos los tratara de toda la vida. No pude darle el gusto a mi papá, que quería que yo fuera médico. Pero llevo publicados 29 libros a los que considero como otras tantas materias aprobadas de una carrera que no termina todavía y en la que sigo aprendiendo.

Con Rodolfo seguimos siendo amigos. Lo consulté más de diez veces como abogado. Y cien más como persona. Trabajamos juntos también en el diario La Opinión, fui colaborador de su legendaria revista Cuestionario, una joya periodística y una de las tantas cosas valiosas que la dictadura nos arrebató y que Rodolfo creó y dirigió. Lo visité en Londres, me visitó en México. Tenemos un catálogo enorme de correrías y episodios compartidos, gloriosos, olvidables y tristes, bah, tributos de la vida misma. A él le dediqué, por afecto y admiración, mi libro Redacciones, cuyo subtítulo es “La profesión va por dentro”. Siempre que voy a escuelas de periodismo sugiero a los alumnos que revisen la colección de Cuestionario y agrego que, si les dan ganas, lean algunos de sus libros, como el que lo devolvió a la Argentina después de su exilio, La Argentina del siglo 21, de 1985. También que, con más tiempo, busquen los dos tomos de El peronismo de los ’70 editados en 2005 u otro de 1972, editado por el mítico Arturo Peña Lillo llamado Los dueños del poder. Justamente de este libro rescato la dedicatoria que me escribió Rodolfo: “A Carlos Tito Ulanovsky (Tito era mi sobrenombre familiar y por el que todavía algunos me llaman), con quien compartí la emoción de ver, por primera vez, impresas, las cosas que escribimos. Con el cariño de una adolescencia conjunta y la esperanza de que este sea un producto dedicable, se lo dedico a él, a quien espero seguir encontrando en las redacciones y en el afecto”.

 

 

Comentarios con autocrítica 

En los números 1 y 2, que no tengo, entrevistamos a Arturo Cerretani, a Conrado Nalé Roxlo, a José Carlos Astolfi, a Juan Berend, a Luis Angel Bellaba.

Número 3 (octubre de 1959): La fotografía de portada es de Londres, adonde, casi veinte años después, iría a vivir, exiliado, Rodolfo. Le habíamos pedido dibujos a Carlos Garaycochea, que fue generoso y nos regaló muchos, los cuales fuimos publicando en ediciones siguientes. Nos preguntó, en broma, cuánto le íbamos a pagar. Y nos dijo, en serio, algo que es tan vigente: “El humor puede salvar al hombre”. Lo entrevistamos a Mariano Perla, que era un periodista español radicado en la Argentina, y cuando le preguntamos qué esperaba del periodismo estudiantil nos dio una respuesta que no sé si, en ese momento, entendimos del todo: “Que adiestre a los estudiantes en la maravillosa obligación de ser veraz y en el difícil deber de ser libre”. En esa edición empecé a utilizar un seudónimo, creación de Terragno. Intervino letras de mi nombre y apellido y devine de Ulanovsky en Nary Voskalos, al que le agregué Fernando, que siempre me pareció un nombre elegantísimo. Apelé a él para rubricar algunas reseñas cinematográficas.

 

Número 3, octubre de 1959.

 

Número 4 (abril-mayo de 1960): Editorial de Rodolfo (a veces firmaba como Edgardo de la Hache) sobre la indispensable unidad de los países latinoamericanos. El Tano Macchi firmó una doble página surgida de una visita a la Comisión Nacional de Energía Atómica con entrevista a Humberto Ciancaglini, su director. Siempre recordamos a Edmundo Macchi, que de tanta vida, se terminó suicidando. Golpe inexplicable y tremendamente doloroso porque éramos demasiado chicos cuando eso sucedió… Uh, encuentro incómodo con mis lugares comunes: “la raza de la piel color de ébano”, escribí. ¿Era malo decir raza negra? Parece que sí. Lo entrevistamos al sociólogo Sergio Bagú, con algunas preguntas prejuiciosas de nuestra parte. A saber: “¿Cuáles son, a su entender, los factores que determinan la existencia de las llamadas Villas Miserias, verdadero problema de la actualidad? ¿Se originan en las dificultades económicas de sus pobladores o se deben a razones psicológicas que hacen que sus habitantes elijan esa forma de vida?” Bagú fue claro, como si nos dijera: “Muchachos, a ver si se avivan”: “Las causas son, fundamentalmente, económico-sociales”. También recaímos en preguntas inmensas, esas que en la jerga y por demasiado amplias denominamos “preguntas cancha de River”: “¿Qué es el deporte?” Eso fue lo que le preguntamos a Adolfo Ortiz. Un santo el tipo, responde, para no insultarnos: “Se hace un poco difícil contestar categóricamente”. Era el año de la llegada de la televisión privada y el del estreno de Los cuatrocientos golpes de Francois Truffaut, reseñada por el tal Nary Voskalos.

Número 5 (junio-julio de 1960): Mi gran momento mediático: comienzo a figurar como subdirector de Orbe. Era el año del sesquicentenario de la independencia e hicimos un especial: “El país a 150 años de su origen”. (Américo) Ghioldi, socialista: El, (Ricardo) Balbín, radical; (Emilio) Hardoy, conservador; (Francisco) Uzal, desarrollista. Palazo para el socialista Alfredo Palacios porque no quiso responder la encuesta, alegando que no estábamos capacitados para hacer preguntas y nos mandó a estudiar. Un papelón, claro que con el diario de 60 años atrás: no consultamos a ningún dirigente del peronismo. ¿Por algo habrá sido? Regía el decreto 4.161 de la “Revolución Libertadora” que había prohibido toda mención a Juan Domingo Perón y a los símbolos peronistas. Tengo en mi cabeza la siguiente escena: Rodolfo, un nene de 16 o por ahí, en un mitin político en el Parque Rivadavia como telonero del político Alfredo Vítolo. Asombro total.

Número 6 (agosto y septiembre de 1960): Edición Aniversario, cumplíamos un año. Una hazaña: la tercera edición en el mismo año. Recibimos felicitaciones de Marcelo Delgado Oro, presidente del Círculo de la Prensa Escolar, que nos había invitado a participar de una muestra de revistas estudiantiles que se realizó en el Nacional Buenos Aires. Allí conocimos a unos chicos llamados Hanglin, Mactas, Eliaschev, con los que volveríamos a vernos en distintos medios, ya muchachos, años después. Otro especial: “Panorama de la cultura argentina”. Entrevistas a Floro Ugarte, César Tiempo, al premio Nobel Bernardo Houssay y a Jorge Luis Borges: entrevistados de primerísima línea. Me hizo reír un recuadrito que avisaba: “Prohibida la reproducción total o parcial”.

Número 7 (agosto de 1961), nuestro número despedida, bajo el slogan “Aspirando a mucho, logramos un poco” o “Lo bueno posible se alcanza buscando lo imposible mejor”. Entrevista de Edmundo Macchi a Arturo Capdevila. Defensa al editor Gonzalo Losada, enjuiciado por editar El reposo del guerrero y a Dalmiro Sáenz, enjuiciado por el fiscal De la Riestra. Orgulloso de mi reseña a La mano en la trampa, de Leopoldo Torre Nilsson, elogio a David Kohon por Prisioneros de la noche y a Lautaro Murúa por Alias Gardelito, con entrevista incluida. Lo fui a entrevistar a Bernardo Neustadt. Me recibió en la redacción del diario El Mundo. Toqué el cielo con las manos, porque lo admiraba y escribía copiándolo descaradamente. Escribí cosas como “convulsionabilidad imperenne” (tomá pa vos… ¿qué habré querido decir?) o “exhaustivarse”: se ve que no me alcanzaba con terminarse o agotarse. En aquella visita a la mítica redacción de Río de Janeiro y Bogotá, también conocí al dibujante Landrú. Los dibujos que nos regaló aparecieron en esta edición. En ese número entrevistamos a Pinky y a Augusto Bonardo, figuras importantes de la televisión en blanco y negro, principios de los ’60 y también a Dante Panzeri. Muchos años después, trabajé con Panzeri en la revista Satiricón y le mostré la nota en Orbe y nos reímos mucho. En el editorial, Terragno escribía: “Así, con este algo inmodesto título y esas no fácilmente realizables finalidades, salimos un día de octubre de 1959 a incorporar a la realidad estudiantil una nueva revista” y remataba con una especie de poema: “Aunque ya nos vamos, no será del todo. Es indiscutible, que algo quedará. Este intento nuestro, alguien, a su modo, lo recogerá. Otras promociones tendrán inquietudes ciertas y comunes, quien lo ha de negar. Y estamos seguros, que quien nos suceda, si piensa en nosotros reconocerá, aunque más no sea, que siempre anduvimos, por todos los rumbos con límpido afán”.

Una última reflexión. Pienso que hicimos la revista Orbe para saber, para enterarnos, para descubrir qué quería decir la palabra “lotófagos” que una vez escuchamos en boca del comentarista Mariano Perla o cuál era el significado del término “pelagoscracia” que, en un poema, nos descerrajó César Tiempo. Creo que Orbe nos abrió los ojos en un montón de cuestiones. Como dice algún tango, fue escuela de todas las cosas.

 

 

 

 

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