Óscar Arnulfo Romero y el otro 24 de marzo

Necesitamos reverdecer la Iglesia de Romero para caminar más cerca de los pobres

 

“La oligarquía, al ver que existe el peligro de que pierda el completo dominio que tiene sobre el control de la inversión, de la agro-exportación y sobre el casi monopolio de la tierra, está defendiendo sus egoístas intereses, no con razones, no con apoyo popular, sino con lo único que tiene: dinero”.

Beato Óscar Arnulfo Romero. Homilía del 24 de febrero de 1980

 

La fatídica fecha del 24 de marzo de 1976 conmemoró su número 42. Frente al peligro de naturalizar lo vivido borrando la memoria, de volver atrás lo avanzado con los juicios relativizando la verdad, e indultar de hecho a los genocidas condenados, volvimos a levantar un año más las banderas de memoria, verdad y justicia. Esta vez, en una Plaza de Mayo semi demolida, símbolo de la voluntad política de este gobierno de demoler 42 años de lucha de los familiares de los desaparecidos, de los organismos de derechos humanos y de la ciudadanía que asume como propia la tarea del Nunca Más al terrorismo de estado. La historia tiene coincidencias que nos invitan a relacionar hechos y circunstancias. Hubo otro 24 de marzo. De otro año, 1980. En otro lugar de nuestra patria grande, El Salvador.

Desde los años ‘40, El Salvador experimentó una difícil evolución social, política y económica llena de tensiones y conflictos que se tradujeron en crisis y confrontaciones. Conflictos entre la clase media, la clase militar y los grupos de poder económico –primero los cafetaleros, luego los algodoneros y cañeros y después los industriales y banqueros, cuyo principal interés era garantizar su riqueza y que veían con temor no sólo las movilizaciones sociales sino las pretensiones de reforma social lideradas por los militares más jóvenes. La década de los ‘70 culminó con una grave crisis política. El gobierno del general Carlos Humberto Romero, inspirado en la Doctrina de la Seguridad Nacional que las dictaduras de Sudamérica habían implementado para instalar a sangre y fuego la matriz económica neoliberal, no pudo detener con la represión la irrupción de las organizaciones populares.

El obispo Óscar Romero es nombrado Arzobispo de San Salvador en 1977. De pasado conformista, cuya moderación y complacencia agradaba a las oligarquias del pais, fue preferido antes que Monseñor Rivera y Damas, a quien consideraban más comprometido con los marginados. Pasado menos de un mes de asumir la Arquidiócesis, Romero se conmovió por el asesinato de su amigo, el sacerdote jesuita Rutilio Grande. Comenzó a encontrar su lugar en el ambiente de tensión económica, social y política de El Salvador: se puso en el lugar del profeta, el que habla de parte de Dios, a favor de los pobres, a favor de los campesinos y las organizaciones populares. Y en contra de la violencia represiva, escudo de los grupos oligárquicos dominantes.

Ese lugar que el Concilio Vaticano II y en especial la Conferencia de Medellín en 1968 señalaron para la Iglesia de Latinoamérica. Ese lugar que en el 24 de marzo de Argentina asumió la Iglesia encarnada en Jorge Novak, Jaime de Nevares, Esteban Hesayne, Alice Domon, Leónie Duquet, Orlando Yorio, Enrique Angelelli y tantos otros. Romero escribió una carta al presidente, en la cual le manifestaba que no asistiría a ningún acto oficial mientras no se hiciera una investigación profunda y se esclareciera el crimen de Rutilio Grande. La vocación profética también se expresa en los signos que acompañan el discurso.

«La Iglesia no puede ser conformista. La Iglesia tiene que despertar la conciencia de dignidad. A esto le llaman subversión. Esto no es subversión. La conciencia cristiana que nuestras comunidades van tomando a la luz del Evangelio, ante el pensamiento de que un hombre, aunque sea jornalero, es imagen de Dios, no es comunismo ni subversión, es palabra de Dios que ilumina al hombre y el hombre tiene que promoverse…. esto no es provocar subversión, sino simplemente decirle a todos los que me escuchan: sean dignos, porque la condición del pueblo de Dios es la dignidad y libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo», anunciaba Romero el 11 de marzo de 1979.

El 15 de octubre de 1979 un grupo de militares progresistas protagonizó un golpe de Estado con pretensiones reformistas. Mientras tanto las organizaciones del pueblo, en particular las campesinas, profundizaron sus demandas frente a la creciente pobreza y desigualdad y se pusieron a tiro de la represión militar. Pero dentro de los sectores progresistas subsistieron algunos sectores conservadores que construyeron poder y terminaron cooptando el golpe. La Junta de gobierno respondió a la crisis política y las manifestaciones populares con violenta represión. Los «escuadrones de la muerte» tomaron medidas de hecho en contra de los grupos organizados, líderes sindicales y campesinos, religiosos y religiosas. En este contexto sucedió el asesinato de Romero el 24 de marzo, mientras celebraba la misa en la capilla del hospital donde vivía.

En 2014 el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto argentino desclasificó más de 5800 documentos y deliberaciones secretas, algunas de las cuales se refieren a la cooperación entre la dictadura argentina y el gobierno de El Salvador. El gobierno de Videla mantenía estrechas relaciones con el gobierno del general Carlos Humberto Romero, posteriormente derrocado por el golpe del 15 de octubre de 1979. La embajada argentina en El Salvador comunicaba a su cancillería en Buenos Aires sus observaciones sobre la situación del país centroamericano, expresando preocupación por las huelgas y los «movimientos subversivos». En este sentido se hace alusión a monseñor Romero. Un texto del 14 de mayo de 1979, el cable Nº 136, es explícito: “(La) Arquidiócesis (de) San Salvador es la única que apoya elementos subversivos a través (de) su órgano de prensa y su estación de radio. (El) Arzobispo Romero y (un) grupo (de) sacerdotes progresistas en todas sus homilías atacan (al) gobierno acusándolo (de) ser causante con sus injusticias, mala administración y persecución (a la) clase obrera, (el) origen actual (de la) situación de violencia. (Los) cuatro obispos restantes (están) en desacuerdo con (la) posición (del) Arzobispo Romero”.

En situaciones diferentes, pero con muchas coincidencias, los 24 de marzo se han unido. La memoria del ministerio profético y el martirio de Óscar Romero nos recuerdan que la Iglesia que está más cerca del evangelio es la que está mas cerca de los pobres. Y no debe interpretarse que la cercanía con los pobres sólo estará dada por la ayuda asistencial, sino que además esa cercanía —como en Romero, Novak, Angelelli y tantos otros— estará dada por caminar a la par de las organizaciones populares y asumir como propios sus ideales, demandas, dolores. También significará renunciar al bienestar de la cercanía con las clases dominantes, sin que eso conlleve desprecio por los ricos, como nos recuerda otra gran figura de la Iglesia posconciliar y pos Medellín, Pedro Casaldáliga. “La opción por los pobres no excluirá nunca a la persona de los ricos, ya que la salvación es ofrecida a todos y a todos se debe el ministerio de la Iglesia. Pero excluye el modo de vida de los ricos, verdadero «insulto a la miseria de los pobres”, con su sistema de acumulación y privilegio, que necesariamente humilla y margina a la inmensa mayoría de la familia humana, a pueblos y continentes enteros”. (Carta de Casaldáliga a Juan Pablo II, 22 de febrero de 1986.)

Ya no estamos en dictadura. Pero sí estamos en un tiempo donde el gobierno simpatiza mucho con sus ideas; en tiempos de un gobierno de derecha, con un perfil antipopular, que desprecia a pobres y débiles, que niega la realidad sustituyéndola por una caricatura. Un gobierno que trivializa la historia, y el presente, y se proyecta en un futuro donde sólo una minoría rica y selecta tendrá cabida. Este 24 de marzo haremos memoria de lo sufrido, para seguir buscando la verdad y luchando para que se haga justicia. Los creyentes cristianos necesitamos reverdecer la Iglesia de Romero para caminar cerca de los pobres, las víctimas, los desparecidos, los desocupados. Y animarnos a salir de una Iglesia más preocupada por la mesura y el equilibrio que por el evangelio y los pobres.

 

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