Otra cumbre borrascosa

La III Cumbre Hemisférica de Lucha contra el Terrorismo y la inconsistente política trumpista

 

El pasado 20 de enero se desarrolló en Bogotá la III Cumbre Ministerial Hemisférica de Lucha contra el Terrorismo. Participaron representantes de Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Haití, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana y Santa Lucía. En tanto que México, Uruguay, Venezuela, España e Israel lo hicieron como observadores, así como algunos organismos internacionales como Interpol y el Comité Interamericano contra el Terrorismo de la OEA, entre otros, según informan diversos medios.

Estas reuniones  fueron creadas por Donald Trump  y, desde luego, llevan su impronta. La primera de ellas se realizó en Washington en diciembre de 2018 y la segunda en Buenos Aires, el 18 y 19 de julio del año pasado. Todas han pivoteado alrededor de un eje que podría definirse así: examinar, debatir y actuar  sobre la amenaza terrorista en el continente americano y establecer mecanismos que promuevan el flujo de información, la cooperación intraestatal entre agencias de un mismo país, tanto como la colaboración interestatal.

Una de las primeras cosas que llaman la atención es la rudimentaria definición de terrorismo que se propuso en la Cumbre inicial, que descartó abstracciones conceptuales para centrarse en una mera definición por enumeración. Clara manifestación de esto fue la intervención del Subsecretario de Estado John Sullivan (entre 2017 y 2019 en ese cargo; actualmente embajador ante la Federación Rusa) que, en la apertura de la reunión,  caracterizó la cuestión de la siguiente manera: “Cuando pensamos en el terrorismo transnacional, muchos se imaginan inmediatamente a familias sufriendo tras un ataque a gran escala contra civiles del otro lado del mundo o banderas negras del ISIS… Pero el terrorismo transnacional representa una amenaza para nosotros aquí, en el Hemisferio Occidental… Grupos como ISIS, Al Qaida y el Hezbollah libanés operan donde pueden encontrar reclutas, recaudar apoyo, operar sin control… Nuestra agenda de seguridad depende de trabajar con todos ustedes en seguridad, mientras continuamos mejorando la nuestra… Proteger a nuestros propios países significa proteger a toda la región. Debemos hacer cada uno nuestra parte y trabajar juntos para defender a nuestros ciudadanos, nuestros países y los valores que apreciamos”.

Es notorio tanto lo que Sullivan dice como lo que omite. Denuesta al terrorismo islámico pero obviamente calla que Estados Unidos lleva una guerra de casi 20 años, en calidad de país agresor, en Afganistán. Que inició y propició la guerra en Siria, que aún continúa con un saldo más que negativo para la gran potencia del norte. Que apostó al derrocamiento de Muamar el Gadafi en Libia y que solo ha conseguido que se instalara allí una guerra civil, que ha partido al país en —por lo menos— dos bandos. Intervino en Irak con relativo éxito: derrocó, guerra mediante también y asimismo en calidad de agresor, a Sadam Hussein, pero no pudo implementar un nuevo sistema político afín a sus intereses. En este caso,  Estados Unidos se ha comportado como un anti Klausevitz: ha ganado en la guerra pero paradojalmente ha perdido en la política. Recientemente, luego de la operación que terminó en el asesinato, en el aeropuerto de Bagdad, de Qassim Suleimani, altísimo funcionario iraní, en visita oficial a Irak, el Parlamento iraquí votó por la expulsión de las tropas norteamericanas acantonadas en ese país por 170 votos a 0 (cero); obviamente los efectivos estadounidenses no se han movido ni un centímetro. Cabe agregar, en este caso, que la acción subrepticia y violenta llevada a cabo contra Suleimani bien podría ser catalogada como terrorista.

Estados Unidos se retiró del Acuerdo 5 +1 en materia nuclear con Irán, país al que desde ese momento se dedicó a presionar, a hostigar, a amenazar con el bombardeo de las dos plantas enriquecedoras de uranio y la planta de agua pesada que aquel país posee, y a atentar contra un prominente funcionario, como se acaba de ver.

Merece señalarse, finalmente, que mediante interpósitos aliados –Arabia Saudita, Qatar y otros— ha llevado la guerra a Yemen con el propósito de derrocar al gobierno pro-iraní que conduce a ese país, que ha provocado –entre otros hechos conmocionantes— la muerte por inanición de más de 80.000 niñas y niños.

Todo esto se “come” Sullivan en su ultra-sesgado abordaje de lo que él llama el terrorismo transnacional. Hay un despiadado, trágico, irresponsable y –en último análisis— ineficiente accionar norteamericano en Oriente Medio y aledaños. La extendida respuesta a los ataques del 11/09 a las Torres Gemelas y al Pentágono –que de eso se trata, prima facie al menos, el inicio de la campaña militar norteamericana en aquella región— ha auspiciado, paradojalmente, el desarrollo de opositores y contestatarios y colaborado en la reproducción de terroristas.

En este marco, su invocación a trabajar juntos, su propuesta de coordinar iniciativas y su pretensión de defender agrupados el Hemisferio Occidental suenan excesivas para nosotros, por decir lo menos. Estados Unidos no es ya un cándido actor sorprendido. Y si hay algunos problemas con el “terrorismo transnacional” en nuestra región, en buena parte se deben al batifondo de furor y de muerte que ha esparcido la gran potencia del norte en Oriente Medio y alrededores. Así las cosas, sería conveniente reparar en que sus guerras y sus posturas no necesariamente deben coincidir con las nuestras. Lo que no implica que no se deba colaborar. Sino simplemente de ver hasta dónde y cómo se debe hacerlo, si cabe.

A los temas que se habían planteado en las cumbres anteriores, la Cumbre de Bogotá agregó otros. En particular destaca el capítulo del terrorismo propiamente latinoamericano, en el que se anotan los colombianos Ejército de Liberación Nacional (ELN) y Grupo Armado Organizado (GAO) y Sendero Luminoso. Se puso asimismo énfasis en la actuación de Hezbollah en la región, con un aporte de evidencias escaso y dudoso: su presencia en territorio venezolano y la actividad financiera que desarrollaría en la Triple Frontera y la descalificación de la propia Venezuela. Al respecto, el Secretario de Estado norteamericano Mike Pompeo afirmó en la Cumbre que “el régimen de Irán, con su brazo armado Hezbollah, está en Venezuela y eso es inaceptable”. A poco de llegar a Bogotá había comenzado a calentar el ambiente: “Seguimos profundamente preocupados por el hecho de que la Venezuela de Maduro haya extendido su apoyo al ELN, a los disidentes de la FARC y a los partidarios y simpatizantes de Hezbollah”, declaró.

La pertinacia injerencista de Pompeo no tiene límites. Nótese, adicionalmente, que para él existen dos Venezuelas: la del descalificado Maduro y la del bendecido Juan Guaidó, cuyo etéreo gobierno es el que se ha quedado con la representación venezolana en las Cumbres.

Guaidó llegó el día previo al inicio de la reunión. Se entrevistó con Pompeo y con el Presidente de Colombia, Iván Duque, que lo llenaron de elogios. Los medios destacaron que había salido sin autorización de Venezuela, ¡como si eso fuera meritorio para alguien que se dice Presidente! E informaron que haría una gira por Europa y podría llegar a participar en el Foro de Davos. En fin: una fanfarria destinada a insuflar su evanescente figura presidencial, que se completa con la reiterada mención de que ha sido reconocido como mandatario por más de 50 países. Una pequeñez, si bien se mira: los Estados que integran la ONU son 193.

En definitiva, el terrorismo que mentan las Cumbres ha incorporado explícitamente en la última a porciones de América Latina y a un rampante injerencismo norteamericano. Y sus abordajes y enfoques  han terminado por convertirse en un amontonamiento carente de delimitación conceptual y de definición precisa, que hace sistema con prácticas predatorias. Algo así como una más que peligrosa ensalada propia del estrecho universo ideológico y de la inconsistencia conceptual del trumpismo, cuyos lineamientos son repetidos y/o reproducidos por medios, analistas e intelectuales del centroderecha como si fueran una verdad revelada.

 

 

 

 

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