Otra vez La Chicana

El tango no se hereda, se comparte

Ante tanto tufo menemista, nada mejor que las letras de Acho Estol y la voz de Dolores Solá.

 

El mes pasado la serie Menem estuvo en boca de todos. Público y medios masivos pedían una segunda temporada. ¿Pa’ qué? si ya la estamos viviendo: nuevamente un Presidente delirante y con patillas, Yuyito reincidiendo entre las sábanas de La Rosada, el escándalo de la criptomoneda $Libra, la diputada cosplay, el avance privatizante de los bienes del Estado, los disparates del predicador evangelista de Milei hablando de un Dios que convierte pesos a dólares, y ahora el vergonzante acto de corrupción en la ANDIS (Agencia Nacional de Discapacidad) que involucra al clan integrado por Karina Milei, Martín y Lule Menem, Diego Spagnuolo y la proveedora de medicamente Suizo Argentina. ¿No son una especie de revival o continuidad de los ‘90?

Recordemos, aunque duela: entre 1989 y 1999, el gobierno de Menem con todos sus secuaces montaron el gran circo de la convertibilidad: esa farsa del “uno a uno” que maquilló una crisis profunda. Con privatizaciones, ajuste fiscal y reformas a lo bestia, desmantelaron el Estado mientras distraían al pueblo con el sueño dorado de viajar a Miami.

Menem, apenas asumió, regaló un indulto a los militares, dejando claro que la impunidad era su política. María Julia Alsogaray prometió “limpiar el Riachuelo en mil días” –un chiste caro– y el clímax del esperpento llegó con el Presidente soñando vuelos espaciales desde Córdoba para llegar a Japón en hora y media.

Mientras tanto, la tinellización mediática y escándalos como el Yomagate nos distraían. Susana Giménez entrando con su Mercedes-Benz a nombre de un discapacitado y Mauro Viale (padre de Joni, por eso hablo de un siniestro revival) nos envenenaba los mediodías fabricando peleas en torno al “jarrón de Coppola”, porque se sabe que nada vende mejor que el escándalo barato, o codearse con el jet set desde el sillón.

 

Acho Estol aparece

En ese clima de los años ‘90, no por casualidad sino por necesidad, aparece el joven compositor y letrista de tango Acho Estol. Lejos del arquetipo tanguero clásico, se instala como un puente entre los ecos melancólicos de los ‘80 y la crudeza del nuevo milenio. En 1996, respirando el síntoma de época, compone Farandulera, su primer tango, y no es un gesto menor.

Farandulera se inscribe en una de las tradiciones más fértiles –y polémicas– del tango: la sentencia moral. La letra retrata a una mujer seducida por “las luces del jet set”, algo así como “las luces del centro” del antiguo tango. Pero Estol no repite ni imita, su mirada crítica reinterpreta el mito femenino tanguero colocándolo en un nuevo escenario cargado de ironía y desencanto posmoderno. Farandulera se vuelve una declaración estética y política: el tango no ha muerto, solo cambió de ropa.

Esto me contó hace unos años:

Si bien previo a Farandulera ya había intentado incursionar en la creación de un tango –esto sucedió a fines de los ‘80–, debo decir que este primer resultado fue el del músico que quiere ingresar a un terreno que no domina o conoce superficialmente, es decir, escribir un tango desde afuera del tango, por tanto, estereotipado, cargado de clichés. Por eso creo que Farandulera fue un desquite personal a nivel creativo; con esta canción no solo me sucedió algo interesante a nivel de intelecto sino también corporal. La escribí naturalmente, con honestidad pura. Recuerdo que lo tocamos en la bodega del Tortoni en una de las reuniones de la Academia Nacional del Tango. Era el año 1996, y al finalizar el concierto se acercó al camarín Horacio Ferrer y celebró Farandulera, destacando que era un tango actual, que auguraba, que miraba el presente sin perder la esencia del tango. El gesto de Ferrer fue muy gratificante, me dio muchas ínfulas, eso tan necesario para un joven que comenzaba a transitar la “rareza” de atreverse a crear –visto a la distancia– nuevos tangos.

 

Del disco Ayer hoy era mañana. La Chicana (1997)

 

Acho & Dolores: la fórmula

El asunto de esta nota no es solo centrarse en la figura de Acho Estol sino también en la de Dolores Solá, por sumatoria: La Chicana.

Si en los años ‘30 Héctor Blomberg escribió exclusivamente para Ignacio Corsini, y Alfredo Le Pera puso sus letras al servicio de Carlos Gardel, 70 años después esa lógica de dupla artística renace bajo nuevos códigos con la alianza entre el compositor y letrista Acho Estol y la cantante Dolores Solá. En este tándem, la tradición se reactualiza con una diferencia fundamental: la intérprete deja de ser un mero canal para convertirse en una suerte de coautora desde la voz y la escena.

La obra que generan juntos es fruto de la prueba y el error, de la búsqueda constante, de una sinergia que transforma sus individualidades en una voz colectiva. Una dinámica que lleva más de tres décadas de trabajo sostenido, y que se ha cristalizado en un estilo propio que el público reconoce al instante.

 

No se hereda, se comparte

El aporte de Estol y Solá nace desde su primer disco, Ayer hoy era mañana (1997), apostando a un repertorio autoral contemporáneo, resistiendo la inercia nostálgica que dominaba la escena del tango.

Mientras muchas orquestas típicas de principios de los 2000 se replegaban sobre sí mismas guardando celosamente arreglos y transcripciones, La Chicana eligió el camino inverso: abrir el juego, grabando obras de colegas contemporáneos, como el vals La Marilyn de Alfredo Tape Rubín, marcando una postura clara: el tango no se hereda, se comparte.

Esta actitud dialoguista con el presente también incluye una relectura singular del pasado. En lugar de seguir la senda más transitada de los Pugliese, Troilo, Piazzolla, Grela… Estol y Solá hurgaron en la Guardia Vieja, en esos tangos orilleros, hablados –bizarros incluso–, que luego retomarían artistas como Daniel Melingo, rescataron así una tradición más intuitiva, menos académica; mirada que se plasma en los textos de Estol, cargados de calle, humor e ironía.

A esto se suma una concepción estética integral. La Chicana piensa cada disco como un entramado de colores y ritmos. Su sello es justamente su hibridez: una mezcla inconfundible donde conviven con el tango, la cumbia, la chacarera, el chamamé, Tom Waits, etc… sin que se resienta la identidad.

Por todo lo dicho, para estos tiempos más de La Chicana y menos tufo a menemato. Te arrimo dos canciones más en la voz de Dolores y el Chino Laborde. Seguila vos.

¡Hasta la Victrola Siempre!

 

 

 

 

 

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