¡Otra vez sopa!

Situación argentina similar a la de los ‘80 en pasivos externos e ineficaz respuesta política

 

El intento de identificar qué continúa y qué cambia en la dinámica del prontuario del endeudamiento externo de la periferia hace roncha. Es lógico que sea así, ahora que la pandemia va y viene pero —salvo la excepción china— no tiene a todo el planeta encerrado, que la inflación global es un hecho tanto como el alza desde la nada misma de la tasa de interés que impulsan los bancos centrales para combatirla, que lo de Ucrania-Rusia y sus consecuencias sugieren ir para largo, que la revaluación del dólar todavía no afecto del todo a la baja del precio de las materias primas, que las finanzas globales están más para un crudo que para un cocido, al igual que el crecimiento mundial, y que las —de momento— minorías fascistas golpean contra la democracia en los países donde se les alinean —o creen que se les alinean— los planetas.

Cuánto tienen estas circunstancias de eventos salidos de cauce que son nada más que escarceos coyunturales que hacen votos para retornar más o menos pronto al redil; cuánto de que se está presenciando un cambio de tendencia es una diferenciación que aún tosca e incompleta deviene ineludible para trazar el escenario en el que se representa el drama del pasivo externo argentino. Para ir entrando en calor con los problemas del endeudamiento periférico, vale la breve digresión respecto del cambio climático en esta Buenos Aires que para seguir confirmando sus credenciales de metrópoli de índole global, por estos días, derrite.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE o IEA por sus siglas en inglés) acaba de lanzar su mayor revisión al alza de las previsiones de energía renovable. La AIE proyecta ahora que las energías renovables superan al carbón como la mayor fuente de generación de energía mundial para 2025. Destaca la AIE que «las interrupciones en la provisión de combustibles fósiles han subrayado los beneficios de seguridad energética de la electricidad renovable generada internamente, lo que ha llevado a muchos países a fortalecer las políticas de apoyo a las energías renovables». La crisis energética mundial desencadenada por la conflagración entre Ucrania y Rusia le ha dado un impulso «sin precedentes» a las energías renovables. Los combustibles fósiles más caros también llevan agua al molino de la energía solar y eólica.

Por su parte, un grupo de investigadores que trabajan en la Universidad de Columbia han calculado para 2030 que las ventas mundiales de automóviles eléctricos estén comprendidas en un rango de entre el 11 % y el 63 % del total de ventas de vehículos para usos de las familias. Tal amplitud obedece a que las distintas hipótesis puestas en juego para calibrar las proyecciones de la oferta y demanda de vehículos eléctricos se valieron de datos de fuentes muy diversas como bancos de inversión, gobiernos, consultorías, empresas de energía, entre otros.

 

Con novedades en el frente

Tras estos esperanzadores datos sobre el cambio climático, volviendo a los pasivos soberanos, se aprecia que luego del gran despelote con el endeudamiento externo griego de hace poco más de una década, las deudas externas soberanas de la periferia tendieron a no hacer olas durante el siguiente lustro. Las bajas tasas de interés a las que se obligaron los países centrales afectados por las consecuencias de la crisis de 2008 y la inflación inexistente en casi todo el orbe permitieron a la periferia endeudarse en la propia moneda, siendo bastante menor el endeudamiento externo. El trance argentino con los fondos buitres no hubiera pasado a mayores si los agiotistas globales no hubieran contado con la quinta columna del amarillismo de la revolución de la alegría. La Argentina bajo el gobierno de Juntos por el Cambio —encabezado por Mauricio Macri— fue una singular excepción en la economía mundial. Se endeudo más, mucho más, en moneda extranjera que en la propia y colapso. La Argentina se fabricó un problema de deuda externa propio de la década de 1980, cuarenta años después de que eso aconteciera. La nostalgia gorila les cuesta muy cara a los trabajadores.

Pero el propio funcionamiento estructural del connubio centro-periferia, la pandemia y demás deudos han ido influyendo para que al garrón del endeudamiento externo argentino se sumen incumpliendo o reestructurando sus deudas Ucrania (antes de la guerra), Mozambique, Líbano, Ecuador, Sri Lanka, Surinam, Belice, Rusia y Zambia. Muchos otros países ya han entrado en la zona de un alto riesgo de incumplimiento y/o reestructuración en los próximos meses. De hecho, el martes 6 de diciembre el Banco Mundial dio a conocer el International Debt Report (Informe sobre la deuda internacional) advirtiendo que se constata el aumento “de los riesgos relacionados con la deuda en todas las economías en desarrollo, tanto de ingreso bajo como mediano. A fines de 2021, la deuda externa de estas economías ascendía a 9 billones de dólares, más del doble que hace una década”.

El informe resalta que “el aumento de las tasas de interés y la desaceleración del crecimiento mundial amenazan con llevar a un gran número de países a una crisis de la deuda. Cerca del 60 % de los países más pobres muestra ya un alto riesgo de sobre endeudamiento o ya se encuentra en esa situación”. De acuerdo a los datos del Informe, la deuda externa total de los países de bajos ingresos creció desde el 17 % del ingreso nacional bruto en 2010 al 48,5 % en 2021. En 2011 los países de bajos ingresos destinaban menos del 3 % de sus ingresos por exportaciones a cumplir con el servicio de la deuda pública externa. Ahora ya esos pagos le engullen alrededor del 10 % del valor de lo que exportan.

Los gobiernos de todo el mundo se endeudaron durante el lustro anterior al Covid a tasas de interés bajísimas. Ahora están subiendo y la refinanciación es mucho más costosa, justo cuando el crecimiento económico mundial se está desacelerando y las monedas más débiles significan que la carga de su deuda denominada en dólares se está disparando. ¿Qué dice el manual sobre cómo los países pueden reestructurar sus deudas? Que a los países acreedores lo que estratégicamente les importa es recomponer lo que denominan la estabilidad comercial. Si logran que pague el muerto de hambre de la periferia no le pueden vender sus baratijas. Se deshacen de un acreedor de ayer, pero también de un comprador de hoy y de mañana. Es por esa contradicción que las quitas importantes son absolutamente factibles, a condición del ejercicio de una férrea voluntad política nacional, porque la política económica exterior de los países acreedores sabe, consciente o inconscientemente, que en el capitalismo es más importante vender que comprar; por lo cual es preferible recuperar un comprador para la producción futura que perderlo a costa de cobrar deuda sobre producción pasada. De no proceder así, de no aconsejar al FMI que convalide las quitas, les aguarda una contracción de la producción y el empleo. Se nota que este manual no forma parte de las lecturas de un connoisseur de pasivos externos como Martín Guzmán.

Y este procedimiento del manual de reestructuraciones tiene una sólida historia que lo respalda. Los estudios académicos de estos asuntos dan cuenta que en las naciones en desarrollo y los mercados emergentes, entre 1950 y 2010, se registraron más de 600 reestructuraciones de deuda soberana que involucraron a 95 países. De estos, 186 han sido canjes de deuda con los acreedores privados (bancos extranjeros y tenedores de bonos), mientras que 429 acuerdos de reestructuración de la deuda bilateral fueron con el Club de París. Los acreedores privados se vieron más afectados en términos de volumen de reestructuración: 768.000 millones de dólares, en tanto el Club de París reestructuró, siempre para el período considerado, por un total de 545.000 millones de dólares.

Las reestructuraciones de bonos resurgieron como consecuencia del plan Brady de mediados de los años 1990. De los 186 canjes de deuda con los acreedores privados, hay 168 casos de préstamos bancarios, mientras que 18 fueron reestructuraciones de bonos soberanos. En cuanto a las pérdidas de los acreedores, 57 reestructuraciones generaron una reducción de su valor nominal (reducción de la deuda), mientras que 129 fueron reprogramaciones de la deuda. Asimismo, los datos muestran que en la gran mayoría de los casos las crisis se resolvieron por reestructuraciones en las que se intercambiaron los anteriores instrumentos de deuda por otros nuevos. Únicamente en 26 casos de crisis se efectuaron recompras formales de deuda, es decir, el intercambio de bonos viejos o préstamos en efectivo con un descuento.

Un hecho nuevo en este panorama sin grandes novedades, pero que no cambia la rutina de fondo —salvo marginalmente— viene dado por el volumen de las reservas de dólares de China y la India. Según datos oficiales chinos a julio de 2022 las reservas de divisas de China llegaban a 3 billones 280.00 millones de dólares. Por su parte, el Banco de la Reserva de la India informó que a octubre de 2022 sus reservas en divisas eran de 550.000 millones de dólares. Dada la inconvertibilidad del dólar, las reservas son a perpetuidad. Cuando las reservas eran en oro, se lo podía vender. Ahora las reservas —en países sin problemas con sus flujos externos—, si no se las cuida físicamente de manera adecuada, no sirven para otra cosa que para juntar humedad. O sea, China lleva prestado 800.000 millones de dólares que no le servían para nada y la India que quiere competirle en el status de país influyente de Asia está financiando en el exterior —por la misma razón— casi 600 proyectos de inversión por 100.000 millones de dólares. Así resolvieron la degradación —por el simple paso del tiempo— de parte de los papeles que tienen guardados en los cofres.

 

 

Recolección de pérdidas fiscales

Todo esto explica o puede explicar lo que se hace una vez que la sangre llegó al río. Pero, ¿por qué otra vez sopa, una y otra vez sopa? En principio, las regulaciones de los grandes mercados financieros no dan patada libre para que los fondos de inversión coloquen la plata que quieren en la periferia. Permiten sumas muy acotadas. El barullo es que no se suman las apuestas individuales porque —como es obvio— es en el agregado donde se encuentra el problema. El deudor periférico no puede elegir a quién pagarle. O les paga a todos lo que corresponde a ese momento o si no puede —porque no le alcanza— está contractualmente obligado a no pagarle a ninguno y negociar cómo va a levantar el muerto.

Un factor que rara vez se destaca en la conducta del inversor del centro en títulos de deudas soberanas de la periferia es el fiscal. En la tercera década del siglo XX, cuando los norteamericanos pasaron de deudores globales a acreedores globales y alentados por el espíritu de Teddy Roosevelt avanzaban en la construcción de la república imperial metiendo la cuchara en los tratados de Versalles, ya estaba vigente la estrategia de “recolección de pérdidas fiscales”, cuyo plexo normativo se encontraba en el código fiscal federal norteamericano que entró en vigor a mediados de la segunda década del siglo XX. La recolección de pérdidas fiscales es una de las muchas estrategias que emplean los bancos estadounidenses y los administradores de dinero para reducir los impuestos para los inversores adinerados de todo el mundo que invierten allí.

En el caso específico de los títulos de deuda soberana, la recolección de pérdidas fiscales está diseñada para que cuando han disminuido de valor se vendan con quebrantos, que pueden deducirse de las ganancias de capital obtenidas en este año y en los siguientes. Un ejemplo tosco para ilustrar. Si se prevé que se van a pagar 100 dólares de impuestos por el año fiscal en curso, timbeo 50 comprando bonos de la periferia. El riesgo país hace que caiga su cotización a 15 dólares. Vendo ese bono y tengo un crédito fiscal de 35 dólares más el rendimiento anual de interés, digamos de 5 dólares (de los que una parte se va en impuestos). Al fisco originalmente le iba a pagar 100. Ahora le pago 65 dólares y encima me quedan 35 dólares para descontar en ejercicios futuros. Las legislaciones fiscales de los países desarrollados —por lo general— a los activos mantenidos durante períodos mayores a un año les aplican tasas impositivas sobre las ganancias de capital más bajas. Hay un valor económico en la pérdida que pone en ridículo a los que hablan de conservar el buen nombre y honor entre los países deudores o que ante la realidad que los desmienten comentan que los mercados son de memoria corta: olvidan rápido quiénes son los malos de la película.

Posiblemente, teniendo en cuenta la traducción de los vocablos ingleses se entienda mejor la triquiñuela. La ganancia se considera un ingreso y se tasa como tal. El beneficio o pérdida eventual que proviene de una revaluación o devaluación de un capital fijo o asimilable a fijo no se considera como un ingreso y se tasa de manera diferente o no se tasa si la legislación impositiva no lo contempla. Los ingleses llaman al primer tipo de ganancia income o profit y al segundo, capital gain o capital loss.

 

 

Disparen y prevariquen contra Cristina

Cuando en agosto de 2001 los Estados Unidos presionaba al FMI (con todo el apoyo de Wall Street) para que se le haga una quita de deuda a la Argentina para recuperar al país para las corrientes del comercio exterior, y el muy transversal Partido de la Deuda argentino no quería saber nada, el entonces secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Paul O’Neill, dijo en un reportaje que le hizo la CNN: «Estamos trabajando para encontrar un camino para crear una Argentina sustentable; no una Argentina que continúe consumiendo la plata de los plomeros y de los carpinteros que ganan 50.000 dólares por año y se preguntan qué diablos estamos haciendo con su dinero». Parece que alguna conciencia tenía de dónde provenían los fondos para reasegurar un mecanismo que estrangulaba al grueso de los argentinos y cuando ya no podían apretarlos más asaltaba el presupuesto fiscal norteamericano.

Es bueno tenerlo presente, cuando al atentado fallido contra Cristina le sucedió esa profunda derrota de los trabajadores que fue el abrumador prevaricato del 6 de diciembre. El rearmado transversal Partido de la Deuda Externa ha instituido su propia década del ’80, pero no solo en cuanto a volumen inusitado de los pasivos externos, sino también recreando hoy a la nada misma con que respondió a partir de 1983 a los desafíos que se le iban presentando a la renacida democracia. En estos días ni siquiera cuentan con el fervor por los nuevos tiempos de aquellos años. Sensible diferencia. Menos mal que en los planes de Cristina no está abandonar la pelea. Pero ya se sabe: con Cristina sola no alcanza.

 

 

 

 

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