PADRE, HIJO Y ESPÍRITU NAZI

En su último collage literario, León Ferrari establece los parámetros de la amenaza como género

 

Si en 1967 con Palabras ajenas exploró el sincretismo entre letra, imagen y escena teatral como soportes de un discurso político que denunciaba el avasallamiento de los Estados Unidos, con complicidad mediática y eclesiástica, del pueblo vietnamita, en La Basílica (1985-2020) elevó al summum lo que da en llamar collage literario. Le otorgó enorme despliegue escenográfico, plástico y dramático, al punto de proponer un templo más grande que San Pedro, cientos de actores y demoníacos artefactos. Es en Conversaciones entre Jesús, Jehová y Hitler, escrito entre 1999 y 2004 y que recién ve la luz en una joven editorial, donde el enorme León Ferrari (Buenos Aires, 1920- 2013) hizo sistema del recurso, al modo en que lo formulan los artistas: con una obra integral, paradigmática, en lugar de un ensayo o paper académico.

Inauguró, inventó “la amenaza como género” literario, estético, plástico, en fin: artístico, aunque no por ello menos político, ideológico, discursivo. Estimulante caracterización recortada por la investigadora, artista visual y editora Mariana Lerner, el género amenazante existe en las prácticas sociales desde mucho tiempo —tal cual lo ejemplifican las Sagradas Escrituras— antes de que Ferrari lo estableciera en una acción prototípica, Textos de varios autores, de bíblicos a contemporáneos,  acumulados a través de los siglos hasta su no menos diversa institucionalización canónica, constituyen un único artilugio retórico de acuerdo al cual, a una sentencia performativa del sujeto le corresponde una acción o predicado coercitivo específico en quien queda como objeto. Sintetizado, en criollo: “Si hacés (o no) lo que yo y solo yo indico…” sucede (o no) que “…te achuro la crisma”.

 

En Conversaciones…, Ferrari plantea el procedimiento en tres niveles, correlato de los personajes:  Jehová, Jesús y Hitler; quién pergeña, quién calcula, quién ejecuta; Concepción, Conducción, Producción. Mientras Jehová asume la función simbólica conceptual (la del Lenguaje); cual monaguillo, el hijo, Jesús, se encarga de la conducción personal de los acontecimientos (la función gramatical de la Lengua). Como corolario, es Hitler el encargado de la producción material del hecho (la función equivalente al Habla).

A menudo se verifica que los artistas dan cuenta de aquello para lo que la ciencia no alcanza. El collage literario, como soporte estético, el artista lo pone en juego mediante un dispositivo necesariamente hereje. Consiste en aislar citas, recortar versículos y textos profanos, deconstruir pasajes, a fin de recombinarlos en otro orden que dispare nuevos sentidos. Tarea que, según consignan las curadoras del original Silvia Badarotti, Andrea Wain, al artista le demandó la paciente confección de un monumental archivo personal de versículos provenientes de diversos textos sagrados, artículos periodísticos, revistas, libros temáticos, documentos institucionales, etc.

En escena se encuentran permanentemente los tres personajes del título. En off intervienen santos, pontífices, personajes bíblicos, y en una pantalla se proyectan imágenes que aportan tanto contexto como referencia y resignificación a los parlamentos. La sumatoria, como en a misa, acapara los sentidos a medida que construye una acción dramática. Sin línea argumental estricta, la trama recorre distintos estropicios protagonizados contra los pueblos oprimidos; la sexualidad o grupos culturales, dándole cuerpo a los siniestros adalides de “nuestro modo de vida occidental y cristiano”. Surge de tal modo con potencia dramática el genocidio sistemático, la recurrente alianza eclesiástica con los poderosos, el racismo, la homofobia, el antisemitismo. Se corresponden a cada momento con escenas proyectadas en fílmico tomadas de noticieros, fotografías, animaciones y una recurrente presencia de obras maestras clásicas: Miguel Ángel, Rafael, Tiziano, Cranach, Van Der Goes, Bruegel, Durero, Doré, Schnorr, Gerson, Bosco, Chagall, Trouille, Rembrandt, Klimt, Schiele, muchos, todos.

 

 

 

El ciclo arranca con la premisa general impuesta por Jehová: “Si no me oyereis, ni hiciereis todos mis mandamientos, y si abominareis mis decretos, y vuestra alma menospreciare mis derechos, no ejecutando todos mis mandamientos e invalidando mi pacto, yo también haré con vosotros esto: enviaré sobre vosotros terror, extenuación y calentura, que consuman los ojos, y atormenten el alma: y sembraréis en balde vuestra simiente, porque vuestros enemigos la comerán; y pondré mi ira sobre vosotros, y seréis heridos delante de vuestros enemigos”. A continuación, Jesús produce el control sobre la plebe en particular, mantiene la sumisión: “No temáis…” repite una y otra vez. Por su parte, Hitler, el ejecutor, ningunea a Jesús y, dirigiéndose directamente a Jehová, espeta: “No debemos sentir compasión por la gente que el destino dispone que perezca”. (En otro orden, más contemporáneo, esta última frase: ¿no comparte estructura con “…que se mueran los que se tienen que morir”?).

En tanto, sobre la pantalla el artista instala “noticias de los diarios sobre los primeros años del nazismo. Imágenes apocalípticas de Durero”, para que Hitler agregue “El terror es saludable” y de inmediato Jesús baje a tierra: “Cogerán de su reino todos los escándalos y los que hacen inequidad, y los echarán en el horno del fuego, allí será el lloro y el crujir de dientes…”. Es el nazi quien lo particulariza: “Yo solo quiero realizar, con mayor eficacia, lo que la Iglesia ha intentado conseguir desde hace tanto tiempo. Este servicio a una causa común es el motivo de mi hostilidad antisemita”. (Otra vez: imposible no asociar con aquellos genocidas de la ESMA que se comunicaban en forma directa con “Jesusito” para determinar “quién se va para arriba y quién se va para abajo”).

Privatización ecuménica del cielo, el infierno y, sobre todo, lo que habría entre ambos, Ferrari compone su collage con frases textuales, extraídas entre versículos fantásticos y reportajes humanos, en los que queda patentizado un sistema en el que la amenaza adquiere el estatuto de género aplicable a las prácticas sociales, tanto artísticas como políticas, así como en las políticas artísticas secas, que no es lo mismo pero es igual. Por si quedaran dudas, el dispositivo se reafirma a través de su logotipo que presentifica la amenaza de la tortura hasta la muerte: dos maderos cruzados en la cúspide de los templos, frente al altar ceremonial y en el cuello de los mortales.

Conversaciones entre Jesús, Jehová y Hitler materializa asimismo, en sí, una práctica política segunda que expone cómo, en dos milenios, un mismo modo de producción ideológico se ha expandido muy por fuera de sus fronteras originarias. Aporte semiológico que al Maestro Ferrari probablemente no le haya ocupado el centro de su atención dentro de la prolífica tarea de generar verdad en la belleza. Establecer y alertar acerca de la amenaza como género sigue siendo su forma de, en sus propias palabras, “poder pasar del mundo de los castigos divinos al de los derechos humanos, del mundo de la fe al de la razón, sin trastabillar”.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Conversaciones entre Jesús, Jehová y Hitler

León Ferrari

 

 

 

 

Buenos Aires, 2020

124 páginas

 

 

 

 

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