Palabras cruzadas

Por qué tardé décadas en enamorarme de mi profesión

 

Nunca quise ser periodista. No formaba parte de mis sueños ni de mis planes. Moría desde pequeño por las historias, pero me gustaban aquellas que no le debían nada, ni dependían en nada, del mundo real. De tanto en tanto se me cruzaba alguna que enhebraba ambos universos: el Richelieu que amenazaba a D’Artagnan había existido, Sandokán luchaba en el contexto de la resistencia al imperialismo inglés, Melville había apelado a su experiencia en balleneros para darle verosimilitud a Moby-Dick. Pero, como regla general, prefería mantenerme dentro de la ficción pura. La imaginación era algo a lo que podía recurrir en cualquier momento, y sin necesidad de muletas. Porque la realidad necesitaba siempre de un sostén, a menudo monocorde (como los noticieros de radio y TV) y hasta difícil de manejar físicamente, como las páginas de un diario sábana. En cambio la ficción podía ocupar mi mente por completo, aun cuando pareciese que yo estaba haciendo otra cosa, e incluso prestando atención. La libertad en su estado más puro: algo que no podían quitarme, a no ser que también me quitasen la cabeza.

¿Cuánto habrá influido en mi formación el hecho de crecer en un tiempo de censuras? Entendí rápido que las historias que hablaban de la realidad podían ser peligrosas. El flaco ese de Nazaret (en aquella época, se imaginarán, ni se me cruzaba la posibilidad de que pudiese no haber existido) no había hecho otra cosa que hablar de paz y amor, y había terminado con la cabeza hecha un alfiletero y clavado contra un árbol mustio. En la tele había una propaganda antisubversiva en la que un tipo de barba le daba un libro a un chico y le decía: Leélo. Mañana lo comentamos. Más allá de la pretensión absurda (creo que el libro era El Capital, un volumen que ni el más abnegado kirchnerotrotskista devoraría en una noche), lo que se desprendía del mensaje era la idea de que, nuevamente, los textos que hablaban de cosas reales te ponían en riesgo. Y yo no quería arriesgarme, quería soñar. La imaginación era privada, secreta, inexpugnable. Me permitía pensar en cosas tremendas mientras fingía ser un chico bueno.

 

Paisajes ficcionales de la propaganda dictatorial.

 

Al aproximarse el fin del secundario, mis padres me invitaron a sentarme y me rodearon. A pesar de que les constaba que yo escribía razonablemente bien, que mis profesores de Lengua y Literatura me amaban porque les permitía darse dique y, last but not least, porque venía diciendo que quería ser escritor desde que era una pulga, me hicieron a dúo la pregunta de rigor: ¿Y de qué vas a vivir? Los escritores que conocían venían de familias de plata y/o alcurnia, como Bioy y Manucho, o eran atorrantes como Dalmiro Sáenz, y yo no venía bien aspectado para esos bandos: mi familia era clase media pedorra —gorila, como Dios manda—, y antes que para atorrante yo pintaba para monaguillo o boy scout. Además los escritores incurrían en un pecado que para mis padres era imperdonable: la mayoría no había ido a la universidad y eso los tornaba de baja ralea, aunque se llamasen Mujica Farías Láinez Varela y Covarrubias. (No se burlen, que Manucho cargó siempre con esos apellidos.)

En ese momento ocurrió algo que todavía no consigo explicar. Debo haber buscado una salida de emergencia, y en lugar de apelar a profesiones derivadas de la escritura literaria (Letras y profesorados, por ejemplo; o el ejercicio de la crítica), yo, el tipo que no agarraba La Razón más que para leer Don Fulgencio y chusmear qué se estrenaba el jueves y no veía Telenoche ni purgando penitencia, escupí: Quiero ser periodista.

 

Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia.

 

Llevo décadas tratando de comprender qué me poseyó. Si mis padres me hubiesen presionado, no habría sabido justificar el exabrupto. Además ellos sabían que mi aversión por lo real era proporcional a mi amor por la fantasía. Pero el milagro coló. Después de todo, el periodismo era una carrera universitaria. Y los brillos de esa marquesina los distrajeron de la objeción más obvia: ganarse la vida como periodista no era, ¡ni entonces ni ahora!, más fácil que parar la olla siendo escritor.

Pero el elemento más inquietante de mi decisión sigue siendo otro. Aquella escena ocurrió en 1978, el año del Mundial — en plena dictadura. Cuando de la censura selectiva habíamos pasado a la mordaza lisa y llana. Y no había una onza de verdad en toda la prensa nacional. Hagan el ejercicio de visualizar todo lo que hoy saben respecto de lo que estaba ocurriendo y lean un diario de esa época, cualquiera que sea: no encontrarán nada parecido, ni en la entrelínea. Esas páginas tienen tan poco que ver con la realidad argentina como la Freedonia de Los Hermanos Marx con la historia europea del siglo XX.

 

Groucho entona el Himno de Freedonia: “Si a ustedes les parece que este país está mal / Esperen a que yo termine con él”.

 

Que optase por una profesión que me lanzaba hacia la realidad, en un momento en el cual no podía estar más oculta —más prohibida—, no dejará nunca de parecerme prodigioso. Algo inefable me empujó en dirección a una tarea que implicaba cavar hondo, atravesar velos, llevar luz donde no la había. Puede que se haya tratado de una reacción contra el mundo que me rodeaba, más ficcional que aquellos que describían las novelas. Por aquel entonces Buenos Aires tenía mucho de set de filmación, destinado a evocar normalidad mientras en sus entrañas pasaban cosas horrorosas que yo, a los dieciséis años, simplemente intuía.

El primer cuento del que estuve orgulloso contaba de una inundación que arrasaba con todo. El protagonista se encontraba aislado en la cima de un edificio y el agua no paraba de subir. Cuando estaba a punto de rendirse a su suerte, descubría una forma de llegar a un edificio más alto. Los cuerpos hinchados de los ahogados surgían de lo hondo y empezaban a flotar. Eran tantos, que mi protagonista entendía que podía caminar encima de ellos sin hundirse. Los muertos —hasta entonces ocultos— lo ayudaban a salvarse. Por aquel entonces, mi imaginación estaba más cerca de la verdad que los diarios.

 

 

Estudié, me rompí el culo, tuve suerte. Mis primeros trabajos no me gustaron (el porteño cuyo mundo cabía en una cáscara de nuez fue redactor de la sección Interior de un diario que ya no existe; lo cual demostró que en esta profesión el descaro importa tanto como la buena prosa), pero a comienzos de los ’80 me había ubicado donde quería estar: en los medios que empezaban a decir cosas hasta entonces vedadas, en compañía de gente de la que podía aprender. Andrés Cascioli me abrió las puertas de la revista Humor y de la editorial La Urraca. Conocí a Horacio Verbitsky en El Periodista de Buenos Aires; él me descubrió a Walsh. Puedo explicar qué me impresionó de Horacio, aunque no sabría explicar qué vio él en mí. Intentó apadrinarme, con mala suerte: se le ocurrió que podía investigar algo en el mundo sindical, que por entonces me parecía tan remoto y poco interesante como la vida sexual del ornitorrinco. (Tal vez se deba a que el mundo sindical era lo que cubría Majul para El Periodista, y ya entonces era evidente que todo lo relacionado con Majul carecía de sex-appeal. Hasta un ornitorrinco es más sexy.) No recuerdo mucho más, pero entiendo que Horacio y yo manejamos el descubrimiento de nuestra incompatibilidad con elegancia.

 

La tapa del número inicial de El Periodista de Buenos Aires.

 

Seguí trabajando y en líneas generales hice lo que quise: viajé mucho, entrevisté a gente notable y/o admirada. (Arthur Miller, McCartney, Mick Jagger, Woody Allen, Scorsese, Daniel Day-Lewis, Madonna, Julia Roberts, el Indio Solari, Charly, Spinetta, Leonardo Favio y siguen las firmas.) Y todo ese tiempo, en el fondo de mi cabeza seguía sonando el mismo mantra: Lo que yo quiero es escribir ficción. Nada deseaba más que dedicarme a una historia que me eximiese de la necesidad de usar el teléfono, frecuentar gente y fatigar archivos. (Considerad, oh mortales, que este escriba se forjó en esa época que los anales registran como pre Google.)

Cuando al fin lo intenté, la historia que se me ocurrió me mandó de cabeza a la Biblioteca del Congreso. ¿Qué sabía yo, un periodista cultural / rockero, de la década del ’30, del tango, del cine del Negro Ferreyra y de la esposa que Perón tuvo antes de Eva? Me perdí en hemerotecas, escuché discos más fritos que pollo de Kentucky Fried, entrevisté a Tomás Eloy Martínez que compartió fotos y copias de las cartas de Aurelia Tizón. Me prometí que mi novela siguiente me eximiría de reincidir en investigaciones tan emparentadas con mi tarea diurna. Y retomé el periodismo, soñando con ponerle fecha de caducidad. Por entonces —qué distinguido suena decir: fines del siglo pasado— trabajaba en un diario poderoso, donde compartía dilema con los compañeros. Todos nos preguntábamos, sólo a medias en broma: ¿Hay vida después de Clarín?

 

Perón con su primera esposa, Aurelia Tizón, alias Potota.

 

La oportunidad me la dio el cine, que siempre había sido otro de mis sueños. Empecé a escribir guiones, a considerar la idea de no trabajar en relación de dependencia. Cuando ya estaba casi afuera del gremio, una revista española me encargó dos tareas de largo aliento, que me hicieron tambalear. Una fue un reportaje sobre el Equipo Argentino de Antropología Forense. La otra fue cubrir la segunda Intifada en Palestina, en el año 2000. Pude escribir, largo y como me gustaba, sobre historias que encontraba fascinantes. El hecho de que fuesen reales se volvió una consideración secundaria: mi deseo era narrarlas, transmitirlas, con la misma dedicación con que se labra la ficción.

 

Apertura del artículo sobre el EAAF en la revista Planeta Humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero había trabajado demasiado para dejar pasar esa mano ganadora. Así que me alejé del periodismo y me dediqué a los guiones y las novelas y fui feliz.

Hasta que ganó Macri.

 

La séptima tormenta

Paradójicamente, terminé enamorándome del periodismo —¡y de manera más que tardía!— gracias a la escritura de ficciones. Cuando la realidad dejó de ser una obligación, entendí que mi approach a la narrativa era periodístico: las historias que se me ocurrían demandaban siempre una investigación —ya fuese histórica, sobre biología o números primos—, porque la gracia del asunto era el descubrimiento, un viaje mental cuya meta era, siempre, saber más, aunque se tratase de los tópicos más desopilantes. (Si quieren, estoy en condiciones de conversar un buen rato sobre física cuántica.)

Pero, ante todo, descubrí que necesitaba de esas historias no como distracción o ejercicio de estilo, sino para interrogarme sobre la circunstancia y el lugar que me habían tocado en suerte. Narrar era el modo de pensar que mejor se me daba, porque contar historias es experimentar en un laboratorio de empatía: uno comienza a entender al otro cuando se ubica en su lugar, bajo su piel, dentro de su cabeza. Con el tiempo asumí que esos principios eran tan útiles para la ficción como para el periodismo. Si tardé tanto en comprenderlo, fue porque formo parte de una generación educada para quedarse afuera de lo que pasa. Muchos aceptaron las leyendas a lo Magritte que el poder había pintado en el exterior del Palacio de la Verdad. Junto a su puerta, los muchachos de Clarín habían escrito Esto no es una puerta. Pegado a su ventana, los escribas de La Nación habían escrito Esto no es una ventana. A los pocos que seguíamos obsesionados con la idea de entrar no nos quedó otra que acceder por la chimenea, los tragaluces — las grietas.

Pero cuando asumió Macri, sentí que (¡por primera vez!) la ficción no me alcanzaba. La narrativa funciona cuando se asume como espejo deformante: necesita exagerar rasgos de la verdad, inyectarle otros químicos y dejarla fermentar. Si nos ayuda a contemplar la condición humana en momentos extremos —de la belleza al horror de que somos capaces— es porque nos convence de que no somos nosotros lo que aparece en el espejo, sino otra gente, de otro lugar y de otro tiempo. Funciona porque nos hace bajar las defensas, porque se cuela en nuestra conciencia por la chimenea y los tragaluces. Es un híbrido entre la crónica y el ensayo filosófico: cuenta algo puntual y ficticio para iluminar lo universalmente verdadero. Pero el tercer ingrediente que demanda para funcionar como debe es el tiempo: el narrador lo necesita para digerir su presente y producir un espejo nuevo, el lector lo demanda para sumergirse en esa ficción, hacerla suya y reflexionar. Y tiempo es aquello de lo que carecemos.

Cada día que Macri permanece en el poder es un día que taladra más hondo, profundizando el daño que es su especialidad. Poca gente escapa de sus indeseadas atenciones; pero en lo que hace a los más desprotegidos —hablamos de millones y millones de conciudadanos—, su violencia es genocida. Viejos empujados a la indigencia, sin servicios de salud. Desocupados sin cobertura alguna. Laburantes que ven precarizados sus puestos y disecados sus sueldos. Mujeres que mueren por no poder procurarse un aborto seguro. Gremios corrompidos o bajo ataque. La educación en terapia intensiva. Opositores perseguidos por la SS Kommodor Py, grupo de tareas judicial. Un Congreso anémico. Y lo que es más tremendo aún, lo francamente imperdonable: como en los ’90, estamos poniendo en riesgo a parte sustancial de la nueva generación al no alimentarla como se debe y arrancarle, así, la posibilidad de alcanzar su potencial. Escribo esto cuando el cadáver de un pibe de 13 no ha tenido tiempo de enfriarse. Murió en Chaco, de manera violenta, porque en este país de vacas y de leche su vida cotizaba menos que un yogur.

 

Se llamaba Ismael Ramírez, tenía 13 años y debería estar vivo.

 

Mientras mi impotencia como ciudadano crecía, se dieron dos circunstancias fortuitas. Una, la oferta de una radio comunitaria, FM La Patriada, para conducir un espacio nocturno. Se me ocurrió que podía prestar un servicio, a la hora de expresar sensaciones que no conseguía canalizar con la velocidad necesaria a través de la creación literaria o cinematográfica. Le ofrecí al Indio Solari —con quien trabajaba en la escritura de su autobiografía— que dispusiese del programa a su antojo, y la forma en que se lo apropió dejó en claro que no estaba descaminado: los dos necesitábamos una forma de expresión más inmediata, más urgente, que nos ayudase a metabolizar los dolores del presente.

Con el director de programación, Daniel Tano Gentili, coincidimos en la intención: en medio de tanta fealdad —esta gente no para de hacer y decir cosas horribles, lo suyo es una compulsión—, ayudar al oyente a conectarse con la belleza del mundo podía ser revulsivo. A veces cuesta, porque la realidad indigna demasiado; pero aunque más no sea a través de la música (que el Indio programa, bajo el alias del DJ Martini) despegamos al oyente de la sensación de que todo es una mierda. El programa se llama Big Bang y va de lunes a viernes, entre las 22 y la medianoche. Lo presentamos con este slogan: La Contrarrevolución de la Alegría.

La otra circunstancia fue insólita. En diciembre de 2017, Verbitsky me llamó y me contó de su (para nada cómoda) desvinculación de Página/12. Las cosas no ocurrieron así, pero este es el modo en que la escena me quedó grabada: dijo voy a cometer una locura y sonrió; puede que hasta haya incurrido en una de sus risas contagiosas. (Aunque no sea de público dominio, tiene un magnífico sentido del humor.) En menos de una semana, lo que pensé sería una colaboración frecuente se convirtió en la tarea a la cual me había prometido no volver: la edición de un espacio periodístico.

Durante las primeras semanas, las dudas me mataban. ¿Qué podía aportar al Cohete más allá de la edición pura, cuando lo mío no era la información dura ni el análisis político? Con el tiempo entendí que había un tema sobre el cual podía pensar con cierta autoridad. ¿O no había crecido en un tiempo durante el cual se pervirtió el sentido de las palabras, creando una realidad paralela? La gran estafa de Cambiemos no es sólo económica, sino cultural. Llenaron nuestro lenguaje de virus, vaciándolo de significado. Por eso tornan normal lo monstruoso, hasta el escándalo de pretender que un niño de 13 asuma la culpa de su propio homicidio. De repente, el hecho de haberme (de)formado entre los medios de la dictadura daba jugo: como los perros entrenados para oler billetes, yo podía identificar la práctica de la mentira. Y así, cuarenta años después de mi exabrupto original, volví a decirme: Quiero ser periodista. Pero no como profesión burguesa, o no sólo por eso. Ante todo fue el modo que encontré de involucrarme políticamente, para no permanecer de brazos cruzados en una hora tan aciaga.

El Cohete A La Luna es periodismo y a la vez un acto de resistencia. Somos artistas del hambre. Como tantos otros compañeros de ruta —los medios independientes de verdad—, trabajamos en situaciones que no pueden ser más precarias, desprovistos de medios elementales y compensando lo que no hay con lo único de que disponemos: información, prepotencia de trabajo, el imperioso deseo de comprender, la generosidad de colegas y amigos, nuestro tiempo — y nuestra vida. El mismo Horacio se queja y ríe en simultáneo porque trabaja más de que a los veinte años. Pero, como dice el refrán: sarna con gusto…

Nos hemos convertido en un zumbido incómodo, porque entre otras razones tomamos el libreto que nos tiraron y lo dimos vuelta. Cuando se enfrentaba a los empresarios a los que el gobierno dejaba en la lona, el ex funcionario Pancho Cabrera les decía: Reconviértanse. El senador Esteban Bullrich —hombre de campo, al igual que un arado— explicaba las ventajas de vivir en la incertidumbre. Y el mismo Presidente enfrentaba a la gente temerosa que le ponían delante y la alentaba a devenir emprendedora. Eso es, en fin, lo que estamos haciendo. Nos reconvertimos. Ahora somos emprendedores del periodismo. Y ayudamos a los funcionarios a compartir con todes la experiencia de vivir en la incertidumbre.

La lid es brava porque, además de hacer periodismo, hay que difundirlo. Comparados con las grandes empresas del ramo, nuestro alcance no puede ser más modesto. Pero crecemos a partir del boca a boca, desde la necesidad del pueblo de disponer de algo parecido a la verdad; información y análisis que le permitan dar pasos en firme, en lugar de seguir hundiéndose en la ciénaga que producen aquellos que Walsh definía, ya en 1956, como la cadena de desinformación.

 

 

Se trabaja en condiciones marginales pero nadie se queja, porque ya lo hizo en su momento gente infinitamente mejor que uno, y en situaciones más acuciantes. Por eso caben aquí, aunque se las sepan de memoria, las palabras que Walsh acuñó para difundir noticias en el ’76. Vale la pena repetirlas, porque nunca han sido tan oportunas, y porque no contamos con nada que se parezca más a un rezo laico:

Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance… Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad.

En 1963 Phil Graham, editor del Washington Post, dijo: “El periodismo intenta producir semanalmente un primer borrador de la Historia, que nunca completa, sobre un mundo al cual no termina de comprender del todo”. Una idea interesante, pero inaplicable a nuestra realidad. En un país donde se respetan la ley y las instituciones, los periodistas pueden trabajar de cronistas. Pero en países como este, donde los gobernantes desconocen la institucionalidad y violan la ley a diario, los periodistas —me refiero a aquellos que no trabajan de decir lo que el sobre y la pauta les determinan— estamos llamados a aportar algo más.

Además de arrancar con la escritura de la Historia, tenemos que ayudar a hacerla desde el llano, codo a codo con nuestra gente. Si informamos y analizamos con precisión y buen juicio, haremos algo más que contar lo que pasa: contribuiremos a derribar el muro de mentiras y a que se vea sin interferencias que Cambiemos no es la derecha moderna, sino el conservadurismo más retrógrado y brutal; un régimen que, no contento con endeudarnos por encima de nuestras posibilidades de repago, desarticula todas las herramientas del Estado para cuidar de su gente e impide que nos recuperemos cuando el viento cambie. Quieren desandar la Historia de un bombazo, regresándonos a los tiempos aristocráticos y pastoriles de la colonia — nos están enviando de vuelta a 1809.

Pero en la Argentina de Walsh, de Conti, de Urondo, de Oesterheld, un narrador no puede darse el lujo de conservar prudente distancia de lo que cuenta. Debe escribir sobre lo que está colaborando a parir mientras se confunde con su sujeto, o bien dedicarse a las palabras cruzadas.

Macri dijo horas atrás que este mal trance se debe a seis tormentas consecutivas. Si sigue mirando al cielo lo va a sorprender la séptima, que viene de abajo.

 

 

  • Este texto fue concebido para un congreso que tuvo lugar días atrás en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).
47 Comentarios
  1. Claudio A. Rapoport dice

    Excelente nota. Un placer leerla.

  2. Elsa Julia Passicot dice

    Admirable el texto a pesar de que naci en el 46,comprendo y siento profundamente cada pensamiento expresado.Esteticamente bello,gracias.

  3. Daniel Vilá dice

    Un abrazo grande de tu compañero de “El Periodista”.

  4. Federico Docampo dice

    Es como una re versión ampliada del prólogo de Operación Masacre pero ampliada hasta el paroxismo por el YO/CV del autor. Walsh que quería dedicarse al ajedrez y las novelitas policiales y nada más, el “fusilado que vive” lo llamó al periodismo… El texto tiene esa misma dinámica, sólo que no lo salpicó la historia con sangre como a Walsh.

  5. Pedro dice

    Gracias Marcelo tu texto es esperanzador, en medio de tanta palida. Gracias

  6. Diego armando dice

    Hola, podrias x favor brindarnos mas detalles de tu comentario?
    “me rompí el culo”

    Tuvistes alguna ayudita o te arreglastes solito?
    A juzgar por tus escritos, tengo la impresion que te ayudaron bastante en la tarea.

    Un beso

  7. senastian dice

    Eres grande Figueras, gracias por estar ahí.
    desde Barcelona te escucho!!!! abrazo grande

  8. Abi dice

    Es un placer leerte.

  9. Sebastian dice

    Sos grande marcelo, muy grande!!!! Gracias.
    desde Barcelona te abrazo!!!!

  10. Lucas dice

    Marcelo como siempre es un placer leer tus notas. Desde hace varios artículos me quedo con la sensación de que todos podemos, desde nuestros lugares, hacer algo más para cambiar la realidad.
    Creo que palabras como las tuyas son fuegos que encienden otros fuegos… En eso estamos, tratando de encender conciencias desde el lugar que nos toque.
    ¡Abrazo grande!

  11. josé jorge quintana dice

    Sigo, domingo a domingo a El Cohete, y celebro que este espacio exista. Me gustan mucho tus artículos pero no te lo digo para alabarte, sino porque encuentro una gran coincidencia ideológica y política con los mismos, aunque yo no soy capaz de expresarlos con tan buen estilo…Creo que el periodismo argentino -con honrosas excepciones- pasa por un momento de crisis y decadencia, fruto de su mercenarismo (existe esta palabra?)…Afortunadamente, en medio de las “tormentas”, aparecen ráfagas de aire fresco y revitalizante, como El Cohete…Admiro a Walsh, a Conti, a Oesterheld, a Urondo, y también a Horacio Verbitsky…ANCLA es un maravilloso ejemplo para tomar en cuenta y -lo digo modestamente poque siempre, desde mi juventud, he sido un modesto miltante del campo nacional y popular-, y COMPARTIR, que es lo que hago a través de mi fbook, como ,precisamente, una tarea MILITANTE…tal vez, si tods sembráramos el campo virtual, el juego podría cambiar. Un abrazo y, ahora sí, LOS FELICITO!!!

  12. Ana dice

    Como todos los domingo, aunque hoy es lunes, gracias.

  13. Ana dice

    Como todos los domingos, aunque hoy es lunes, gracias

  14. Juan dice

    Recuerdo bien la propaganda de la que habla en el segundo párrafo. Y el libro. Era el Manual de Marxismo-Leninismo, editado por la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. La frase del que pasaba el libro era “mañana lo discutimos”. He tenido ese libro en mis manos. Su lectura es imposible, no alcanza una vida entera. Y de discutirlo, ni hablar.

  15. Juan dice

    Recuerdo aquel libro a que refiere el segundo párrafo: era Manual de Marxismo-Leninismo, editado por la Academia de Ciencias de la URSS. y la frase era “mañana lo discutimos”. Lo recuerdo patente patente porque ese libro estaba en mis manos (en un canuto) y me consta que para su lectura no alcanza una vida. De discutirlo, ni hablemos

  16. Monica Elisabeth Arias dice

    Hermoso articulo!

  17. Cristina dice

    Marcelo
    Cada domingo te leo… Me identifico… Un alivio… Gracias!

  18. Chabela dice

    Gracias Marcelo Figueras, por tan noble y honrosa postura expuesta en justas frases. Lo demás, es como decían hace tiempo, pasto para los frustados críticos, devenidos erróneamente en salvadores. Te sigo leyendo. Abrazo grande.

  19. Luis Carrizo dice

    Un buen texto es el que te ayuda mirar y repensar

  20. julio González Esteves dice

    Impecable final. Gracias Figueras por tu talento.

  21. Alejandro De Angelis dice

    Hola Marcelo, me gustaría contactarme con vos. Leyendo esta nota descubrí las increíbles coincidencias entre ese primer cuento tuyo y mi primera novela editada, que presenté este sábado en La Plata. En ambos, por lo que decís, está la idea del avance del agua y el surgimiento de los cuerpos a la superficie como una evidencia inocultable. Particularmente en el caso de mi novela genera una inevitable reminiscencia a la inundación del 2 de abril que ocurrió en mi ciudad. Quisiera leer tu cuento y hacerte llegar mi novela (nouvelle, que le dicen). Gracias y espero tu mensaje.

  22. Guillermo Geremía dice

    Marcelo…para quienes cada tanto nos replanteamos si lo que hacemos como periodistas sirve de algo, este texto es sacarnos el polvo de este revuelque al que estamos sometidos, pararnos otra vez en la trinchera y seguir informando, como podamos. Abrazo

    1. Marcelo Figueras
      Marcelo Figueras dice

      Mil gracias.

  23. Laura dice

    Excelente texto, que linda la vida después de clarinete y qué responsabilidad con machirulo!! Me enamoré al leerre

  24. Joaquín L dice

    Marcelo, no se si fue una carnada estratégica para hablar del periodismo y de este experimento oligárquico que tenemos por gobierno, pero me identifiqué mucho con tu dilema precoz al tener que elegir entre ficción y realidad.
    Celebro que hayas podido conjugar finalmente estas dos dimensiones si es que alguna vez estuvieron escindidas.
    Avanti con todo!

    1. Marcelo Figueras
      Marcelo Figueras dice

      Abrazo y gracias.

  25. miryam dice

    Tristemente maravilloso…aunque esperanzador!!! Gracias por escribir…gracias por este periodismo…gracias a El Perro por insistir y acercarnos a tu escritura!!!

  26. Ana dice

    Como cada domingo leo y disfruto -o me emociono- con tus notas. Siempre las compartía en Twitter, pero no sé por qué extraña razón me bloqueaste, Nunca ofendo a nadie en las redes y es la primera vez que me pasa. No es muy importante, pero me dolió. De todos modos, cada domingo leo tus notas con gran interés.

    1. Marcelo Figueras
      Marcelo Figueras dice

      Debo haber malinterpretado un twitt tuyo como agresión gratuita. Decime cómo figurás allí y te desbloqueo.

      1. Ana dice

        @pirusana

  27. Graciela GR dice

    Me siguen gustando mucho tus textos.
    Espero que eventualmente el disidente dominguero se canse… Resentidos hay por todos lados…
    Fuerza, y adelante, que lxs necesitamos!

  28. Ana Celina Puebla dice

    Excelente Marcelo, muchgas gracias para los domingos mañaneros. El periodismo hoy, así como también nuestras prácticas cotidianas, se han convertido en periodismo de resistencia.

    1. Marcelo Figueras
      Marcelo Figueras dice

      Abrazo.

  29. Maya dice

    Qué pena que te pierdas el regocijo de la buena lectura… pobre Roberto Carlos.
    Gracias Horacio y todo El Cohete por ser todo lo que Marcelo describe magistralmente.

  30. Fran dice

    Buenas Marcelo! Será mucho pedirte que escribas en algún momento sobre la poética de Atahualpa Yupanqui? Espero cada semana tus artículos y hasta he usado alguno para introducir temas en clase. Trabajo en la escuela secundaria, soy docente de adolescentes (usamos tu relato de como viviste el momento del golpe del 76). Gracias y fuerte abrazo.

  31. Cris Galasso dice

    Marcelo
    Muy buena narrativa pero te faltó esas clases de la Universidad Nacional de Lomas, donde sufriamos la censura y la mala filosofia de Parica. Compartí algunos de esos momentos contigo y me alegra este presente que nos encuentra a mi en un medio autogestionado y a vos acá y en la radio comunitaria.

    1. Marcelo Figueras
      Marcelo Figueras dice

      Abrazo, Cristina. Tengo un recuerdo tan vago de aquellas clases… ¡Pero no me olvido de la gente!

  32. Alberto dice

    Brillante!!!!!!!!

  33. Roberto Carlos dice

    Muchacho ( presumido), vamos coincidiendo en algo:
    “Puedo explicar qué me impresionó de Horacio, aunque no sabría explicar qué vio él en mí”
    Yo tampoco veo que vio en vos. Esto es francamente insoportable, yo, yo, yo. Si con tan poco podes vivir de esto, argentina todavia es un pais generoso ( y HV tambien).
    Aflojale macho. Baja a la tierra. Meu Deus!
    Anda a buscar besitos a tinder.

    1. Chabela dice

      Pobre Roberto Carlos. Tan estrecho de miras. Está bien, siempre será una opinión. Claro que, estrecha, o más : estrechísima.

  34. LILIAN dice

    su escritura, además de develar , es una caricia al alma. GRACIAS

    1. Marcelo Figueras
      Marcelo Figueras dice

      Mil gracias. ¡Mis profesores estarían orgullosos!

  35. Jorge dice

    Excelente, gracias!!

    Saludos
    Jorge
    Bahia Blanca

  36. Oscar D'Avino dice

    Brillante.Gracias Marcelo.

    1. Marcelo Figueras
      Marcelo Figueras dice

      Mil gracias.

  37. Pato dice

    Todo el dia pensé q talvez no dispongamos de referencias para vivir lo q nos van a dejar. En los 90 fue el periodismo el q me alertó : la politica nos iba a abandonar, y el sistema funcionaria con 2/3 de nosotros afuera. La politica, mi primer amor. El Flaco y el Perro fueron el refugio de mi corazon hecho pelota. Mude mi cuerpo a Cordoba y mis lecturas a la ciencia ficción. Sobreviví. Más tarde fui feliz, porq ella volvió, a cumplir mis fantasias y arengué a todos cuanto pude a que vivieran intensamente esa tregua feliz inesperada (La tregua, q fue novela de pasaje al secundario el mismo año que me habilitaron el peronismo, fue el concepto con el q me representaba ese pasado x el q discutian mi viejo con mis tios)
    Mi mundo solo sigue siendo soportable porq H.V. está ahi, haciendo siempre de si mismo. Mi familia,mis amigos ya lo saben: no me avisen si un dia se va, mientanme, haganmé el enorme favor. Me puedo imaginar aterrorizada, parada en medio de una habitacion blanca. Los diez minutos mas tremendos de mi vida y luego plop….

    (cuando coso ganó en CABA prometi sucidarme si llegaba a presidente, soy miedosa, prevenida, INFORMADA , pero ya aprendi q sobrevivo….y toda la zaraza es para decirte q me dio como una “esperanza pasión triste” empezar a leerte en estos meses, capaz q si no me muero antes y el Perro no tiene planes en un par de pares de años mas podrias reemplazarlo…)

    1. Marcelo Figueras
      Marcelo Figueras dice

      Abrazo. Mil gracias x seguir ahí. El Perro es irremplazable, uno le hace coros, nomás.

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