Un reciente y breve ensayo del profesor de Teoría Política en la Universidad Carlos III de Madrid, Santiago Gerchunoff, incursiona en un tema de gran actualidad, como es el uso desmedido de la palabra fascismo. Con un título bait (Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo. Para qué no sirve la historia), ironiza sobre el uso excesivo de una expresión que se utiliza para caracterizar cualquier régimen más o menos autoritario. El “detalle siniestro” al que hace referencia el título del ensayo es una referencia crítica “a las lecturas contemporáneas del pasado que recurren a la historia como profecía y advertencia”. De este modo incursiona en uno de los temas más espinosos de la filosofía política: para qué sirve la historia y cuándo resulta arriesgado acudir a ella.
La primera cuestión que deja clara Gerchunoff, utilizando para ello una cita del ensayista británico Michael Oakeshott de 1952, es que “no poseemos un lenguaje político 'científico' en el que cada expresión tenga un significado fijo, simple y universalmente reconocido; solo tenemos un lenguaje vivo, popular, a merced del uso y de las circunstancias en el que cada expresión es susceptible de muchas interpretaciones, ninguna de las cuales carece de fuerza y significación”. En la última década, con la proliferación en el mundo de partidos y gobiernos de ultraderecha, la etiqueta de “fascismo” ha sido adjudicada con fruición. Al establecer un cierto paralelismo entre la actualidad y el fascismo histórico de la primera mitad del siglo XX, se intenta encontrar semejanzas a modo de “advertencias preventivas”, con la secreta esperanza de que de este modo se contribuye a evitar la catástrofe inminente. Gerchunoff añade que cuando usamos la palabra fascismo, “nos sentimos virtuosos, osados y vivos de un modo muy específico” porque “llamar fascista a nuestro adversario político es conectarlo con un linaje ominoso, heredero de la cascada de matanzas y tropelías que se cometieron en Europa en la primera mitad del siglo XX”.
Uno de los recursos retóricos más usados consiste en acudir a aquella poesía atribuida a Bertolt Brecht que comienza diciendo: “Primero se llevaron a los judíos/pero a mí no me importó porque yo no lo era”. Gerchunoff nos aclara que el verdadero autor de esa poesía ha sido Martín Niemöller, un pastor protestante alemán que en principio apoyó al nazismo y luego terminó encarcelado por el régimen. Es evidente que lo que se busca es advertir, despertar a los ciudadanos dormidos, para evitar repetir el supuesto error de aquella masa de ciudadanos europeos que se percataron demasiado tarde del poder del monstruo que se estaba incubando. Gerchunoff encuentra detrás de esa poesía “un detalle siniestro, una manera sutil y perversa de exonerar a los verdugos”, porque en el “falso Brecht” las víctimas, con su ingenuidad o su pereza, aparecen como corresponsables de su propia desgracia. También queda expuesta la conexión entre nosotros y las víctimas de la barbarie pasada, que con su sacrificio hoy nos permiten quedar “del lado correcto de la historia”.
El uso profético de la historia
El tema del uso abusivo de la palabra fascismo enlaza naturalmente con el fascinante tema del uso profético de la historia. Gerchunoff inicia este capítulo con una cita de Paul Valéry de 1931, que por su belleza pornográfica merece ser reproducida: “La historia es el producto más peligroso que la química del intelecto haya creado. Sus propiedades son bien conocidas. Hace soñar, embriaga, engendra recuerdos falsos, exagera los reflejos, mantiene abiertas viejas heridas, atormenta en el reposo, conduce al delirio de grandeza o al de persecución, y vuelve a las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas”. El uso profético de la historia hace referencia a la suposición de que con el estudio de los desastres del pasado adquirimos la rara habilidad de evitar repetirlos. Al considerar a la historia como una obra humana, la asimilamos inconscientemente a la fabricación de cualquier producto, donde el artesano o el fabricante pueden corregir los defectos de su output. La historia queda así asimilada a una ciencia exacta, como la astronomía, que nos permite datar los próximos eclipses. Pero esto no es más que una ilusión: “Las víctimas del Holocausto no sabían lo que se les venía encima porque no podían saberlo, del mismo modo que nosotros tampoco podemos saber con precisión lo que nos depara el futuro”.
En este error incurren, en opinión de Gerchunoff, libros proféticos del tipo Cómo mueren las democracias de Levitsky y Ziblatt, cuyo subtítulo (Lo que la historia revela sobre nuestro futuro) “es historia profética procesual descarada. Hay un goce en el supuesto conocimiento de los mecanismos por los que se llegará al final de la democracia”. Lo único cierto, afirma nuestro autor, es que no tenemos la mínima idea de lo que nos depara el futuro. La visión profética cree conocer la lógica de los acontecimientos y se atreve a anunciar el probable desenlace. Pero nada garantiza que las cosas puedan reconfigurarse de modo mejor (o incluso peor) que en el pasado.
La otra historia
Abandonar la visión profética de la historia resulta angustiante porque supone asumir lo contingente, lo que escapa a nuestra capacidad de previsión, y esto nos obliga a reconocer con humildad que nada es tan determinante ni tan evidente. Sin embargo, seguimos necesitando la historia, no para conocer el futuro, sino para entender el pasado. Y para entender ese pasado, hay que ordenarlo de acuerdo con la idea de causalidad, de proceso: cómo se concatenaron las acciones, qué elementos contribuyeron a que se abriera el cauce por el que discurrió la corriente. Una reconstrucción que siempre es a posteriori, retrospectiva y sujeta inevitablemente a debates inacabables.
Otra importante función de la historia es pedagógica, porque nos enseña y nos alerta sobre las características de la naturaleza humana y su enorme versatilidad para hacer el bien o cometer atrocidades inimaginables. También, paradójicamente, cómo la propia enseñanza de la historia, supuestamente dirigida a sensibilizar a las nuevas generaciones para que no repitan las atrocidades del pasado, puede producir efectos insospechados. El victimismo puede ser aprovechado para alimentar el resentimiento, que es un arma poderosa para movilizar grupos sociales. Como señala Eva Illouz en La vida emocional del populismo (Ed. Katz), el recuerdo de las heridas del pasado es decisivo para condicionar el presente. “El resentimiento crea no solo una memoria, sino una memoria rumiante, que invoca y repite incesantemente el pasado como si este hubiera permanecido fijo e inmutable”. Un caso notable y actual es el uso que del Holocausto hace el gobierno de Israel para exonerarse de las barbaridades que comete.
La locura en la historia
Finalmente, la historia no nos inmuniza contra la locura de los líderes políticos. Este va a ser siempre un resultado imprevisible de la historia. Uno de los autores que ha indagado en el tema es el psicoanalista y escritor italiano Luigi Zoja, autor de Paranoia, la locura que hace la historia (EFC). Zoja considera que hay un potencial paranoico presente en todo hombre común, cualquiera que sea la sociedad en la que viva. Algunos líderes políticos alcanzaron éxito por su capacidad de despertar la paranoia dormida en esos hombres comunes y corrientes.
Jamele Buil, en una columna del The New York Times titulada “La venganza de Trump”, reflexiona sobre los extravagantes comportamientos del Presidente norteamericano que el autor de la nota atribuye a la paranoia y al propósito de revancha del Presidente norteamericano. Esta habilidad se hace especialmente evidente cuando Trump utiliza el poder del gobierno federal contra aquellos estadounidenses que desafían su voluntad. Ahora tiene que lidiar con el fracaso de la guerra contra Irán, que es fruto de un error estratégico provocado por su soberbia. El enorme riesgo que conlleva esta situación, sin aparente salida honorable, reside en el temperamento de Trump y el modo en que pueda reaccionar frente a una trampa que él mismo ha creado. “Con el terrible poder de Estados Unidos a su alcance, es aterrador pensar en lo que podría hacer para salvar su frágil autoestima”. Lo que confirma la idea de que nada nos protege de que alguien arroje la nave Tierra contra los arrecifes.
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