PA’LANTE

Curso de Alegría Fundamentalista (cero Coaching Ontológico) en diez canciones

 

Me hice periodista porque me encantaba compartir mi deslumbramiento por ciertas obras de arte: películas, discos, libros, series, historietas… La idea de hablarle a otros de alguna maravilla que creía haber descubierto (de puro nerd, obvio) me daba placer. The more, the merrier, dice el refrán: cuantos más seamos los que disfrutemos de esto, mejor, pensaba yo. Y por supuesto, asumía que lo mismo le pasaría a la mayoría de mis colegas.

Años más tarde, cuando ya tenía algo que se podía llamar trayectoria, me invitaron de una escuela de periodismo para conversar con un grupo de estudiantes. Yo todavía era demasiado joven para espantarme de las nuevas generaciones —tenía 30 años menos, mon Dieu—, pero aún así conservo un recuerdo inquietante. Buena parte de aquellos críos concebía el periodismo como un carnet habilitante para elevar o bajar pulgares. No parecían muy interesados en formarse, ni en argumentar: sólo aspiraban a que la cámara o el micrófono los tomase bien mientras decían esto me encantó, o esto es una cagada, sin abundar en explicaciones ni fundamentos. (Hablo de los ’90, ojo. La mayoría de los pibes de entonces eran otra cosa, como lo demuestra el fenómeno de Los Redondos. Pero, evidentemente, este grupete al cual me refiero había sido menemizado a morir.)

Lo que más ilusionaba a algunos de estos críos era la posibilidad de destrozar alguna obra. Eso les hacía brillar los ojitos, por encima de la posibilidad de elogiar. Admito que he tenido mi etapa de críticas incendiarias, pero aun así me entusiasmaba más levantar la mano y hablar de unos tipitos nuevos llamados Talking Heads, o hermanos Coen, o U2, o Leós Carax, o Prince, que reventar un tinglado artístico a cascotazos.

 

Alynda Segarra, mucho gusto.

 

 

Pasaron varias décadas, pero —al menos en ese aspecto: ¡algo es algo!— yo no cambié. Sigo saliéndome de la vaina cuando descubro una obra que me parece valiosa. En pleno disfrute, me pongo a pensar a quién contárselo, o en qué medio decirlo o escribirlo. ¿Cuál sería la gracia de experimentar en soledad algo que, aunque pueda saborearse individualmente, crea comunidad? Ver una película o escuchar música sin nadie alrededor depara momentos transformadores, sublimes. Pero nada se compara a lo que vivís cuando la música atraviesa un mar de gente del que formás parte; o el modo en que la película que está conmoviéndote hace vibrar en simultáneo —reír, llorar, contener la respiración— a todos los que te rodean.

Días atrás descubrí una banda que me dio ganas de prender el megáfono. Me compró desde antes de escucharla, siquiera, porque se llama Hurray for the Riff Raff y eso significa Hurra por la chusma, o —si le aplicamos un giro más argento— Que vivan los choriplaneros. O la mersada. O el populacho. O la turba. O la plebe…

Mientras disfrutaba de la música, entendí que, antes que una banda, Hurray for the Riff Raff era una suerte de one woman show. Porque en esencia se trata de Alynda Segarra, que como la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez es estadounidense, pero de origen portorriqueño. Alynda compone, toca instrumentos varios y canta con una voz preciosa que suena a chica recién levantada después de una noche de juerga, o de desvelo existencial, o de tarea social en medio de una catástrofe. (No descarten esta última posibilidad, porque es central.) Creció con sus tíos en el Bronx y se convirtió en habitué de los conciertos de hardcore punk que ofrecía el ABC No Rio, una fundación artística sin fines de lucro que funcionaba en el Lower East Side. Como compartía un apartamento pequeño con sus mayores, no tenía margen para hacer sonar una guitarra eléctrica. Por eso fundó una bandita punk donde tocaba… el banjo. A los 17 no aguantó más y dejó Nueva York, viajando por el país y subiéndose a trenes de carga en movimiento, como los vagabundos de la tradición.

 

 

 

 

Hablo de una chica menuda de rasgos andróginos, en los cuales la sangre latina es evidente. (Cuando en los medios del Norte hablan de Alynda usan pronombres plurales, como «they» o «them», en vez de «her» o «his», como reclama la gente que se reconoce genderqueer, es decir ni totalmente femenina ni del todo masculina.) Retomo la historia: finalmente Alynda viajó a Puerto Rico, como parte de una iniciativa para llevar instrumentos a las escuelas públicas, y allí brindó su primer concierto. Tiempo después llegó a New Orleans, ciudad que adoptó como su lugar en el mundo. En 2007 se integró al combo local llamado Dead Man Street Orchestra, que tocaba en las calles por propinas y encaraba giras viajando del mismo, poco ortodoxo modo mediante el cual Alynda había llegado allí. El fotógrafo James Heil se prendó de la banda y los siguió donde fueren, creando así un foto-ensayo, The Ballad of the Hobo (La balada del vagabundo) que la revista Time publicó en 2007 y que los mostraba tal como eran: «Durmiendo al aire libre, buscando comida en tachos de basura, bebiendo de más y drogándose mientras hacían música maravillosa».

 

Los modernos «hobos», según James Heil.

 

 

Hurray for the Riff Raff debutó en 2008 con una serie de álbumes producidos y editados de forma independiente. En 2011, la música contemporánea de New Orleans llamó la atención a través de la serie de HBO llamada Treme —otra creación de David Simon, el responsable de la maravillosa The Wire— y eso ayudó a que la canción de Hurray llamada Daniella fuese listada como una de las indispensables para quien husmease el soundtrack de la ciudad.

En 2012 editaron el disco Look Out Mama, que la revista No Depression —dedicada en profundidad a la música con raíces folk de los Estados Unidos— describió como «algo que (la banda canadiense) The Band podría haber estado escuchando en una vitrola mientras grababa Music From The Big Pink en Woodstock».

No sé qué les pasa a ustedes, pero al menos yo, cuando oigo o leo que describen música de cierta manera, siento deseos de correr a escucharla.

 

 

 

 

La música de las primeras encarnaciones de Hurray for the Riff Raff suena desde afuera del tiempo: es vieja y moderna a la vez, con la voz de Alynda presentada de modo más desnudo, como si estuviese cantando ahí, a metros nomás y sin micrófono, en la esquina que corta la avenida.

En 2014 llegó Small Town Heroes, un álbum que incluía al menos dos canciones memorables. La primera es St. Roch Blues, y tiene algo de ese género llamado doo-wop que Alynda aprendió a amar en el Bronx, cuando todavía era niña y vivía entre inmigrantes. Es un homenaje al barrio de New Orleans que fue epicentro de una horrible serie de crímenes en el año 2011. «Vuelan balas de las manos de un joven / La gente muere / Nadie entiende nada», canta Alynda. «Debe haber algún lugar en este mundo / Porque yo sigo tratando / Y sigo tratando».

 

 

 

 

La otra canción se llama The Body Electric. La periodista y ensayista Ann Powers —que trabajó en el New York Times y en el Village Voice y ahora en NPR Music, prestigiosa radio pública— dijo que The Body Electric era «la canción política del año». En ella, Alynda dialoga con una víctima de la violencia machista. Va al río donde el asesino depositó el cuerpo e interpela al cadáver: «Y yo dije, ‘My girl, ¿qué te pasó?’ / Y ella dijo: ‘My girl, hay que frenar esto de algún modo». La estrofa final es estremecedora en sí misma pero, para ser sincero, en estos días que estamos viviendo le encuentro una resonancia extra:

Y decime, ¿qué puede hacer el hombre del rifle en la mano

Por un mundo que está muriendo de a poco?

Decime, ¿qué hará por su hija el hombre del rifle en la mano

Cuando el turno de morir le llegue a ella?

 

 

 

 

El año 2017 trajo el álbum de lo que podríamos llamar su consagración: The Navigator. El disco tiene un hilo narrativo. Cuenta la historia de una chica de 16 años llamada Navita, o Navi, que —dice Alynda— «tiene la sensación abrumadora de que algo está mal, y se siente muy avergonzada de sus orígenes». Por intercesión de una mujer con poderes, Navi cae dormida y, cual la bella del cuento pero sin beso, despierta al cabo de 40 años, para descubrir que todo ha empeorado. La ciudad está al mando de una figura dictatorial («En mi imaginación, es Trump», confiesa Alynda) «que quiere sacar a toda la gente pobre y de color de ciertos barrios y enviarlos a otra parte».

The Navigator muestra además la expansión de la paleta musical de Alynda, que trasciende el acercamiento reverencial a las formas folk y blues de sus primeras canciones. Me pregunto si sobreactuaba de manera inconsciente su respeto por la música estadounidense tradicional, como si quisiese subrayar que ella también era made in USA. Lo innegable es que su talento explotó una vez que se permitió dar rienda suelta a los sonidos que heredó de Puerto Rico. Ahora en sus canciones hay rock y pop y cuerdas y un sabor latino innegable, que convierte The Navigator en la banda sonora de unos Estados Unidos que nunca antes habías visto / oído.

En Living In The City, por ejemplo, suena como la reencarnación genderqueer de aquel transformer original que fue Lou Reed.

 

 

 

 

En la canción Rican Beach, Alynda canta:

Primero se robaron nuestro lenguaje

Después se robaron nuestros nombres

Después se robaron las cosas que nos daban fe

Y entonces se robaron nuestros vecindarios

Y se robaron nuestras calles

Y nos dejaron para que muriésemos en Rican Beach.

Bueno, podrás tomar mi vida

Pero no te lleves mi hogar

Tiene un precio caro

Que incluye mis huesos.

Yo voy a seguir luchando hasta el final.

 

 

 

 

La canción más conmovedora se llama Pa’lante, pero no voy a hablar de ella todavía. Prefiero referirme al nuevo álbum de Hurray for the Riff Raff, que se llama Life On Earth (Vida sobre la Tierra) y salió el 18 de febrero. Allí Alynda curte un estilo que decidió llamar nature punk, o punk de la naturaleza. En parte, supongo, porque mucha de la imaginería pasa por la energía y la creatividad irrefrenable de la vida. Incluye, de hecho, la canción más deliciosamente rockera —además de ser la única, conjeturo— que se le haya dedicado a un rododendro. «Puedo oírte hablar / Vos me oís respirar / Partí mi cabeza y abrila», reclama. «Desperté en un campo de maíz / Contemplando un cielo renacido / Espíritu, encontrame / Oh, espíritu, guiame / Que me he vuelto adicta / Al high de la violencia».

 

 

 

 

Lo primero que sorprende del álbum nuevo es hasta qué punto Alynda sigue ampliando su horizonte. Pierced Arrows, por ejemplo, es una versión dance de Hurray for the Riff Raff, que no desentonaría en una lista que incluyese canciones de Dua Lipa y Lorde y Charli XCX, de no ser porque sigue hablando de las cosas de las que siempre habla. «Este es el lugar que se desmoronó / Y vos fuiste quien lo hizo pedazos… Todo este puto mundo está cambiando… Las flechas perforadas que caen del cielo / No van a hacer que me achique / No tengo miedo de llorar».

 

 

 

 

Uno de los puntos altos del álbum es una canción que se llama Precious Cargo (Carga preciosa) y narra de forma impiadosa la odisea de un inmigrante.

Carga preciosa en el río

Nadando, yo, para cruzarlo nomás

Con los bebés al hombro

Agarrados de mi cuello para no perderse

Logramos cruzar la selva

Sin agua por dos semanas

Vimos muchos muertos por el camino

Y matones ocultos detrás de los árboles

Llegamos a la frontera

Di el salto y me detuvieron

Me separaron de mi familia

Ahora la luz se está diluyendo

Me llevaron al cuarto frío

En cuyo piso dormí

Con una hoja de aluminio como frazada

Durante diecisiete días o más

…………………………

No sé por qué me miente

El hombre de Inmigración y Aduanas (ICE)

No sé por qué me odia

El hombre de Inmigración y Aduanas

………………………..

Nunca he visto otra cosa que esposas en mis muñecas

Desde que llegué a los Estados Unidos.

 

 

 

 

Les haría escuchar todos los temas del disco, se habrán dado cuenta. Cuesta elegir, porque es la más bella colección de canciones que haya recibido de sopetón en un tiempo considerable. Haciendo un esfuerzo, voy a limitarme a compartir la canción que da el título al álbum: Life On Earth, que Alynda describe como «un salmo para todos los seres de este planeta», porque de algún modo corporiza los méritos del disco entero. Habla de las cosas que amamos y de las que gozamos, pero también de las que nos desvelan en las madrugadas.

(Mariposas) Monarca en vuelo, la temprana luz del amanecer

La vida en la Tierra es larga

El sol en el Oeste y la persona a la que amás mejor

La vida en la Tierra es larga

Pero no, puede que no te encuentre allí

Para sentir la brisa y respirar el aire

Pero (la Tierra) está en mí,

Infinitamente.

 

 

 

 

Las canciones de Life On Earth son actuales y globales en el mejor sentido, porque contienen el mundo entero y múltiples culturas. Y se refieren a las cuestiones que deberíamos abordar si queremos seguir viviendo, y no sobreviviendo apenas, en este lugar. Pero no lo hacen a pura bajada de línea, llevando al rojo la aguja del protestómetro y machacando nuestras almas con el martillito de las ideologías. Esta fan de Nina Simone que es Alynda no olvida ni por un segundo que está haciendo música popular, y por eso sus canciones son, ante todo, bellas: por los sonidos que combina y por la sonoridad —musical y poética— de sus palabras. Y al crear belleza, hace que reflexionemos sobre lo que ocurre (mucho de ello terrible y desesperante, no hace falta que lo subraye) pero, al mismo tiempo, que recordemos por qué vale la pena «seguir luchando hasta el final». Si algo salta a primera oída respecto de la música de Hurray for the Riff Raff es que nunca le da cabida al miserabilismo ni a la autoconmiseración. A los y las protagonistas de sus canciones suelen pasarles cosas terribles, pero nunca sienten pena de sí mismos. Estarán jodidos, pero no por eso olvidan la belleza inherente al mero hecho de existir.

Es lo mismo que decía el viejo Marco Aurelio en sus Meditaciones (hablo de un muñeco que pensó, sintió y escribió a comienzos de la era cristiana): «Quedate —pensando o viviendo, sugería, como si más bien dijese: mudate, instalate— en la belleza de la vida». Si conseguimos que nada de lo que pasa, por fulero que sea, nos expulse de ese domo protector; si no olvidamos ni por un segundo que nuestras vidas pueden ser la mierda que los poderosos pretenden que son o, por el contrario, embajadoras de la belleza en este mundo; si contra viento y marea sostenemos el contacto con aquellas cosas, actitudes y personas por las que vale la pena defender la vida sobre este planeta, conservaremos la dignidad y haremos algo bueno en simultáneo, hasta donde dure la cuerda — que es de lo que se trata, ¿o no?

De eso tratan, y eso ponen en acto, las canciones de Life On Earth.

Así las define Chris Deville en el medio digital Stereogum: «Música para sobrevivir, pero además prosperar, en el contexto de un colapso mundial».

 

 

 

 

Más allá de la belleza de la música per se, lo que me conmovió del descubrimiento de Hurray for the Riff Raff es la actitud con la cual Alynda Segarra se planta ante esta hora del reloj histórico. La periodista Rachel Aroesti, del diario inglés The Guardian, la define así: radical joy, dice, lo cual literalmente significa alegría o regocijo radical, una configuración que a nosotros, argentos, nos suena chanfleada por razones que huelga explicar. (Lo único radical que caracteriza a la mayoría de los ucerreístas de hoy es su obediencia ciega a los poderes establecidos.) Así que voy a arrogarme una licencia poética, arrimándome a otra experiencia argentina que compensaría el desbalance que introduce nuestra realidad política, y definir radical joy de esta manera: alegría fundamentalista. Lo cual nos convertiría en algo que me suena bien — fundamentalistas de la alegría

Llevo semanas tratando de encontrar una forma de comunicar la gravedad de la situación actual (no me refiero puntualmente a la situación argentina, que de todos modos es abrumadora, sino a la mundial), sin aterrorizar ni sonar derrotista. Y por eso apenas descubrí a Alynda Segarra me aferré a ella como a un salvavidas, porque lo que está ofreciendo —practicando— a través de su música, y de modo muy especial en este disco nuevo, es eso mismo: una forma concreta, palpable, y hasta sensual en el mejor sentido, de comprometerse con lo que pasa sin dejar que te secuestren el estado de ánimo. «¿De qué modo —se preguntó ante la periodista de The Guardian— podemos seguir estando presentes en el momento y sentir alegría intensa, en vez del peso triturador de todo lo que ocurre?»

 

 

 

 

Las canciones de Alynda son la demostración científica de que es posible conjugar esas actitudes que suenan irreconciliables: la clara consciencia de lo que ocurre, el poner el cuerpo sin mentirse ni engañarse respecto de la situación, y la alegría sincera que enciende los motores y, así, propulsa hacia un —hacia otro— futuro. Y que nadie piense en Segarra como una artista encerrada en su burbuja de privilegio. Así como lo hizo toda su vida, Alynda dedica tiempo y alma de forma sistemática a causas concretas. Hace algunos años, por ejemplo, cansada de sentirse —así lo definió— «aporreada por las noticias», se sumó como voluntaria a una iniciativa que lidiaba con los encarcelados por el servicio de Inmigración de los Estados Unidos. Del testimonio de dos de ellos, que por fortuna ya han sido liberados, nació la canción Precious Cargo, y uno en particular presta su voz al final de la canción. Alynda le preguntó qué quería decirle al mundo y eso es lo que se oye al final. «Esta canción es mi vida», dice, y a continuación pide que sigamos ayudando a los inmigrantes y da las gracias.

Experiencias como esas terminaron transformando hasta sus presentaciones en vivo. Sigue definiéndose como una neurótica que quiere que todo salga perfecto (been there, done that), pero ahora sube al escenario con otro ánimo, diciéndose a sí misma: «Soy un ser humano, y mi aporte esencial en este instante es estar acá con vos, presente de verdad».

 

 

 

 

Porque frenarse, quedarse quieto, bajar los brazos, no es una opción. «No quiero que esta sea la saga de mi vida», dice en la canción que se llama, claro, Saga. Una actitud parecida a la que plasma en la canción que les mencionaba hace un rato, la que se llama Pa’lante. Con una sencillez envidiable, porque no está desprovista de elegancia, Alynda canta:

Sólo quiero ir a trabajar

Y volver a casa, y ser algo

Quiero caerme y mentir

Y cumplir mi pena, y ser algo

Me gustaría probar mi valía

En el planeta Tierra, y ser algo

Quiero enamorarme

No cagarla, y sentir algo.

Últimamente no entiendo qué soy

Me tratan como a un tonto

Ni como a un hombre ni como a una mujer

Bueno, no lo sé

Puede que no termine de entender el plan.

Colonizado, e hipnotizado, sé algo

Esterilizado, deshumanizado, sé algo

Cobrá tu paga y salí del medio, sé algo

Hacé lo mejor que puedas

Y a cagar con todo lo demás, sé algo

Últimamente me está costando ver

Lo que busco es mi humanidad perdida

Yo te cuido, amigo mío, pero vos

¿Me cuidás a mí?

La escucho por enésima vez, y me digo que si la escuchás y no te conmueve hay una alta probabilidad de que tengas algo roto por dentro.

La canción incluye además la voz de Pedro Pietri recitando parte de su poema Obituario para Puerto Rico. Y termina con Alynda retomando la melodía e instándonos a ir para adelante, pa’lante, a pesar de todo. Una invitación amplísima, porque allí caben desde «el fantasma de Emmet Till» —el pibito negro al que lincharon en el ’55 a los 14 años, acusándolo de seducir a una blanca— y también su madre y su padre, y todos los que vivieron antes que nosotros y «todos los que tuvieron que esconderse / todos los que perdieron su orgullo / todos los que tuvieron que sobrevivir».

 

 

 

 

Yo me prendería en la invitación, porque intuyo que a Alynda no le molestaría. De pocas cosas disfrutaría más, en estos días, que de plantarme delante de todos los hijos de puta a quienes, lamentablemente, conozco mejor que a mi propia familia. Los que sólo piensan (y actúan) en su propio provecho. Los que creen que el pueblo es tarado y por eso lo engañan. Los que desprecian lo que tienen y no viven ni dejan vivir. Los que se cagan en esta tierra nuestra. Los que se cruzan de brazos y dejan que el laburo lo hagamos nosotros. Los que no se conmueven ni ante niños, viejos, perros ni árboles. Los violentos, los racistas, los machistas y todos esos otros turros en los que ustedes pensaron antes que yo, no bien dije hijos de puta.

Me pregunto también si debería incluir en ese grupo a la porción del pueblo argentino que se dejó menemizar como aquellos pibes del ’90. O macrizar, correspondería decir. Mejor así, porque macrizar reúne la inescrupulosidad y la frivolidad del gobierno menemista con la vocación criminal, completamente antidemocrática de la dictadura. ¿Cómo es posible que la plana mayor de un gobierno formalmente democrático se haya dedicado a actividades criminales a full, con el objetivo de eliminar e inhabilitar a sus adversarios políticos, hacer más y mejores negocios y minar el campo para que no pueda sucederlo una democracia real (quien quiera ver similitudes entre este accionar y el proyecto de la dictadura, puede), y que a tanta gente eso le parezca tan irrelevante como ver llover?

Ya hablaremos de eso en otra ocasión, porque hoy no quiero caer en la trampa de siempre. Necesito quedarme en la belleza de la vida, como decía Marco Aurelio, que demostró que se podía ser emperador y a la vez sabio. Por eso prefiero retornar a la invitación de Alynda Segarra y visualizarme ante toda esa (mala) gente. Imaginarme viéndola a los ojos, pegando mi cara a la suya de modo de rociarlos con saliva cuando abra la boca, y además despeinarlos cuando les grite: ¡Pa’lante!

Pero lo que más me gustaría sería mirar después a un costado y al otro y descubrir, con alegría, que no grité solo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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