En 1986, Ursula K. Le Guin publicó un ensayo llamado La teoría literaria de la bolsa (The Carrier Bag Theory of Fiction). Yo no lo conocía, pero me lo crucé por azar esta semana y le hinqué el diente. Primero, porque la tía Ursula es una gran escritora, autora de Un mago de Terramar (1968), La mano izquierda de la oscuridad (1969) y Los desposeídos (1974). Pero también porque, conociéndola, estaba seguro de que el ensayo estaría lleno de ideas que excederían lo literario. No me equivoqué. Como suelen hacer sus textos, La teoría literaria de la bolsa se formula la pregunta esencial: cómo vivir —en este tiempo, en este lugar, en este mundo— para no desperdiciar el privilegio de la existencia que nos cupo en suerte.
La tía Ursula creció en un hogar donde se discutía a diario cómo vivir y, en particular, cómo respondieron a esa pregunta diversas culturas. Su padre era el antropólogo Alfred Kroeber, que se consagró al estudio de pueblos nativos de los Estados Unidos y colaboró a que su producción cultural no se perdiese, a consecuencia del genocidio que emprendieron los colonizadores. Su madre era la psicóloga Theodora Kroeber, que también escribió libros sobre los nativos del territorio que hoy conocemos como California. En consecuencia, Ursula entendió desde chica que no existe una única forma de vivir, sino muchas, y que cada una de ellas cristaliza una idea sobre el mundo y nuestro rol en él que siempre es interesante, incluyendo sus luces y sus sombras.

En La teoría literaria de la bolsa, la tía Ursula recuerda que durante el Paleolítico y el Neolítico, entre el 65 y el 80% de la población humana comía vegetales: lo que recogía del suelo, de arbustos y de árboles. Sazonarían el guiso con alguna criatura de mínimo porte: pájaro, conejo, rata, pez o molusco, insecto. Pero no mataban animales de manera sistemática. Cazar una bestia de porte razonable era difícil, recoger granos o frutos era facilísimo. Se presume que, antes de cultivar la agricultura, los seres humanos no le dedicaban más de quince horas por semana a trabajar para vivir. (Igual que ahora, ¿no?) Los únicos que dependían de una dieta carnívora eran los pueblos que vivían en el frío extremo del Ártico, donde poco o nada crece. Por eso mismo, siguiendo el razonamiento que despliega Elizabeth Fisher en su libro La creación femenina (Women's Creation, Sexual Evolution and the Shaping of Society, 1975), Ursula sostiene que "el primer instrumento cultural debe haber sido probablemente un recipiente... un objeto para contener lo que se recogió": una hoja grande, una red, un cuenco, una bolsa o saco, una caja. (La antropóloga Margaret Mead —otra mujer, y van...— decía que para ella el primer signo de civilización era un fémur roto y cicatrizado, que daba cuenta de que alguien se había tomado el tiempo para vendar al caído, llevarlo a un lugar seguro y cuidarlo mientras se recuperaba.)
De esas tareas que la humanidad acometió durante milenios queda poco o nulo registro. Las canciones que la acompañaban mientras cosechaba o erigía chozas o amamantaba se perdieron en el tiempo y los quehaceres domésticos no inspiran historias trepidantes. Lo que sí dejó huella fue la aventura excepcional, producto de ciertos hombres al hacer uso de otro objeto, una creación también propia del amanecer de la Historia: el hueso o palo contundente que se convirtió en el arma con que un individuo, o un puñado de ellos, venció al lobo o al inmenso mamut, volviendo a su hogar con carne y pieles en abundancia. Esa circunstancia —la insólita victoria de un mamífero bípedo sobre un animal más fuerte y peligroso— inspiró una historia de la que sí quedó registro, aunque más no fuese como un pictograma, una imagen colorida sobre el flanco de una caverna. El palo, pues, inspiró la primera teoría literaria: aquella presidida por el Héroe, aquel que había logrado lo que el común no creía posible, con la ayuda de un instrumento letal.

"Todos escuchamos (esa historia), la de los palos, las lanzas y las espadas —dice la tía Ursula—, las cosas con las que se aplasta, se pincha y se golpea". Y a todo el mundo le gustaban esos relatos: a los hombres desde ya, pero también a las mujeres, a los viejos y a los niños, que atendían al cuento embelesados y lo repetían y recreaban en sus juegos. Pero esa no era la historia del pueblo, del común de la gente. Era la historia del Héroe, el himno a los hombres excepcionales que hacían gala de poder.
La tía Ursula confiesa que esa teoría cultural, la que deriva del uso de objetos contundentes como creadores y ordenadores de historias, la dejaba afuera. Los protagonistas eran otros, los Héroes y quienes disfrutaban de sus hazañas: "Dando palizas, ensartando, empujando, matando". Ursula sospecha que esa sensación de enajenamiento, de no pertenencia, derivaba de su condición de mujer, e imagina que le dicen: "Y ahora, cálmese un poco mientras seguimos narrando la Historia del Ascenso del Hombre... De cómo Caín cayó sobre Abel y la bomba cayó sobre Nagasaki y la gelatina ardiente cayó sobre el pueblo y los misiles cayeron sobre el Imperio Malvado".

Pero en 1986 —hace ya 40 años—, la tía Ursula sentía ya que esa historia, o ese tipo de historias, se estaba agotando. "El problema —dijo entonces— es que todos nos hemos dejado involucrar" en la historia del Héroe/Asesino, razón por la cual es lo posible que nuestra civilización acabe al mismo tiempo que esa narración se agote. "Y es por eso —agregó— que siento cierta urgencia de perseguir la naturaleza, el tema y las palabras de la otra historia, la que no ha sido contada, la historia vital".
La idea de que esta otra historia no ha sido contada es una exageración, la misma Le Guin lo reconoce. Llevamos siglos alternando la historia dominante del Héroe con otro tipo de narraciones: "Mitos de creación y de transformación, cuentos folklóricos, bromas..." Pero la historia del Héroe constituye el mainstream, la corriente principal, el relato oficial. Y el mundo actual reclama una alternativa, otra forma de ver y estructurar nuestra realidad. En la cual la novela podría tener todavía un rol importante, porque más que a un palo o a una lanza o a una espada, se parece a una bolsa o recipiente: "Un libro contiene palabras. Las palabras contienen cosas. Y esas cosas acarrean significados. Una novela es una suerte de atado, o haz, o manojo medicinal, que contiene cosas en una particular, poderosa relación entre ellas, y también en relación con nosotros".
Cuando Ursula explica que La Teoría Literaria del Palo se está agotando y sugiere cultivar, a cambio, La Teoría Literaria de la Bolsa, no está hablando tan sólo de libros y de ficción. Está reclamando un cambio cultural que permita responder de otro modo a la pregunta de cómo vivir. Porque la respuesta que Occidente amasó durante siglos a ese dilema parece más enfocada (¡y hoy más que nunca!) en la cuestión de cómo matar al otro que me molesta o bloquea mi camino, que en cómo convivir con él, voluntariamente y en paz.
El lobo se disfrazó de democracia
La dialéctica entre el palo y la bolsa —entre el instrumento de la violencia y el recipiente contenedor— ha jalonado la entera existencia humana, pero no en condiciones equivalentes. Si algo nos trajo hasta aquí a patadas, y hoy se exhibe obscenamente, es el poder que presume de mortífero. La ley del más fuerte, una fortaleza que exime a quien la blande de justificar sus actos y de responder por ellos ante la Justicia.
La disciplina histórica es, en buena medida, la ciencia que da cuenta y estudia lo que los más poderosos han hecho con nosotros, y lo que les permitimos hacer. Es verdad que hubo sostenidos esfuerzos por poner límites al poder que se sueña impune. El desarrollo de la democracia en el mundo es consecuencia de esa tarea, la creación de cuerpos normativos que diriman los conflictos sociales, económicos y políticos de modo que sostenga la convivencia pacífica en base a la justicia, tanto intra como extranacional. Sin embargo, hoy la democracia está en el quirófano, al que llegó en emergencia. Que zafe o muera en plena intervención depende de la habilidad de los cirujanos que intervengan su cuerpo, tanto como del nivel de defensas con que llegó a la camilla y de su voluntad de seguir adelante.

No es casual que la violencia genocida que hoy campea en Gaza, el Líbano e Irán esté en manos de dos países emblemáticos: aquel que se tenía a sí mismo por la mejor democracia del mundo —los Estados Unidos— y aquel que se considera la única democracia de Medio Oriente — o sea, Israel. Pero una democracia no hace cosas como esas, no vierte toneladas de bombas incendiarias sobre otra nación porque se le cantó. Hasta no hace mucho, un país que iniciaba acciones bélicas debía exhibir una razón de peso para atacar, que además el pueblo debía aprobar mediante sus representantes en el Congreso. Es cierto que muchas veces se fraguaba esa razón, se creaba un argumento con apariencia de inapelable; pero el mismo hecho de que fuese necesario crearlo daba cuenta de que los Presidentes sabían que atacar por capricho o pura conveniencia estaba fuera del menú.
Hoy en día, Trump y Netanyahu ni siquiera se molestan en justificar sus actos. Matan a decenas de miles porque consideran que esa violencia los beneficiará, nomás: política, económicamente. Y esa arbitrariedad no los avergüenza, al contrario. Días atrás, Trump se arrogó no sólo la autoría intelectual, sino también la material sobre el genocidio que padece Irán: "Soy yo, como 47º Presidente de los Estados Unidos, quien los está matando", escribió en su red, llamada Truth Social. "¡Y qué gran honor es para mí hacerlo!" Por su parte, Netanyahu ni siquiera disimula que está aprovechando la guerra en la que metió a los Estados Unidos para demoler el Líbano y expandir las fronteras de Israel, hasta alcanzar una dimensión proporcional a su mezquindad y su desprecio por la vida.
En resumen, podríamos sintetizar la historia de la especie diciendo: demasiado palo —demasiado falo— y muy poca bolsa, muy poco útero. El poder del objeto contundente, que es también el poder económico y el poder tecnológico, se ha vuelto tan grande e incontrolable, que conseguió deformar hasta los mejores recipientes y las intenciones más loables. Por ejemplo, la novela, que como decía la tía Ursula, era en su génesis un container generoso y amable, una canastita donde acumular un poco de todo de lo que hace la vida digna de ser vivida. Sin embargo, el poder persuasivo del palo logró convertirla en una de las expresiones más populares del culto al Héroe. Dice Le Guin: "El Héroe decretó... que la forma adecuada de la narrativa era la de la flecha o la lanza, que va desde aquí derechito hasta allá y, ¡THOK!, da en el blanco (que cae muerto); segundo, que el tema principal de la narrativa era el conflicto; y tercero, que la historia no servía de nada si él, el Héroe, no formaba parte de ella".

Lo mismo hizo el palo con la democracia, que nació como el más amplio y acogedor de los recipientes. Uno que nos incluía a todas y todos sin excepción, y al Estado como garante de que nadie se caería de la canasta y de que las diferencias entre los menos y los más afortunados no se convertirían nunca en fatales. Pero la guita y la fuerza y la tecnología están reventando el odre que nos contenía, desangrando gente a lo bobo. Hoy los gobiernos de Estados Unidos e Israel no se parecen a una red ni a un cuenco, sino al fusil automático con que mantienen en caja su Estado policial y al misil que simboliza su política exterior. Y esa no es la forma original de la democracia. La democracia era y debe ser una trama sostenedora de la vida de todos sus ciudadanos. Esto de Trump y Netanyahu es otra cosa, aunque la etiqueta del producto insista con la marca Democracia: es muerte y destrucción, y poco más que eso.
En lo que hace a nuestra literatura no me preocupo, al contrario: estoy feliz, porque abundan las escritoras que están desarmando la forma de flecha o lanza que también había permeado la novela argentina y devolviéndole su generosa capacidad de contener(nos): pienso en Dolores Reyes, en Selva Almada, en Samanta Schweblin, en Claudia Piñeiro, en Mariana Enríquez, tan sólo para empezar lo que podría ser una larguísima lista.
Pero en lo que respecta a la democracia argentina no estoy nada feliz. Fue una canasta defectuosa durante décadas: con una de las dos asas rota, lo cual comprometía su equilibrio, y además llena de agujeros, a través de los cuales perdíamos gente y bienes a lo pavo. Lo loco es que entre 2003 y 2015, le pese a quien le pese, se la recauchutó, y se convirtió en una canasta que cumplía con su función esencial: contener lo que queríamos proteger y trasladarlo allí donde queríamos llegar. Entonces llegó Macri, y empezó a vaciar la canasta de ciudadanos de la clase trabajadora. (Lo cual incluye a la clase media, mientras dependa de uno o varios sueldos. Si no podés vivir de rentas o inversiones o de la explotación de tu campo o de tu fábrica y necesitás pago a cambio de labor, sos clase trabajadora, hermano, aunque vivas en Cañitas y vacaciones en Miami. Sorry, not sorry.) Después vino Alberto, que ralentó la sangría pero habilitó al FMI para que siguiera saqueando la canasta. Y ahora está este impresentable, que sacudió la canasta hasta casi vaciarla y encima la está usando para aplastar a los millones que cayeron ya, como si fuesen hormigas.

Eso explica por qué nuestra democracia actual no se parece a una canasta. No se parece a nada que conozcamos, de hecho, más que a un container roto, hecho mierda. No es nada por la positiva: es un no-objeto, un no-sistema — un despojo o una aberración, dentro del cual nada de lo que subsiste hace sentido o se relaciona entre sí armónicamente.
Lo único que me permite alentar esperanza es la certeza de que no esperaremos de brazos cruzados a que nuestro Caperucito Loco la destroce por completo. Creo que le pondremos fin a esto más temprano que tarde porque, a diferencia de Estados Unidos e Israel, que se juegan el todo por el todo a la Teoría Literaria del Palo, acá hace tiempo que venimos escribiendo en paralelo la otra historia, acogiéndonos a la Teoría Literaria de la Bolsa.
El futuro es mujer
La Argentina contemporánea empezó a escribirse a mediados de los '40, cuando el peronismo fabricó la primera canasta decente y funcional del siglo XX. ¿Qué otra cosa eran la doctrina justicialista, con su énfasis en la justicia social, y la Fundación Eva Perón, sino containers para gente que hasta entonces no había sido contenida, cuidada, por nadie? Ahí comenzamos a contar la otra historia, en los términos que planteaba la tía Ursula; a alejarnos de la narrativa del palo para empezar a cultivar la Teoría Literaria de la Bolsa, porque el peronismo no era expulsivo sino inclusivo. Ese experimento político-narrativo fue lo que hizo posible, desde su generosidad, que adviniese gente como Leonardo Favio y el Indio Solari, dos de los más grandes artistas populares que haya alumbrado esta tierra. Por supuesto, a la hora de valorar esa escritura, hay que tomar nota de lo esencial que fue para ella una mano femenina — la de Eva Perón.
La otra historia siguió escribiéndose y hasta se profundizó a partir del '76, gracias a la autoría de nuevas manos de mujer. Las Madres y las Abuelas consiguieron lo que hasta entonces parecía imposible: alumbrar una forma de lucha no violenta pero aun así eficaz contra la violencia genocida, oscurantista, que había instrumentado la espuria sociedad entre Washington, nuestra oligarquía y las Fuerzas Armadas — una sociedad de adoradores y usuarios del palo/falo, que un montón de señoras tocadas por un pañuelo blanco desarticularon temporariamente, sin lastimar a nadie.

Lo mismo hizo Cristina en su hora, con su defensa a ultranza de la institucionalidad democrática. Ella escribió el tercer capítulo de esta novela, fiel al estilo de las primeras dos entregas: justicia social —o sea, redistribución de las riquezas— fe democrática, respeto por la ley (aun cuando sus agentes den vergüenza ajena, como la dieron entre el '76 y el '83 y la dan hoy), plena libertad de expresión, política como instrumento de concientización y transformación, desarrollo científico, industrial y artístico.
Como suele decir el Indio: los Kirchner nos rescataron del fondo del pozo, nos pusieron de pie, nos devolvieron la dignidad, la previsibilidad económica (incluyendo al sector de la clase trabajadora que sólo se reconoce como clase media) y la perspectiva de un futuro venturoso. Y sin embargo, un sector de la sociedad argentina les pagó con odio, como si ellos, que nos proporcionaron lo más parecido a una democracia real que haya conocido en mi vida, no hubiesen sido nuestros socios sino villanos, nuestros victimarios. Por eso trataron de matarla, por eso le impiden presentarse como candidata: porque, aunque todavía hay mucha gente que no se permite o no puede sobreponerse al engaño, existe tanta otra o más que tiene memoria, que no confunde la realidad con sus pretensiones — y que sabe quiénes son los verdaderos villanos de esta historia.
Esta cultura machista y violenta, de la que también formo parte me guste o no, está agonizando. (Gracias a Diosa. Demasiado duró. Mi género ha protagonizado un verdadero desastre, durante miles de años. ¡Por cada Shakespeare que nos hizo quedar bien, engendramos a millones de Adornis!) La sobreactuación de la que hoy somos testigos —en Irán, el Líbano y Gaza, y por parte de la política conservadora, los incels, la llamada manosfera, el regodeo en la brutalidad— no hace más que confirmarlo. Más temprano que tarde, se derrumbará.

La pregunta es: ¿a qué precio? ¿Qué sobrevivirá a su paroxismo de destrucción y autodestrucción? ¿Quedará algo con que llenar el nuevo recipiente de una cultura nueva, de una verdadera civilización? Porque estas locuras no concluyen con un estallido, en ese sentido son radiactivas: siguen irradiando, enfermando, mucho después de la detonación. Vivimos durante miles de años cagados de miedo, rodeados de depredadores que se alimentaban de nuestra carne; y todavía hoy no hemos conseguido sobreponernos a la excitación que entonces nos produjo imponernos a otro ser vivo mediante la violencia. De lo que no hay duda es de que algo muy profundo y definitivo debe ocurrir, para que en la sociedad nueva nadie vuelva a sucumbir a la tentación de usar un hueso o una lanza para matar a otro. En la lógica del palo, lo usás o te asesina. En la lógica de la canasta, de lo que se trata es aprender a convivir con tus compañeros de viaje.
Lo bueno de esta circunstancia es que no hace falta esperar que el cambio ocurra para mudar de lógica. Podemos empezar ya mismo a reescribir la realidad desde la Teoría Literaria de la Bolsa. Para eso habría que, por un lado, renovar el pacto democrático que obtuvo consenso al finalizar la dictadura, con su rechazo explícito a toda forma de violencia y su compromiso a reanimar la letra hoy muerta de la Constitución; y en segundo término, apurar la gestación de una nueva cultura que ya no gire en torno al tótem del palo/falo, y por eso mismo le niegue entidad a todas sus encarnaciones: el dinero, las armas, la tecnología, el racismo, el insulto y la descalificación, la glorificación de la ignorancia. Por fortuna, no hará falta arrancar desde cero. Como ya dije, entre nosotros esta otra historia ya comenzaron a escribirla Eva, las Madres y Abuelas y también Cristina.
Desconfío de los palos/falos, pero tengo fe en los ovarios. A 50 años de esa explosión a lo Hiroshima/Nagasaki que significó la última dictadura, casi toda mi esperanza está depositada en las mujeres que nunca se rindieron. Porque, si no lo hicieron entonces, cuando las tenían todas en contra y nadie les daba bola, tampoco se rendirán ahora, en este tiempo en que ya no hay modo de opacar su esplendor.
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