Papá abraza, papá tortura

Desobediente, la historia de la lucha de Analía Kalinec

El documental acompaña el lento aprendizaje de Analía Kalinec, hija de un policía condenado a perpetua, ahora con libertad condicional.

 

Era su “vizcachita”. Cuando llegaba de trabajar, la alzaba en brazos y ella sonreía con sus dos dientes. Le narraba el cuento de “Colita de Algodón”, el conejo que no hace caso y se lastima. “Hay que hacer caso, hay que obedecer”, decía suavemente el padre a Analía, la preferida de sus cuatro hijas. Nunca podría imaginar esa niña, como supo mucho tiempo después, ya de adulta, que ese padre cariñoso y juguetón volvía de una jornada extenuante de su trabajo como policía. No de patrullar las calles o de ayudar a resolver un conflicto vecinal, ni de ordenar el tránsito. Su padre salía de sótanos oscuros y húmedos, dominante, allí donde alzaba la voz, transpirado y salpicado con sangre. Salía con ansias de encontrar la calma familiar. Torturador de día, padre de noche.

“Cuando llega voy gateando a colgarme de su pantalón, me levanta en brazos, me abraza, me da besos y se ríe de mis dientitos. Es bueno mi papá. No quiero que se enoje, hago caso. En la escuela me enseñan a rezar. Creo en Dios padre todopoderoso creador del Cielo y de la Tierra. Vamos a pescar, y juntamos almejas en la playa, de vacaciones. Mi papá me da la mano y vamos a saltar las olas. Me dan miedo las olas, son grandes y me arrastran. Pero estoy con mi papá, él me da la mano y me cuida. Me hace cosquillas”, cuenta Analía Kalinec en su libro Llevaré su nombre (Marea), una de las materias primas del documental Desobediente, de pronto estreno en salas y dirigido por Federico Coringrato, que cuenta, a través de la vida de Analía, la experiencia de las hijas e hijos de genocidas argentinos que repudian los crímenes de sus padres. El cimbronazo fue la historia de Mariana Dopazo, ex hija de Miguel Osvaldo Etchecolatz que cambió su apellido, crónica que salió en una nota publicada por Anfibia en 2017 después de la multitudinaria marcha para frenar el 2x1 de Mauricio Macri. Y, casi como una ráfaga, la construcción del colectivo Historias Desobedientes, cuyo arraigo fue esencial en la vida de Analía Kalinec, al punto de que se convirtió en una de sus líderes.

 

 

Comisario retirado de la Federal, Eduardo Emilio Kalinec fue condenado a prisión perpetua en 2010 por secuestros, torturas y homicidios cometidos en los centros clandestinos Atlético, Banco y Olimpo, que funcionaron bajo la órbita de Carlos Guillermo Suárez Mason, jefe del Primer Cuerpo del Ejército. Los sobrevivientes lo describieron como una persona temeraria, conocido por el apodo de Doctor K, que no reparaba en demostrar crueldad con golpes físicos a mujeres y aplicar picana en la sala de torturas. Más allá de haber sido sentenciado como genocida, lo curioso es que el Doctor K, aprovechando el clima de época favorable con el gobierno de Milei, logró recientemente la libertad condicional, con el agravante de que reside en un domicilio cercano al de su hija Analía.

Nadie sale de un repollo, y así como resulta fundamental conocer el universo de las víctimas, no menos importante es el de sus verdugos. Tanto en el libro Llevaré su nombre como en el documental, Analía habla de la composición familiar. Dice que su madre tenía 15 años cuando lo conoció a su papá y que a los 24 ya tenía a sus cuatro hijas. Cuando se hicieron públicas las desobediencias de Analía, que pidió incluso declarar judicialmente contra él, Eduardo Kalinec le inició una demanda civil por “indigna”, buscando que no recibiera el legado de su madre, aunque no prosperó. “Somos todas mujeres, yo soy la segunda, nací en 1979. Mis hermanas más chicas acompañan con su firma el escrito de mi papá, lo defienden. No es casual que las dos sean personal civil de la policía: más allá de sus individualidades, hay una lógica corporativa que hace mella en su negación familiar. Mi hermana más grande no firma el escrito, pero no tengo relación con ella. Con mi madre tuve mis idas y vueltas, le tenía enojo porque estaba con mi padre de forma incondicional. Después la puse en contexto y entendí que tenía pocas herramientas frente a un tipo que hacía manejos psicopáticos en lo emocional y en lo económico”, expresa Analía en primera persona, dando cuenta de la complejidad emocional de sus vínculos de sangre.

Fue precisamente su madre la que en 2005 la llamó para decirle que su padre había sido detenido. Criada en el férreo ámbito familiar, con padre proveedor, madre ama de casa, escuela católica y una cerrazón social, a Analía parecía no faltarle nada: quería a su padre, le tenía cariño, era una típica mujer de clase media, docente, que se fue de su casa y empezó a tener su propia familia. Por entonces, no se imaginaba en lo más mínimo que él pudiera haber estado en el epicentro del horror. Tras un largo proceso personal –terapia de por medio, y ella misma estudiando psicología, hasta recibirse en la facultad–, como empezó a ocurrir con otros hijos e hijas de represores, lo “desobedeció” como padre –en 2008, al escribir una carta abierta– y lo repudió públicamente. “Con mucho dolor escucho las palabras de mi hija”, se escucha al represor en un juicio por delitos de lesa humanidad en su contra. “Mi padre no se arrepiente de los crímenes que cometió. Y eso queda expresado cuando hizo una presentación judicial acusándome de indigna. Quiere eliminar a su hija porque lo cuestiona y lo rechaza. Yo creo que, si mi padre hoy tuviera una picana, no dudaría en meterme en un centro clandestino y torturarme”, responde Analía, con él presente en la audiencia por Zoom desde la cárcel.

 

 

Rompiendo con la figura de su padre, colocada al otro lado de su ética, Analía, sin embargo, sigue esperando que hable y cuente lo que sabe sobre la represión. “Esperar algo bueno de él es algo que no va a pasar. Ese seguir esperando me hace mal, pero no lo puedo evitar”, dice Analía, que se encontró con víctimas de su padre, sobre todo de alguien que quiere saber el destino de su madre desaparecida y que le escribe una carta al genocida, buscando que ella o sus hermanas puedan alcanzársela en la cárcel. Ese encuentro aparece hacia el final del documental, y es uno de los más conmovedores en el relato.

El colectivo Historias Desobedientes se expandió hacia países de Latinoamérica, como Chile o Uruguay. Hasta en España fueron recibidas como una novedad. En Chile se les plegó Verónica Estay Stange, vicepresidenta de la Asociación de expresos políticos chilenos en Francia y encargada de una serie de talleres de escritura sobre temas de memoria. Hija de militantes de las Juventudes Comunistas que sobrevivieron a la dictadura de Pinochet y se exiliaron, Verónica tardó más de diez años en poder expresarlo abiertamente porque también es sobrina del verdugo Miguel El Fanta Estay, condenado en Punta Peuco hasta su muerte en 2021.

En el documental pasan los testimonios de, entre otros, Baltasar Garzón, Daniel Rafecas, Daniel Feierstein, Pablo Llonto y Taty Almeida, quien confiesa que, cuando arrancó el movimiento de las hijas que repudian a los genocidas, le generó desconfianza. “Es una valentía gigante, no deja de ser tu papá”, le dice en una escena a Analía, en el sillón de su casa. Una vez que salieron del clóset, las desobedientes fueron a los canales de televisión, presentaron proyectos de ley y activaron una tardía pero potente revelación grupal. “No queríamos ningún tipo de reconciliación. Nos llevó tiempo armar un discurso propio y escucharnos realmente, esquivar las manipulaciones mediáticas. En los propios organismos de derechos humanos había resquemores”, sintetiza Analía, que pondera el proceso de la terapia personal tanto como la escritura, el hablar con los medios, atravesar los silencios y agruparse, coordinar espacios en el ámbito de lo social.

 

Federico Coringrato, director del documental.

 

El documental, con un tono elegantemente sobrio que cuando concentra la historia en los detalles de Analía recupera el pulso, aunque su ritmo se resiente y dispersa cuando intenta abarcar demasiadas historias, sigue el periplo de ella hacia Europa, acompañada en varios momentos por Verónica Estay Stange. “A mi abuelo lo sigo queriendo, pero no justificando”, dice la nieta de un represor del franquismo, entre visitas y reuniones con familiares de nazis. Lo más interesante del filme es cómo acompaña el lento aprendizaje de Analía Kalinec, paso a paso, de lo íntimo a lo colectivo, de lo personal a lo social, de lo local hacia lo internacional. De la conmoción inicial, cuando le pedía explicaciones a un padre negador, a un despertar de la conciencia, no sin contradicciones ni padecimientos. Nombrarse con una nueva voz, luchar contra aquello siniestro que cala hondo en lo familiar. “Milico, fascista, tu hija es feminista”, agita Analía en una marcha de Ni Una Menos, donde no casualmente se hicieron conocer en sociedad. Y luego reflexiona: “Si tanto odio fue posible, el amor surge para contrarrestarlo. Con construcción de memoria, de verdad, de justicia y de querer armar algo mejor que lo que hicieron nuestros antepasados”.

 

* Desobediente se dará en la Sala Norita Cortiñas del Espacio INCAA el jueves 17 y el jueves 24 de septiembre a las 19. Y también en el Cine Gaumont, el viernes 16 y el viernes 23 de octubre a las 20.

 

 

 

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