PARADOJA DE LA INFLACIÓN ARGENTINA

Se lo quiera o no, el destino inevitable de las deudas externas de la periferia es el default

 

Augurarle una larga vida a la alta inflación argentina es un lugar común, con independencia de las hipótesis que se ponen en juego para explicar su causa. Salvo algún que otro fervor oficialista, no suele registrarse ningún detractor de tan bello prospecto. En medio de la gran malaria nunca falta el buen cristiano que diagnostica que la inflación es de demanda (se consume más de lo que se produce) y por lo tanto hay que bajar las remuneraciones al trabajo. Fuera de esta visión miope, es verdad que existe una relación entre tasa de inflación y nivel de equilibrio del salario, aunque enteramente de otro tipo. Para ver qué connota tal ligazón en los tiempos que corren, conviene ir pelando la cebolla desde la situación de la deuda externa y continuar con la de los mercados financieros, el rebrote pandémico y los factores de costos. La secuencia permite hacerse una idea del significado económico y político del salario de equilibrio y las posibilidades de reencauzarlo hacia ese nivel, cuando a todas luces en la actualidad su poder de compra anda reptando por el piso. Es entonces factible observar el verdadero lazo entre inflación y salario. Mientras tanto otra mancha más tendrá el tigre cuando el martes 15 de febrero el INDEC dé a conocer el valor del índice de precios al consumidor (IPC) correspondiente al mes de enero último.

Dado que siempre es económicamente eficiente y políticamente ventajoso atacar los problemas de la sociedad con el producto maximizado, el atavismo de bajar el gasto público y yugular el déficit fiscal, muy propio del FMI con el que a fuer de necesidad de deudores andamos de componendas sin ninguna virtud, resulta contraindicado en cualquier circunstancia. Incluso cuando hay que pagar un pesadísimo endeudamiento externo en medio de un proceso inflacionario rebelde. Hay abrumadoras pruebas que lo certifican. En un trabajo académico publicado hace unos años, los economistas Arjun Jayadev y Mike Konczal presentaron los resultados del análisis de 107 casos de países de la OCDE entre 1970 y 2007. Pusieron el foco en la situación de cuando la tasa de crecimiento en el año anterior fue inferior a la tasa de crecimiento promedio durante los últimos tres años; circunstancia generada por la crisis del sector externo. Concluyeron que en los 107 casos y a lo largo de 37 años, a consecuencia de aplicar las típicas políticas de ajuste fiscal impulsadas por el FMI declinó el crecimiento del producto y aumentó la proporción de la deuda respecto de ese producto en baja. Esto último, entre otras repercusiones, tiene la de alimentar las expectativas inflacionarias. Para tener un punto de referencia sobre los potenciales malos resultados de la austeridad en el aquí y ahora de la Argentina sobre la base del enfoque de Jayadev y Konczal, debe tenerse en cuenta que el crecimiento acumulado del Producto Interno Bruto (PIB) entre el tercer trimestre de 2021 (último dato disponible) y el tercer trimestre de 2011 declinó 3%. En 2011 la población argentina era de 41 millones y un pico. Hoy andamos por casi los 46 millones.

 

 

 

El horno

Para colmo, el horno no está para bollos en los mercados financieros globales. La perspectiva alcista de la tasa de interés norteamericana tiene a los actores de esos mercados al menos nerviosos.Y el comercio mundial anda de capa caída. Metió más presión que enero haya tenido la tasa de inflación norteamericana anualizada más alta de los últimos 40 años (7,5%). La volatilidad del mercado de acciones viene acusando el golpe del rebrote de pandemia y el endurecimiento en ciernes de la FED. A los inversores les preocupa que la mala onda se extienda a la deuda corporativa, especialmente porque el costo que pagan las empresas por los préstamos se está incrementando. Como un resultado, los seguros contra default privados aumentaron fuerte. Esa es por ahora la respuesta concreta de los operadores del mercado de bonos corporativos (renta fija) de la bolsa de New York (por lejos el más grande del mundo).

En tanto el margen para timbear en la periferia se achica sin parar, la buena nueva para los mercados financieros vino dada por la altura alcanzada por el déficit comercial norteamericano. Durante 2021 las exportaciones estadounidenses totalizaron los 2, 53 billones de dólares y las importaciones alcanzaron los 3,39 billones de dólares determinando un déficit de 859.100 millones de dólares. El déficit de 2021 es 27% más voluminoso que el de 2020 y equivale a un 3,7% del Producto Interno Bruto (PIB). En 2020 significó 3,2% del PIB. Mediante el déficit comercial, Estados Unidos entrega la moneda mundial (el dólar) con la que comercia y se financian entre sí el resto de los países. Esta entrega de papeles por bienes reales es reabsorbida por el déficit fiscal norteamericano y por las inversiones en la bolsa y en nuevos proyectos de inversión dentro de los propios Estados Unidos. De hecho es el país que más fondos recibe del exterior. Su posición de inversión internacional es negativa en algo más de 14 billones de dólares.

En lo que hace específicamente a los mercados emergentes, Sri Lanka campea el default. Acaba de entrar en el mismo territorio de zozobras expresado por el riesgo país que Pakistán, Etiopía, El Salvador, Líbano, Zambia y la Argentina. Para atender la situación todos los programas recientes del FMI en Ecuador, la propia Sri Lanka, Kenia y Pakistán suponen un crecimiento de las exportaciones que está muy por encima de las tendencias históricas. No muy diferente es la terapia para nuestro país y los otros enumerados. Sorprendentes ilusiones de gente que usualmente hace gala de un realismo rayano en la crueldad. De resultas, el comportamiento de operadores financieros con relación a los mercados emergentes se resume en aguardar el default de las deudas, a pesar de que ambos lo deploren y jueguen al disimulo.

Es la historia de siempre: cargas de la deuda cada vez más grandes y saldos comerciales positivos cada vez más escuálidos. El financista y académico de la London School of Economics Simon Hinrichsen advierte en el Financial Times (10/02/2022) que “a pesar de la recuperación de la economía mundial tras la pandemia, muchos países en desarrollo se acercan al default de sus deudas. La lección de la historia es que no se debe retrasar demasiado la decisión de incumplimiento”. Empático, Hinrichsen explica que “las razones por las que los países posponen una decisión son comprensibles. Los ministros de finanzas temen por sus trabajos, los banqueros y los abogados hablan de la pérdida de credibilidad y seguramente los mercados no olvidarán la próxima vez que un país quiera pedir dinero prestado. Al menos esa parece ser la sabiduría convencional (…) El costo de un incumplimiento soberano puede ser significativo, pero depende de manera crucial de cómo y por qué ocurre. En un default ‘duro’ (o unilateral), en el que el país no está dispuesto o no puede pagar, el crecimiento económico puede deteriorarse, y a menudo lo hace. El riesgo de efectos colaterales en la moneda o el sistema bancario en estas situaciones es alto”. Aboga entonces por defaults blandos, o sea: quitas concertadas y renegociación permanente. Concluye que “la consecuencia política de un default puede ser significativa, pero no sirve de nada retrasar lo inevitable. De hecho, el pago continuo de deudas insostenibles tiene riesgos políticos muy superiores”.

En el ínterin es curioso que de acuerdo a los transcendidos el FMI no le haya solicitado a la Argentina que devalúe el peso para unificar el mercado cambiario, como lo hace siempre en todos los países con crisis externas y lo hizo con Nigeria en el ejemplo más reciente. El lunes 7 de febrero a instancias del Artículo IV (monitoreo anual de la situación monetaria, fiscal y externa de cada país miembro del organismo) el FMI le recomendó a las autoridades del área monetaria, fiscal, financiera de Nigeria anular los subsidios a los combustibles y “la eliminación del tipo de cambio oficial (e ir) hacia un tipo de cambio unificado y que equilibre el mercado para ayudar a fortalecer la posición externa de Nigeria, aprovechando las condiciones favorables actuales”. Señaló que “las reformas cambiarias deben ir acompañadas de políticas macroeconómicas para contener la inflación, reformas estructurales para mejorar la transparencia y la gobernabilidad, y comunicaciones claras con respecto a la política cambiaria”.

Lo que no se puede negar es que la economista jefe del FMI Gita Gopinath y su segundo al mando Ruchir Agarwal tienen en claro que la periferia, además de muy endeudada, sale muy mal de la pandemia. Gopinath, que por estos días se le ha dado por sugerir conductas austeras a la Argentina, publicó en diciembre junto a Agarwal en el organismo que dirigen un análisis sobre la cuestión. “Poner fin a la pandemia es un requisito previo necesario para restaurar los empleos, los medios de subsistencia y el bienestar económico. Uno no se puede lograr sin el otro (…) En seis meses, la cifra mundial de muertes por Covid-19 registrada oficialmente ha aumentado en aproximadamente un 50% y ahora supera los 5 millones, y se estima que la cifra real de muertes es varias veces mayor. De particular preocupación es la creciente divergencia en las perspectivas económicas entre las naciones ricas y pobres. En el informe Perspectivas de la economía mundial de octubre de 2021, el FMI proyectó que la producción agregada de las economías avanzadas recuperaría su trayectoria anterior a la pandemia en 2022 y la superaría en un 0,9 % en 2024. Por el contrario, la producción de las economías de mercados emergentes y en desarrollo, excluida China, se espera que se mantenga un 5,5 % por debajo del pronóstico previo a la pandemia en 2024. Esta divergencia en las perspectivas económicas es consecuencia de las amplias disparidades en las tasas de vacunación (…) A fines de octubre, entre las economías avanzadas, alrededor del 65 % de la población estaba completamente vacunada (…) la tasa de vacunación fue inferior al 2 % entre los países de bajos ingresos (…) Un mayor contagio sin control (…) posiblemente vuelva a poner al mundo en la línea de partida en la carrera contra el virus. Si Covid-19 tuviera un impacto prolongado, podríamos ver que las pérdidas del PIB mundial aumentaran a 5,3 billones de dólares durante cinco años en relación con nuestra proyección actual, con varios millones de vidas más perdidas”, sostienen.

 

 

 

La paradoja

El freno en seco de la tendencia encabritada del nivel general de precios no tiene muchos misterios y, a decir verdad, tampoco alternativas. Hay que fijar el valor del dólar, cambiar el régimen monetario (quitar ceros e incluso cambiar la denominación), siendo a la par bienvenido un mecanismo desindexatorio de los contratos. Todos procesos inscriptos en el recuerdo de los argentinos porque los vivieron. A partir de esas medidas, como quien dice las cosas dejan de valer cualquier cosa, se pasa a saber qué es más, qué es menos que es lo que velaba la inflación. En jerga: vuelve la referencia de los precios relativos.

Los artilugios reseñados cortan la propagación inflacionaria. Para que la situación se mantenga estable, respecto del dólar además de un arreglo adecuado del endeudamiento externo se impone el superávit comercial. Más oferta que demanda de divisas sumada a una razonable tasa de interés, calma cualquier tendencia de la divisa a empinarse. Con relación a los factores de costos, lo principal es mediante retenciones sofrenar la transmisión de los precios mundiales de los alimentos en alza a los precios domésticos. El índice de precios de alimentos de la FAO alcanzó en enero el valor de 135,7 el más alto desde 1961, año en que se empezó a llevar registro. En la Primavera Árabe (2010-2012), el precio de los alimentos fue central en desatar esa crisis política. Prorrumpió en 2010 con un índice de 106,7. El valor más alto del índice lo alcanzó en 2011 y fue de 131,9. Entre paréntesis, los que sostienen erróneamente que los oligopolios tienen un malvado comportamiento central en cebar la tasa de inflación, deberían explicar por qué el pan fresco subió 25% esta semana. Es un mercado casi de competencia perfecta. El precio del barril del petróleo también viene incrementándose marcadamente, pero en la medida que avance el grado de autoabastecimiento deviene más manejable.

En otras palabras, hay que administrar los factores de costo. En particular uno: el salario. Ese precio político que es el salario, en la Argentina tiene un rasgo muy diferente al resto de Sudamérica. Acá gracias al peronismo y la consolidación del programa de febrero de 1958, el salario real se elevó. Desde la dictadura genocida de 1976 tratan de bajarlo. Ni lo uno ni lo otro sucedió en el resto de la región, sencillamente porque nunca salieron del crecimiento vegetativo de los sueldos. Los liberales, comprendido su último avatar: el macrismo, tratan de derrotar a los trabajadores y sostener el nivel de actividad, resentido por falta de demanda, a fuerza de deuda externa. Cuando hay que hacerse cargo de los platos rotos los precios reciben la presión de la recomposición salarial y así aparecen tasas de inflación mucho más altas que las de la región. El problema hoy es que la tasa de inflación debería ser más alta y no lo es porque los trabajadores no están disputando. Es una gran macana, una muy grande, que puede terminar tarando nuestra capacidad de crecimiento. Es la paradoja de la inflación argentina. La clase dirigente argentina no cae en la cuenta que debe financiar ese aumento para que no pegue en los precios y avance en términos reales el salario. Esa parece ser la gran tarea histórica, mientras se atiende con un default blando la delicada situación de las cuentas externas del país.

 

 

 

 

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