Pasajeros en trance

¿Es la nuestra una sociedad proclive a la psicosis colectiva?

 

La tormenta perfecta era inminente. En las postrimerías del lunes 14, las condiciones objetivas —la sangría de divisas que se filtraba por la herida del dólar, la dudosa renovación de una millonada en LEBACs— nos conducían al desenlace cantado. En lugar de otro Black Friday hamelinesco, con alegres consumidores marchando en fila a gastar de más, tendría lugar un Black Tuesday: el Martes Negro en que el Renault Gordini de nuestro mercado pisaría el acelerador y chocaría contra el camión del capitalismo sin banderas.

Pero eso no ocurrió. ¿…O sí?

Hay dos cosas de las que podemos dar fe. La primera es la única evidente: el Poder Ejecutivo aplicó una batería de medidas que pusieron al Gordini en slow motion. El curso de colisión no se alteró, no; en todo caso fue corregido para que, cuando al final ocurra, el choque sea más contundente. El autito sigue su marcha en la misma dirección, sólo que ahora en cámara lenta.

Pero el gran público, que entiende de economía menos que yo (lo cual ya es mucho decir), no vio lo que acabo de describir. Percibió, sí, el chirrido de los frenos y el perfume a caucho quemado y tembló, porque ya ha sufrido choques similares y recordarlos le inspira escalofríos. Pero ahora contempla la calle y el tránsito parece ordenado. El Maestro de Ceremonias del Circo anunció: Total normalidad (¿o fue, más bien, el Ventrílocuo que suele hablar a través suyo?) y el gran público quiso creerle. El Gordini y el camionazo están fuera de cuadro, eso es indiscutible. Lo cual sugiere que el Maestro de Ceremonias dijo la verdad, que la función seguirá adelante sin contratiempos.

O no.

Desde que la campaña presidencial arreció y el candidato de Cambiemos prometió a un público extasiado cosas que, a la luz de su prontuario, no podía estar diciendo en serio, vengo rumiando una sensación a la que sólo pude nombrar, ¡por fin!, esta semana. No era una emoción nueva, sino una evocación; el eco de algo ya vivido —ya padecido— que llevaba tiempo agazapado y quedó al descubierto. Reconocí sus facciones con espanto.

En lo que llevo de vida atravesé dos trances que pueden definirse como casos de psicosis colectiva: la euforia que ganó las calles cuando culminó el Mundial ’78 y la movilización que caracterizó la guerra de Malvinas. Me refiero a momentos en que el gran público experimentaba una enjundia tan contagiosa como fenomenal, que no se correspondía con la realidad de los hechos. En el ’78 no había nada que festejar (ni siquiera el triunfo deportivo, a juzgar por recientes declaraciones de los jugadores de la selección peruana a la que «vencimos» 6 a 0) y en el ’82 no «estuvimos ganando» nunca, objetivamente hablando. Lo que ocurrió en ambos casos fue la mefistofélica manipulación de un hecho que para la población era sensible: digitada desde la cúpula del poder, amplificada por los medios de comunicación a su servicio —o sea, casi todos— y (esto es lo más importante, lo que hoy me inquieta) deglutida sin masticar por gente ávida de creer en espejitos de colores, contra toda evidencia.

En un pasaje crucial de The Matrix, Neo (Keanu Reeves) ve pasar un gato y se extraña porque cree haberlo registrado segundos atrás, haciendo exactamente lo mismo. Trinity (Carrie-Ann Moss) le explica que un déjà vu significa que la Matrix acaba de cambiar algo, para corregir la realidad virtual en que todos los humanos estamos inmersos y seguir, así, dominándonos por completo.

No sé si lo advirtieron, pero se nos acaba de cruzar un gato nuevo.

 

 

 

Creer o reventar

¿Qué es la psicosis colectiva? Una ilusión de carácter masivo, que puede ser disparada por un hecho real pero también por uno imaginario. A menudo las víctimas de esa ilusión manifiestan los mismos síntomas físicos, a pesar de que no existan causas fisiológicas. En 1962 ocurrió en Estados Unidos el episodio al que aún se llama el bicho de junio (June bug): los trabajadores de una fábrica textil empezaron a sentir náuseas, mareos y a vomitar compulsivamente. Algunos fueron hospitalizados. Alegaban haber sido picados por un bicho del que la mayoría no tenía marcas y del que el Servicio Público de Salud no encontró rastros. En 2006, infinidad de adolescentes portugueses sucumbieron a los síntomas que habían exhibido los personajes de un programa de TV, Frutillas con azúcar (Morangos com Açúcar): dificultad para respirar, urticarias, nuevamente mareos. Hubo escuelas que cerraron sus puertas. El Instituto Portugués de Emergencias Médicas terminó descartando que se tratase de una enfermedad, calificando el episodio como histeria masiva.

A veces las manifestaciones son más estrambóticas que clínicas. En 1518, una cantidad notable de gente se lanzó a bailar sin parar en Estrasburgo, Alsacia; sonará gracioso pero hubo muchos que, incapaces de detener sus movimientos compulsivos, murieron al fin de ataques al corazón o simplemente exhaustos. A fines del siglo XVII, los brotes psicóticos sufridos por un cuarteto de adolescentes en Salem, Massachusetts, fueron interpretados como antinaturales y atribuidos al demonio. Los juicios que se llevaron a cabo concluyeron con veinte ejecuciones; la paranoia que tornaba a cualquier chica o mujer en potencial bruja se extendió por toda la región. El 30 de enero de 1962 (fecha de mi nacimiento; no sé bien cómo interpretar el dato), tres niñas se lanzaron a reír en una escuela de Kashasha, Tanzania, y afectaron a otras noventa y dos; seguían riendo en marzo, cuando la escuela decidió cerrar y la «epidemia» se «contagió» a localidades vecinas como Nshamba, Bukova y Kanyangereka.

 

Los juicios por brujería, manifestación histórica de la histeria masiva.

 

Lo que sugiere el diagnóstico de psicosis es la pérdida de contacto con la realidad, la imposibilidad de distinguir entre un hecho verificable y una fábula. Un ejemplo clásico es el pánico que generó Orson Welles con su versión radiofónica de La guerra de los mundos: muchos escuchas creyeron que lo narrado estaba ocurriendo —está pasando, dirían los publicistas de este gobierno— y actuaron alocadamente, creyéndose invadidos por extraterrestres.

Habrá quien diga: en 1938 la radio todavía constituía novedad y el público era ingenuo. Es posible, pero ahora no estamos menos expuestos a ser confundidos sino más, dada la importancia que cobraron los medios y las redes sociales como arquitectura de nuestra realidad. Si tuviésemos que sistematizar las cosas de las que hoy nos enteramos y discriminar entre las que podemos probar y las que nos llegaron por interpósita persona o medio y damos por ciertas, nos asustaríamos. Nuestra «realidad» es casi por entero una construcción virtual. Todo lo que necesitamos para alterar nuestro estado de ánimo o capacidad decisoria es un shot de código digital. Slender Man es una criatura creada por y para su difusión por redes, y aun así dio pie a ataques reales — dos niñas de 12 años apuñalaron a una tercera en Waukesha, Wisconsin, con la esperanza de convertirse en acólitas del fantasma sin rostro.

 

Slender Man no es real, pero produce efectos reales.

 

Pero atención, que estas cosas exóticas no ocurren siempre a distancia. En septiembre de 2016 bastó un (1) mensaje de Whatsapp, que sostenía que se venía una tormenta machaza, para alterar el comportamiento de la comunidad de La Plata: el temor de que se tratase de un chubasco como el de 2013 hizo que miles de padres retirasen a sus hijos de la escuela, que comercios cerrasen antes de tiempo y que la administración pública dictase asueto. El dato que el mensaje original atribuía a Defensa Civil era falso pero eso importó poco. La gente prefirió darlo por bueno antes que chequear si tenía asidero.

Somos seres sugestionables. Por eso se han formalizado diagnósticos como el de folie à deux (literalmente, «locura de dos»), mediante la cual un síntoma de psicosis se transmite de un individuo a otro. El mismo mal compartido por más de dos personas puede llamarse folie à trois, folie à quatre y hasta folie à famille.

El problema de los argentinos es que somos propensos a la folie à millions.

 

¿La fiesta de todos?

El fútbol me importa poco y nada pero conservo recuerdos del Mundial ’78. Vi el 6-0 a Perú en la casa de mi novia de entonces. No recuerdo el partido final pero sí el festejo posterior. La avenida Rivadavia a la altura de mi casa —entre Flores y Caballito— se había convertido en un río humano de color celeste y blanco. La gente agitaba banderas y vivaba a Argentina. Aun desde la inocencia que tenía entonces, mi percepción se desdobló. Una parte de mí se integraba a la masa, coreando los mismos cánticos, mientras otra se decía: Hacemos esto porque, por primera vez en años, tenemos una excusa para salir a la calle, reunirnos y gritar sin ser reprimidos o secuestrados.

Fue casi un acto reflejo, un latigazo del instinto de supervivencia: había que aprovechar la oportunidad de bramar a coro, de aullar, de desgañitarnos, aunque la causa fuese indigna. Hoy luce todavía más sucia que entonces. Estábamos en dictadura, enmudecidos, viviendo una simulación de normalidad —en las calles todo parecía perfecto, éramos el pueblo donde ocurre The Truman Show— detrás de la cual asomaba un miedo tan abyecto como indefinible. No existía gloria alguna de cuya estela prenderse, más bien lo contrario. A esta altura no podemos rescatar ni el hecho deportivo. Hace poco los veteranos de la selección peruana a la cual «goleamos» recordaron la falta de confianza en su propio arquero, argentino nacionalizado, y la visita de Videla y de Henry Kissinger al vestuario del equipo, minutos antes del inicio del partido clave. La amenaza no habrá sido verbalizada, pero la corporizó la presencia de los tipos más peligrosos de Argentina y del continente. Ni el 6-0 ni la victoria contra Holanda pueden ser recordados como triunfos genuinos. Fueron una farsa, la charada que elegimos creer, a la que nos aferramos como a un salvavidas para sentir algo positivo por primera vez en años.

Pero aquel sentimiento exultante no se correspondía con la realidad. Más bien era una variante perversa del chiste de las moscas y la mierda: que tantos optásemos por fingir que el campeonato era glorioso no lo tornó más paladeable. Por debajo de la algarabía, una cagada seguía siendo una cagada.

Cuatro años más tarde, en el ocaso del régimen, los milicos pegaron un manotazo de ahogado e invadieron las Malvinas. Una decisión repugnante, porque se debía a las razones más espurias, no podía ser llevada adelante sin nuevos sacrificios humanos y enmerdaba una causa que el pueblo creía pura. El régimen estaría en decadencia pero, durante los cuatro años que separaron al Mundial de la invasión, la maquinaria mediático-publicitaria no había hecho más que perfeccionarse. La efectividad con que Clarín, Gente y los canales de TV abierta customizaron esa guerra fue pasmosa. En cuestión de días, los mismos laburantes que habían sido reprimidos a fines de marzo regresaron a la Plaza de Mayo —escenario de los palazos que aún dolían—, para manifestar su apoyo a la iniciativa de Galtieri y agitar banderas.

 

 

 

 

En vez de cuestionar la legitimidad del gobierno y la sensatez de la maniobra militar, los medios cargaron la guerra sobre nuestros hombros. La pusieron en la cuenta de nuestro patriotismo, de nuestro sino glorioso como pueblo, de nuestra generosidad innata, de nuestro coraje, de nuestra vocación por la justicia. No contentos con adquirir el kit entero, dijimos por primera vez deme dos. Nos mostraron un espejo donde vimos lo que soñábamos ser y compramos la ilusión, sin que importase su disonancia con la realidad. ¿Cómo es posible que, mediante un chasquear de dedos, dejásemos de sentirnos como nos sentíamos —eso éramos entonces: un pueblo sin libertad, golpeado, hambreado, censurado—, para asumir el rol del pueblo digno que jamás se arredra cuando la causa es justa? Me recuerda al hipnotizador que dice la palabra clave y activa o desactiva el condicionamiento; cosas que sólo pasan en las películas.

O no.

 

Algo huele a podrido en Globolandia

Hace pocos años, trabajando para el Ministerio de Educación, Matías Farías hizo un análisis sobre el rol de los medios durante Malvinas que quiero glosar aquí, porque describe mecanismos que todavía están en uso.

  1. La construcción de un enemigo atroz y al mismo tiempo inofensivo. 

Se acusaba a los ingleses de piratas y de asesinos. (La muerte del capitán Giachino lo reformateó como héroe, aun cuando era responsable de delitos de lesa humanidad.) Pero a la vez se afirmaba que eran un imperio en decadencia, poniendo en duda hasta su capacidad militar. (La quinta edición de La Razón del 5 de abril decía: “Gran Bretaña no podrá hacer un desembarco masivo en las Islas”.) Esta dialéctica —atribuir al adversario todos los males a la vez que se le baja el precio— sigue sirviendo a los poderosos, en tanto juega con el estado de ánimo del gran público, siempre oscilante entre el resquemor y el triunfalismo. Me recuerda la caracterización del kirchnerismo como gran opositor omnímodo en las sombras (Amnesty sería kirchnerista, como la Corte Internacional de Justicia y todos los organismos que critican al gobierno actual), al tiempo que se mofan de lo que consideran su debilidad, diciéndole: No vuelven más.

  1. La propaganda triunfalista. 

Mientras se ocultaba el resultado dramático de los combates —escamoteo de la información: lo que no se dice no es real, no tiene lugar—, se alentaba el fanatismo al estilo barra brava como si se tratase no de una guerra, sino de otro partido de fútbol. La publicidad oficial imprimía folletos con un pulgar en alto (símbolo que Videla había impuesto en el Mundial ’78) y la leyenda ¡Ya estamos ganando!, y la revista Gente replicaba en tapa con título en cinemascope: Estamos ganando (7 de mayo) y Seguimos ganando (mayo 29). Me recuerda a los spots oficialistas de hoy, que apelan al Está pasando para tornar visible un bienestar epitelial o bien que no existe, a la vez que ocultan el estado ruinoso de nuestra economía tanto como el ominoso del panorama futuro.

  1. La difusión de información inexacta. 

La comunicación de hechos falsos concierne tanto a los «triunfos» propios como a las «derrotas» o limitaciones ajenas. El 31 de marzo, Clarín informó que Inglaterra había enviado submarinos nucleares a Malvinas. Con el correr del tiempo la noticia adquirió notoriedad, al punto que se anunciaba el arribo a la zona de cuatro submarinos atómicos. Pero el 22 de abril se reconoció a medias que la noticia era falsa. Esta suerte de menú-combo (des)informativo sigue siendo útil a la prensa del régimen, que ensalza las gestiones del Toto Caputo como si fuesen convenientes en vez de ruinosas, acepta hablar de turbulencias en lugar de crisis y da por ciertos hechos que no podría probar en ninguna corte competente del mundo, como el «magnicidio» de Nisman.

  1. La construcción de la imagen de un pueblo unido y convencido de la causa.

Según Farías, «la intervención decisiva de los medios argentinos durante la guerra residió en construir la idea de un único pueblo, que deponía por fin sus querellas internas para abrazar una causa común». El 3 de abril Clarín publicó una foto de Galtieri en el balcón de la Rosada. En el editorial de ese día, razonaba: “Escuchar al pueblo. Tal parece ser la fórmula de la democracia”. ¿De qué democracia estaba hablando?

Una semana después hubo otra manifestación en la plaza donde se cantaron nuevas consignas: “Y ya lo ve, y ya lo ve, vinimos el 30 y hoy también”; “Levadura, levadura, apoyamos las Malvinas pero no la dictadura”, “Malvinas sí, proceso no”. Pero los medios no recogieron esas voces disidentes. Lejos de ello, acuñaron la expresión «la plaza de todos», que conectaba con «la fiesta de todos» que había pretendido definir al Mundial.

Ya no estamos en dictadura, pero toleramos un grado de concentración de medios propalando un discurso único que Stalin mismo habría considerado inviable en democracia. Algunas cosas cambiaron para mejor, tampoco hay que ser necio; pero es evidente que en el fondo (con perdón por la expresión) seguimos siendo ese país que Ricardo Aronskind considera «tan hipnotizable por las magias, los globos y las burbujas».

 

Cruz diablo

Durante las últimas décadas, los medios argentinos grandes —que no es lo mismo que decir grandes medios argentinos— se inyectaron esos sueros que en la ficción convierten a Jekyll en Hyde o a Bruce Banner en un Hulk, a la vez que potenciaban su capacidad de penetración social. La irrupción de las redes sociales les hizo el campo orégano: el gran público migró hacia la comunicación breve que no tiene que justificarse —se trata de redes sociales y no informativas, mientras uno traba relaciones puede decir cualquier cosa— y se habituó a que los mismísimos diarios profiriesen burradas que ni se molestaban en probar. Todavía en su infancia, estas redes enfrentan ahora los dilemas que derivan del crecimiento. Lo de las noticias falsas es una epidemia, pero ¿existe alguien —ya sea humanos o inteligencias artificiales— capaz de cribar el fenomenal flujo de data para distinguir lo vero de lo fake?

Lo que me inquieta no es que la tecnología haya perfeccionado su capacidad de persuadirnos en la dirección que sus amos requieran. Más bien me pregunto a qué se debe la credulidad en que incurre tanta gente nuestra, y desde hace décadas; un rasgo llamativo, tratándose en un pueblo que se tiene a sí mismo por bien educado. ¿Cómo es que no perciben su histórica propensión a prestarse a engaños descomunales? Un pueblo que no pierde oportunidad de expresar su aversión a las prácticas corruptas, ¿cómo puede ser tan venal respecto de la verdad, aceptando rifarla al primer flirteo o ante el menor apriete?

Las naciones nuevas construyen discursos fundacionales de tono épico, que galvanizan a su población; una melodía pensada para poner a todos a bailar. ¿Habrá sido imperfecto nuestro relato nacional, será por eso que vivimos disociados? No seríamos el único caso. El relato fundacional de los estadounidenses es atractivo pero sigue siendo ficción, un postulado aspiracional: ¿durante cuánto tiempo convivieron su profesión de fe democrática y la institución de la esclavitud? Todavía hoy existen en su territorio ciudadanos de primera y de segunda. Lo innegable es que les ha ido mejor en infinidad de aspectos. (Aunque no están menos locos. Esta semana otro adolescente la emprendió a tiros contra sus pares sin que las instituciones se hagan cargo, como si las masacres fuesen un fenómeno meteorológico. Setenta por ciento de probabilidades de balacera para el miércoles en la mañana, despejando por la tarde.)

Nuestro relato parte de una negación: la de la historia previa de este territorio, y por ende del genocidio perpetrado para hacer lugar a los colonizadores. Arrancamos, como pueblo, de un primer desconocimiento de la realidad, dándole vuelta la cara a la verdad sobre nuestro origen. Y nos aferramos a una segunda mentira, proyectando nuestra presunta nobleza sobre razones raciales e históricas que no resisten análisis. Ningún mérito se desprende de la palidez de nuestra piel ni de nuestros apellidos (sur)europeos. Somos herederos de aventureros, pobretes, ex convictos y advenedizos. Lo cual debería liberarnos para ser lo que quisiésemos, pero la mentira nos lastra y no conseguimos que lo reprimido siga enterrado. A Stephen King le encantan las historias en las cuales aquello que está literalmente en lo hondo —el osario indígena de Cementerio de animales, por ejemplo— condiciona la vida de los que viven en la superficie. ¿Cómo no habría de asolarnos lo que negamos, cuando cada terreno y cauce de agua puede albergar restos de un aborigen o un desaparecido?

Un sector vocal de nuestra población está convencido de que merece más que otro no por lo que hace, sino por ser quien es y por haber nacido en un nicho privilegiado de la estructura social. En ellos pienso cuando releo esta frase de Tom Wolfe: «Cada momento de la vida de un ser humano, a menos que esté pasando hambre o en peligro inmediato de muerte, está controlado por una preocupación por el status».

 

Tom Wolfe, el recientemente fallecido cronista de las vanidades.

 

Son muchos los que se obsesionan por su status, en medida proporcional a su temor a no estar a la altura de la leyenda familiar o peor aún, de no poseer ninguno. Hablo de aquellos que contemplan un globo terráqueo y les perturba ver que vivimos abajo, cerca del ano del mundo, en un país con forma de punta de embudo donde —por ley de la física— todo se congestiona y se agudiza. Hablo de un sector social patológicamente inseguro, que no sabe bien quién es ni qué es y por ende no logra justificar su preeminencia; que opta, desde esa frustración, por violentarse con otro sector social que, aun siendo pobre, carece de inseguridades sobre su identidad; y que se asocia acríticamente con cualquier proyecto político que resalte su condición de gente como uno.

«Con una mentira es posible que engañes a alguien», escribió Wolfe en La hoguera de las vanidades. «Pero cualquier mentira te dice una gran verdad indiscutible: eres débil».

Necesitamos pensar qué nos hizo así, qué condicionamientos nos maniatan, para desmontar el mecanismo frustrante. Mientras tanto, empecemos por reconocer nuestra perversión: sentimos placer cuando nos engañan, somos adictos al fast food de la mentira. Nos hemos dejado llevar por las narices en el ’78, en el ’82 y durante los últimos años. Un sector descomunal cree más en el discurso que en la evidencia empírica. En marzo de 2017 discutí con gente para la cual la versión de TN sobre el concierto del Indio en Olavarría era más confiable que la mía, que había estado en el lugar. Hoy las cosas son peores: muchos encuentran más palpable el optimismo presidencial que las pelusas que volvieron a acumularse en sus bolsillos. Llegan al absurdo de pensar que sus nuevas penurias significan que vamos por el buen camino; cuando —en el mejor de los casos— son el preludio de las penurias demenciales por venir.

Si hiciésemos una encuesta, pidiéndole a los ciudadanos adultos que describiesen en pocas frases la situación del país, ¿cuántos de ellos se aproximarían a la verdad objetiva y certificable? La inmensa minoría. Todos los demás parecen ciegos al curso del Gordini —que por cierto, ya ha entrado en cuadro—, aun cuando lo que está en peligro es precisamente su destino.

A mediados de los ’90, pleno menemismo, el Indio escribió Cruz diablo, una canción donde decía: Si el perro es manso, come la bazofia y no dice nada / le cuentan las costillas con un palo, a carcajadas. 

No podemos seguir abriendo la boca para engullir y regurgitar la bazofia que nos zampan los medios. Eso que sentimos sobre el cuero no son cosquillas, por más que las propinen con una sonrisa en los labios: son palazos.

La verdad es incómoda, como dormir a la intemperie. Pero, en este contexto histórico, económico y político, ¿no equivale la mansedumbre a una actitud suicida?

 

 

7 Comentarios
  1. Ricardo Gandolfo dice

    Muy buen análisis Marcelo Figueras! Gracias!

  2. Marcelo Figueras dice

    ¡Mil gracias!

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