Pasaporte a la eternidad

Por qué estamos viviendo en el mundo de J. G. Ballard

 

La semana pasada, en plena edición de El Cohete A La Luna, Horacio Verbitsky —que me conoce bien y, sabrá Dios cómo, se hace tiempo para todo— me envió un artículo del New Statesman titulado: Por qué estamos viviendo en el mundo de J. G. Ballard. La idea había sobrevolado mi cabeza cuando supe del primer crucero arrasado por el coronavirus. Entonces pensé: «Eso debe ser como Rascacielos, pero en un barco». Rascacielos (High-Rise) es una de las novelas más conocidas de Ballard. Cuenta de un edificio en las afueras de Londres, provisto de todas las comodidades que demandamos al mundo contemporáneo: supermercado, banco, gimnasio, peluquería, escuela, restaurant y más. Viviendo allí, prácticamente no se necesita salir. Es una suerte de barrio privado de hoy, organizado como propiedad vertical. Pero muy pronto, inconvenientes de naturaleza menor —cortes de luz, problemas técnicos en el edificio— generan enfrentamientos entre vecinos, que empiezan a formar bandos y apelan a la violencia. El sistema perfecto colapsa y se abandona al caos. Los vecinos crean tribus y guerrean, por ejemplo, por el control del piso donde están las piscinas. Con el paso del tiempo, cada vez se torna más difícil distinguir qué es real y qué forma parte del delirio al que los vecinos se han entregado. La primera línea es una maravilla: «Más tarde, mientras estaba sentado en el balcón, comiéndose el perro, el doctor Robert Laing recordó otra vez los hechos insólitos que habían ocurrido en este enorme edificio de apartamentos en los tres últimos meses».

 

 

James Graham Ballard.

 

 

J. G. Ballard (1930-2009) era uno de mis escritores favoritos durante la adolescencia. Tenía todos los libros que Minotauro había editado en nuestro idioma, desde El mundo sumergido (1962) hasta Rascacielos (1975). (La edición que conservo data de 1983.) Se lo consideraba un autor de ciencia ficción, pero de la clase que más me seducía: no de aquellos que se deslumbraban con el espacio exterior sino de los que exploraban el espacio interior — el insondable universo de la mente humana. Las novelas y relatos que datan de su primera década de creación empleaban los juguetes del género, pero persiguiendo un fin distinto. En The Wind From Nowhere (1961), el clima se altera del tal forma que los vientos tornan imposible vivir en la superficie y la especie humana se reacomoda bajo tierra. En El mundo sumergido, el deshielo convierte a Londres en una suerte de involuntaria Venecia de clima subtropical. En La sequía (1964/5), la basura industrial ha interrumpido el ciclo de evaporación y precipitaciones y el planeta ha devenido un gigantesco Sahara. En El mundo de cristal (1966), un extraño fenómeno solidifica la vegetación y los animales de bosques y pantanos de Gabón, la Florida y la Unión Soviética.

 

 

Una edición de «El mundo sumergido», prologada por Martin Amis.

 

 

Así descriptas, las novelas parecen anticipar el desastre climático cuyo umbral pisamos hoy. Pero la preocupación de Ballard no es (exclusivamente) ecológica. Lo que más le interesa no es la explicación de los fenómenos que describe, el argumento científico, sino la observación desapasionada de la conducta humana: le gusta ver lo que hacemos como especie tan pronto el mundo conocido cambia sus reglas del juego.

A fines de los ’60, esta aproximación experimental se tornó más marcada. La exhibición de atrocidades (1970) juega con la idea de que los medios masivos dinamitan nuestra psique al borrar la barrera entre el mundo real que nos es inmediato y el mundo público, colectivo pero en esencia ficcional que bebemos de las pantallas. ¿O no existe gente para la cual Fantino —ese Max Headroom argento— es más real que su propia madre, o que considera a «Mirtha Legrand» —la Reina de Corazones de nuestra televisión— como un familiar más entrañable que los de su propia sangre? Hoy sostenemos relaciones con cuentas de las redes a cuyos responsables no conocemos personalmente. (¡A menudo no sabemos ni siquiera cuáles son sus nombres reales!)

 

 

¿Fantino o Max Headroom?

 

 

Con secciones tituladas Planes para el asesinato de Jacqueline Kennedy y Por qué me quiero coger a Ronald Reagan, Ballard puso en claro su intención de sacudir la mente de sus lectores, del mismo modo en que los cataclismos del mundo externo comprometían el coco de sus personajes. Ya lo había preanunciado en 1966, a través de un ensayo titulado Notas de ninguna parte, que aquí publicó la revista El Péndulo en 1981: «La ficción es una rama de la neurología», ponía allí. Y en efecto, como si fuese uno de esos cirujanos que pueblan sus relatos, se puso a joder con nuestros cerebros a través de la ficción —  que incluye, como ya dije, no sólo la producción artística tradicional, sino también las ficciones creadas por los medios que incorporamos como parte del mundo real y que a menudo constituyen la mayor parte de nuestra percepción. (Piénsenlo. Si tomamos el todo de lo que creemos verdadero y separamos aquello que sabemos real porque nos consta por experiencia directa de aquello que creemos real porque nos lo contaron de un modo u otro —redes, medios—, ¿cómo creen que resultarían esos porcentajes?)

Con Crash (1973) fue todavía más lejos. Allí inventa un culto liderado por el doctor Robert Vaughan —casi todos los protagonistas de Ballard son «doctores» de alguna clase, el summum de nuestra especie en materia académica—, que, habiendo sobrevivido a un accidente automovilístico, propugna una nueva sexualidad en la cual darse una piña equivale al orgasmo máximo.

 

 

Uno de los posters de «Crash», de David Cronenberg.

 

 

Hubo quien protestó ante este uso de la imaginación. Se cuenta que un lector de textos inéditos le aconsejó al editor que lo/la empleaba: «Este autor está más allá de toda ayuda psiquiátrica. ¡NO PUBLICAR!» La crítica que difundió el New York Times en septiembre del ’73 arrancaba diciendo que se trataba del «libro más repulsivo» que el crítico había leído y culminaba con la promesa formal de que nunca más leería nada nuevo de Ballard. Por algo el texto atrajo a ese otro enfermito tan interesante que es David Cronenberg, que venía de filmar otra novela infilmable —El almuerzo desnudo, de uno de los escritores más admirados por Ballard, William Burroughs— y se abocó a Crash en 1996. La película recibió un premio especial en Cannes. Francis Coppola, que presidía el jurado, dijo que el film merecía la distinción por «su originalidad y audacia», pero también aclaró que había sido una decisión controvertida: algunos miembros del jurado se habían «abstenido de forma muy apasionada».

 

 

David Cronenberg al volante de una máquina sexual: «¿Raro, yo?»

 

 

Ballard no ocultaba su admiración por el surrealismo en general, y por Dalí en particular, con su capacidad de reproducir con fidelidad fotográfica cuerpos y objetos en las combinaciones más inesperadas. (En Notas de ninguna parte, Ballard anotó un imperativo como punto 6: «Defender a Dalí».) De algún modo trataba de hacer en el terreno literario lo mismo que el catalán de Figueres intentaba desde lo visual: producir cópulas entre elementos inesperados, para que de ese entrevero surgiese una idea que de otro modo no habría aparecido nunca. Lo cual nos trae de regreso a nuestra realidad.

Una de las imágenes recurrentes en Ballard es la de la piscina que quedó vacía. No hace falta elaborar mucho para pescar la intención detrás del símbolo: la invención humana, aquello creado para contener el elemento natural y ponerlo al servicio del placer de la especie, que finalmente no logra contenerlo y queda reducida a una mueca inútil. (En su libro de memorias Miracles of Life recuerda la primera pileta vacía que vio: en una casa que su familia ocupó brevemente en Shanghai, durante la Guerra Sino Japonesa, y menciona que le quedó grabada porque, entre otras razones, apuntaba en la dirección de «la marea en baja del poder británico» que sus mayores se negaban a advertir.)

 

 

«Defender a Dalí».

 

 

¿Qué escenario más ballardiano puede existir que el del artefacto concebido para albergar multitudes (la ciudad y sus espacios públicos, plazas y canchas, autopistas y teatros) que sin embargo aparece desnudo de gente, la mueca de una boca sin dientes — otra piscina vacía?

 

 

 

La unidad de terapia intensiva

El artículo del New Statesman, firmado por Mark O’Connell, me llevó a chusmear dos cuentos que no recordaba haber leído. (Mi ejemplar de The Complete Short Stories tiene 1.200 páginas. Nunca había logrado leerlo entero, pero en fin: antes no había cuarentena…) Esos relatos adquieren relevancia escalofriante en estos días. The Intensive Care Unit (1977) habla de una «sociedad» en la que el contacto humano no existe. Su protagonista y narrador, médico él, ha desarrollado su vida entera —su educación, su práctica profesional, la relación con la que hoy es su esposa y madre de sus hijos— interactuando a través de pantallas. (Los hijos han sido concebidos por medios artificiales, se imaginarán.) El cuento anticipa la tendencia hoy común de alterar nuestra apariencia en las redes a través de aplicaciones que rediseñan los rasgos o les superponen máscaras digitales. Por eso mismo, cuando el narrador y su esposa deciden burlar el sistema y encontrarse cara a cara por primera vez, las cosas no salen como imaginaban. Desprovista de la máscara digital, el narrador encuentra que su esposa se ve «pastosa y poco saludable»; sus proporciones no son aquellas a las que estaba habituado; y su cuerpo despide un olor «leve pero no del todo agradable».

Aun así, deciden insistir y sumar a sus hijos al próximo encuentro. El relato evita describir cómo comenzó esa reunión, pero se detiene en sus consecuencias. Madre e hija se han trenzado a golpes. El hijo ha atacado al padre con un par de tijeras. Han destrozado todo en derredor y aun así se preparan para escalar la violencia. Sin embargo, el narrador llama a esto «pequeños problemas de ajuste mutuo» y describe lo que están haciendo como «establecer la posibilidad de una nueva forma de vida familiar». El cuento se cierra así: «Sonriéndoles afectuosamente, con rabia espesando la sangre en mi garganta, no siento otra cosa que no sea amor sin límites».

 

 

Ballard charlando con un viejito que era ciego pero no tonto.

 

 

Having A Wonderful Time (1978) tiene un —para uno— inevitable tufillo cortazariano. Está narrado a través de las postales que una mujer inglesa envía desde el lugar donde transcurren sus vacaciones: Las Palmas, en las islas Canarias. Todo transcurre de manera idílica, hasta que llega la hora de regresar. El vuelo hacia Gatwick se suspende, la fecha del próximo es incierta, la vacación se prolonga de manera forzosa. «Hemos esperado cada mañana en el lobby con nuestras maletas listas, pero el bus que va al aeropuerto no llega nunca», escribe Diana. Las semanas transcurren y circula la versión de que «los gobiernos de Europa Occidental, en colusión con las autoridades españolas, están empleando las Canarias como una suerte de campo de vacaciones permanentes para los desempleados, no sólo los trabajadores de las fábricas sino también los empleados jerárquicos». Su marido trata de escapar, el mar devuelve su cuerpo muerto al poco tiempo pero Diana sigue adelante, perfectamente adaptada a la vida del resort («Los hoteles están llenos, ahora») y escribiendo postales.

La obra de Ballard cuenta y recrea esta misma intuición de mil maneras distintas: la tecnología habría producido un cambio tectónico en la conciencia humana, que no advertimos del todo porque formamos parte de esa ola que está a punto de romper; nuestra forma de adaptarnos a ese cambio —nuestra forma de «evolucionar»— sería a través de ocasionales explosiones de actividad sexual (si es perversa, mejor) y del gozoso abandono a nuestro costado más violento.

 

 

Una edición de «La sequía».

 

 

Lo interesante es que todo esto no significa que la mirada de Ballard sea pesimista. Uno de sus admiradores más célebres, el escritor Martin Amis, sostiene que Ballard «le da la bienvenida a estas distopías desesperadas con cada átomo de su ser». En efecto, los procesos entrópicos que describe tienen menos de drama que de alborozada bienvenida a un mundo nuevo. (Y por eso no puedo dejar de vincularlo con esa idea del Indio que he contado más de una vez: esa que planteó en su propia distopía, El delito americano, según la cual a nadie le va a ir mejor en el mundo que adviene que al psicópata modelo full, con cuatro puertas, aire y llantas cromadas.)

Mucha gente tiene a Ballard de oídas por culpa de El imperio del sol, la novela que Spielberg llevó al cine en 1987, con un Christian Bale aún niño como protagonista. Allí recrea situaciones que atravesó cuando su familia vivía en Shanghai —su padre tenía un cargo directivo en la China Printing and Finishing Company— y, al estallar la segunda guerra con Japón, se los desplazó de su casa para evitar los bombardeos y más tarde los metieron en un campo de concentración. Amis celebra la novela pero al mismo tiempo se confiesa traicionado, porque el relato descubre «de dónde viene la imaginación de Ballard… El chamán reveló allí la fuente de toda su fiebre y su magia». Ahí se entiende todo, es verdad. El pibe, que estaba siendo criado como un perfecto ciudadano del Imperio Británico pero todavía no había cristalizado del todo, pescó el absurdo de la situación: estaban despachando a la colonia extranjera a un campo de concentración, y los tipos empacaban la ropa y esas cosas pero ante todo sus raquetas, sus bates de cricket, sus cañas y sus palos de golf. «La recreación —dice en la novela— figuraba muy alta en la lista de prioridades de los prisioneros».

 

 

El pequeño Christian Bale en «El imperio del sol».

 

 

Hasta hoy, El imperio del sol figuraba como la más tradicional de sus obras. Pero este mundo nuestro cambió los parámetros. En el texto del New Statesman, O’Connell dice haber visto a clientes con barbijos por los pasillos de Marks & Spencer, alejándose de otros clientes mientras compraban vino orgánico. Nuestra comunicación con el resto de la humanidad depende de pantallas, como en The Intensive Care Unit. Pocos días atrás el New York Times contó la aventura de Olivia y Raúl De Freitas, a quienes la pandemia pescó en un resort cinco estrellas en las Maldivas y ahora están viviendo una luna de miel perpetua. Lo cual puede sonar idílico, pero no lo es: a pesar de que les están haciendo un buen descuento, la habitación más barata del hotel cuesta 750 dólares por noche. (De la luna de miel soñada en las Maldivas a la bancarrota en su Sudáfrica natal, sin escalas. El pobre de Raúl es carnicero…) En estos días circuló el video de un perrito siendo paseado por drone a través de calles vacías.

En cuestión de semanas, Ballard dejó de ser un escritor experimental y de vanguardia para convertirse en el más realista de nuestros contemporáneos.

 

 

 

 

 

 

 

Mitos del futuro cercano

Si nunca me reconocí como fan absoluto de Ballard, fue porque su literatura carece de dos elementos que valoro mucho: argumento y protagonistas fuertes. Ya sé, hoy la onda es decir que las narraciones con mucho argumento y personajes seductores son parte de lo viejo. El argumento que usan para sustentar esta crítica suele ser banal: que todo lo que se puede hacer en esa materia ya ha sido puesto a prueba por siglos de literatura (¡gente de poca fe… y aun menor imaginación!), que en este mundo la noción del Yo está comprometida, que la estructura en tres actos no refleja esta realidad donde nada cambia sustancialmente… A mi entender, esta posición revela una conveniente mezcla de paja mental —porque para crear una historia con argumento y protagonistas fuertes, hay que trabajar mucho— y conservadurismo político. Por eso prefieren ponerse a delirar desde su Yo a partir de la primera línea de lo que escriben, hasta que al final se aburren de sí mismos y el libro termina.

 

 

El poster de «Rascacielos», la adaptación al cine de Ben Wheatley.

 

 

Aun a riesgo de ser considerado anticuado, yo prefiero construir argumentos fuertes porque me parece que ningún otro tipo de relato refleja mejor la realidad de un mundo donde todo el puto tiempo pasan miles de cosas; y me gustan los personajes de vida interior espesa, bien movida, porque, a diferencia del grupo de escritores a los que llamo Les Existenciels Fatigués, yo sigo creyendo que cambiar algo —externo, interno o ambas asimetrías a la vez— es posible. Si las cosas no cambiasen una y mil veces durante el curso de una sola vida, ¿cómo mierda habría llegado yo a este punto?

Lo que sigo apreciando de Ballard es su predisposición a entregarse al cambio. Tal vez por provenir de una cultura demasiado satisfecha de sí misma y de todos los consumos concebibles, sus personajes no suenen ser agentes de esa transformación sino más bien receptores pasivos. Antes que hombres de frontera, gente que construye un mundo nuevo allí donde comienza lo desconocido, sus protagonistas son más bien consumidores del cambio: se contentan con comprarlo hecho. A pesar de que los pinta como personas de gran preparación académica y de intervención práctica en el mundo (él mismo estudió medicina y aspiraba a convertirse en psiquiatra), su característica más distintiva en la capacidad de adaptarse a lo nuevo. Ninguno de ellos pierde tiempo lamentando el orden perdido. Al igual que su autor, pasan por encima de la experiencia trágica y eluden la nostalgia. Su actitud tiende a ser la de quien piensa: Wow. Qué delirio todo esto. ¿A ver qué gracia le encuentro, qué jugo le puedo sacar?

Por eso O’Connell, el autor del artículo del New Statesman (que en estos días acaba de sacar un libro llamado Notes From An Apocalypse —otro eco ballardiano—, donde habla de la gente real que construye bunkers y diseña colonias espaciales soñando con preservarse del Armagedón), lamenta en un pasaje que Ballard ya no esté entre nosotros para ver este mundo de hoy. «Quizás no sería adecuado decir que lo habría amado —porque quién puede amarlo, en estas circunstancias drásticamente reducidas—, pero estoy convencido de que lo habría reconocido», dice. «Se hubiese sentido como en casa en medio de esta extraña existencia nueva».

 

 

Tom Hiddleston en «High-Rise».

 

 

En ese punto no me cuesta nada identificarme, y por eso disfruto de sus relatos. Yo gozo imaginándome en situaciones extraordinarias, aun cuando puedan parecer peligrosas: ¿cuál sería la gracia de escribir ficción, si no? Es la misma razón por la cual amo bucear. Si alguno de ustedes lo intentó alguna vez, coincidirá conmigo: es la forma más extrema y a la vez próxima que tenemos de experimentar lo que es visitar un universo radicalmente distinto. Uno se sumerge y tiene la sensación de estar flotando mientras múltiples forman de vida vuelan alrededor. (La primera vez que lo hice fue con Miguel Rep, en Puerto Madryn, a comienzos de los ’90. Tan pronto descendí me esperaba un elefantito marino, que «volaba» a mi altura, torció el cuello y me miró amablemente a los ojos, como diciendo: «¿Y vo, guién so?» Nunca vi nada más parecido a un ángel en mi vida.) Allí abajo es todo silencio, lo único que oímos es nuestra propia respiración. Lo cual significa otra inversión de campana respecto de lo que vivimos cotidianamente: acá arriba no oímos nunca nuestra respiración, de hecho olvidamos que estamos respirando; abajo la ponemos en el plano que corresponde, volvemos a entender que respirar es el Primer Mandamiento de nuestras vidas.

 

 

El artículo sobre la pareja condenada a una luna de miel eterna.

 

 

Así como me ocurre cada vez que buceo, yo miro en derredor durante estos días, veo el modo en que el paisaje convencional se ha enrarecido, se ha extrañado, y con una cautelosa mezcla de curiosidad y de alegría —con cada átomo de mi ser, diría Amis—, pienso también: Wow. Qué delirio todo esto. Pero como soy un cabeza, y además latinoamericano (es decir, de esa parte del planeta que, a juzgar por el modo en que los poderosos del mundo arman los globos terráqueos, vivimos cabeza abajo), no me da por entregarme al mundo nuevo a través del sexo y la violencia psicopáticos.

Es que a Ballard no le copaba mucho la gente. En El imperio del sol recreó su infancia, pero eligió desaparecer del relato a sus padres. (En la vida real, nunca se quedó solo.) Amis subraya además que a Ballard «nada lo estimulaba menos que la interacción humana, a menos que tomase la forma de turba atávica o histeria masiva. Lo que lo excitaba era el aislamiento humano». Nosotros, insisto, somos distintos. Que estemos compelidos al aislamiento no significa que vayamos a elegirlo como forma de vida; y que debamos distanciarnos del resto de la gente no implica que guardemos distancia también de la gente amada con la cual —si tuvimos suerte— pasamos la cuarentena.

Hace pocos minutos mi hijo de 11 despertó e hizo lo de todos los días cuando se levanta y me encuentra en casa: vino hasta el escritorio donde estoy escribiendo, se asomó por detrás del sillón y me dio los buenos días con un abrazo. Por un lado hizo lo mismo de siempre, sí; por el otro, siendo estos días como son, registré el instante en mi alma como el momento en que recibí un tesoro.

En la intimidad de las casas o apartamentos, practicamos más y mejor que nunca la ceremonia del afecto: con nuestros seres amados (entre ellos, nuestras mascotas), con nuestras plantas, con nuestros libros viejos, con las pantallas y teléfonos que nos acercan a la gente querida. No estamos ni cerca de convertirnos en turba atávica ni de entregarnos a la histeria masiva. Muy por el contrario: hacemos consciente cada gesto amable y cada acto de amor como parte de un rito esencial, tan delicado como el de la ceremonia del té, desde la convicción de que todo ritual es la escenificación de una verdad sagrada, algo mucho más grande que nosotros.

Estamos ensayando para el mundo nuevo. Porque nos sabemos personajes espesos, dignos de protagonizar el cuento de nuestras vidas, y apostamos al argumento de lograr que el mundo nuevo sea un mundo mejor.

 

 

 

 

 

 

 

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43 Comentarios
  1. Foti Marcelo dice

    Respecto del cuento de Ballard, The intensive care unit, me hizo acordar a un libro de Asimov, El sol desnudo, donde el detective protagonista, debe resolver un caso de asesinato, en un planeta, Solaris, cuyos habitantes solo interactuan entre ellos a través de pantallas, mientras son atendidos por robots. El planeta se rige por esta costumbre, y ademas por un estrictísimo control de la natalidad que mantiene a la población por debajo de los 10000 habitantes, para todo el planeta, por otra parte son extremadamente longevos, con lapsos de vida de casi 400 años.
    El detective en cambio viene de la tierra, brutalmente sobrepoblada, y viviendo en bovedas de acero de las que no salen nunca.
    Asimov precursor de Ballard, o simplemente una coincidencia?

  2. Pablo Salcito dice

    la noción del Yo está comprometida, que la estructura en tres actos no refleja esta realidad donde nada cambia sustancialmente… A mi entender, esta posición revela una conveniente mezcla de paja mental —porque para crear una historia con argumento y protagonistas fuertes, hay que trabajar mucho— y conservadurismo político. Por eso prefieren ponerse a delirar desde su Yo a partir de la primera línea de lo que escriben, hasta que al final se aburren de sí mismos y el libro termina. Excelente definición de la literatura del yo. comparto plenamente. Siempre pensé que los que escribían eso eran unos ladris

  3. José dice

    Creo que dónde dice: Guerra Sino Japonesa debe decir Chino japonesa

  4. Agustin dice

    Que locura este texto Marcelo. Salud y gracias por esto, me has abierto un par de puertas más.

  5. Carlos dice

    Gracias, gran articulo. A Ballard lo tenia de varias antologías ciencia ficción. Te agradezco el articulo por lo intimista del tratamiento, mas apuntalarlo con literatura y cine, algo que intento hacer con amigos siempre que puedo.
    De nuevo gracias.

  6. Roberto Pintos dice

    Excelente artículo Marcelo. En 61 años de vida y 50 leyendo ciencia-ficción jamás leí a George Ballard. Mis escritores favoritos han sido Isaac Asimov, Ray Bradbury, Arthur Clarke, Phillip K. Dick, Clifford Simak, y entre los rusos los hermanos Arkadi y Boris Strugatsky , que los recuerdo por una antología de ciencia ficción «soviética» que mi padre me regaló cuando cumplí 15 años. Recuerdo vagamente que en esa colección de Minotauro de la cual entre otras joyas mi padre tenía «Las doradas manzanas del sol» de Bradbury, tenía creo, «Rascacielos» u otra novela de George Ballard. Tu artículo me dio ganas de leerlo y esta época caótica y al mismo tiempo serena que nos obliga a reflexionar encerrados se presta para ello.

  7. Laura dice

    Ernesto Oscar se refiere a «La Peste Escarlata» un cuento premonitorio escrito por un vidente.

  8. Ernesto Oscar dice

    Hablo de «La peste escarlata»

  9. Ernesto Oscar dice

    Muy buena tu pluma, Marcelo, pero te olvidaste de un grande, Jack London, que en 1910 puso el reloj de su cámara, con un error de 6 años, en 2013 y nos sacó una foto. En 1910 nos contaba lo que nos está pasando y lo que nos puede pasar si no prevalecen la inteligencia y la solidaridad sobre el egoismo y la estupidez. Un abrazo.

    1. Ernesto Oscar dice

      Estoy refiriéndome a «La Peste Escarlata»

    2. Ernesto dice

      Estoy refiriéndome a «La Peste Escarlata»

    3. Guillermo dice

      Muy buena tu nota. Ballard siempre te trastoca la mente y busca confrontar realidades. Una nota sobre Asimov y su novela de la década de los ‘50, “El sol desnudo” que trata de un crimen en un planeta en el que la gente solo se ve por holovision y se reproduce por ectogénesis. Hoy vivo haciendo conferencias por la red!!

  10. Damián dice

    Me interesaba Ballard porque sé que influyó en la obra literaria de Ian Curtis, cantante y alma mater de Joy Division. Sin embargo no pude entrarle a su obra, me parecían universos muy distantes de la cotidianeidad argentina y, particularmente, rioplatense. Algo similar me pasa con las series que comentás por aca como si fueran pnts. Saludos

  11. Daniela dice

    Mi respeto y empatía siempre hacia tu pluma (tus ideas, tus sentires). Habrá que leer a Ballard

  12. Daniel de Puelo dice

    Hermosa nota… Una duda: el comienzo de Rascacielos, ¿es homenaje o afano a Cien años de soledad?

    1. Martín dice

      A mi también me recordó al comienzo de 100 años de soledad, mientras leía.

  13. Lia dice

    Lo mejor del soñar despierto es que el escenario y los personajes ya están creados así que el director queda libre de centrarse en el relato, pero existen relatos anteriores a los que se les brinda cierta pleitesía. Es evidente que la mirada desapasionada deja afuera la causa de la complejidad como la materia prima del arte para el creador, cuyas posibilidades creativas cruzan la frontera de la realidad una y otra vez en forma de productos que expresan la intención clara del Director, con lo que supo ver y con lo que no.
    El relato latinoamericano cayó ante el relato conquistador, y sus posibilidades creativas se relfejan en la mirada ancestral de la memoria del dolor y sufrimiento expresado en cada acto de injusticia de nuestra tierra, que es también la sabiduría perdida en el tiempo que busca enmarcarse en una nueva oportunidad, un nuevo relato, único y lejos de la cosmovisión de producto bruto interno del lenguaje de los conquistadores.
    En todo laboratorio metafísico o físico queda algo afuera por la búsqueda de efectvidad, y nunca en la historia como hoy se presenta lo despreciado sobre la realidad para gritarnos la verdad en la cara, la estética de su relato no pertenece a la fuerza de la belleza concebida desde el conquistador con su mirada superficial que solo usa la substancias de la verdad enmascarada en una justificación técnica.
    Es así que la creación de un futuro es al mismo tiempo una profundización del pasado, de la memoria que permanece inmanente en nuestra realidad constituida como límite de adaptación a la realidad natural. El encuentro con la verdad de la substancia solo se encuentra superando ese límite con la entropía cuya función es para el tiempo de una secuencia, modificar una estructura y neguentrópicamnte conformar una nueva desde otro sentido. La imaginación tiene la facultan de superar los límites de la tres dimensiones y el tiempo y siempre es nuestra herramienta clave de saltar lo establecido, sin embargo muchos utilizan este don para sostener las estructuras de poder, queda claro que la estructura reconoce a los suyos y el reconocimiento no se hace esperar.

    Sabiendo que todo pensamiento es metafísico por lo tanto transitorio y eseculativo el mensaje se disuelve lentamente a la oscuridad.

  14. Luis Juan dice

    Estimado Marcelo:
    Impecable, como de costumbre.
    Una digresión, si me permite.
    Son temas complicados, pero se me ocurrió que su artículo me daba pie para esta disquisición. Caso contrario, mil disculpas.
    Sir Arthur Conan Doyle, le hizo decir a Holmes: ““descarta lo imposible, lo que quede, por inverosímil que parezca, ha de ser verdad”.
    Litto Nebbia, nos refería que “si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia, quien quiera oír que oiga.”. Bueno, debemos aceptar que la historia la siguen escribiendo los eternos ganadores del sistema.
    Hablando de ganadores, pensemos de lo que son capaces en nuestras pampas los formadores de precio y la cadena de intermediación en medio de una pandemia y que son personajes muy menores en relación a los grandes jugadores a escala mundial. Ergo, los que manejan los hilos detrás del telón y que seguramente tendrán inmunidad frente al virus, por qué razón van a cambiar. Difícil que el chancho chifle.
    David Icke refería en sus videos la técnica de manipulación mental conocida como Problema-Reacción-Solución: cree el problema, anime la reacción «algo debe hacerse», y luego ofrezca la solución. Es resumido por el lema Francmasón «Ordo Ab Chao» – orden a partir del caos-. Cree el caos y luego ofrezca la manera de restaurar el orden. Su orden.
    Noam Chomsky elaboró la lista de las «10 Estrategias de Manipulación» a través de los medios. En su libro «Armas Silenciosas para Guerras Tranquilas» Chomsky hace referencia a ese escrito en su Decálogo de las «Estrategias de Manipulación».
    A mayor abundamiento, una perspectiva: https://www.youtube.com/watch?v=1f6S4wP7R8U.
    Algunas curiosidades:
    El libro “The eyes of darkness” habla de un virus llamado Wuhan-400 y tiene su origen en la ciudad china. Las características como la letalidad o la incubación del virus del libro no coinciden con las del coronavirus. En las primeras versiones del libro -publicadas en 1981-, el virus se llamaba Gorki-400, pero este nombre cambia y aparece como Wuhan-400 en versiones publicadas en 1996. Desconozco el por qué y el cuando se registró este cambio.
    En una de las capturas del libro en inglés se puede leer «Wuhan-400 es el arma perfecta» o «ellos lo llaman Wuhan-400 porque está desarrollado en los laboratorios RDNA a las afueras de la ciudad de Wuhan». En dicho ejemplar dice: «una vez infectado, nadie vive más de 24 horas. La mayoría mueren en 12. […] El porcentaje de muertes de Wuhan-400 es del 100%».
    Michael C. Ruppert era un «experto» en la crisis energética. Una de las intervenciones más sonadas de Michael Ruppert, ex detective de la División de narcóticos del Departamento de Policía de Los Ángeles, fue a acusar en 1995 a la CIA de introducir droga en los barrios marginales de Los Ángeles (mayoritariamente habitados por afroamericanos).
    Periodista e investigador, editó From The Wilderness, un boletín y sitio web que cubre una amplia gama de temas, incluyendo la política internacional, la CIA , la crisis del petróleo, las libertades civiles, las drogas, la economía, la corrupción y la naturaleza de la conspiración del 9/11. Autor de Crossing The Rubicon (El declive del imperio americano en el Fin de la Era del Petróleo). Fue el tema de la película documental 2009 Collapse, el New York Times, en su revisión de Collapse, escribió «la mayoría de sus instalaciones son verificables, cualquier debilidad en su argumento radica en inferencias tan aterradoras que los oyentes razonables pueden encontrarse al tomar su consejo».
    Travelers (Viajeros en español) es una serie de televisión de ciencia ficción creada por Brad Wright, se estrenó en Showcase el 17 de octubre de 2016, globalmente (fuera de Canadá) en Netflix, el 23 de diciembre de 2016. El 8 de febrero de 2017, Netflix y Showcase renovó el show para una segunda temporada. La producción de la temporada 2 comenzó en marzo de 2017. La segunda temporada se estrenó el 26 de diciembre de 2017 en Netflix y la tercera al año siguiente, el 14 de diciembre de 2018. La serie fue cancelada el 1 de febrero de 2019.
    Cientos de años en el futuro, los humanos crean una inteligencia cuántica capaz de enviar sus conciencias a través del tiempo a personas en el siglo XXI. Estos «viajeros» (Travelers) asumen la vida de personas que se conoce el momento exacto en que mueren y después trabajarán secretamente realizando misiones para salvar a la humanidad de un terrible futuro. Recomiendo ver, particularmente, en la temporada 2, los episodios 5 y 6 de la serie.
    Dicho esto, teniendo presente lo manifestado por Holmes, se podrían considerar en estos tiempos que corren, algunas miradas diferentes.
    Para ir entrando en tema, se podría repasar el documental Inside Job.
    Desde el punto de vista de la conciencia:
    bibliotecapleyades.net/ciencia3/ciencia_conscioussociopol578.htm
    Desde la sociopolítica o geopolítica:
    Hace mucho tiempo que vengo leyendo a algunos analistas que sostienen que estamos inmersos en la tercera guerra mundial. Si esto es así -y hay demasiada evidencia para, cuanto menos, considerarlo- cabe recordar que: “la primera víctima de la guerra, es la verdad”.
    Veamos, entonces:
    bibliotecapleyades.net/sociopolitica2/sociopol_globalmilitarism246.htm
    bibliotecapleyades.net/sociopolitica2/sociopol_globalelite_la219.htm
    bibliotecapleyades.net/sociopolitica/sociopol_bigbrother192.htm
    bibliotecapleyades.net/archivos_pdf/virus-electrificacion-tierra-rudolf-steiner.pdf
    bibliotecapleyades.net/scalar_tech/esp_scalartech_cellphonesmicrowave152.htm
    bliotecapleyades.net/sociopolitica2/sociopol_globalization_eu416.htm
    bibliotecapleyades.net/sociopolitica2/sociopol_bigbrother232.htm
    bibliotecapleyades.net/sociopolitica2/sociopol_martiallawusa43.htm
    Desde un punto de vista científico no convencional:
    bibliotecapleyades.net/ciencia3/ciencia_virus97.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia3/ciencia_coronavirus12.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia3/ciencia_virus99.htm
    bibliotecapleyades.net/scalar_tech/esp_scalartech_cellphonesmicrowave154.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia3/ciencia_bioterrorism15.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_virus51.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_virus59.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_virus49.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia2/ciencia_bioterrorism17.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia3/ciencia_bioterrorism16.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_virus02.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_avianflu_esp.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_virus19.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia3/ciencia_virus84.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia2/ciencia_artificialhumans92.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia2/ciencia_genoma153.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_virus64.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia2/ciencia_virus67.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_virus56.htm
    bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_virus53.htm
    Hasta el misticismo tiene algo que decir:
    bibliotecapleyades.net/mistic/religionsplanetearth208.htm
    En fin, cosas veredes.

  15. oscar toro dice

    Andá, Boludo!! Me hiciste lagrimear al final. Nunca leí a Ballard, me estaba enterando por vos. Todo venía en estilo plancha y de repente pusiste un elefante marino, tu hijo, hablaste de los abrazos que tanto nos gustan, e, inesperadamente me encontré emocionado. Andá, Boludo!! Gracias.

  16. Rodriguez Mrta dice

    Excelente nota muchas gracias me invita a descubrir a Ballar casi un profeta este escritor !!!!

  17. Adriana CORES dice

    Impecable, Marcelo! Te admiro. Tus notas son de una profundidad tan llana!
    Gracias! Muchas gracias!
    Adriana

  18. Elena dice

    Tu artículo lo voy a releer en la semana, las veces necesarias. Los relojes dilatados de Dalí, describen la prolongación de la cuarentena en segmentos quincenales acumulativos

  19. danilodi dice

    Compañero Carlos y Marcelo F., recién he copiado y enviado el mismo pasaje que Carlos transcribe. ¡cómo me gustó esa caracterización de buena parte de la literatura actual! Casi todo se ha convertido en…»yo»; «…me levanté, me lavé los dientes…»; «…manejé hasta el laburo…»; «…yo…yo…yo…» Conservadurismo político y fiaca, si señor! Y literariamente aburrido,
    pero eso sí: muy bien escrito. Resignación frente al poder. ¿Qué pensarán de Arlt? La escritura como otro bien de consumo.
    Gracias
    Un abrazo

  20. Micaela Pereira dice

    Estoy volviendo a leer Apocalípsis de Stephen King es un libro enorme y construye una hermosa aventura distópica. No he leído a Ballard pero sí mucho a Stephen y sus personajes, especialmente los este libro, son maravillosos y se hacen parte de tu vida. Lo primero que percibí cuando arrancó la cuarentena fue jugar a que Randall Flagg que es uno de los personajes clave (el diablo) estaba caminando nuevamente por las calles de Texas, disfrutando del momento y ya me fuí a buscar la novela para repasarla y leerla con detalle ya que ahora se dispone de tiempo, el que dejan los niños después de un día intenso, me gusta lo que decís de que estos mundos de ficción nos contienen, vamos buceando por ahí.

  21. Guillermo Ricca (@GuilleRicca_68) dice

    Gracias Marcelo, tremenda nota sobre uno de mis autores de culto junto a Philiph K Dick. Me dieron ganas de releer a Ballard

  22. Carina Montero dice

    Hermoso texto!! Gracias Marcelo! Me conectaste con un abanico de emociones…

  23. teresa laura artieda dice

    Nuevamente gracias Marcelo, leerte y escucharte es enriquecer ese día, ese instante, un milímetro más . Al igual que con el gesto amoroso de tu hijo, regalaré al mío este articulo este abrazo y especialmente su final. Abrazos!

  24. Damian de Floresta dice

    El mundo sumergido me encanto, ese cuento de la familia estaba en mitos del futuro proximo, creo que Marcial Souto fue un gran difusor de ballard en Argentina. Como suele usted hacer, gran nota.

  25. rubén Padula dice

    Siempre me deslumbrás, Marcelo. Me hacés sentir chiquito, como si me apabullaras con tus lecturas, tus reflexiones, tu inagotable inventiva, tu manera de ponerte en el lugar a cada momento. Y por otro siento una corriente benefactora que me alumbra, me despierta. Me dan ganas de abrazar a quien tengo a mi lado, de llamar a los míos, de decirle lo bueno que es todo esto, claro, porque uno siempre ha estado soñando, imaginando y actuando en procura de un mundo mejor, de una cambio sustancial para bien de todos. Seguro que nunca nos tocaría quedarnos encerrado en un hotel de cinco estrellas, ni varados en un yate, ni asfixiado en un edificio inteligente. Bueno, es otra manera de vivir, y mirá que nos han tocado cambios sustanciales en la vida, a aquellos que venimos de los setenta y fue el antes, y el durante y el después de esa pesadilla donde muchos quedaron, no están y otros sobrevivimos y mantenemos aun invicto los principios centrales de la vida. No me voy a extender mucho más, tomaré algunos de tus párrafos para compartir, pero sobre todo para saber que no todo está perdido ni nos llevarán de las narices. Ya ves, con humildad, sabedor de todos los privilegios que tenemos en esta vida, afrontamos un domingo con buen ánimo, a la espera de las grandes decisiones.

  26. Claudio dice

    Gracias por tu publicacion de cada domingo

  27. Martin Montdor dice

    gracias

  28. Pedro dice

    Hola Marcelo. Gran nota. Las Short Stories se consiguen en castellano? Abrazo.

  29. Damian dice

    Ballard escribió uno de mis cuentos favoritos. Tiempo de pasaje. Luego de leerlo, nada fue igual. El tiempo puede avanzar hacia atrás.
    Suscríbanse al cohete.

  30. Carlos Scirica dice

    «…hoy la onda es decir que las narraciones con mucho argumento y personajes seductores son parte de lo viejo. El argumento que usan para sustentar esta crítica suele ser banal: que todo lo que se puede hacer en esa materia ya ha sido puesto a prueba por siglos de literatura (¡gente de poca fe… y aun menor imaginación!), que en este mundo la noción del Yo está comprometida, que la estructura en tres actos no refleja esta realidad donde nada cambia sustancialmente… A mi entender, esta posición revela una conveniente mezcla de paja mental —porque para crear una historia con argumento y protagonistas fuertes, hay que trabajar mucho— y conservadurismo político. Por eso prefieren ponerse a delirar desde su Yo a partir de la primera línea de lo que escriben, hasta que al final se aburren de sí mismos y el libro termina…» ¡¡Me encantó!! Espero que no te ofenda, pero pienso robarte y compartir tanto el concepto como la literalidad de esa frase.

  31. mercedes dice

    Excelente nota!!!

  32. susanamenas dice

    Soberbio texto. Y un amoroso final. Gracias!

  33. cristina strifezza dice

    marcelo siempre espero el domingo para leerte. Soy Psicóloga, tengo un centro de día para pacientes graves, en plena cuarentena una paciente nuestra se suicidó en el contexto de una convivencia hostil con su padrastro…estamos en ese duelo, tenía 30 años y una nena de 6.
    por otra parte , sin ser una gran dramaturga escribí el laberinto de las tontas el año pasado y la pusimos en escena esta temporada en Mar del Plata, es sobre un mundo distópico donde se creó un virus que mata a las mujeres y hace 10 años las tiene aisladas y dominadas por el sistema….me gustaría enviartelo. Por lo actual, porque estoy asombrada de lo que sucede y de lo que escribí.

    1. Elena dice

      Tu artículo lo voy a releer en la semana, las veces necesarias. Los relojes dilatados de Dalí, describen la prolongación de la cuarentena en segmentos quincenales acumulativos

  34. Luis dice

    Excelente Marcelo, hermoso tu relato. Gracias!

  35. Cristina dice

    Gracias!
    Q placer leerte!

  36. Pablo dice

    Marcelo (perdón que te tutee, no te conozco pero te siento cercano), cada vez que leo un artículo tuyo me hacés revisitar a los autores que leí en mi juventud, y me dás otra perspectiva (otra lectura) de sus obras. Excelente, como siempre! Muchas gracias.

  37. Sebastián dice

    Gracias marcelo, desde la Barcelona desierta te mando un abrazo gigante.!!!!!

    1. Adriana CORES dice

      Impecable, Marcelo! Te admiro. Tus notas son de una profundidad tan llana!
      Gracias! Muchas gracias!
      Adriana

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