“Si el patrón te dice ladrá, te ponés en cuatro patas”

Eso, y mucho más, dijo Carlos Propatto durante el juicio de la Causa Ford

 

Los juicios por delitos de lesa humanidad podrían parecer a contramano, como una patrulla perdida de una guerra terminada, o casi.

Este es el primer juicio contra la Ford por la colaboración de la empresa yankee con el Plan de Exterminio, colaboración múltiple y polifácetica pero que tuvo en la detención de 24 delegados de los trabajadores y activistas sindicales —que ocurrió dentro de la planta fabril, en cuyo quincho fueron torturados, a metros de donde seguía corriendo la cinta de producción automotriz— un punto muy emblemático e indiscutible.

Conocemos a los obreros que sufrieron aquel calvario desde hace años. En el 2010 construimos en la sala Mabel Gutiérrez del Edificio Cuatro Columnas de la Ex Esma un debate sobre terrorismo de Estado y poder económico, donde repasamos una a una las empresas más comprometidas en el Genocidio: la Ford entre ellas logicamente, pero también Mercedes Benz, Acindar, Papel Prensa, Tensa y otras.

Casi todo lo había escuchado varias veces pero el escenario judicial siempre impone respeto. La ficción de ecuanimidad de los miembros del Tribunal Oral con su rito codificado, la miseria humana infinita de los que hacen de defensores de los genocidas con su cinismo a flor de labios y el odio rebalsando sus sonrisas, la angustia de los familiares y sobrevivientes, todo hace que sea igual pero distinto.

A Carlos Propatto le tocó declarar este lunes, día de marcha de los trabajadores de la educación y de fallo condenatorio de Facundo Jones Huala en Bariloche. Todo parecía restarle importancia al hecho. Pero no.

De todo lo que dijo Carlos me quedaron dos frases de la patronal antes de su detención. Después del golpe la gerencia tuvo un encuentro con el cuerpo de delegados de la Ford. Al terminar las amenazas y advertencias, les dijeron que si no se portaban bien tendrían que llevarles saludos a Camps. Los delegados ni sabían quien era el militar asesino.

Durante la primera sesión de torturas, el policía bueno le dijo a Carlos: “Si el patrón te dice ladrá, te pones en cuatro patas y haces que sos un perro”.

De todo eso habló Carlos.

Habló y habló. De su ingreso a la fabrica en su puesto de simple pintor.  De su lento despertar político, que lo llevo a vincularse con la estructura sindical de adentro de la empresa. De cómo funciona la linea de producción y de cada una de las tareas que hay que realizar para que al final caiga un Ford flamante y listo para usar. De las luchas y del 13 de abril de 1976.

Dijo: “Hasta ese día tenía una vida, desde ese día conocí el infierno de Dante”. Y comenzó a contar lo imaginable. Las patadas y las piñas, el dolor y la humillación infinitas. No voy a reproducir la secuencia pero si detenerme en una anécdota que contó, casi al pasar.

Dijo Carlos que en un momento, porque “estaba muy loco, me ponen en la cabeza una bolsa de plástico de modo tal que no podía respirar y me iba ahogando hasta que Troiani (otro de los delegados detenidos, torturados, encarcelados y luego constructores de la causa contra la Ford) tiró un manotón, rompió la bolsa y pude volver a respirar”.

Walter Benjamin escribió que cada acto de civilización implica otro, simultáneo, de barbarie. La construcción del Domo de Milan o la Torre del Oro sobre el Guadalquivir en Sevilla, se hacían con los huesos y la sangre de los que morían en Potosí o en el Callao.  Cierto, pero también es cierto que cada acto de horror infinito despierta un acto de dignidad heroica.

La dignidad de los simples, de los comunes, de los obreros simples como Carlos que todavía pregunta si alguna vez le pagarán la quincena trabajada y no cobrada en abril de 1976, porque nunca pidió ni aceptó un centavo de los amos de la Ford.

Carlos fue y volvió por su historia durante cinco horas, describió con detalle lo que pasó en el quincho de la planta fabril, dijo dónde lo habían llevado (una seccional policial), lo que no comió, lo que no bebió, lo que no descansó, lo que no durmió, lo que no vistió, lo que no cagó. Contó de la cárcel de Devoto y de la de Sierra Chica. De todo tomé notas, seguro que otros también.

Yo solo quería decir que hoy entendí para qué carajo sostenemos estos juicios contra unos ancianos asesinos, en medio de un Poder Judicial hipócrita y cómplice de todo.

Solo para que se sepa que, en medio de una locura de patadas y torturas, un obrero salvó la vida de otro porque los que defendemos la humanidad de los seres practicamos la humanidad adonde sea.

Y porque de las muchas lecciones que podemos tomar de la generación del Cordobazo, acaso ese humanismo infinito sea la más preciada y más útil.

Seamos humanos hasta el fin, todo lo demás será más fácil.

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