Pavese sin “pavesismo”

Entrevista a Fidel Maguna, editor de Río Belbo, sobre una nueva biografía del escritor piamontés Cesare Pavese

 

Se acaba de publicar en nuestro país la biografía del escritor italiano Cesare Pavese, escrita por Franco Vaccaneo y traducida al castellano por Rosario Gómez Valls y Julio Cano. Tal circunstancia viene a coincidir con los 70 años de la muerte del autor de El oficio de vivir (quizás su obra más conocida en la Argentina, publicada recién en 1957 bajo la traducción de Rodolfo Alonso), y con ello la caducidad de los derechos de autor, lo que augura futuras ediciones al castellano.

Cesare Pavese nació el 9 de septiembre del 1908 en Santo Stefano Belbo, un pequeño pueblo del Piamonte, donde pasó todos los veranos de su infancia. Su padre murió cuando él tenía cinco años y toda su adolescencia quedó signada por la abrumadora presencia de mujeres en su familia (su madre primero y, tras su fallecimiento, su hermana). La amistad con Tullio Pinelli, una especie de figura paterna esencial en su vida, dio lugar al entrañable personaje Nuto de sus relatos (La luna y las fogatas, 1949). Por el otro, Augusto Monti, su profesor de literatura del secundario en Turín, lo inició en los clásicos italianos pero, sobre todo, lo marcó en sus elecciones políticas, que lo llevarían a militar en las filas del anti-fascismo.

En 1933, Pavese fue detenido, acusado de anti-fascista y condenado a tres años de cárcel, aunque solo cumplió uno. De esta experiencia surgió su novela La cárcel (1938) y una gran frustración, ya que al salir se enteró de que la mujer a la que amaba (Constance Dowling, joven actriz norteamericana) se había casado con otro. En 1938, Pavese entró en la editorial Einaudi, que elaboraba un plan pedagógico para los italianos en abierta oposición al régimen fascista. A partir de entonces y hasta su muerte, su perfil de escritor se confundió con su tarea de traductor y editor. En las reuniones de la editorial participaba un círculo privilegiado de intelectuales: Norberto Bobbio, Elio Vittorini, Natalia Ginzburg (esposa de su amigo Leone Ginzburg, asesinado en la cárcel por los nazis en 1944), entre otros.

El 27 de agosto de 1950 se suicidó tomando diez dosis de somníferos en un hotel de Turín. El 16 de agosto escribió: “Un clavo saca a otro clavo, pero cuatro clavos hacen una cruz” y “mi obra pública está acabada en lo que me es posible. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido la pena de muchos”. El 17 escribió: “No deseo nada más en esta tierra. Este es el balance del año no acabado, que no acabaré”. El 18 acaba: “No escribiré más”. Y en el cajón de esa habitación encontrarán un poema que será considerado inmortal: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

Luego vino el mito literario conocido como “pavesismo”, que muchos escritores identificarán en forma casi maníaca con el personaje, como una implicación existencial y política de vida/muerte ofrecida generosamente como registro de un proceso y final del diario. Así, Ricardo Piglia: “En el comienzo y en el final hay una mujer perdida, está el encierro y la soledad, la escritura, el fracaso vital. «Lo que tememos más secretamente siempre ocurre», escribió Pavese en el comienzo y en la última página de su diario… El oficio de vivir. Jeroglífico lleno de silencio y de oscuridad, en ese diario, que comienza en el encierro del confinamiento y termina en el encierro de una pieza de hotel, podemos decir que está todo Pavese…” (Los diarios de Emilio Renzi, Anagrama, T. 1, 2015, páginas. 105/106).

La construcción de aquello que con los años algunos llamarán “pavesismo” se redimensionará con su biografía literaria (Davide Lajolo, El vicio absurdo, 1983) y su mito como escritor político existencial (la generación del ‘68 hará su lectura y encontrará en él un modelo de resistencia, Pier Paolo Pasolini hará una crítica al modelo pequeño burgués de intelectual), y con esas cristalizaciones cierta pérdida del valor del texto. Es decir, el autor quedará como atrapado en ese mito del diario póstumo.

Volver a Pavese, volver a sus textos de nuevo, liberarlo del mito, y como dice Vaccaneo, a ese “timbre cristalino de un clásico que sabe sondar en profundidades problemáticas, existenciales, trasvasadas intactas y no resueltas en nuestros tiempos: el cansancio de vivir, la mordedura de la soledad, la dificultad en las relaciones humanas, los problemas en la comunicación”. Por eso la publicación de la biografía de Pavese en nuestro país no parece fortuita, sino que obedece a la búsqueda de la voz, a las nuevas generaciones que leen a un clásico según los nuevos contextos. La Revista Río Belbo, editada en Rosario de la mano del escritor Fidel Maguna, formula inquietudes que son extensibles para medir hoy no solo a Pavese, sino a otros autores. La entrevista que sigue se enmarca en esos interrogantes.

 

 

Entrevista con el editor Fidel Maguna

Fidel Maguna nació en Rosario en 1993. Trabajó en varios oficios, ha escrito varios libros y obtenido premios (el último, el XXI Premio Anual Trasgenérico, 2022). Publica en la Revista Rio Belbo, sello del que también es editor. Sus notas suelen reproducirse en El Cohete a la Luna.

–¿Por qué editar la biografía de Pavese hoy en la Argentina?

–Notamos que en castellano no había biografías de Pavese disponibles, excepto una, editada en 2011 en España, carísima y difícil de conseguir. Los lectores argentinos interesados en su vida recurrían, generalmente, a un trabajo crítico-biográfico de 1972, de Eugenio Castelli (un libro más bien oscuro), y a las muchas “mini-biografías”, como les podemos decir a los textos de solapas y contratapas de sus libros, a alguna que otra nota periodística, a los artículos que hablan de él. En estas construcciones, sin embargo, la muerte del autor suele ser el hito central de su vida; el sufrimiento, su rasgo distintivo. Esto es algo que también se ve con otros autores. Creo que la falta de estudios biográficos serios, sumada al interés ciego de esta época por los detalles escabrosos y las muertes trágicas, es una combinación que genera relatos que, irremediablemente, conducen a la creación del mito. Y los mitos, si bien hacen popular el nombre de un autor, disminuyen las posibilidades de que sus obras influyan en las discusiones. Y eso sucede con Pavese: sus principios éticos como trabajador, sus críticos lineamientos políticos, su sentido de una literatura comprometida en términos estéticos, su decisión de traducir, a contrapelo de todos, a autores norteamericanos en la Italia fascista, a veces quedan reducidos ante el mito del escritor suicida, del “hombre muerto por amor”. La biografía, entonces, puede funcionar como una herramienta para desmalezar caminos, para abrir otras discusiones, para pensar ciertas analogías entre su época y la nuestra, para volver a discutir el lugar del escritor, del editor, del crítico.

–¿Considerás que es un autor al que no se lo valoró suficientemente?

–No, se lo valoró y se lo valora. Es un autor popular que ejerció y ejerce influencia en grandes narradores y poetas latinoamericanos. Sin embargo, en el imaginario colectivo, veo que a menudo su valoración está signada por su escena final, y que ciertos aspectos de su relación con el trabajo intelectual, por ejemplo, no tienen la cabida que podrían tener.

–¿Cómo fue el recorrido para lograr la publicación de la biografía?

–La biografía original se publicó en el 2020 en Torino, por la editorial Priuli e Verlucca. Ese mismo año Franco Vaccaneo, el autor, me la envió por correo y, como mi italiano es muy pobre, se la mandé a mis amigos Julio Cano y Rosario Gómez Valls, que viven en Montevideo. Ellos propusieron traducirla. En ese momento hacíamos nacer la revista digital Río Belbo y me pareció buena idea ir publicando la traducción por entregas en la página. Cuando lo terminamos, pasó al papel, en febrero de este año.

–¿Qué significa “cierto biografismo decadente” sobre Pavese? Vos hablás en el prólogo de los casos Yourcenar y Rimbaud.

–Cuando estaba escribiendo el prólogo releí el libro de Marguerite Yourcenar sobre Mishima y un artículo de René Étiemble sobre Rimbaud y entonces tuve la sensación de que Franco Vaccaneo había hecho lo mismo con la figura de Pavese, al menos desde el punto de vista conceptual: escribió una biografía contra las malas biografías. Yourcenar trascendió la imagen de la cabeza degollada de Mishima, Étiemble la de la pierna amputada de Rimbaud, y Vaccaneo la del frasco de pastillas de Pavese. Y los tres lo anuncian de forma explícita: “Ya se acabó el tiempo en el que podíamos saborear Hamlet sin preocuparnos demasiado por Shakespeare: la burda curiosidad por la anécdota biográfica es un rasgo de nuestra época, decuplicado por los métodos de una prensa y unos media que se dirigen a un público que cada vez sabe leer menos”, escribe Yourcenar. Vaccaneo, por su parte, anuncia en el primer capítulo que va “en busca del Pavese hombre, depurado del pavesismo que se alimenta de un biografismo decadente”. El “biografismo decadente” podría resumirse, y esto corre por mi cuenta, como aquel obsesionado en su muerte, aquel que tiene más certezas que preguntas, aquel que prefiere llorar al suicida que estudiar la vida de un hombre que trabajó a destajo.

–¿Cuál es el desafío de Vaccaneo al plantear la complejidad de la vida del autor en distintas voces?

–Vaccaneo, nacido en Santo Stefano Belbo, trabajó casi toda su vida en la Fundación Cesare Pavese, de la que fue uno de sus mentores. Fue amigo de familiares y amigos del escritor y uno de los encargados de que sus restos fueran trasladados del cementerio de Torino al de Santo Stefano Belbo. El archivo y la biblioteca de la Fundación son excepcionales para un pueblo de 4.000 habitantes: esa también es su obra. Vivió su vida, así me dijo él, por y para Pavese. Entonces, para que su libro estuviera abierto y no se cerrara en su propia historia, creo que no tenía más opción que trabajar glosando testimonios y textos de sus archivos. Es una forma de correrse a sí mismo para abrir su libro, para limpiarle la muerte a la memoria y poner el acento en el humor, en el trabajo colectivo de la Einaudi, en sus influencias, en sus contemporáneos. Es una forma de traer nuevas preguntas y de asumir la multiplicidad de relatos y de tonos con los que narramos, siempre, la historia de alguien que no está.

–Siempre se recuerda que Pasolini, poco antes de morir, escribió sobre luciérnagas como metáfora de un mundo concreto, inocente, campesino y dialectal, ese mundo que nunca se había plegado por completo al régimen mussoliniano. ¿Creés que en ese giro Pasolini se reconcilia de algún modo con Pavese?

–En el libro hay una referencia al artículo de las luciérnagas, y también a la metáfora posible de la reconciliación. Vaccaneo dice algo así: “La Italia que se desarrolló después de Pavese la representó mejor un escritor que no lo ha querido mucho, Pier Paolo Pasolini”. En el estilo, en el carácter de las búsquedas de Pasolini, hay posiciones que parecen opuestas, sin embargo creo que los dos vivieron tensiones y vacíos similares. Yo veo una continuidad más allá de la ruptura.

–¿Hay una suerte de enseñanza de fusión literatura y vida en el legado Pavese, algo que ya no existe o tiene algo de anacronismo de vanguardia?

–Creo que hay una enseñanza sobre algo que sí existe. Los editores, los traductores, los correctores, los escritores y los diarios siguen existiendo, y los hombres y mujeres que escriben siguen viviendo, afrontando, bien o mal, sus relaciones con el poder, con la cultura, con el pueblo, con el trabajo, con la historia. Pavese hacía bien su trabajo y creía que con eso debería alcanzar, que no hacía falta plegarse a los Círculos Culturales para que alcanzara, que no era necesario ir a acoplarse a la buena vida romana de los escritores “importantes”. Él se quedaba en Torino o iba unos días a su pueblo. Y leía y editaba y traducía. Y era libre para decir lo que quisiera, para ejercer la crítica. En términos de capital intelectual, alcanzaba, porque seguía creciendo y con él crecían los otros, los escritores nóveles como Ítalo Calvino o Natalia Ginzburg, por ejemplo. En términos financieros, alcanzaba de pedo: era pobre, pero comía. Y en eso la analogía con la actualidad literaria argentina es posible: hoy a un escritor, a un editor, a un corrector o a un traductor le alcanza con hacer bien su trabajo sólo si tiene suerte. Si quiere comer bien, si quiere que su trabajo crezca, necesita hacer lobby, ser políticamente correcto o panfletariamente incorrecto, necesita callar determinadas críticas, necesita plegarse a discusiones sin salida. Excepto, claro está, que ese escritor o traductor o editor pertenezca a la clase media bien, esa clase a la que hace no tanto le decían “pequeña burguesía”. Por eso creo que la situación no cambió tanto en los últimos 70 años, que las enseñanzas de Pavese están vigentes.

–Estuviste recorriendo Santo Stefano Belbo, tras las huellas de Pavese. ¿Cómo fue esa experiencia?

–En realidad no fui tras sus huellas, fui gracias a un premio, habiéndolo leído muy poco. De su lugar de nacimiento no sabía casi nada: la única referencia de Santo Stefano que tenía era Como un pez en el hielo, el cuento de Piglia en el que Renzi visita el pueblo. Pero ahí Renzi anda mal de amores, y para colmo está leyendo el final del diario de Pavese. Me gusta Piglia, pero ese cuento me parece medio fantasmal, pavesiano en el mal sentido. Por eso, cuando llegué, temí estar entrando en una pequeña sociedad de suicidas y fantasmas (¡era víctima de un biografismo decadente!); sin embargo me encontré en un pueblo despierto, compuesto de productores vitivinícolas súbitamente enriquecidos, de trabajadores zafrales muy mal pagos y de entusiastas empleados, jubilados y profesores piamonteses, muy contradictorios e inteligentes. Un pueblo, en definitiva, diametralmente opuesto al Santo Stefano vacío, cerrado y nebuloso al que llegó Renzi en ese cuento del ’70 y pico. Tal vez lo pude ver así gracias a Vaccaneo, que el primer día despejó mis pobres lecturas de la vida de Pavese y, en tres frases, ahuyentó a los fantasmas: “Él eligió irse en 1950, en la mitad exacta del siglo, y con su muerte –me dijo–, dio testimonio del fin de una era, del ocaso irreversible de un mundo campesino vencido por el proceso de industrialización que cambió Italia para siempre. Creo que la enseñanza de Pavese es fundamental, incluso hoy: introdujo la literatura americana en abierta ruptura con el fascismo, la etnología y la antropología en la Italia de posguerra en contraste con el historicismo marxista. No despreciaba las batallas imposibles y sólo por esto merece un lugar de absoluta importancia en la literatura contemporánea”.

–La revista Río Belbo y el sello editorial resultan una forma de homenajear constantemente a Pavese, pero vos estás trabajando con otros autores, como Rodolfo Walsh. ¿Cuál es tu proyecto?

–Hay un gran relato sobre Walsh, monumental, y como todo monumento, el suyo también proyecta una sombra. Mi proyecto es ver qué crece en esa sombra. Así me encuentro entrevistando a personas que olvidan, que tienen recuerdos borroneados, que dudan, que no saben bien qué decir, que critican las formas en las que se lo edita actualmente, que sospechan de los arquitectos de ese monumento. Y eso me parece extraordinario, genuino, porque significa que la obra y el recuerdo de Walsh siguen tensionando nuestras construcciones, que nos sigue haciendo dudar, criticar, leer, trabajar. Como cuando visité Santo Stefano, en esta ocasión también temí estar entrando en un terreno escabroso y fantasmal, pero lo cierto es que me encuentro con todo lo contrario: nota a nota, entrevista a entrevista, esta sombra fresca crece en direcciones inesperadas, con testimonios que me conducen a la relectura de una obra llena de vida, de humor, de crítica, de poemas, de trabajo colectivo, de compromiso con la palabra. Como en los escritores que mencionamos, su escena final también suele colocarse en el centro de la historia, tiñéndolo todo: así aparece la idea de un heroísmo persistente, la figura de un hombre que se transformaba continuamente, dejando atrás, todo el tiempo, partes de su vida. Eso es el monumento, el mito que lo hace célebre y que reduce, creo yo, las posibilidades de asumir las discusiones que dio en vida y obra. No proyecto una biografía suya, no podría; lo que proyecto es una crónica de la sombra, un texto en donde la duda tenga más lugar que las certezas, un texto que no reconstruya, sino que construya con recuerdos y lecturas, sí, pero también con olvidos y ausencias.

 

El editor de Rio Belbo, Fidel Maguna.

 

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Cesar Pavese, vida colinas libros

Autor: Franco Vaccaneo.

Traducción: Rosario Gómez Valls y Julio Cano

164 páginas

Editorial Rio Belbo (https://riobelbo.com/)

 

 

* Julián Axat es escritor y abogado.

 

 

 

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