Pensar la unidad

¿Llegó la hora de articular un frente antineoliberal competitivo?

 

A pesar de la sanción del ajuste previsional, a fin de año las fuerzas populares sintieron una suerte de efecto moralizador al descubrir que finalmente habían encontrado un punto débil de Cambiemos y, sobre todo, que era posible explorar un recorrido de unidad política con rumbo a la construcción de un frente en 2019.

Diversas preguntas se acumulan: ¿qué alcance podría tener ese frente? ¿Hasta qué punto es necesario privilegiar la amplitud por sobre las coincidencias en un proyecto de país? ¿Se puede reconstruir un frente como el de 2003 para vencer al macrismo? ¿Sería un objetivo deseable? ¿La ampliación de representatividad es fundamentalmente “por derecha”, o existen posibilidades reales de crecer “por izquierda”?

Después de lo vivido en 2017 ya no es posible imaginar la construcción de un frente antineoliberal competitivo que excluya a CFK, como amargamente comprobaron quienes apostaron a competir contra ella en las urnas desde el peronismo. Tampoco es sensato creer que solamente con su candidatura presidencial se puede aspirar al triunfo, como también descubrieron quienes se resisten a pensar la política en las coordenadas que exige la nueva etapa abierta a fines de 2015. La realidad siempre ordena y en este caso estableció los límites para la imaginación política entre ambas opciones. Actualizarse sin perder la memoria.

 

¿El mito de la mayoría?

A comienzos de los años 60, desde La Habana, John William Cooke discutía por carta con Juan José Hernández Arregui inquietudes similares. El antiguo delegado de Perón argumentaba que existía “el mito de la mayoría, que consiste en creer que la indeterminación ideológica y el vacío programático sirven para mantener una ‘unidad’ basada en la suma de elementos heterogéneos”. Siguiendo esa línea de razonamiento, construir un frente antineoliberal en el presente, lo que efectivamente implica una actitud de amplitud y predisposición de encuentro con lo diverso, tiene un desafío clave en cuestionar aquel mito de la mayoría. Es decir, en poner por delante un movimiento de definición política imprescindible por sobre la superposición de dirigentes, agrupaciones o partidos, en particular en torno del núcleo del antagonismo actual.

Una definición clara de rechazo a las políticas neoliberales es imprescindible para un rumbo de unidad representativo y competitivo electoralmente, lo que choca de frente con la política de distintos sectores del peronismo. Por esa razón los lemas “unidad contra el neoliberalismo” y “unidad del peronismo” habilitan hoy, en última instancia, rumbos contradictorios.

Para pensar este punto vale la pena preguntarse en dónde descansa verdaderamente la representatividad actual de CFK. Inevitablemente su figura está y va a estar siempre asociada a los doce años de gobierno. Pero sería un error detenerse allí, como si sólo representara una inercia del pasado. Una parte importante de su actualidad pasa tanto por la ubicación opositora que eligió frente al gobierno de Macri —“Voy a discutir todo”, dijo al inaugurar su participación en el Senado—, como por la actitud de apertura que la llevó a convocar a través de Unidad Ciudadana a la “gente de carne y hueso” perjudicada por Macri, con sus diversas demandas, independientemente de a quien hayan votado en 2015. Esas definiciones, enmarcadas en un planteo de unidad, demuestran que CFK busca hacer política con una mayor capacidad de actualización que muchos de sus adversarios (y hasta de algunos de sus defensores) y explican su representatividad como principal figura de la oposición.

 

¿Volver a 2003?

La política del gobierno de Néstor Kirchner, reivindicada hoy por la gran mayoría de la oposición, expresaba a una alianza social de orientación neodesarrollista que incluía tanto a la clase trabajadora —a través de una renovada CGT liderada por Hugo Moyano y de distintos movimientos sociales— como a los grandes grupos económicos, entre los que se destacaban Techint y el Grupo Clarín; estos últimos en una posición políticamente hegemónica, tras haber impuesto la salida devaluacionista de la crisis de 2001 frente al capital financiero internacional.

Pero el despliegue y progresiva afirmación de los rasgos nacional-populares de los gobiernos kirchneristas, especialmente desde 2008, terminó por ir desgranando esa alianza originaria formada en 2003 y, una vez que fracasó la apuesta por condicionar la política del Frente para la Victoria desde adentro —a través de la candidatura de Daniel Scioli—, el conjunto de la clase dominante se encolumnó detrás de Macri. Sin embargo, en rigor, su gobierno se apoya en una alianza donde se ubican en una posición hegemónica los perdedores de aquella disputa de 2001, especialmente el capital financiero internacional.

Por esa razón resurge en el presente el planteo de reconstruir la alianza social iniciada en 2003, bajo el lema de la “unidad del peronismo”. Para ello la aritmética acude en ayuda y suma la votación bonaerense de Unidad Ciudadana, del Frente Renovador y del Frente Justicialista, y así alcanza una conclusión mágica: se arriba prácticamente al 54%, símbolo del mejor momento electoral del kirchnerismo. Pero una lectura atenta del recorrido histórico muestra que no se trata más que de una ilusión: los grupos económicos bajo ningún punto de vista están dispuestos en el presente a acompañar una experiencia en la que CFK juegue un papel relevante. Por lo que, en verdad, detrás de esas propuestas aparentemente unitarias se esconde la persistente búsqueda de una “renovación del peronismo”, entendida como la expulsión, asimilación o marginación del kirchnerismo, o mejor dicho, el abandono por parte del peronismo de las políticas que representan hoy los sectores conducidos por CFK.

 

¿Hay vida hacia la izquierda?

En cualquier caso, la propuesta de un frente antineoliberal interpela directamente a todos los sectores de la militancia popular, especialmente a quienes se identifican con las ideas de izquierda en un sentido amplio. Es decir, tanto a quienes adscribieron a los gobiernos kirchneristas como a quienes no lo hicieron pero defienden un sentido nacional. Se reabre en este punto una oportunidad para afrontar un desafío recurrente de nuestra historia: la superación del divorcio entre las ideas de izquierda y los movimientos de masas de carácter nacional-popular.

¿Es realista creer que esa interpelación a la izquierda puede dar frutos? Asumiendo sin ingenuidades la decisión de las clases dominantes de impedir el retorno al gobierno de cualquier fuerza de carácter nacional-popular —como en estos días se ve en Brasil—,un frente antineoliberal competitivo se vería fortalecido por una amplia tendencia a su interior que pugne por horizontes más radicales, cuestione las limitaciones del pasado, aporte presencia en los conflictos sociales, capacidad de movilización o colabore con la renovación de su agenda, la canalización de demandas desatendidas y la ampliación de su representatividad democrática.

 

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