Perdona mis pecados

Nuevo fallido intento de la DAIA de blanquear su rol durante la dictadura genocida

 

 

 

El camino hacia lo sagrado pasa por lo profano.

Abraham Joshua Heschel

 

El miércoles 23 de marzo, el Seminario Rabínico Latinoamericano realizó un homenaje a los desaparecidos y desaparecidas con el objeto de rememorar la fatídica fecha del 24 de marzo y rendir homenaje a las víctimas del periodo más trágico de la historia argentina. La iniciativa, de la que participó llamativamente el embajador de Estados Unidos, Marc Stanley, congregó a un panel conformado por el anfitrión –el rector del Seminario, rabino Ariel Stofenmacher–, el titular de la DAIA, Jorge Knoblovits, la ex decana de la Facultad de Derecho de la UBA, Mónica Pinto, el juez de la Corte Suprema de Justicia bonaerense Sergio Torres, el ex camarista federal Ricardo Gil Lavedra y el dirigente de la Unión Cívica Radical Hernán Najenson.

La actividad se caracterizó por las ausencias más que por las presencias: los integrantes de la Asociación de Familiares de Desaparecidos Judíos (AFDJ) decidieron no participar, pese a haber sido invitados en forma explícita. Sus referentes, amigos y familiares evaluaron que el evento pretendía constituirse en una representación fraguada destinada a blanquear un quehacer institucional devaluado, evaluación que corroboraron al confirmar que la DAIA no estaba dispuesta a pedir perdón. Solo pretendían, adujo uno de los miembros de la AFDJ, lavar sus culpas y responsabilidades del pasado, sin mostrar el más mínimo resquicio de autocrítica auténtica y sentida. Las palabras iniciales de Knoblovits validaron las conjeturas de los familiares: “No vine –señaló, en forma provocadora­– a condenar a las gestiones pasadas de la DAIA”.

“Vengo a cumplir una deuda que tiene la comisión directiva que conduzco desde 2018 –afirmó como si se tratase de un trámite de blanqueamiento– (…) Nunca hubo tanto ensañamiento hacia los judíos como en la dictadura. Callarse la boca nunca debe ser una opción”. Mientras los presentes esperaban palabras de empatía y condescendencia hacia las víctimas, la DAIA se encargaba de confirmar lo que los informes de los organismos de Derechos Humanos exponían cuatro décadas atrás. El titular de la DAIA adujo que las acciones de las autoridades de los años ‘70 podían ser consideradas como “desaciertos” o “errores” y no dudó en equipararse a las víctimas de las desapariciones, ejecuciones, torturas y exilios, al considerar que “todos somos sobrevivientes” de aquella noche dictatorial.

Knoblovits no se refirió en ningún momento a los testimonios de los familiares de lxs desaparecidxs que denunciaron al director de Relaciones Públicas de la DAIA, Naum Barbarás, quien recibía con desprecio y desgano a quienes buscaban contención, consuelo o ayuda. Tampoco mencionó los documentos desclasificados que revelan la simpatía de varios dirigentes con el denominado Proceso de Reorganización Nacional, ni la participación conjunta en actividades de beneficencia de una vicepresidenta de la DAIA, Amalia Polack, con Alicia Raquel Hartridge de Videla, la esposa del genocida.

Semanas antes de la convocatoria, los familiares de lxs desaparecidxs habían comunicado que sólo se harían presentes si la DAIA asumía un genuino arrepentimiento público referido al abandono y la indiferencia infringida a miles de familias argentino-judías que habían implorado socorro y ayuda cuando se sucedía la criminal cacería genocida. En los contactos previos con los organizadores del Seminario, los familiares de las víctimas dejaron en claro que solo se sentirían reconfortados si existía el compromiso de reproducir los términos de una carta reclamada, una década atrás, por las autoridades de la AFDJ.

 

 

 

La respuesta de Marshall Meyer

 

Marshall Meyer.

 

En esa declaración –que fue rechazada por Knoblovits en 2012 y en la última semana– se le exigía a la DAIA la honestidad para cuestionar a quienes habían maltratado y abandonado a padres y madres desesperados. Se le exigía que fuesen capaces de “pedir perdón por la situación de abandono sufrida”. La DAIA debía asumir “que no tuvo el coraje, la sensibilidad ni la convicción para responder a los pedidos de solidaridad y asistencia que las víctimas reclamaban [lo que supone] un pedido de perdón que proviene de un auténtico arrepentimiento institucional”.

Estos son algunos tramos de la carta que hace diez años las autoridades de la DAIA se negaron a leer frente a las víctimas que continúan padeciendo, desde hace casi medio siglo, la pérdida irreparable de sus seres queridos. Esta es la humilde condescendencia discursiva que la institución de la calle Pasteur no estuvo dispuesta a admitir, en los días previos a la promocionada autocrítica de su rol institucional.

El acto exhibió, sin embargo, un contenido antagónico cuando el rabino Stofenmacher decidió apelar a fragmentos de prédicas y textos de Marshall Meyer, para reseñar –con visible contrición– el dolor de las víctimas, su desconsuelo y angustia: “Suenan terribles golpes en la puerta, o se oye una ráfaga de ametralladora y la puerta es derribada a balazos. Irrumpen diez o doce hombres armados (…) Antes de decir una palabra, le parten la cabeza a tu mujer con la culata de un rifle. Un puñetazo te rompe los dientes y empezás a escupir sangre. Es probable que te encapuchen. Cómo ladrando, alguien exige saber dónde está tu hijo o tu hija. (…) Alguien grita: ‘Acá hay un libro de Freud’. Otro: ‘Y acá, uno de Marx’ (…) Hasta el 24 de marzo de 1976 yo nunca había entendido cómo se podía vivir tan cerca de Treblinka o Bergen Belsen o Dachau o Auschwitz y pretender que no se sabía nada. Lo aprendí. Fue una terrible lección. (…) ‘Todo aquel que destruye una vida humana –consigna la Mishná Sanedrín– es como si hubiese destruido un mundo entero, todo aquel que salva una vida humana es como si hubiese salvado un mundo entero’”.

La DAIA volvió a intentar blanquearse. Pero lo hizo sin convicción ni aval de sus mandantes. En 2005 había intentado hacer lo mismo en una actividad en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. En aquella oportunidad se pretendió disimular la ofensa a los familiares de los desaparecidos a través de la entrega de una distinción al Movimiento Judío por los Derechos Humanos (MJDH), que había sostenido una posición consecuente en la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia en plena dictadura. En aquella ocasión, el dirigente Pedro Resels, encargado de recibir el premio en nombre del MJDH, resignó la distinción y expresó frente a las autoridades de la DAIA: “Nosotros no olvidamos (…) que mientras desaparecían 30.000 argentinos, entre ellos 2.000 judíos, el entonces presidente de la DAIA afirmaba que a la comunidad judía le convienen más los gobiernos de facto que los democráticos, porque las dictaduras controlan mejor el antisemitismo”.

En la tradición judía, el perdón es una institución ritual que incluye la introspección y la referencia a los actos realizados con relación al entorno humano. El Día del Perdón los feligreses se golpean el pecho para simbolizar el remordimiento por el error cometido y se comprometen a modificar las acciones o las actitudes reprobables.

Para el creyente, el laico o el agnóstico, no hay perdón posible cuando no se instituye en un auténtico remordimiento. Sucede que no se arrepiente quien sigue atrapado en las mismas concepciones que lo llevaron –casi medio siglo atrás– a despreciar a los que pedían, en forma desesperada, una mínima muestra de compromiso y compasión. Se requiere coraje para pedir perdón, convicciones sólidas para enmendar el sufrimiento generado, y sobre todo reparación. El filósofo Emmanuel Lévinas lo sintetiza en su ensayo Entre Nosotros: “Si un hombre comete para con otro hombre una falta, Dios no interviene. ¡Es preciso que entre hombres haga justicia un tribunal terrenal! Hacen falta aún más elementos que la mera re­conciliación entre el ofensor y el ofendido: hacen falta la justicia, el juez y la sanción”.

 

Abraham Joshua Heschel junto a su amigo Martin Luther King. Foto John Goodwin.

 

 

 

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