Perón no hizo el 17 de octubre

No es anecdótico comprender ese antes y después en la historia argentina

 

Divididos y organizados

Perón no hizo el 17 de octubre, ni siquiera lo alentó. Su aspiración pasaba por ser atendido de sus dolencias y renunciar a su rol activo en la política. Hacía apenas unos días había dejado escrito en una carta a Eva Duarte que se retiraría del Ejército para casarse con ella e irse a vivir al Sur. Evita agitaba como podía por su libertad, recorría las barriadas del sur, los talleres y las fábricas, se reunía con sindicalistas. Les pedía hacer una huelga y una marcha por la libertad del entonces coronel. Ni los partidarios del líder, ni el mismo Perón, y mucho menos los militares en el poder, imaginaron lo decisiva que sería la movilización a la Plaza de Mayo.

Desde su mismo nacimiento, el movimiento obrero tuvo diferencias y divisiones. Algunas de carácter ideológico, otras relacionadas con los sectores económicos en los que estaban insertos los sindicatos, las características de las patronales y las posibilidades de arrancar conquistas, y también por la eterna existencia de dirigentes acomodaticios que defendían sus propios intereses. El fin de la Segunda Guerra proponía una nueva organización estructural del país; no alcanzaba con las exportaciones de carne y granos que la contienda había necesitado para alimentar a los países y sus ejércitos que peleaban las batallas por la supremacía imperial.

Los meses, las semanas y los días previos al 17, desde que Perón asumió en el departamento nacional del Trabajo, había tres centrales sindicales: CGT 1, CGT 2 y la USA. La CGT 2, comunista, chocaba con la patronal y el gobierno y tuvo varios dirigentes detenidos. Según relata Juan Carlos Torre  en su libro La vieja guardia sindical y Perón, las otras dos se unificaron detrás de las conquistas que iban consiguiendo con Perón: el estatuto del peón rural (nada menos que en la Argentina oligárquica), las vacaciones, el aguinaldo, la jubilación y los tribunales laborales. Las medidas generaron una gran reacción de las patronales y dividieron las aguas en las FF.AA. Como muestra de rupturas y continuidades, el 5 de septiembre de 1945 los socialistas de La Fraternidad (el mayor sindicato de la época), la Unión Obrera Textil y el sindicato del Calzado se van de la CGT 1 en queja por el velado apoyo a la candidatura de Perón.

 

 

 

Desempolvar viejos proyectos

El 13 de octubre el coronel sería trasladado hacia la isla Martín García, en mal estado de salud; con las defensas bajas, al decir de algún terapeuta televisivo. Los médicos que fueron a revisarlo deciden tratarlo en el Hospital Militar de Buenos Aires mientras la sublevación popular azuzada por su detención crece.

 

 

El 17, de día, aun iban llegando trabajadores, la plaza se fue colmando lentamente.

 

No es anecdótico comprender el fenómeno del 17 de octubre. Ese antes y después en la historia argentina se destaca por sus logros, pero mucho más por las reacciones. El mundo de la posguerra amanecía entre los escombros con 70 millones de muertos en los campos de batalla y en las principales capitales europeas. El nazismo y el fascismo fueron derrotados con todos los horrores y los espantos a la rastra: el mundo se reconfiguró para dar lugar a otra cosa; media Europa queda bajo en régimen soviético y la otra mitad metida de lleno a la reconstrucción al calor del Plan Marshall.

La acumulación de experiencia obrera en términos de organización y lucha era motivo de preocupación para todos los factores del poder local. Durante medio siglo de persecución, la negociación para institucionalizar y disciplinar el movimiento obrero había sido llevada adelante por el radicalismo desde Hipólito Yrigoyen. Pero no habían logrado un sindicalismo previsible ni domesticado sino que por el contrario, las expresiones mayoritarias eran revolucionarias y apuntaban a terminar con el capitalismo tal cual se presentaba.

 

 

El coronel Perón concretó leyes para mejorar el nivel de vida de los trabajadores.

 

 

Los sindicalistas del '45 habían descubierto un interlocutor en el gobierno que los escuchaba, tomaba los reclamos, proponía leyes y sacaba resoluciones; eran atendidos por las mismas razones por la que antes eran reprimidos, perseguidos, deportados o encarcelados. Veinte o treinta años en el relato oral es poco tiempo y en esas letanías estaban la Semana Trágica, la Forestal, la huelga trágica de la Patagonia durante el gobierno radical y la gran huelga de la construcción mucho más cercana en el tiempo. Eran relatos aterradores de persecución, de represión masiva a punta de Mauser, eran cargas de la caballería, eran ejecuciones masivas por centenares, miles de manifestantes muertos durante las huelgas por demandar las mismas cosas que el coronel escuchaba atentamente y asentía con la cabeza a los pedidos.

En la Secretaría de Trabajo y Previsión, Perón había desempolvado viejos proyectos de leyes presentadas por los primeros legisladores socialistas tendientes a adecuar el trabajo a la legislación internacional de la época. La primeras medidas, vinculadas al aguinaldo, a las vacaciones pagas y a la jornada de trabajo, daban cuenta de una política de Estado desconocida hasta entonces. La ruptura que se estaba imponiendo con el pasado era evidente y la renuncia de Perón a la Secretaría, seguida de su prisión en Martín García, resultó la culminación de una realidad inaceptable para el poder de la época.

 

 

De abajo hacia arriba

¿Cómo defender las conquistas y no quedar pegados a Perón? Los dirigentes de la CGT se presentan ante el gobierno militar de Edelmiro Farrell para obtener garantías de que nada iba a cambiar. Desconfiados, buscaban garantizar masividad para que las protestas no fracasaran; manejaban distintas fechas y modalidades de la medida de fuerza y  así combinaban también de las consignas de la marcha.

Pero más abajo estaba el runrún de los lugares de trabajo, ahí donde las discusiones son más cortas, en los pasillos de los talleres, en los baños, en los vestuarios, en los cambios de turno, esquivando a los capataces y los alcahuetes que son tan fundantes de las fábricas como los dueños, en esas condiciones una “voz de orden”, una consigna se iba imponiendo sin tener predicador, pero abrazada por muchos fieles. “Paro y movilización a Plaza de Mayo”. Ya eran palpables las conquistas logradas por la Secretaría de Trabajo y Previsión y los trabajadores no querían retroceder. Entre un pasado de explotación extrema y un futuro de protección social e individual, se veía una bisagra en la figura de Juan Domingo Perón.

En las bases sindicales hay mucha incertidumbre, es una caldera que parece a punto de explotar pero no lo hace. Todos esperan una orden unitaria para actuar: hay miedo y prudencia. Nadie tiene la verdad revelada. La presión desde los lugares de trabajo para la defensa incondicional de las conquistas otorgadas por Perón hace su efecto. El 9 de octubre, en el campo de deportes del sindicato cervecero, 70 dirigentes sindicales que apoyan al coronel se juntan para decidir los pasos a seguir. Ese día no fue nadie de la cúpula cegetista. Piden una reunión con Perón, que los recibe en su casa el 10 de octubre: allí deciden con resignación hacer un acto de despedida.

Perón logra que los militares le den la posibilidad de despedirse por cadena nacional. En cinco horas arman un acto con 70.000 personas y el coronel habla para todo el país antes de ir preso. “Los patrones —denunció la CGT más tarde— han empezado a hacer una ostentación abusiva de su poder proclamando a todos los vientos que la obra de justicia social iniciada desde la Secretaría de Trabajo sería arrasada por la nueva situación...” Por abajo la lectura fue inmediata: la restauración patronal había comenzado.

No existía una central sindical que ordenara la demanda. Eran centenares de sindicatos de distintas corrientes que articulaban las luchas obreras de aquel tiempo. No había un interlocutor único de Perón que bajara línea y el resto acatara. El 17 de octubre de 1945 no fue ordenado por Perón sino parido por la clase trabajadora en demanda de sus derechos.

 

 

El paro del 18 se hizo el 17

A lo largo del domingo 14 se sucedieron innumerables reuniones para tratar de llegar a una decisión. Desde el lunes 15 ya se estaba militando la huelga general. La historia oficial debe ser desmentida una vez más: no hubo espontaneidad, los comités de huelga actuaron en forma coordinada. La CGT pidió “serenidad y subordinación”. Pero el llamado a la prudencia no tuvo éxito. Hubo una reunión del Comité Central Confederal (CCC), pero todos ya sabían que en Tucumán, Rosario y en el Gran Buenos Aires varios sindicatos se habían anticipado y declaraban la huelga general por su cuenta.

Dirigentes como Cipriano Reyes, el caudillo de los frigoríficos de Berisso, decidieron no esperar más y pasaron a la acción. El 16 el CCC declaró la huelga para el día 18. En todos los frigoríficos de Avellaneda los delegados locales de La Negra y también al Anglo, La Blanca y el Wilson conducían y estaban enfrentados con Reyes aunque coincidieron en los objetivos.

La Unión Ferroviaria de la época, conciliadora,  estaba dispuesta a encontrar una solución de compromiso con los militares para proteger las conquistas. El resto de los delegados que asistieron, tanto de los viejos sindicatos de servicios como de los más nuevos, industriales, se pronunciaron a favor de lanzar un contraataque al golpe del 9 de octubre, que iba en pos de liquidar las conquistas. Las actas textuales de las intervenciones muestran una dirigencia resignada a proceder de acuerdo al mandato expreso de sus bases.

“Si este cuerpo no resuelve la huelga general les puedo asegurar que la huelga se producirá lo mismo, por el estado emotivo de los trabajadores. Únicamente están esperando las instrucciones de la CGT a los efectos de que el movimiento se haga en forma coordinada. Pero les aseguro, sin ánimo de presionarles, que si aquí no se vota la huelga, en Rosario se irá al paro lo mismo” (R. Bustamante, Sindicato de la Carne, Rosario). “Ninguno de ustedes ignora que el momento es sumamente grave, pues corremos el riesgo de perder el control del movimiento obrero que tanto trabajo nos costó organizar. Las masas obreras, para qué vamos a negarlo, nos están arrollando en forma desordenada” (R. Lombardi, Unión Tranviarios Automotor).

La Unión Ferroviaria apeló al argumento de la responsabilidad para no lanzar la huelga. Un argumento clave de lo que les estaba pasando a los dirigentes de la vieja guardia fue lo que dijo Néstor Álvarez, secretario adjunto de la CGT: “Hay que dejar bien establecido que la Confederación General Trabajo no puede, por razones de principios, declarar la huelga general solicitando la libertad del coronel Perón. Tenemos una gran deuda de gratitud hacia él, pero son nuestros principios los que orientan al movimiento obrero. La CGT no puede pedir en forma directa la libertad de Perón. Esto sería enajenar el futuro de la central obrera. Si resolviéramos declarar la huelga, repito que tendría que decirse bien claro que es en defensa de las conquistas obreras amenazadas por la reacción capitalista; de lo contrario, proclamaríamos que la existencia de nuestro movimiento está ligada a la suerte de un oficial del ejército.” Pero en la calle retumbaba con fuerza el “Queremos a Perón”.

Finalmente se declaró la huelga para el 18.

La paciencia no alcanzó y, en los hechos, todo se adelantó un día. En horas de la mañana del miércoles 17 se vieron los primeros indicios de movilización. La CGT creó un comité de huelga. Desde el mediodía la Plaza de Mayo se va llenando. Una dura represión, única forma de desalojarlos, hubiera provocado un baño de sangre, y desde el gobierno buscaron negociar con Perón una retirada ordenada y la entrega del poder a un gobierno de transición hasta las elecciones.

Todo el desarrollo del 17 de octubre y la campaña electoral posterior estuvieron protagonizados por la participación sindical. Nadie salió a la calle antes de que la CGT decidiera la huelga. Las bases presionaron y adelantaron la fecha. Pero no hubo nada espontáneo. Tampoco deben interpretarse facilismos: los grupos más decididos fueron levantando talleres y fábricas al paso de las columnas, pero el grueso de la asistencia se produjo después de terminada la jornada laboral. El desborde de la Plaza de Mayo llega en las primeras horas de la noche. Recién llegando a la medianoche Perón se dirige a la concurrencia e invita a desconcentrar.

 

 

Por otro 17

¿A quiénes homenajear por la gesta histórica? ¿A los dirigentes sindicales que la impulsaron? ¿A los trabajadores que la tomaron y llevaron adelante? ¿Al surgimiento de una identidad que perdura durante casi un siglo arraigada en el pueblo argentino? Podemos percibirla de muchas formas, pero solamente sirve si traemos sus conclusiones al presente. Es necesaria una convocatoria a todo el movimiento sindical a reconstruir la unidad sobre la base de una democracia sindical que permita la renovación de los cuadros dirigentes. Es una gran ocasión para lanzar un programa que nos devuelva el pleno empleo y termine con el hambre y la falta de trabajo.

Sería reconfortante conocer un Plan Quinquenal como aquel del periodo 1947-1952 que incluyó la realización de infraestructura, la nacionalización de los depósitos, el destino del crédito, el manejo del comercio exterior con la creación del IAPI, la regulación de la tasa de interés y el dólar. Estatización de empresas de servicios públicos (energía, puertos, ferrocarriles, telefonía, fabricaciones militares y aeronáuticas, astilleros y fábricas navales, Somisa) y miles de empresas recuperadas y cooperativas de trabajadores.

El periodista Sergio Wischñevsky ha señalado que no son muchos los movimientos políticos carismáticos que sobreviven a su fundador. Pero el peronismo no sólo es una lógica política, el historiador Daniel James lo define como una “estructura de sentimiento”; hoy está de moda decir empoderamiento. En la realidad pura y dura una alternativa nacional, popular y democrática fue electa por la ciudadanía como gobierno y debe actuar en el marco de una gran crisis mundial y nacional, con problemas inéditos agregados por la pandemia.

Los economistas ortodoxos neoliberales son acérrimos enemigos de un Plan, como por ejemplo fuera el primer Plan Quinquenal peronista. De acuerdo con el economista e historiador Eduardo Basualdo, buscan que “a la economía la gobierne el poder económico y no el Estado. Los monopolios y no la ciudadanía. La hegemonía cultural amenaza con paralizar las impostergables necesidades de transformaciones de fondo” que requiere la realidad nacional bajo pareceres televisivos.

Si no podemos disciplinar los precios de los alimentos para los sectores populares, o cambiar las estructuras del comercio exterior para que habiliten la acción estatal para disponer de las divisas de la liquidación de exportaciones en función de las necesidades nacionales, todo el plan se reduce a una forma extorsiva del reducido grupo de los grandes dueños contra el ejercicio de los derechos políticos por parte de la ciudadanía.

Para empardar el impacto de aquel plan quinquenal, el sentido común indica que es necesario efectivizar las retenciones a las exportaciones de materias primas, agrícolas mineras y  petroleras con control efectivo que evite el contrabando y la elusión fiscal, penalizar la fuga de capitales que se radican en paraísos fiscales prohibiendo todo tipo de beneficios económicos y limitaciones políticas a quienes lo hicieran. Al mismo tiempo, promover incentivos a los que fugaron a cambio de inversiones en la producción, el hábitat o la investigación, para terminar con la sangría histórica de los recursos nacionales.

La Argentina de la post pandemia, además de una reforma impositiva, demanda la incorporación de toda la clase trabajadora a la economía formal, como base de la integración social y cultural. Transformar a los trabajadores en sujetos del cambio que necesitamos, implica que se garantice el pleno empleo para todos, legal y protegido. Reducir la jornada para distribuir el trabajo entre todos. También la participación de los trabajadores en las decisiones y las ganancias tal cual lo consagra la Constitución Nacional en su artículo 14 bis.

El 17 de octubre no es del territorio de la memoria sino una demanda del presente.

Los sindicatos no son solamente correa de trasmisión de las políticas del gobierno, deben ser protagonistas y garantes del respeto a los derechos individuales y colectivos. La unidad de la clase trabajadora se debe plasmar en una central única, renovada, democrática y que incluya a todas las formaciones sindicales.

 

 

 

 

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