PERONISMO: PASADO Y PRESENTE

Movimiento, partido y sistema democrático

 

Las elecciones del pasado 12 de septiembre fueron un inesperado fracaso político para el peronismo. La oposición recibió la mayor cantidad de votos en 15 distritos electorales, entre ellos Provincia de Buenos Aires, Ciudad de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, que son los más importantes de país. El oficialismo fue superior en votos solamente en siete y hubo dos en los que se impusieron partidos provinciales.

Para colmo de males la debacle oficialista disparó un cruce de comunicaciones y tensiones a nivel cupular que terminó por echar más leña al fuego. Como se sabe, un grupo numeroso de ministras/os  y altas/os funcionarias/os gubernamentales –en el que prevalecían las y los camporistas—  presentó sus renuncias sin que les hubieran sido reclamadas por el Presidente, lo que fue interpretado, incluso en sectores del campo justicialista, como una presión sobre el primer mandatario.

Alberto Fernández respondió a este casi que desplante, por Twitter. Escribió: “No es este el tiempo de plantear disputas que nos desvíen del camino”. Nótese que es el mismísimo Presidente el que utiliza la palabra disputas. Inmediatamente después agregó: “He oído a mi pueblo. La altisonancia y la prepotencia no anidan en mí. La gestión de gobierno seguirá desarrollándose del modo que yo estime conveniente. Para eso fui elegido”. No sin sutileza marcó que era preferible no alimentar los enfrentamientos. Pero también mostró cierta soberbia al presuponer que el pueblo es suyo. Y al proferir, luego, un innecesario “aquí mando yo”, ante un escenario que reclamaba (reclama) discusión y comprensión.

Poco después Cristina Fernández, también por Twitter, aportó lo suyo. Indicó que, a su modo de ver, la derrota era previsible por los errores de la política económica. “No lo dije una vez –acotó—, me cansé de decirlo y no solo al Presidente de la Nación. La respuesta fue que estaba equivocada y que de acuerdo a las encuestas íbamos a ganar muy bien las elecciones”. Mencionó además que sostuvo 18 reuniones de trabajo con Alberto Fernández en las que le planteó que había “una delicada situación social que se traducía, entre otras cosas, en atraso salarial, descontrol de precios, falta de trabajo, sin desconocer los impactos de las dos pandemias”.

No hay ninguna razón para no creerle a la Vicepresidenta; debe haber sido así.  Pero su mensaje escrito –que contiene más puntualizaciones semejantes a la de arriba— hecho público fue, en el fondo, un poco conveniente pase de facturas, que atizó la discordia y agregó temperatura y dimensión al fracaso del peronismo en las PASO.

Llegó luego, afortunadamente, una dosis de cordura, se consensuó un nuevo gabinete y se apaciguaron los ánimos. Pero el fuerte traspié electoral y los altercados de alto nivel no son meras hojas que volarán rápidamente con el viento. Permanecerán. Hay, en cualquier caso, posibilidades de reparar lo que se ha hecho mal, aunque el tiempo que media entre el día de hoy y las próximas elecciones del 14 de noviembre es escaso.

Se dice –y con razón— que el fiasco electoral reciente del Frente de Todos (FdeT) se debió, en buena parte, a la reticencia a sufragar de no pocos de sus votantes, y que puede ser revertida. El argumento es estadísticamente sustentable.

Por otra parte, María Pía López, en su artículo “Notas al pie” del 14 de septiembre pasado, apunta a lo mismo desde otra óptica. Dice allí: “Quizás el gobierno –y quienes acompañamos— naturalizamos más los espantosos índices de pobreza de lo que lo hicieron quienes entran en esa cuenta, con justa razón. Se gobernó como si fuera posible una cierta normalidad con millones de pobres”. De aquí a la antedicha reticencia al voto hay, probablemente, muy pocos pasos. Tal vez si desde ahora se trabaja bien abordando la necesidad con empatía y solidaridad, se alcance algún resultado positivo y se mejore la performance del FdeT en la elección de noviembre.

 

 

Más allá de la coyuntura

El peronismo tiene una larga épica que entre otros numerosos abordajes fue plasmada en parte en La hora de los hornos, esa joya cinematográfica documental que realizaron Octavio Getino y Pino Solanas a fines de los años ’60.

Se constituyó como movimiento político a mediados de los ’40 y organizó de apuro un partido para las elecciones de 1946. Perón fue derrocado en 1955 por la Revolución Libertadora, ese aberrante oxímoron político; se abrió en ese entonces un largo tiempo de persecuciones y brutalidades de los gobiernos de facto, y de resistencia del campo popular. Juan Domingo Perón debió exiliarse y le fue impuesta una proscripción que duró 18 años, al igual que el Partido Justicialista. Regresó en 1973, ganó las elecciones de ese año, falleció en 1974 y fue sustituido por su Vicepresidenta –y esposa— Isabel Martínez, que a su vez fue derrocada por el golpe militar de 1976, que instaló un feroz terrorismo de Estado y prohibió el funcionamiento de los partidos políticos. Como sabemos, esta última dictadura colapsó tras la derrota en Malvinas. Desde 1955 fueron, en total, 28 años de proscripciones y persecuciones. Afortunadamente en 1983 se abrió una etapa democrática que aún perdura.

Este extenso período –brevísima e incompletamente compilado arriba— con la larga experiencia que contuvo, dejó una marca hasta hoy indeleble en el peronismo: su opción preferencial por el movimiento, en el plano organizativo; el formato partido quedó, en cambio, relegado a un plano secundario, considerado algo así como un instrumento a desembolsar sólo cuando hubiera elecciones. Sin embargo, llevamos ya 38 años de democracia, que no son pocos. Y sabemos que la democracia se basa en el juego de los partidos políticos, lo cual se escudriña fácilmente en el contexto internacional. Sería conveniente, entonces, que el justicialismo se abriera a las formas organizativas que prevalecen en el sistema democrático y a las prácticas que le son concomitantes. Probablemente no le sería fácil pero todo parece indicar que, en el tiempo que corre, es ya imprescindible.

 

 

Favores por votos

Javier Auyero, en un libro que compiló y lleva el mismo título que este apartado, publicado en 1997, expuso una problemática que terminaría haciendo carrera en nuestra democracia. Anotó en la Introducción: “Con los procesos de ajuste y reestructuración económica, de empobrecimiento generalizado, desigualdad creciente y retirada del Estado, el clientelismo ha vuelto a ocupar el centro de las preocupaciones académicas y políticas de la Argentina… Los crecientes niveles de desempleo y privación material hacen que el intercambio de favores, bienes y servicios por apoyo político y votos vuelva a adquirir una fuerza que había perdido”. Extraordinaria síntesis que conserva hoy plena vigencia. Huelga casi decir que ese clientelismo constituye una derivación espuria de la práctica democrática, que ha sido en tiempos pasados patrimonio –aunque no exclusivo— del conservadurismo popular.

Vivimos una época en la que la descripción socio-económica  de Auyero se ha acrecentado notoriamente. Véanse estos pocos números. Los cuatro pésimos años de gobierno de Mauricio Macri promedian un comportamiento porcentual del PBI de -1,68%, que ya es mucho. A lo que se agrega un -9.95 % de 2020 ¡nada menos! debido a la pandemia. (Datos extraídos del World Economic Outlook Database de abril de 2021, del FMI). Para que se comprenda bien: el guarismo negativo de 2020 es 8 veces mayor que el promedio –también negativo— de los cuatro años de Macri.

Bajo esas  condiciones ha sido indispensable la asistencia estatal. Pero no se sabe bien si a este respecto actuaron los reparos de María Pía López consignados más arriba: una naturalización del espanto, que terminó en bumerang. O, lo que sería peor, simple y sencillamente se trató de la mala atención y/o manejo de una clientela política.

 

 

Final

El cimbronazo ha sido duro. Pero el gobierno se ha recompuesto, se apaciguó la discordia y el flamante gabinete ha mostrado un apreciable primer indicio de empuje que, a diferencia del anterior, abre una atenta expectativa. En cuanto al peronismo –en el que me inscribí hace ya más de cincuenta años— sería conveniente que pusiera las barbas en remojo, revisara la relación del formato movimiento con el sistema democrático y contemplase, por lo menos, la posibilidad de darle más vida el partido.

 

 

 

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