PERONISMO Y FMI: El DESAFIO

No hay condiciones políticas ni económicas para entrar en mora con el Fondo

 

La Argentina es uno de los países con mayor cantidad de demandas de asistencia pedidas al Fondo Monetario Internacional. El FMI fue fundado en diciembre de 1945 y entró en actividad en 1946. Juan Domingo Perón, Presidente entre 1946 y 1955, evitó con impecables fundamentos incorporar al país a esa entidad. Recién en 1956 el general dictador Pedro E. Aramburu, un “gorila”, como popularmente se definía a los antiperonistas en ese entonces, tomó la decisión de hacerlo.

De ahí en más, la Argentina tuvo numerosos acuerdos  con el Fondo de diversas clases pues son varios los tipos de ayuda que administra. Según un informe elaborado en 2021 por la revista Voces del Fénix, nuestro país no estuvo solamente durante 9 años, desde aquel 1956, bajo acuerdos con dicha institución.

Los compromisos más importantes con el Fondo han sido los que siguen; salvo la primera mención del listado, el resto está extraído de la antedicha revista y del Historial de Acuerdos con el FMI, del Banco Central:

  1. 1957 – Pedro E. Aramburu (“Revolución Libertadora”, dictador), préstamo por U$S 75 millones.
  2. 1958, 1959, 1960 y 1961 – Arturo Frondizi, (Unión Cívica Radical Intransigente), acuerdos stand-by concedidos en cada uno de esos años.
  3. 1965 – Arturo Illia (Unión Cívica Radical del Pueblo), stand-by.
  4. 1967 y 1968 – Juan C. Onganía (“Revolución Argentina”, dictador), sendos stand-by.
  5. 1972 – Alejandro A. Lanusse (“Revolución Argentina”, dictador), acuerdo de facilidades compensatorias por caída de exportaciones.
  1. 1975 – Isabel Martínez de Perón (Partido Justicialista), acuerdo financiero Oil Facility.
  2. 1976 y 1977 – Jorge R. Videla (“Proceso de Reconstrucción Nacional”, dictador) sendos acuerdos de stand-by.
  3. 1983 – Reynaldo Bignone (“Proceso de Reconstrucción Nacional”, dictador), acuerdo Compensatory Financing Facility y también acuerdo de stand-by.
  4. 1984 y 1987 – Raúl Alfonsín (Unión Cívica Radical), sendos acuerdos de stand-by.
  5. 1989, 1991, 1992, 1996 y 1998 – Carlos Menem (Partido Justicialista), en todos los casos acuerdos de stand-by.
  6. 2000 – Fernando de la Rúa (Unión Cívica Radical/Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación), stand-by.
  7. 2003 – Eduardo Duhalde (Partido Justicialista), acuerdo de stand-by de transición, por 8 meses.
  8. 2003 – Néstor Kirchner (Partido Justicialista/Frente para la Victoria), acuerdo de stand-by que, bueno es recordarlo, fue cancelado anticipadamente, en enero de 2006.
  9. 2018 – Mauricio Macri (Propuesta Republicana (PRO)/Cambiemos), monumental stand-by de U$S 57.000 millones.

Nótese lo siguiente:

  1. Todos los gobiernos civiles no peronistas del periodo considerado –exceptuando el breve interinato de José M. Guido— se endeudaron con el FMI. Lo mismo que todas las dictaduras militares.
  2. El peronismo, en cambio, tuvo un comportamiento escaso y/o reluctante respecto del endeudamiento con el FMI, salvo Carlos Menem que adhirió al fundamentalismo de mercado e instituyó un grotesco oxímoron que bien podría denominarse peronismo neoliberal.
  3. Los tres gobiernos peronistas del siglo XXI se vieron obligados a levantar pesadísimas situaciones económico-financieras heredadas de sus fundamentalistas antecesores. Duhalde y Néstor Kirchner tuvieron que hacerse cargo del duro fracaso de la Alianza encabezada por de la Rúa y del estropicio que dejó el 2001. Debido a ello recurrieron al FMI. El Presidente Alberto Fernández, por su parte, apeló  nuevamente al Fondo debido al rotundo fracaso de Macri, que dejó una descomunal deuda externa y una enorme recesión: tres de sus años de gobierno tuvieron un crecimiento negativo del PBI. Por recesión se considera un crecimiento negativo de dos trimestres sucesivos, como mínimo. Impresionante lo de Macri, ¿no? Tres años, no trimestres.

 

 

Trampas de Trump y su amigo

Macri evaporó velozmente los concretos U$S 44.149 millones recibidos del FMI. Una “hazaña” detectada recientemente por el propio Fondo, en una investigación interna que encontró que no se habían aplicado ni a la reestructuración de deuda, ni al control de capitales, ni al combate al déficit fiscal, cómo debían, sino que por el contrario se había incurrido en la fuga de capitales.

Debe recordarse que el préstamo fue tomado durante el gobierno de Donald Trump. Y que hay una firme sospecha de que le fue otorgado a Macri por presión norteamericana –frente a las dudas de varios países integrantes del Fondo— para que pudiera ganar las elecciones presidenciales de 2018. Pero el tiro salió por la culata, al punto que un colaborador directo de aquél, Mauricio Claver Carone, representante del FMI para la época en que se concedió el crédito y hoy en día presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, terminó enojado con su tocayo y ventiló en público que el dinero se le había concedido para que ganara esos comicios.

En fin, al “gorilaje” le falló el triunfo. A cambio le dejó un denso lote de trampas y de compromisos incumplibles al peronismo entrante: los antedichos tres años de recesión económica y un durísimo crédito con el Fondo, que dilapidó a piacere. Un legado, en síntesis, infernal.

 

 

Los cruzados vientos internos y externos

La situación actual es durísima y el piso fragilísimo. Alberto Fernández debió “levantar el muerto” económico y social que le legó Macri, lidiar con una pandemia cuyo primer año fue muy difícil, y hacerse cargo de un préstamo del FMI de por sí impagable en su formato inicial, que comprometía seriamente la estabilidad social y política de nuestro país. Y lo hizo bastante bien, conforme a la situación que se vivía y a las posibilidades que estaban a su alcance.

Después de un primer año nefasto para el mundo y para Argentina, hubo en nuestro país una resiliencia económica significativa en el segundo, acompañada de positivos atisbos de recuperación en el plano social. Con altos y bajos, además, el combate a la pandemia se encauzó bien.  Y respecto de la tercera problemática, también se avanzó: se removió el espurio –quizá sería mejor denominarlo bastardo— acuerdo macrista con el Fondo, que fue sometido a revisión y tuvo una reformulación que mejoró lo pactado con anterioridad. Lo alcanzado en este plano no da para tirar manteca al techo, pero abrió un camino posible.

Aparecieron, también, significativas voces dentro del Frente de Todos que manifestaron su discrepancia con el acuerdo alcanzado y se abrió así en el oficialismo una postura crítica proclive al default. Lamentablemente, no se ha podido encontrar  una exposición por la positiva de quienes campean en este espacio, que examine y muestre cómo, en la situación de fragilidad que aún transita la Argentina, el antedicho default podría ser una opción estimable. Se han más bien concentrado en marcar, con bastante tino, los puntos flojos de quienes apuntalan la decisión de renegociar con el Fondo. Pero no mucho más.

Tengo para mí que la opción defaultista desestima el alza de 2021 del PBI, a lo que se suma la buena performance de las exportaciones y las importaciones, el incremento del nivel de empleo formal y, en menor medida del informal, y la ampliación de la actividad comercial, entre otras buenas pautas que dan cuenta de una recuperación económica, que probablemente se mantendrá en 2022 sin alcanzar, empero, el altísimo nivel del año pasado. Todo esto podría perderse con el default, por buenas intenciones que se tenga pues las condiciones internacionales para nuestro desarrollo cambiarían. Y esto se replicaría en el plano interno.

Pero además, el flujo y el reflujo de la política existen. El peronismo perdió las recientes elecciones de medio término. Y las cosas en este plano probablemente seguirán así: ganarán unos y perderán los otros, y viceversa. Casi con seguridad puede decirse, además, que  la oposición cerraría filas en las presidenciales de 2023 y que cargaría sin dar tregua, con una buena cuota de apoyo internacional, repicando –con ayuda de los medios– contra el default. Es decir, en síntesis, que parece no haber, tampoco,  condiciones políticas para sostener la opción defaultiana.

 

Final

El acuerdo con el FMI parece ser, paradojalmente, la menos mala de las opciones. En alguna medida lo marca el destemplado y reciente bramido de Financial Times, que embistió contra el Fondo por no haber sido más drástico con nuestro país. Vivimos un tiempo, aquí, en casa, en el que las buenas intenciones y la retórica no rinden lo suficiente. Sería conveniente que el gobernante peronismo mantuviera su unidad y negociara adecuadamente sus discrepancias. Si todo marcha bien, por primera vez en su historia –descartando al inefable peronismo neoliberal— se vería en la situación de tramitar un acuerdo con el FMI de relativo largo aliento. Para lo cual sería conveniente que ganara las próximas elecciones presidenciales y consiguiera así continuidad para su gestión. Todo un desafío.

 

 

 

 

 

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