PIBES ARREBATADOS

Entre la rabia, la envidia y la dureza

 

En los últimos meses, en el marco de la pandemia, algunos funcionarios han apelando a viejos fantasmas: “La endemia de la inseguridad”. Hay otro virus al lado de la pandemia. Una enfermedad asociada al delito juvenil, protagonizada por los más jóvenes que viven en los barrios pobres. Que conste que si utilizo esta terminología decimonónica lo hago sólo porque fueron las metáforas que utilizó el ministro para encuadrar los conflictos con los que se mide su cartera. Se sospecha que si la pandemia resiente la economía de los sectores populares, entonces la pobreza será la causa detonante de la expansión del delito callejero y predatorio.

No es nuestra intención en este artículo rebatir estas interpretaciones. Por ahora basta decir lo siguiente: si esto es así, el policiamiento no logrará detener el delito; lo que se necesita son medidas públicas que puedan conjurar la pobreza. Por eso, y con razón, tanto el Presidente Alberto Fernández como el gobernador de la provincia, Axel Kicillof, hablaron de inclusión social, afirmaron que la respuesta fundamental tiene que venir por ese lado. Pero ambos saben que es una respuesta que requiere tiempos largos, que las elecciones son el año que viene y, según parece, la seguridad se convertirá otra vez en la vidriera de la política.

No es mi intención contradecir las palabras del gobernador y el Presidente durante el anuncio del Programa de Fortalecimiento de Seguridad para el Gran Buenos Aires. Sólo quiero sumar algunas reflexiones para agregarle complejidad al fenómeno con el que se miden y se medirán en los próximos años. Pero también para corrernos de algunos lugares comunes donde suele ir a pastar la opinión pública entrenada frente al televisor.

 

 

Desigualdad y rabia

En primer lugar, quiero señalar que las interpretaciones que cargan el delito a las carencias económicas contribuyen a sobre-estigmatizar a los sectores que viven en los barrios más pobres, toda vez que postulan una relación de fatalidad entre la pobreza y el delito, que la pobreza es el caldo de cultivo para el delito callejero, un reflejo condicionado ante una necesidad insatisfecha. No vamos a negar que la pobreza sea un factor a tener en cuenta pero las cosas son más complejas. Hay otros factores que habría que tener muy presentes no sólo para evitar la estigmatización de estos sectores sino para imaginar respuestas creativas que vayan más lejos de las habituales políticas de desarrollo social que, dicho sea de paso y como pudimos comprobar en la “década ganada”, tampoco alcanzan para desalentar a los jóvenes en la deriva hacia estas transgresiones y mucho menos para desandar trayectorias criminales.

De hecho, cuando el Presidente Fernández presentó el plan de seguridad dijo que no es tanto la pobreza sino la desigualdad social lo que crea condiciones para el delito. En efecto, la desigualdad social está haciendo referencia a los contrastes sociales abruptos que existen en determinados territorios. Me explico: si yo vivo en un chaperío de dos por dos y al lado de mi barrio hay un country, si yo me manejo en transporte público o en bicicleta y al lado mío pasa un auto de alta gama, entonces voy a experimentar mi pobreza como algo injusto.

Lo dijimos en otro artículo para El Cohete a la Luna: tan importante como las condiciones objetivas son las condiciones subjetivas. El problema no es la pobreza sino la brecha social, los contrastes abruptos en determinados ámbitos urbanos aceleradamente desagregados y deteriorados, pero también con fragmentación social, donde se han ido deshilachando la trama social comunitaria. Porque como bien señaló el antropólogo Daniel Míguez, la pobreza sólo generaría delito en contextos de fragmentación social, es decir allí donde se debilitaron los precontratos sociales que pautaban la vida cotidiana de relación. Entonces, no es la pobreza sino la desigualdad y la fragmentación social.

Ahora bien, las vivencias de estos jóvenes están hechas no sólo de comparaciones inevitables sino, a veces, de rabia. La rabia llega cuando las cosas podrían ser de otra manera y sin embargo no lo son. La rabia puede manifestarse de distintas maneras, una de ellas es a través del delito. Porque la desigualdad social está relacionada también a la incapacidad de los partidos o a las dificultades que tienen los movimientos sociales para vincularse y tramitar los problemas de muchos jóvenes. Cuando eso sucede, cuando los representantes no pueden representar, cuando las mediaciones encuentran dificultades para agregar los intereses y problemas de los más jóvenes, entonces estos actores buscarán otras cajas de resonancia para manifestar sus problemas y dar cuenta de sus vivencias.

 

 

Consumo y pertenencia

Como señalaba el escritor y sociólogo francés Edouard Louis, “a unos le dan la juventud y otros no tienen más remedio que robarla”. La frase la tomé del libro Quién mató a mi padre, publicado el año pasado, y nos introduce en otra serie de factores que también deberíamos tener presentes a la hora de comprender el delito protagonizado por los más jóvenes.

La juventud no es algo que llega con la edad, no todos pueden disfrutar de la moratoria laboral que garantiza e impone la herencia familiar y su status social. No todos pueden postergar el ingreso al mercado laboral y estirar con ello durante un buen tiempo los privilegios de la juventud. Hay mucha gente que tiene que ingresar tempranamente a trabajar y ello implica a veces suspender el status juvenil y otras interrumpirlo.

Otras veces la moratoria llega y se estira pero no porque estén estudiando sino porque no consiguen un trabajo digno y estable, porque están desocupados o sobreocupados. Una desocupación, incluso, que puede volverse crónica, que se acumula a la de padres y abuelos. Una situación, está visto, que no garantiza la juventud. En esos casos la juventud, todo aquello a lo que está asociada, hay que conseguirlo valiéndose de otros medios, desarrollando otras habilidades y destrezas, tomando otros riesgos que pueden costar caro. Porque cuando la economía familiar está desfondada, la juventud se escapa y la situación se vivirá de muchas maneras diferentes: a veces con impotencia, angustia o desesperación, otras veces con vergüenza, envidia, resentimiento o atrevimiento.

El delito, entonces, como vía de acceso a la juventud. El delito como la oportunidad de asociarse a los estilos de vida que permiten llevar una vida joven o, mejor dicho, la transgresión innovadora para adecuarse o mantener las pautas de consumo que garantizan los estilos de vida juveniles.

El sociólogo argentino Sergio Tonkonoff nos decía en su maravilloso ensayo Tres movimientos para explicar por qué los Pibes Chorros visten ropas deportivas que si los llamados pibes chorros cambian el botín por plata y con la plata se compran ropa deportiva cara eso quiere decir que los mal llamados pibes chorros son más pibes que chorros. El delito es una manera de permanecer aferrados a una cultura organizada a través del mercado. Un mercado que interpela a los jóvenes para que asocien su vida a determinados estándares de consumo que certifiquen llevar una vida juvenil. Si esto es así, eso quiere decir que no estamos ante jóvenes contestatarios. El delito no tiene nada de contracultural, por lo menos a primera vista. Al contrario, estos jóvenes podrán estar socialmente excluidos, pero se encuentran culturalmente incluidos.

Lo digo otra vez apelando al prolífico cancionero del Indio Solari: “Si Nike es la cultura, Nike es tu cultura, hoy”. Traduzco: si yo para ser reconocido, estar canchero, jovial, tengo que tener las Nike, si el éxito está asociado a las zapatillas o al celular última generación, y papá y mamá no me los pueden comprar porque la economía doméstica está desfondada, entonces empezá a correr porque yo también quiero existir.

 

 

Nuevas desigualdades y envidia

El consumismo ha multiplicado las desigualdades exacerbando los procesos de distinción. Cuando la posición social se expone sin cesar a través del consumo masivo, provoca un sentimiento de inestabilidad, una incertidumbre difusa y un temor al desclasamiento.

Acaba de publicarse el nuevo libro de Francois Dubet, La época de las pasiones tristes. Allí se plantea que se ha transformado el régimen de desigualdades, desigualdades que se diversifican e individualizan, multiplican y cambian de carácter, es decir que empiezan a experimentarse de manera muy diferente. Para decirlo rápidamente: las pequeñas desigualdades (subjetivas) son vividas con mayor irritación que las grandes desigualdades sociales (objetivas). Lo importante no es tanto que el otro viva en un country en frente de nuestra casa sino que mi compañero de escuela o junta tenga ese celular último modelo y yo no lo tenga. Al multiplicarse las desigualdades se acentúan las singularidades de las trayectorias personales y los sentimientos de injusticia. Lo digo con Dubet: “La masificación del consumo puede exacerbar el sentimiento de desigualdad, porque uno no se compara con quienes están más alejados sino con quienes están relativamente cerca”. El consumo multiplica los públicos y con ellos los ámbitos para compararse.

Las nuevas desigualdades a veces se llevan con humillación, vergüenza y resignación, pero otras veces se tramitan con frustración, resentimiento y desprecio. Quienes se sienten más despreciados vuelven su desprecio contra los que los desprecian y lo hacen hipertrofiando su orgullo, su fuerza, su sentido del honor. Se trata de salvar la reputación, compensar las humillaciones con otra imagen, con una demanda de respeto que pone las cosas en lugares cada vez más difícil. Más aún, frente al desprecio algunos individuos sienten la tentación de considerarse víctimas y otros a apelar a formas de violencias infrapolíticas (delicuenciales, vandalismo, peleas). En los dos casos se juega el reconocimiento. Todos se sienten no reconocidos, devaluada su autoestima, excluidos o, mejor dicho, temen perder. Y el vértigo que genera el miedo a veces se tramita con indignación y otras veces con una ira que puede escalar hacia los extremos, volverse venganza. Jóvenes enfurecidos que, sin adversario identificable, sin encuadramiento político, sin relato que desactive las dinámicas de resentimiento, pasan de la apatía a la furia violenta. La violencia les permite no sólo develar un adversario y liberar las tensiones que introducen las nuevas desigualdades sociales, sino salvar la reputación y levantarse la autoestima.

Las reactivaciones económicas renuevan las promesas de consumo y con ello se produce una reconfiguración de la privación relativa. Lo digo con las palabras del sociólogo Gabriel Kessler, en su artículo “Ilegalismos en tres tiempos”: “Mientras que por un lado hay más bienes en circulación, lo cual disminuiría la privación, por el otro el mayor consumo local y la menor privación absoluta dan lugar a una comparación continua con los pares cercanos que acceden a ciertos bienes y que haya una mayor adscripción a las estrategias de distinción juvenil mediante bienes.” En otras palabras, la envidia o el placer ligado al consumo encantado, la comparación constante con sus semejantes, ejerce una presión extra que no debería desdeñarse a la hora de comprender la expansión del microdelito y las violencias expresivas asociadas a ella.

 

 

Verdugueo y cultura de la dureza

El lector se habrá dado cuenta que no es sólo la pobreza un factor a tener presente. El delito callejero es complejo, un problema que hay que leer al lado de otro problema. Hay que leer estas transgresiones al lado de la pobreza, pero también al lado de la desigualdad social, de la fragmentación comunitaria, la crisis de representación, del consumismo y las presiones que ejerce el mercado en la sociedad contemporánea, y de otros factores que no mencionamos acá pero me parecen también importantes: la estigmatización social, el encarcelamiento masivo, la expansión de las economías criminales, las subculturas juveniles y acumulación de cohortes y, también, el hostigamiento policial.

Quiero decir, no hay soluciones inmediatas. El policiamiento callejero no sólo no alcanza sino que puede contribuir a generar más malestar entre los pibes, la famosa “clientela policial”. Los policías no tienen la bola de cristal para saber dónde se producirá el próximo arrebato, de modo que sus acciones van a recaer sobre las figuras sociales enteras, es decir sobre los colectivos de pares que son referenciados por los vecinos alertas como productores de riesgo y la fuente de su miedo.

La prevención policial puede servir para que la gente se sienta más tranquila pero difícilmente hará retroceder el delito vinculado a estos actores. Y que conste que tampoco estoy diciendo que la sensación de inseguridad no sea un problema importante. El miedo produce efectos de realidad muy concretos: genera angustia y ansiedad, constriñe nuestro universo de relaciones, nos encierra en la casa, modifica las maneras de desplazarnos por el barrio y la ciudad, pone a los vecinos a estigmatizar. De modo que hay que intervenir sobre esas sensaciones, y una de las maneras de hacerlo es a través de la prevención policial.

Pero la gente y sus funcionarios tienen que saber que el policiamiento preventivo difícilmente hará retroceder el delito. Más aún cuando se ejerce a través de operativos de saturación o el hostigamiento masivo que llega con las detenciones y cacheos sistemáticos. Al contrario, el prudencialismo policial puede contribuir a recrear algunas condiciones que reproducen estos conflictos. El verdugueo policial genera más bronca entre los jóvenes y apuntala la cultura de la dureza que luego puede traducirse en bardo, ventajeo, peleas, etc. Quiero decir, no hay que llegar con más policías sino con más organización social, y para eso hay que apuntalar a las organizaciones. Se necesita presupuestar y robustecer la trama social, multiplicando los espacios de encuentro juveniles e intergeneracionales para tramitar los problemas con los que se miden estos jóvenes todos los días.

 

 

 

* El autor es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.

La ilustración digital que acompaña la nota fue realizada especialmente por la artista Valentina Giménez.