El PJ reciclado y el 19

El gobierno apuesta por la alternancia con un PJ hecho a su imagen y semejanza 

 

Hace pocos días, sin percibir que estaba en el aire televisivo, el presidente del bloque PRO en la Cámara de Diputados de la Nación, Nicolás Massot (foto principal), dejó en claro lo que piensa, al menos, parte importante del gobierno: Cambiemos puede gobernar “seis o diez años más” pero “después va a venir el Partido Justicialista reciclado”. Los periodistas presentes en el estudio, entre risas e incomodidades, tomaron el tema como parte del bullying Pro al radicalismo, pero en verdad, pese a la deteriorada autoestima radical, lo más interesante de sus dichos pasa por otro lado.

En efecto, desde el mismo comienzo del gobierno de Macri pueden encontrarse distintas señales de que Cambiemos no aspira exclusivamente a consolidarse como fuerza política gobernante, como si solo fuera a llevar adelante una suerte de plan de saqueo y rapiña, sino que pretende la restauración de un proyecto histórico que supo ser hegemónico en nuestro país, de tipo neoliberal. A diferencia de lo primero, la construcción de una hegemonía neoliberal requiere poner en pie un sistema político en el que la alternancia entre oficialismo y oposición no cuestione una serie de consensos fundamentales. Es por eso precisamente que se trata de una aspiración estratégica del establishment, que se maneja con tiempos e intereses distintos a los de cada fuerza política.

Si miramos nuestra historia reciente, el despliegue de la hegemonía neoliberal en el país consiguió cumplir en buena medida esa aspiración entre 1983 y 2001 mediante el bipartidismo PJ-UCR, colonizando a los dos grandes partidos políticos de origen nacional y popular. Lo mismo sucede hoy en Europa, donde las políticas de desmantelamiento de los Estados de bienestar son llevadas adelante tanto por la socialdemocracia como por los partidos derechistas, un fenómeno que está en la raíz del surgimiento de expresiones “anti-sistema” por izquierda y por derecha.

La apuesta a ese tipo de “normalización política” permite mesurar de mejor manera el error que significa subestimar al macrismo, creyendo que el neoliberalismo caerá naturalmente como consecuencia de un plan económico estructuralmente insustentable (que lo es). En efecto, la pelea contra la hegemonía neoliberal requiere una mirada estratégica de mayor alcance.

 

¿Es posible que la clase dominante logre ese objetivo?

La pregunta es razonable teniendo en cuenta que nuestro país se caracteriza por haber transitado largos años donde el predominio de distintos sectores en la estructura económica no se transformaba automáticamente en hegemonía política. Entre ellos resaltan los largos años ’60 del “empate hegemónico”, donde la política activa de los sectores populares impedía la estabilización del proyecto histórico que la clase dominante sostenía en aquel entonces, incluso sobrepasando la voluntad colaboracionista que recurrentemente aparecía en las representaciones populares gremiales y políticas.

Si bien la realidad actual no es comparable, sí es posible pensar cuánto del programa de gobierno del macrismo fue empantanado merced a las medidas de fuerza gremiales, a la acción de las organizaciones de la economía popular o a las convocatorias de los organismos de DDHH, a las que incluso sectores abiertamente dialoguistas fueron arrastrados por la presión de sus bases. El progresivo proceso de unidad callejera que estamos presenciando desde noviembre del año pasado es auspicioso en este sentido.

¿Pero puede quebrar el macrismo esta barrera? ¿Es imaginable la construcción de una suerte de alianza entre las clases medias y altas contra los sectores más vulnerables y excluidos? ¿Puede Cambiemos aglutinar digamos al 70 por ciento de la población contra el 30 por ciento restante?

El neoliberalismo ya nos mostró que la respuesta a esas preguntas es afirmativa. La demostración fundacional la hizo Margaret Thatcher en el Reino Unido en los años 80, doblegando a la clase trabajadora en la famosa huelga minera y marcando un cambio de época. Pero también el menemismo consiguió algo parecido a mediados de los años 90, merced al disciplinamiento de la hiperinflación y las bondades del dólar barato.

Es cierto que a diferencia de los años ’90 la hegemonía neoliberal a nivel global se encuentra en una crisis, amplificada por el rumbo del gobierno de Trump en Estados Unidos. Pero más allá de los amores no correspondidos que el macrismo encuentra para “volver al mundo”, es evidente que la temporalidad de los fenómenos globales es desigual y no explica lo que sucede en cada país. De otro modo sería incomprensible el surgimiento de los gobiernos populares o progresistas latinoamericanos a inicios del siglo XXI, cuando era difícilmente imaginable la explosión de la crisis mundial iniciada en 2008.

 

PJ biodegradable

En un primer momento la esperanza para reciclar al peronismo estuvo puesta en Sergio Massa, al que el propio Macri anunció en el Foro de Davos en 2016 como futuro líder del peronismo reciclado. Sin embargo al calor de un proceso de intensa movilización social su posición de colaboración con el macrismo lo fue desacreditando.

Los resultados de las elecciones legislativas del año pasado fueron la expresión más clara de un desdibujamiento cuyas raíces más profundas tienen que ver con que el “dialoguismo” no cuaja con las demandas de la parte de la población que se considera opositora. Las urnas saldaron esa discusión y fueron un correctivo democrático para sectores que ponderan la instalación mediática, el acuerdo con sectores del poder económico y las negociaciones de cúpulas partidarias por sobre la voluntad de representación popular.

Después de ese cimbronazo electoral, de consecuencias más duraderas que el resultado del oficialismo —modesto en una comparación histórica con las primeras elecciones de todos los gobiernos desde 1983, salvo la catástrofe de la Alianza—, hasta los peronistas más dialoguistas están ensayando gestos más “opositores”. Aprovechando que el Frente Renovador se encuentra en un proceso de disgregación interna y su alianza con el “progresismo” de Stolbizer está envuelta en grandes incertidumbres, la apuesta a un PJ reciclado regresó al seno del peronismo, agazapada bajo las arengas de unidad.

Se suceden las reuniones dirigenciales, algunas más auspiciosas que otras, aunque por ahora escapándole a una discusión de fondo: ¿será el peronismo el articulador de un amplio frente antineoliberal en 2019 o se convertirá en la herramienta para disciplinar a los sectores antineoliberales del peronismo y sus aliados en busca de recuperar la confianza del establishment?

Con un proceso de movilización callejera que continúa mostrando su gran intensidad, al igual que en 2017 lo central será la capacidad de la dirigencia política de poner por delante la decisión de escuchar qué es lo esencial de las demandas populares, tanto las que fueron ninguneadas en el pasado como las que emergen con fuerza en el presente. (El derecho al aborto es una de las más significativas.) Esas demandas traen consigo nuevos liderazgos –en el movimiento obrero, en la economía popular, en el feminismo— que requieren sean reconocidos sus lugares y sus planteos a la hora de articular un proyecto de país que pueda mostrar vocación de futuro, sin resignar las conquistas del pasado.

No hace falta estudiar a Durán Barba para reflexionar sobre que en la actualidad la unidad entre dirigentes políticos no necesariamente genera la unidad entre sus bases electorales. El proceso de construcción de una propuesta de amplia unidad popular precisa poner la política en el puesto de mando, es decir trabajar sobre la base de una lectura de las necesidades, anhelos y reclamos de las mayorías populares para ampliar su capacidad de representación democrática.

 

 

 

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