PODER QUE ABUSA, ENLOQUECE

La novela sobre el paranoico más famoso sirve a fin de develar la loca estructura del fascismo

 

Daniel Paul Schreber (Leipzig, 1842-1911). Juez. Presidente del Tercer Tribunal Civil del Supremo Tribunal de Apelaciones del Reino de Sajonia. Retirado. De tal modo se presentaba al mundo este personaje que durante un lapso compartió esa altísima magistratura con una no menor paranoia que lo llevó a dos crueles internaciones en el hospicio real. Declarado jurídicamente incapaz, Herr Doktor Präsident Schreber apela la decisión y en 1903 le es retirada la sentencia. Influye de manera contundente su alegato escrito en fina y trabajada prosa bajo el título Memorias de un Enfermo Nervioso.

Transformado inicialmente en pieza literaria, el libro de Schreber adquiere en su momento una notable resonancia pública que llega hasta Sigmund Freud, que en 1911 (a la sazón año de la muerte de Herr Präsident) publica el texto psicoanalítico prínceps sobre la psicosis. Jaques Lacan hará lo propio cuatro décadas más tarde. Si bien las Memorias tuvieron como principal destino echar luz sobre los tremendos meandros de la locura y hacer las delicias del morbo dentro del mundillo psi, el implacable testimonio del juez de Sajonia constituye un potente llamado de atención sobre la manicomialización, los abusos del poder del más fuerte sobre el más débil, el prejuicio, la incomprensión y la crueldad. Tanto es así que, sin ir más lejos, la espléndida traducción argentina de 1979, a cargo de Ramón Alcalde, contiene varios anexos sobre la cuestión “¿Bajo qué condiciones una persona juzgada como enfermo mental puede ser confinada contra su expresa voluntad en un hospicio”? Pese a que el tema pretende estar zanjado mediante una reciente ley, en la práctica funciona de otra manera: peor.

 

El juez Schreber.

 

Todos los anteriores aspectos, con deliberada exclusión de los tecnicismos psicoanalíticos, son encarados por Alex Pheby (Essex, 1970) en Marionetas, novela titulada a partir de una de las iniciales construcciones delirantes con las que el personaje avanza sustituyendo los seres que pueblan este orbe, dentro de cierto principio de realidad, por entes tan tenebrosos como amenazantes que emergen imparables de las oquedades del alma. Reconstrucción ficcional aunque precisa, hace pie sobre las Memorias de un Enfermo Nervioso; reproduce la cadencia de la prosa schreberiana entretejiéndola en un estilo propio que, a pesar de su mesura, jamás se priva de plasmar escenas terribles como chicotazos.

 

El autor Pheby.

 

Las fronteras de la realidad y la demencia se difuminan, de manera de trasladar al lector a esa galaxia inasible que, si no fuera por la sutil pincelada de intensidad poética en la escritura, contagiaría desvarío. Maniobra sujeta a exitosa experimentación literaria a lo largo de la narración, comprende uno de los más eficaces comienzos de los últimos tiempos: “Cayó carbón por el vertedero y un rastro de negrura escapó escaleras arriba, hacia el pasillo. Schreber se detuvo. Enmarcado por el arco que daba a la sala de estar, tragó saliva y respiró hondo. Nada de qué preocuparse. En realidad, todo lo contrario”. De mínimo paso a extensas zancadas, el brote psicótico se va desencadenando sin poder evitar los brutos choques contra la vida cotidiana en la que la gente “normal” hace monstruoso usufructo de su ocasional posición sobre quien ha perdido la posibilidad de defenderse ante las situaciones más nimias. Porque aquello que se ofrece a la percepción ya no es lo mismo, en consonancia con lo que se desarrolla dentro del mismo cuerpo: «Mis órganos se destruyen y reconstruyen a diario. Si trato de calmar el apetito me trago pedazos de garganta con la comida y eso hace que mi estómago desaparezca. Hay un pulpo. Adentro hay niños parasitarios».

La esposa, la hija, el médico, el enfermero, el judío que le arrastra desde la infancia, en mayor o menor medida contienen y abandonan al enfermo, con siniestra saña hacen recaer en Schreber la venganza de actos cometidos por poderosos a los que nada importa “cuánto rogara o gritara. Como la creación de un dios inferior. Un dios incapaz de entender a los seres vivos. Un dios que sólo sabía de cadáveres y los convertía en sus juguetes, animándolos con hilos de marionetas, pero negando incluso eso”. Idiotas, dementes, criminales, niños, menesterosos, en fin, diferentes, aún iguales regidos en otras lógicas, aparecen en la novela de Pheby desplegando las sucesivas facetas de la psicología del fascismo, propósito último del relato. No obstante, Marionetas probablemente sea profanado en congresos, jornadas, ateneos y corrillos psi donde se intentará convertir cada personaje literario en el paciente que no poseen, a fin de saturarlo de interpretaciones en las que la teoría encaje sin fisuras en cada uno de los síntomas.

El lector sin prejuicios dejará de lado aquella banalización medio hippie pequeñoburguesa que asocia la demencia con la alguna alquímica pureza o iluminante creatividad, cada tanto musicalizadas en cursis cancioncitas urbanas. Mientras que la locura es en realidad pura mierda, dolor, sufrimiento, marginación, condena, un sufrimiento difícil de localizar, tanto para quien la padece como para sus seres próximos. Alex Pheby desmitifica toda domesticación del desvarío para relanzarlo como hecho político, actualización de las oprobiosas conductas sociales que se escamotean en las entrañas de lo correcto. Utiliza a tal fin una escritura trabajada al detalle, que reluce en la consonancia de la traducción de Martín Gambarotta, pero que sobre todo aplica un dispositivo de descripción en el que situaciones y objetos (un suspiro, un reloj, una caminata, una ventana) son lo que otorgan el sentido al devenir de los personajes, sin obviedades, lugares comunes ni golpes bajos. Ingleses –además— hablando de alemanes, sin locura.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Marionetas

Alex Pheby

 

 

 

 

Traducción de Martín Gambarotta

Buenos Aires, 2019

268 págs.

 

 

 

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1 comentario
  1. Daniel dice

    Es cierto que la transformación del sistema de salud, y en especial la salud mal denominada mental es una gran deuda pendiente de la política en particular y de la sociedad en general. Pero de ahí a decir que estamos igual o peor… No estoy nada de acuerdo

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