Poderes fácticos y tecnología

Las conexiones entre las capacidades científicas y tecnológicas y los objetivos nacionales

 

Sabemos que el sector de ciencia y tecnología (CyT) necesita políticas públicas que impulsen su crecimiento sistémico y que se trata de un sector de alta complejidad organizacional e institucional. ¿Cómo es posible que luego de la devastación macrista veamos a este sector haciendo aportes fundamentales para el combate del Covid-19? 

Como le explicó cordialmente la presidenta de CONICET Ana Franchi a un volátil Diego Santilli en la visita al Instituto Milstein: “No fue magia, fueron las políticas del período 2003-2015”. 

Macri desfinanció el sector de CyT, degradó sus instituciones y desmanteló proyectos tecnológicos estratégicos, pero un núcleo importante del sector, igual que en los años ’90, resistió la destrucción macrista y buena parte de las capacidades cultivadas en el período 2003-2015 logró sobrevivir y hoy se está reorganizando.

Los aportes de científicxs y tecnólogxs al combate del Covid-19 deben interpretarse como “efecto demostración”. Estos logros, aún impresionantes, son un rasguño en la superficie. La recomposición del sector de CyT va a llevar algunos años. Y para acompañar un proceso de cambio estructural este sector necesita crecer y diversificarse en recursos humanos e infraestructura, un foco sostenido en sectores estratégicos, estabilidad institucional y perfeccionamiento incremental de las políticas. ¿15, 20 años? 

Claro que los tiempos se pueden acortar proporcionalmente a la eficacia de las políticas de CyT y a su capacidad de coordinar con el resto de los sectores estratégicos: salud, desarrollo social, industria, energía, ambiente, defensa, agro. Parece importante entonces entender el campo de fuerzas en el que se dirimen los procesos de cambio tecnológico para entender cómo pensar la eficacia de las políticas de CyT. 

 

 

Semiperfieria y cambio tecnológico

La categoría de «semiperiferia» puede ser adecuada para comprender las contradicciones que enfrenta un país como la Argentina, en especial cuando se propone impulsar procesos de cambio tecnológico en sectores de interés que las economías centrales y las corporaciones trasnacionales perciben como potencial competencia. 

Como país semiperiférico, Argentina presenta algunas capacidades industriales, científicas y tecnológicas, pero no las suficientes para impulsar un proceso de desarrollo sostenible. Su PBI per cápita (11.684 dólares en 2018) es el de un país de renta media (entre 5.000 y 20.000 dólares anuales). Pero este rasgo se explica por su carácter semiperiférico, definido por la posición que el orden hegemónico le asigna en la rígida estructura jerárquica del capitalismo global financierizado: Argentina como casino exportador de recursos naturales. 

El “péndulo argentino” se dirime entre gobiernos que aceptan y se alían con estas fuerzas periferizadoras –alianzas entre poderes fácticos locales y globales– y gobiernos que buscan avanzar a contracorriente, fortaleciendo capacidades estatales y políticas orientadas a perforar este “destino” contra-natura, para impulsar redistribución y creciente equidad, para lo cual es inexorable el componente de CyT masiva, intensiva y enfocada. 

La composición química del poder en la democracia argentina es, digamos con cierto optimismo, 40% de poder delegado legítimo y 60% de poderes fácticos, favorecidos por un marco jurídico global, consolidado y perfeccionado desde los años ’90.

La noción de poder fáctico la usamos para aludir a fracciones económicas, políticas y burocráticas con capacidad de disputar a favor de intereses corporativos que divergen de los objetivos plasmados en el orden democrático. Es decir, se refiere a grupos con capacidad de obstruir, distorsionar, debilitar o alterar dinámicas económicas y sociales que no coinciden con sus intereses (que nadie votó) para maximizar ganancias inmediatas, predatorias, nunca productivas. Sobre su actividad desquiciada en plena pandemia, puede verse, “La salud del Estado” (17/05), de Aronskind. 

Es este campo de fuerzas secular –estructural– el que explica que la Argentina, a pesar de haber hecho enormes esfuerzos de inversión pública y formación de recursos humanos, hoy no haya logrado producir y exportar aviones, vacunas, satélites, semiconductores, materiales avanzados, maquinaria o automóviles con porcentaje sustancial de autopartes nacionales, o servicios de alto valor agregado. No hay ejemplos más ilustrativos que las trayectorias de desarrollos tecnológicos, en general inconclusos, para comprender el estancamiento dinámico –pendular– que explica el status semiperiférico de la Argentina.

Como corolario, digamos que no es un matiz calificar a la Argentina como país semiindustrializado en lugar de país semiperiférico. La diferencia es sustancial. La industrialización inconclusa –signada por períodos de desindustrialización inducida– no es la consecuencia de “malas políticas” industriales (o monetarias), sino de poderes fácticos que maximizan beneficios obstaculizando procesos de desarrollo y redistribución, que promueven “modelos de negocio” que necesitan producir desigualdad y pobreza, y son incompatibles con la inversión en CyT.

 

 

Ajedrez hegemónico y ventana de oportunidad

El informe de CEPAL “Dimensionar los efectos del Covid-19 para pensar en la reactivación” (21/04/2020) explica, por un lado, que la pandemia refuerza la vulnerabilidad del modelo de inserción de América Latina en la economía internacional y amplifica “los riesgos que supone la elevada dependencia regional de las manufacturas importadas”, aunque, por otro lado, también sostiene que se observa la tendencia hacia la regionalización (desglobalización) de la economía internacional y la fragmentación de las cadenas globales de valor. 

Si el Covid-19 abre una ventana de oportunidad a un país de la semiperiferia latinoamericana en el rígido pero crujiente ajedrez hegemónico, el “efecto demostración” de los logros del sector de CyT argentino aporta algunas lecciones. La combinación de una conducción política nacional con rumbo anti-neoliberal, un Estado protector y coordinador de capacidades, y acciones de CyT enfocadas en la solución de problemas perentorios, mostraron una eficacia que era impensable el 10 de diciembre de 2019. 

Si hay algo que se parezca a una ventana de oportunidad en América Latina para concebir algo que podríamos calificar como desarrollismo semiperiférico en contexto de pandemia, es claro que tiene su fundamentos en: (i) la vigencia y reorganización de aprendizajes y capacidades acumuladas en el período 2003-2015; (ii) la triple crisis del capitalismo –la crisis financiera, climática y sanitaria–, que debilita la doctrina del “patio trasero”, facilita la multipolaridad y abre márgenes para decisiones soberanas; y (iii) la rehabilitación masiva de un Estado coordinador, protector y empresario con inteligencia incremental. 

La expectativa extra-científica, aunque determinante para el sector de CyT, pasa por transformar el alto grado de legitimidad política del gobierno y su decisión de avanzar en “construir otra sociedad”, como expresó el Presidente, en algún grado de disciplinamiento o neutralización de las acciones predatorias de los poderes fácticos. 

En esta dimensión se juegan cuestiones complejas, como la transformación de culturas empresariales y también de componentes culturales del sector de CyT, incluidos algunos rasgos que guían la gestión del conocimiento, afines a los condicionamientos implícitos en las agendas y valores de los organismos de gobernanza global.

Por lo pronto, continuar aumentando la densidad de conexiones entre las capacidades científicas y tecnológicas y los objetivos nacionales urgentes es una lección positiva que deja la pandemia al sector de CyT.