POLÍTICA EXTERIOR Y ANÁLISIS ECONÓMICO

Trump le allanó el camino a China para incorporar a Hong Kong definitivamente a su territorio

 

Para formarse un criterio sobre la política exterior de Trump en general y su repercusión sobre la Argentina en particular un ángulo poco frecuentado y que tiene su rentabilidad es el de calibrar que en la coyuntura de crisis productiva por pandemia, la teoría económica dominante como puntal del orden establecido para justificarlo, se ha transformado en un peso muerto. Muchas críticas a Trump avizoran salidas de reequilibrio geopolítico que lucen razonables pero que en realidad resultan al menos dudosas justamente por desatender esa incumbencia de la teoría económica. En una de sus habituales columnas en el Wall Street Journal (25/05/2020), el académico especialista en relaciones internacionales Walter Russell Mead, pisa esa clase de arena movediza. Russell Mead escudriña que “Trump cree claramente que el poder económico es la clave para la fortaleza nacional y que es necesario mejorar la vitalidad económica de los Estados Unidos para mantener la posición del país en los años venideros. También cree que bajo su liderazgo actual, China es una amenaza para la seguridad estadounidense y la paz mundial. Pero Trump y sus asesores luchan por igual para crear una política coherente en torno a estas ideas, en gran parte porque la estrategia económica y la estrategia sobre China, mientras se superponen en algunos lugares, en última instancia no encajan.”

Russell Mead, a efectos de precisar los avatares de la contradicción puntualizada anota que “Para Trump, restaurar la fortaleza económica de los Estados Unidos implica luchar contra lo que él ve como un sistema de comercio mundial profundamente injusto y los principales abusos de ese sistema por parte de adversarios como China y amigos como Alemania, India, Corea del Sur y Japón. Las preocupaciones de seguridad de Trump sobre China resaltan la necesidad de relaciones más profundas con aliados clave, pero sus preocupaciones sobre los fundamentos del poder estadounidense conducen a disputas con aquellos aliados que más necesita”. Mead entonces apunta que “Ni el presidente ni sus asesores han podido resolver este problema, y la inconsistencia ha tenido un alto costo en la credibilidad estadounidense […] ahora el gobierno en su conjunto está perdiendo respeto porque muchos líderes extranjeros, amistosos y de otro tipo, han concluido que las políticas de Trump no cuadran […] Trump tiene que tomar una decisión. ¿Restaurará y reactivará las redes de la alianza económica y de seguridad de los Estados Unidos en aras de una estrategia coherente hacia China, incluso a costa de diferir otros objetivos? ¿O frente a la mayor tormenta desde la Segunda Guerra Mundial se aferrará al papel de disruptivo global?”.

Esta parece ser una opinión muy extendida entre una fracción del establishment norteamericano. En el mismo diario el reconocido internacionalista Richard Haass un par de semanas antes (07/05/2020),  daba cuenta de la contradicción que a posteriori subrayó Mead, manifestando que no hay que “interpretar mal los objetivos de la política exterior china. En 2017, la Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump [National Security Strategy of the United States of America (NSS) de 2017] describió a China como un poder revisionista que quiere «erosionar la seguridad y la prosperidad estadounidenses» y «dar forma a un mundo antitético a los valores e intereses de Estados Unidos». La Estrategia de Defensa Nacional del Pentágono llevó esa visión aún más lejos, describiendo a China en 2018 como un «competidor estratégico» que busca «la hegemonía regional del Indo-Pacífico en el corto plazo y el desplazamiento de los Estados Unidos para lograr la preeminencia global en el futuro» […]”

En opinión de Haass ese enfoque es infundado pues “a diferencia de la Unión Soviética, China no busca imponer su modelo a otros en todo el mundo ni controlar la política internacional en todos los rincones del mundo. Y cuando China llega más lejos, sus instrumentos tienden a ser principalmente económicos”. Los reparos y propuestas de superación Haass-Mead a la política exterior de la administración Trump, se anticiparon al documento que la Casa Blanca puso en circulación la cuarta semana de mayo titulado: “United States Strategic Approach to the People’s Republic of China” (Enfoque Estratégico de los Estados Unidos sobre la República Popular de China) en donde se ratifica la visión de la NSS de 2017, que ambos critican. Para Haass como para Mead los verdaderos problemas que la política exterior norteamericana debe resolver son los provenientes de la interconexión del planeta y debe hacerlo en clave cooperativa y multilateral.

La impresión que da la perspectiva prohijada por Haass-Mead es la de haber examinado una contradicción que crearon de puro vicio Trump y sus asesores y por la naturaleza de ese origen espurio permanecen enredados e inhibidos de acertar con aunque más no sea una solución de compromiso. En tal punto de vista el cambio sería casi todo beneficio con el módico costo de diferir otros objetivos. Haass-Mead al reclamar coherencia entre la búsqueda del fortalecimiento del poder económico y poner a raya a China como amenaza a la propia seguridad norteamericana y mundial, no tienen en cuenta o no consideran bajo ningún aspecto que lo segundo es función necesaria y no contingente de lo primero. Si este abordaje se impacienta –no es el caso Haass-Mead- puede llevar a la sospecha de que se trata de un ardid de mala calidad propio de los elefantes que deambulan por la Casa Blanca. Sería caer en una simplificación. La limitación analítica proviene del atavismo de los scholars de relaciones internacionales, aún los más renombrados, de basarse en la teoría neoclásica para dar cuenta de las relaciones económicas entre países.

 

Graham

Es muy curiosa tal opción neoclásica, pues corresponde al reino de las armonías universales, aquel donde todo el mundo gana y ninguno pierde. Un mundo de intercambio igual. Para señoras y señores muy realistas que entienden que el orden necesario en la anarquía del sistema internacional lo pone la racionalidad del actor Estado, edificada con eje en la búsqueda del poder, una cosa es vender las galletitas del libre comercio y el sesgo igualitario del multilateralismo, otra muy diferente es comérselas. Y cuando se deja a un lado que la pelea de la coalición que expresa Trump es contra sectores internos norteamericanos que quieren seguir deslocalizando inversiones, se pierde de vista que la construcción ficcional del peligro chino es un importante recurso político (posiblemente único) para arrinconar y quitarle espacio a esos sectores. A la pelea por la plata se la cobija con la bandera, ese pabellón del que la Corte Suprema ampara el derecho a quemarlo cuando, por ejemplo, ahora no se puede respirar.

Paul Krugman, que es un economista neoclásico, semana tras semana en sus columnas del New York Times crucifica a Trump. Hace algo más de tres décadas se abrió espacio en el ámbito académico recreando una polémica centenaria. El proteccionismo nunca había dejado de ser el eje del comportamiento en el intercambio comercial de los países pese a que el teorema de la ventaja comparativa de Ricardo mostraba desde 1817 que lo único racional era el librecambio. En la segunda década del siglo pasado tratando de encontrar una explicación a esa persistencia, el economista norteamericano de Princeton Frank Graham enunció una hipótesis que dio lugar a un fuerte debate. El punto estaba en las economías de escala. Si un sector, por caso fabricación de zapatos, duplica su tamaño y los costos se duplican, se dice que tiene costos o rendimientos constantes a escala. Si al duplicarse la producción, ésta crece más que los costos se dice que tiene rendimientos crecientes o costos decrecientes o economías de escala. A la inversa, si al duplicarse la producción, ésta crece menos que los costos se dice que tiene rendimientos decrecientes o costos crecientes o deseconomías de escala.

Graham demostró que sí al darse el librecambio se viola uno de los supuestos de Ricardo, el de los rendimientos constantes a escala, y el sector en que se especializa un país entra en economías de escala y en el que se especializa otro país en deseconomías de escala, entonces todos los sectores que exportan e importan terminan perdiendo en vez de ganar, aunque el de la deseconomía pierde como en la guerra. Se está peor con libre comercio. Los aranceles aduaneros corregían esta situación que era la usual. Pero la explicación ponía en duda al librecambio como armonía universal, así que se estableció que el caso Graham era harto infrecuente y no tenía validez práctica. Krugman remozó, acomodó y expresó con ecuaciones diferenciales a Graham, diciendo que la política comercial debería corregir esa situación que era un poquitín más frecuente de lo sospechado hasta ahí. Tomaba posición en la tendencia a la deslocalización que ya se había acentuado a principios de los ’90. Con un poco de sutil política comercial se corregía el fuerte desequilibrio que vino a restablecer a las trompadas el bruto de Trump. Se trajo a colación a Krugman, porque expresa la frustración de la izquierda norteamericana de comprobar y no reconocer que su postura era una mera ilusión, similar a la que albergaba –entre nosotros— Juan B. Justo, que abogaba por no moler el trigo en la Argentina para no sacarle trabajo a los obreros de los molinos europeos.

 

 

Paul Krugman, la fantasía de Juan B. Justo

 

La imposibilidad de esas armonías, como causa del espacio político del que dispone Trump (habrá que ver hasta dónde lo erosionan los virus de la pandemia y el racismo), la elucida Antonio Gramsci al definir que “El concepto de Estado intervencionista es de origen económico y está vinculado por un lado a las corrientes proteccionistas o del nacionalismo económico y, por el otro, a la tentativa de hacer asumir a un determinado personal estatal […] la ‘protección’ de las clases trabajadoras contra los excesos del capitalismo (política de Bismarck y Disraeli)”.

Es esta defensa la que lleva también a que la teoría económica en boga devenga en una coartada inútil como parapeto consciente o inconsciente del status quo. Sus principios se olvidan rápidamente cuando llegan productos de la periferia que compiten con la producción nacional de los países desarrollados. Antes durante y después nadie dudó, duda o va a dudar de invocar los salarios anormalmente bajos en la periferia y el dumping social resultante como argumento clave para proteger a su producción nacional contra las importaciones de los países subdesarrollados. Hasta dónde los bajos salarios producen precios anormales o los precios normales producen bajos salarios depende de si el producto en cuestión es hecho en el centro o es hecho en la periferia.

En clave histórica, la conducta de Trump no es inédita. Gramsci mismo nos recuerda que “solo un judío desprejuiciado como Disraeli podía ser la expresión del imperialismo orgánico inglés”, al abogar el amigo íntimo de la Reina Victoria y dos veces prime minister, a favor de que todos los territorios del imperio tuvieran representación parlamentaria. Fue una pasión tan impracticable por el horror inglés como lógica porque todavía la salida de las crisis consistía en volcar capital extramuros. En la reversa, en el capitalismo mutado por los altísimos salarios del centro, el mercado externo dificulta en todo enfrentar las crisis y es el mercado interno la puerta de salida, resulta lógico que el desprejuiciado y rocambolesco Trump sea la expresión del imperialismo orgánico norteamericano. Es por obviar estos detalles que las hipótesis Haass-Mead quedan muy relativizadas. Ciertas en que la nueva Guerra Fría es un cuento. Dudosas hasta el rechazo de que se puede prescindir del cuento. Esto es independiente de la capacidad o tino del que lo relata.

 

 

Benjami Disraeli.

 

 

Dudas y certezas

En medio de la crisis económica global por la pandemia, parece haber más certezas que dudas sobre los caminos emprendidos para consolidar la fortaleza económica norteamericana. Una investigación de Oxford Economics encontró que en las últimas seis recesiones, el dólar se revaluó 6% en promedio contra una canasta de las principales monedas. Desde mediados de marzo a la fecha se revaluó 7%, a causa de que los inversores compraron sin parar acciones de la bolsa neoyorquina con fondos provenientes de los bonos del Tesoro, con muy bajos rendimientos por la nada de tasa. Además de tener fe en el éxito y ampliación de los planes de estímulo, la salida de la OMS dispuesta por Trump, el asunto Hong Kong y el conflicto entre China y Australia lucen tonificar en vez de debilitar ese curso de la política externa o de mínima no empeorar el panorama.

Sin ir más lejos, lo sucedido en Paraguay ilustra sobre el alcance que el conflicto interno norteamericano expresado como disputa con China tiene en la región. Paraguay reconoce a Taiwan pero no a China. Los legisladores paraguayos presentaron en abril un proyecto de ley exhortando al presidente a reconocer a China, aduciendo que China ofrecía más asistencia médica para luchar contra Covid-19. El proyecto de ley no prosperó porque Taiwán cercenó el argumento donando 280.000 barbijos. El 2 de mayo Trump llamó al presidente de Paraguay Mario Abdo Benítez, según reveló este último, para hablar de la donación de respiradores que hizo Estados Unidos. El 21 de abril, Paraguay recibió la aprobación de un crédito del Fondo Monetario Internacional por 274 millones de dólares para la lucha contra la pandemia. A todo esto, China no dejó de comprar carne a Paraguay. Esta compelida a actuar así, para reemplazar a su gran socia comercial y proveedora habitual, Australia, después de que los canguros sugirieran oficialmente la teoría conspirativa de la pandemia originada en un laboratorio chino y éstos en represalia bajaran las importaciones. Los australianos deben estar seguros de que el Tío Sam va a pagar la diferencia, en honor a la lealtad de siempre.

Por su parte, en Hong Kong hay radicadas alrededor de 1.300 empresas estadounidenses. Los Estados Unidos le dieron hace años un estatus especial que lo convirtió en una especie de protectorado. Como ahora interesa que las empresas regresen, le allanó el camino al gobierno chino para incorporar a Hong Kong definitivamente a su territorio y que Shanghai y Shenzhen lo emparden como centros alternativos para las finanzas internacionales. El baile de máscaras en este asunto es cosa seria. Se impreca a Trump porque ataca a China. Se impreca a Trump porque no defiende a Hong Kong de China. A propósito, en el episodio de la OMS: Trump ¿fue contra los chinos o contra los laboratorios norteamericanos que operaron para defender sus intereses en China?

Al deshojar la margarita, la Argentina puede ver en lo sucedido en Paraguay y en el eje del comportamiento norteamericano, que no es directo e inevitable que las relaciones de fuerzas internacionales la obliguen a optar. Salvo que haya algún ítem político tipo Taiwán. No lo hay y no se ve otro. Desde 1972 reconocemos a China, con Taiwán sólo oficinas comerciales aquí y allá. En todo caso, es un punto de referencia para una política exterior cuya lucidez se mediría en cómo amplia el espacio del que ya dispone.

 

 

 

 

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1 comentario
  1. Kurt Brainin dice

    Chomsky ha señalado que el comercio entre Estados Unidos y China, más que comercio internacional, es un comercio interior de las empresas americanas que fabrican barato en China.
    Cuando el capitalismo perdió el miedo por la implosión de la URSS recurrió a la globalización que le permitió aliviar su crisis con nuevos mercados y con la incorporación de una enorme masa de mano de obra barata. Con lo cual, al hacer competir a sus trabajadores con esta mano de obra, pudo además ir destruyendo el estado de bienestar en los países ricos.
    China tuvo la habilidad de utilizar esa situación en beneficio propio con lo cual hoy es una potencia económica que hace frente a los Estados Unidos. Por más que Trump lance bravuconadas no podrá contra esta situación que es una necesidad para sus propias empresas.

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