El 20 de julio de 1976, cuatro meses después del golpe de Estado cívico-militar que derrocó a María Estela Martínez de Perón, el módulo de aterrizaje Viking 1 se separó del orbitador y comenzó su descenso a la superficie de Marte, realizando un aterrizaje –o, mejor dicho, un amartizaje– suave en la región de Chryse Planitia. Como el interés por el espacio sideral no es incompatible con el entusiasmo nacional, el descenso debía llevarse a cabo el 4 de julio, con motivo del bicentenario de los Estados Unidos, pero se retrasó debido a que el terreno inicial parecía muy accidentado. A los pocos minutos de su llegada, el Viking 1 envió la primera fotografía tomada desde la superficie del planeta rojo, en la que se percibe una de las patas de apoyo del módulo. Iniciar ese momento estelar del género humano con la foto de una pata metálica, en lugar de la vasta superficie de Marte, podría parecer un gesto torpe, como el dedo en el obturador de un fotógrafo aficionado; pero tuvo una explicación operativa: “Queríamos comprender cuál era la capacidad portante de esa superficie. Queríamos entender cómo respondería la superficie a la base del módulo”, afirmó John Newcomb, miembro del equipo directivo de la misión marciana. El Viking 1 había recorrido unos quinientos millones de kilómetros, luego de despegar de Cabo Cañaveral casi un año antes. Debía operar durante noventa días, pero estuvo activo por más de seis años, hasta que una falla humana lo condenó al silencio eterno. Los objetivos principales de la misión Viking, compuesta por dos naves espaciales (Viking 1 y 2), eran obtener imágenes de alta resolución de la superficie marciana, caracterizar la composición de la atmósfera y la superficie y, sobre todo, buscar indicios de vida. La conclusión final fue prudente: Viking no había hallado evidencias concluyentes de vida en Marte. Sin embargo, tampoco podía demostrar que el planeta fuera completamente estéril. Seguiremos en la duda.

Pero las imágenes del planeta rojo sí confirmaron la desolación que algunos escritores habían presentido. Al mirarlas, resulta difícil no recordar las Crónicas marcianas de Ray Bradbury (The Martian Chronicles, en el original) y el prólogo de Jorge Luis Borges a la edición en español, publicada en 1955 por Ediciones Minotauro: “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena–. (...) ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?” Bradbury empatiza, y nosotros con él, con esos alienígenas que al principio temimos y al final añoramos. El escritor norteamericano publicó sus Crónicas en 1950, y el tono literario no es ajeno a esa época de conflictos políticos relacionados al proceso de descolonización global; en plena Guerra Fría y con el declive de los imperios europeos de fondo. Lejos de ciertos lugares comunes de la ciencia ficción, Bradbury no parece interesarse por las complejidades de la tecnología. Prefiere un tono poético, no exento de una cierta melancólica. Frente al genocidio de los marcianos, Bradbury cuestiona a su manera el racismo y el colonialismo. No nos habla de tecnología sino de la naturaleza humana.

Uno de los científicos que formó parte de la misión Viking fue el astrónomo norteamericano Carl Sagan. Integró el equipo encargado de detectar eventuales rastros de vida microbiana en el árido suelo del planeta rojo y ayudó a elegir un lugar seguro de aterrizaje en base al análisis de la superficie marciana, que determinó la región de Chryse Planitia. Sagan se haría famoso gracias a aquella misión a Marte, aunque no por la razones que podríamos imaginar. El astrónomo quedó azorado por el escaso interés mediático que generó un proyecto espacial que él consideraba trascendental. Como científico y, sobre todo, como divulgador, consideró que era necesario impulsar el conocimiento científico a través de un formato amable orientado “hacia la astronomía, pero con una perspectiva humana muy amplia”. Buscaba interesar a audiencias diversas, adultos y jóvenes. De ese impulso nació Cosmos: un viaje personal (Cosmos: A Personal Voyage, en el original), una serie documental de trece capítulos, lanzada en los Estados Unidos en 1980. Sagan se embarcó en un proyecto de tres años en los que viajó alrededor del mundo, explorando la historia humana en relación a la del mismo universo. Quienes fuimos adolescentes en los ‘70 y tuvimos la suerte de contar con enciclopedias (Lo sé todo, Enciclopedia Universal Larousse, Enciclopedia Salvat) guardamos una cierta veneración hacia al astrónomo de la eterna polera. Gracias a él y a una oportuna cartulina, supimos que la Tierra es redonda.
También entendimos al libro como “una máquina del tiempo”: “Qué cosa tan sorprendente es un libro. Un libro está hecho de un árbol. Es un objeto constituido por partes planas y flexibles (que todavía llamamos «hojas») impresas con garabatos en oscuros pigmentos. Pero echas un vistazo a un libro y escuchas la voz de otra persona, quizás la de alguien que incluso ha muerto hace miles de años. A través del tiempo y los milenios, la voz de quien lo escribió nos está hablando, clara y silenciosamente, dentro de nuestra cabeza, directamente a ti. La escritura es quizás el más grande de todos los inventos de la humanidad, uniendo a personas, ciudadanas de épocas lejanas, que nunca se conocieron. Los libros rompen las cadenas del tiempo y son la prueba de que los seres humanos realmente pueden hacer magia”. Cosmos fue también un libro, la continuación de la serie.
La frase más recordada de Sagan está relacionada con nuestro origen: “Somos polvo de estrellas. Somos una forma que tiene el universo de conocerse a sí mismo”. Además de su belleza poética, la frase es científicamente justa: los átomos de nuestro cuerpo se formaron en el interior de estrellas muy antiguas. Es un golpe duro a nuestro ego, a nuestro tenaz geocentrismo, pero también un antídoto contra la toxina del individualismo: podemos hacer magia, pero sólo en grupo, sólo si nos conectamos incluso con aquellos que fallecieron hace miles de años a través de ese maravilloso truco de magia que es el libro. En 1990, otra sonda célebre, la Voyager 1, fotografió la Tierra desde una distancia de casi 6.000 millones de kilómetros por sugerencia de Sagan. Es el famoso “Punto azul pálido”, que forma parte del álbum fotográfico “Retrato de familia del sistema solar” capturado ese mismo día. Somos una mota de polvo en el espacio y Sagan escribió un libro sobre eso. Otra cura contra la soberbia.
Fallecido en 1996, es probable que Sagan se sorprendería con el regreso del terraplanismo y la violenta ignorancia de matones globales que padecemos en esta época. Lo asombraría escuchar a Donald Trump, Presidente de la mayor potencia militar del planeta, vanagloriarse ante la Asamblea de las Naciones Unidas por haber secuestrado a Nicolás Maduro y a su esposa y haberse apropiado de los recursos del país: “Con Venezuela, tenemos más del 60% del petróleo del mundo, al vencedor de la guerra le pertenecen las riquezas del país perdedor. Venezuela es la prueba de que Estados Unidos usará el ejército en el hemisferio occidental para asegurar nuestros intereses nacionales”. O prometer: “Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”, en referencia a Irán. Del mismo modo, consideraría extravagante que el Presidente de la Argentina felicitara a su par israelí, Benjamín Netanyahu, considerándolo “un líder extraordinario (que) entiende la batalla cultural como muy pocas personas en el mundo”, teniendo en cuenta que ese “líder extraordinario” tiene una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y lesa humanidad en la Franja de Gaza, genocidio que sin duda deploraría, como deploró tantos otros al hablar de nuestro hogar, el Punto azul pálido: “Piensa en los ríos de sangre derramados por todos esos generales y emperadores para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en los amos momentáneos de una fracción de un punto”.
Los matones de barrio, los terraplanistas entusiastas, los ignorantes extrovertidos, los que consideran que Dios les dio el poder de exterminar a quienes no tuvieron la suerte de recibir ese legado celestial, son alérgicos a la historia e intentan imponernos un presente eterno. También suelen creerse eternos. Es bueno recordar que nunca lo son y enfrentarlos con lo mejor que tenemos: la magia de la que nos hablaba Sagan y que nos ofrecieron Bradbury, Borges y tantos otros.
Al fin y al cabo, somos polvo de estrellas.
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