Es cada vez más claro que los aliados de toda la vida de Estados Unidos están tomando distancia. Su vecino Canadá, socio de hierro, ha dicho a través de su máxima autoridad que la alianza estaba en ruinas. “Esto es una ruptura, no una transición”, sostuvo en un celebrado discurso en Davos. Como en el pasado el premier de China, país que acababa de visitar, Mark Carney parecía el último defensor de la globalización. Por cierto, hay que aclarar que no está defendiendo otra cosa que el status quo anterior: la miseria previa a Trump. Pero alertó sobre miserias peores.
Porque el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Howard Lutnik, acudió al Foro Económico Mundial que se celebró hace unos días en aquella localidad suiza para explicar que la globalización afectó al trabajo y a la economía estadounidenses y que, también por motivos de seguridad nacional (lugar común del discurso del país: su mención cancela toda discusión), había que repatriar industrias y olvidarse de las energías alternativas a las fósiles.
Se lo recomendó a los europeos, a los que consideró demasiado confiados en los chinos. No quedó claro si era un consejo o una amenaza. Uno busca persuadir, la otra intimidar; pero el primero se puede convertir en la segunda si quien lo enuncia concentra el poder.
Fuera del Reino Unido, ningún otro país fue históricamente más cercano que Canadá a la política exterior de Washington. Es cierto que el Reino Unido ahora también vacila un poco. Con todo, a la base laborista no le gusta que el Primer Ministro Starmer siga siendo tan servicial con Trump. Es uno de los motivos de su impopularidad, aunque no el único. El problema es que Carney no tiene nada mejor para ofrecer que seguir en la misma: recortes y recortes. Y eso está desmoronando a Occidente tanto como la alternativa trumpista.
On the rocks
Y luego está la mayor isla del planeta, Groenlandia, a la que Trump llamó “un pedazo de hielo” en su performance helvética. Allí hizo el papel de quien no entiende por qué no le ceden una cosa minúscula que de pronto necesita mucho y que a la otra parte no le sirve para nada y sólo retiene por orgullo desmedido.
En el pasado, los daneses hicieron gala de su proverbial pragmatismo comercial cuando, en medio de la Primera Guerra Mundial, le vendieron a Estados Unidos lo que ahora denominamos Islas Vírgenes (hay otro grupo de islas que son británicas), un archipiélago en el Caribe en el que los correctos escandinavos habían explotado plantaciones de azúcar con el trabajo esclavo de africanos.
Ese trato de 1916 también formó parte de la doctrina Monroe: o se las compramos o se las invadimos, fue la oferta que Copenhague no pudo rechazar. A cambio, Washington se comprometió a tolerar que “el pedazo de hielo" –Groenlandia— quedara bajo control danés. Es posible que Trump no apele a este ejemplo histórico por otro episodio de un pasado más reciente vinculado con una de las Vírgenes. La isla de Little St. James, de unos 300 km², es la famosa isla de Jeffrey Epstein que Trump habría frecuentado en una etapa de su vida que intenta ocultar a cualquier precio, aun al de multiplicar tensiones geopolíticas.
Una anécdota reciente manifiesta su ansiedad. Un trabajador de Ford le gritó: “¡Protector de pedófilos!” cuando Trump visitó una planta. Y este contestó groseramente. La empresa suspendió al trabajador. No cabe duda de que esas pocas palabras a los gritos contra Trump constituyeron el más inesperado negocio de su vida. El informe periodístico sobre el caso, citado abajo, sólo llegó a registrar una mitad de las donaciones que recibió el obrero padre de dos hijos, posible termómetro del clima electoral de las elecciones de medio término que se celebrarán en noviembre. Quizá ya haya todavía mucho más dinero en su cuenta.
Más frío
Perteneciente al continente americano sin discusión alguna entre los especialistas en cuestiones geográficas, Groenlandia es —políticamente— un territorio semiautónomo del reino de Dinamarca y, por tanto, parte también de la Unión Europea. Un periodista danés escribió en The Guardian acerca de la compleja historia de la relación entre la colonia y su centro imperial. Lo que denomina “derecha metropolitana” de Dinamarca considera que el vínculo facilitó la vida de los pocos habitantes de la isla, pues les brindó salud gratuita y educación. Dinamarca invierte cada año 600 millones de euros en Groenlandia, argumentan. Los colonialistas siempre se presentan como benefactores de la humanidad. Nunca sacan nada a cambio. ¿Qué sería del mundo sin ellos?
En contraste, la izquierda danesa acusa a su propia sociedad de racismo contra los isleños (“Estás borracho como un groenlandés” parece ser un dicho corriente, sólo para empezar con la lista de prejuicios). Más allá de esas sutilezas, los daneses hicieron implantes que impedían la concepción a la mitad de las mujeres de la isla y se llevaron niños a la metrópoli para convertirlos en el funcionariado fiel del virreinato. Copenhague reconoció estos sucesos y pidió disculpas. Pero subsiste el hecho de que el más pequeño país escandinavo posee derechos sobre la mayor isla del mundo porque, como alegó Trump, atracó un barquito allí en el siglo XVIII (no especificó la fecha, por cierto; a veces habla de miles de años). Un cómico estadounidense le explicó que históricamente todo ha funcionado así, incluso en el caso de Estados Unidos, que tuvo que luchar por su independencia debido a un maldito barquito inglés.
Lo divertido de la postura de Trump es que ahora apela al anticolonialismo cuando acaba de poner un corolario a la doctrina Monroe en su Doctrina de Seguridad Nacional. El zigzag ideológico es, por supuesto, una estrategia consciente. No se sabe qué quiere, ni por dónde saldrá, ni qué va a pedir a cambio. Un hombre de negocios de la vieja escuela neoyorquina. Viene de reírse del Primer Ministro británico porque su país accedió a devolver territorio a su antigua colonia Mauricio, pero a cambio de que se mantuviera una base conjunta británico-estadounidense. Calificó el acuerdo de idiota. Esa doble vara desalienta a quienes piensan que Trump está ofreciendo argumentos para la descolonización de Malvinas con su conflicto con Copenhague.
En cualquier caso, tras su gran puesta en escena, parece que se estaría conversando para llegar a un acuerdo con Dinamarca. Trump dice que Estados Unidos podrá moverse libremente, pero el territorio no sería formalmente suyo. Sin embargo, habría bases militares fuera de la soberanía danesa o de Groenlandia. Guantánamos árticos, digamos. Copenhague insiste en que el tema de la soberanía es innegociable.
La isla ya tiene bases militares estadounidenses desde mediados del siglo XX; se trataría ahora de multiplicarlas. Trump se vanagloria de haberle restituido el territorio a Dinamarca, puesto que Estados Unidos impidió que fuera ocupado por los nazis como ocurrió con la península metropolitana. El tema es discutible. Ahora, en devolución de ese supuesto favor, quiere una vigilancia más integral, puesto que, según se dice, aparte de los minerales raros, nadie sino Washington puede asumir el control de la navegación desde China y el monitoreo de la armada rusa. Estados Unidos podría haber hallado asimismo el sitio ideal para instalar las plantas de datos. Dichas instalaciones asisten a internet y a la inteligencia artificial y precisan una refrigeración constante. ¿Qué otro punto sería mejor que una zona del Ártico, protegida por las fuerzas estadounidenses, y entre América del Norte y Europa?
¿Se acabó la globalización?
En un mundo donde compañías y políticos, pantallas y programas digitales compiten por acaparar la atención del distinguido público, no se puede decir que a Trump le vaya mal. De hecho, es lo que mejor hace. Por lo que parece, un sector del selecto auditorio aplaudió su mise en scène en Davos, pero otro sector no. Eso habla de uno de los aspectos importantes de la actual crisis: una tajante división entre las clases dominantes occidentales respecto de qué orientación deben seguir las economías nacionales y la mundial. ¿Con China o contra China? ¿Globalización o proteccionismo? Las discrepancias económicas impactan, por supuesto, sobre los alineamientos militares. Una estrategia seria debería unificar ambos planos.
Si las consecuencias de una probable derrota de Ucrania no fueran ya una amenaza no sólo para el prestigio, sino para la propia integridad de la OTAN, ahora se suma la puja por Groenlandia. La primera ministra danesa advirtió que tensar ese hilo llevaría a la disolución de la alianza militar. Por el momento, el peligro parece haber sido diferido.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí