POR UNA CABEZA

La música que escuché mientras escribía

 

El retrato que encabeza esta nota fue realizado en 1925 como un boceto para una obra mayor por Otto Dix, uno de los grandes pintores del expresionismo alemán que floreció en los años de la primera posguerra mundial, en lo que se conoció como la República de Weimar, por la ciudad en la que se estableció el gobierno de una nación destruida y saqueada. Ese año, Dix pintó a la misma mujer de cuerpo entero en un óleo que está entre los cuadros arquetípicos de esa época de desenfreno que precedió a la hecatombe del nazismo. Aunque conocía muy bien el cuadro, recién ahora supe que la modelo era Anita Berber, una actriz, bailarina, modelo y escritora,  que fue una de las inspiraciones de Marlene Dietrich, dos años menor que ella y con quien tuvo una fugaz relación. Anita murió tres años después, cuando solo tenía 29, cosa que no resulta evidente en la pintura de Dix. El artista fue incluido por Hitler en la muestra de Arte Degenerado de 1937 y forzado al silencio creativo, como alternativa al exilio o la cárcel.

Anita Berber, por Otto Dix, 1925.

Según Klaus Mann, uno de los hijos de Thomas Mann, que fue uno de sus amantes, Anita fue una de las personalidades más provocativas durante el período de hiperinflación entre 1922 y 1924,  en el que Berlín llegó a ser vista como el centro de una cultura decadente y depravada. «La danza era una manía, una idea fija, un culto. La bolsa de valores bailó. La moda se vuelve obsesión y se propaga como la fiebre, incontrolable, como ciertas epidemias y compulsiones místicas de la edad media». En sus shows Danzas de Vicio, Horror y Extasis, Anita bailó solos titulados Salomé, Morfina y Cocaína, sobre adicciones, deseo, asesinato, suicidio, degradación, excesos y locura. En Salomé, emergía de una urna llena de sangre.  Según la académica Anne Reimers, que le dedicó un ensayo, con el fin de la hiperinflación, la estabilización de la economía y el retorno de una moralidad más conservadora, Berber comenzó a perder animadores. Cuando Otto Dix la pintó, su esplendor había pasado, aunque sólo tenía 26 años.

En 1927, Anita protagonizó una escena memorable en Metropolis, el film de Fritz Lang.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero fue después de la caída del nazismo que Anita Berber se convirtió en un ícono cultural, objeto de investigaciones académicas, libros, films y obras de teatro, en Alemania pero también en otros países de Europa y en Estados Unidos. Aquí podés ver algunos fragmentos.

 

 

 

 

 

 

Lo que no hay son films de sus presentaciones en teatros y cabarets, en las que bailaba desnuda, escupía whisky sobre la audiencia e incluso orinó sobre un espectador. Sólo se conocen estos minutos, cuya mayor curiosidad para mi gusto es que Anita baila una versión para cuerdas de Por una cabeza, el tango burrero que Gardel y Lepera grabaron después de la muerte de la bailarina alemana.

 

 

 

 

 

 

 

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