PORNO Y BELLAS ARTES

Maestras de Sarmiento, Marilyn y secretos pueblerinos en la novela de Horacio Moraco

 

Lo opuesto a lo privado no es lo público, es lo pornográfico. Práctica, afición, tendencia —como quiera llamársele— que, precisamente, suele no practicarse en público sino en cierta intimidad y por lo general en condición pasiva: abunda más el espectador de porno que el protagonista. Requiere asimismo de un contexto de producción que bien puede diferir del de reconocimiento. No se registran excepciones acerca de que se realiza dentro de los acotados márgenes del capitalismo; el fin de sus productores es el lucro. En la otra orilla, el consumo es casi aleatorio: una película porno japonesa, doblada al castellano en Andalucía y vista en Buenos Aires puede arrojar efectos cómicos. De allí que recluir el porno en el exclusivo fervor pajero o placebo de la disfunción sexual resulta una simplificación que en primer término omite —guste o no— que se trata de una estética.

Tal la perspectiva que adopta Horacio Moraco (Buenos Aires, 1947) en su novela debut donde plasma y al mismo tiempo procura despojarse de juveniles veranos en la ciudad de Pergamino, una larga carrera de publicitario y una perspectiva sobre el país y el mundo que le impiden permanecer indiferente. El porno como cruza de ciencia museográfica y una de las Bellas Artes es lo que encara un brumoso empleado del Correo, divorciado con dos hijos en edad de primaria, habitué del box y de los piringundines del Bajo porteño en los albores de la década de 1960. La íntima ceremonia iniciática es el día en que se abre una carta que manipula en el laburo y queda deslumbrado ante “una foto antigua, en donde una mujer sonriente y vestida solamente con un par de zapatos y medias tres cuartos oscuras sujetadas con portaligas, posaba con dos señores, uno a cada lado, a los cuales tenía tomados por sus respectivos sexos”.

 

El autor, Horacio Moraco.

 

 

Los fines del incipiente coleccionismo, exclusivamente de fotos antiguas, en modo alguno se reducen al regodeo onanista de la acumulación. El tipo desarrolla un método de estudio, un archivo riguroso que registra “los datos del vendedor, el monto pagado, si era una compra realizada en el país o en el extranjero, la fecha, las medidas, el tipo de papel, las técnicas de iluminación y toda la información que resultaba de la observación inicial. Después calcaba las imágenes en papel transparente con la mayor fidelidad posible y les aplicaba una de sus cuadrículas ya impresas que le permitía, gracias a sus coordenadas, sistematizar un orden en la información obtenida, que finalmente volcaba en sus ficheros”. Más que un pasatiempo, un método de conocimiento.

Transcurre en tono costumbrista la plácida vida del protagonista de El Foco Absoluto, hasta que un oligarca de Recoleta le vende una serie de doce fotos en las que dos damas se proveen de ardientes arrumacos. Se trata de placas antiguas, portadas dentro de un sobre de indudable carácter de legajo judicial, incluyendo carátula borrosa. La acción gira a la intriga de suspenso, en pos de desentrañar la historia de las fotos y obtener más piezas para la colección. Formalmente ciudad y pueblo para sus habitantes, Lincoln, claro, es el destino de la pesquisa donde el protagonista recibe una suculenta tunda y la trama se transforma en un policial, sin policías. Todo condensado en cien páginas, con el anexo ilustrado de diarios de época, locales pueblerinos, estudios de Leonardo Da Vinci y propaganda de locales fotográficos. El país y el mundo impactan a través de Sarmiento y sus maestras norteamericanas, la peste, la muerte de Marilyn Monroe, el derrocamiento de Illia, alguna dictadura militar, más personajes secundarios pintorescos definidos con precisión.

 

 

 

 

Moraco desarrolla una prosa aceptable, para nada pretenciosa, necesaria y suficiente a fin de contar lo que quiere contar. Enturbian levemente el relato, sin ser expulsivos, pequeños detalles pasados por alto por los editores, como una perseverancia redundante presentada en series: “andrajoso, peludo y feo”, “ampuloso, definitivo, previsible e inevitable”, “conversaciones, risas o discusiones”. Adjetivaciones y fatalidades obviables, al igual que algún traspié en la puntuación y en el uso de conjunciones que, no obstante, no alcanzan a arruinar el desarrollo de una trama atrapante, ágil y repleta de acción, de esa que parece haberse diluido en la literatura local contemporánea.

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

El Foco Absoluto

Horacio Moraco

Buenos Aires, 2019

110 págs.

 

 

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