Postales de la ocupación

Una crónica de la segunda Intifada, año 2000, espejo trágico del presente

 

 

Este texto fue escrito y publicado a fines del año 2000. Se trata de una crónica de la segunda Intifada que había estallado por entonces. Me la encomendó la periodista española Ana Tagarro para la revista que dirigía, llamada Planeta Humano. Aquellos párrafos donde me expreso en plural incluyen a Pasqual Górriz, que además de fotógrafo fungió como guía y a quien desde entonces considero amigo entrañable.

Al director de El Cohete A La Luna se le ocurrió que estas palabras podían conservar sentido hoy, a la vista de lo que sigue ocurriendo en esos lares. Después de releerla, debo decir que le doy la razón. Si bien muchas cosas cambiaron en estas décadas —en general para peor, como la construcción de los muros que obstruyen e imposibilitan la vida cotidiana en Palestina—, lo que se cuenta sirve todavía para entender cómo se vive allí cuando las bombas arrecian.

 

 

 

Ella es una torre. Morena, cabello ensortijado, gafas. Calla no como quien concede, sino como quien se apresta a saltar.

Él también es moreno. Pero enjuto. Sus silencios son distintos. Cargados de intensidad, como en una estrella del cine mudo.

En la anécdota, la historia de amor de Rebba e Ibrahim se parece a todas. Ibrahim llegó a Beit Yanai de vacaciones, descubrió a Rebba mientras compraba un falafel, le habló del fuego que veía en sus ojos. Ya no volvió a irse. A excepción de las veces en que fue preso. A una prisión distante, en el otro extremo de Israel. Entre asesinos y traficantes de drogas. Primero una semana, luego un mes, más tarde seis. La próxima vez, le dijeron, le tocarán ocho meses. Que cumplirá si no lo matan antes.

Rebba es judía. Ibrahim es palestino. Todo lo que tocan se abrasa.

 

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Jerusalén, viernes por la mañana. Café Al Omal, frente a la Puerta de Damasco, en las afueras de la Ciudad Vieja. Una taza de arabic coffee cuesta tres shekels. En Israel, el café es una melaza, preparada en un cazo de metal, sobre fuego directo. Atrae a las abejas.

La Puerta de Damasco está llena de soldados israelíes. Muy jóvenes. Uniformes verdes. Bastones largos, fusiles M-15. Están allí para prohibir el acceso de los palestinos jóvenes a la Ciudad Vieja. El viernes es día santo para los árabes. A mediodía, se los espera en la mezquita de al-Aqsa para el rezo de rigor. Pero el gobierno israelí ha determinado que sólo los viejos pueden llegar a al-Aqsa. Los viejos no son peligrosos. La mayoría llega con bastones, envueltos en linos y caftanes, como si saliesen de una película de David Lean.

 

La Puerta de Damasco, Jerusalén.

 

Algunos de los soldados se exceden en su celo. Nadie puede detenerse por allí, por más que la contemplación de las murallas sea motivo suficiente. A la pregunta sobre si se puede tomar fotografías, un soldado dice que sí y otro que no. (Toda decisión entraña sus riesgos.) Están visiblemente nerviosos. En el día de ayer, un alto líder de la OLP fue alcanzado por un misil israelí —la explosión acabo con su automóvil y con las dos mujeres palestinas que pasaban por allí; las manchas de sangre siguen visibles en los frentes de las casas— y se esperan represalias.

El interior de la Ciudad Vieja es un laberinto. Calles estrechas, música de Fairuz, vendedores que saludan en varios idiomas, aceitunas y dátiles, chicles Wrigley, dulces que chorrean almíbar, buzos de Pokemon, quesos de cabra, niños que llevan vasos de té en bandejas plateadas que penden de cordeles.

 

 

 

 

La entrada a al-Aqsa también está bloqueada por soldados israelíes. Muchos palestinos han burlado los controles y se apiñan allí, clamando por su derecho a orar en el templo de sus antepasados. Cuando ya son demasiados, los soldados quieren imponérseles con gritos. Cuando alguien devuelve los gritos, le responden a bastonazos.

 

 

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Por la tarde. El acceso a Belén está cortado por el Ejército. Las credenciales de prensa no sirven para nada. Ha habido enfrentamientos, dicen. Un soldado israelí fue abatido por una bala en el cuello. Morirá pocas horas después. Cuando un palestino llega en su auto, tratando de entrar a su ciudad, los soldados le gritan, lo obligan a regresar al vehículo y cierran la puerta de una patada.

 

 

Dos periodistas israelíes también quedaron varados en el checkpoint. Dalia habla en su celular todo el tiempo. Félix es un tipo simpático, que recuerda sus días en Barcelona y se deshace en loas hacia la ciudad. Cuando se le pregunta por la situación, recurre a la más peculiar de las lógicas para justificar la violencia. Está bien que hayan matado a ese líder de la OLP en su auto, seguramente iba camino a hacer algún tipo de daño; lo que se dice justicia preventiva. Y el hecho de que ya hayan muerto doscientos palestinos contra la media docena de víctimas israelíes significa, ante todo, que son pésimos soldados.

 

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El único sitio que no está lleno de soldados israelíes es el desierto. Por lo demás, no existe camino, calle o esquina donde no haya Hummers, camiones camuflados, M-15, vallas de cemento, lanzamisiles, carros de asalto, granadas de gas, fusiles con mira infrarroja; los signos del poder.

Los jóvenes israelíes, sin distinción de sexo, deben servir tres años en el ejército, a cuyo término quedan en reserva, todavía disponibles durante varias décadas más. Entrar en una discoteca puede ser una experiencia engañosa: todos los bailarines son, en realidad, soldados.

Pero la tensión permanente está comenzando a cobrarse su precio. Al aproximarse la edad del servicio, muchos jóvenes israelíes se lanzan a oportunos viajes iniciáticos por el mundo, con la aprobación silenciosa de sus padres.

 

 

Otros prueban la experiencia de la insumisión. Danny, 26, artista plástico, dio su vida al ejército (la expresión dio su vida es aquí casi literal: una fea cicatriz en su cuello habla de una cuchillada árabe, propinada cuando Danny era un moustaribine, un infiltrado entre las filas palestinas) hasta que un día dijo basta y se prometió no acabar con ninguna vida más en nombre del Estado de Israel. Fue preso, libró una batalla legal. Finalmente lo eximieron del servicio. Pero basta con ver los cuadros que Danny pinta para advertir hasta qué punto su alma sigue atormentada. Danny pinta el retrato de un soldado, y después el retrato del mismo personaje tocando el piano —la partitura es clásica— y después el mismo personaje, colores y trazos psicodélicos, en medio del Love Parade. Danny ya no es soldado, pero se siente compelido a decir que aquellos que sí lo son, sus camaradas, sus hermanos, tienen un alma aunque la prensa internacional sólo habla de ellos como de asesinos de niños palestinos.

Israel es Vietnam.

 

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Territorio palestino, rumbo a El-Bira. No es extraño que los niños tiren piedras. Las hay por doquier, como si la tierra se hubiese abierto minutos atrás y escupido sus dientes. La ciudad está en ruinas. A la derecha del camino, un pequeño estadio de fútbol — totalmente inundado.

 

 

Se pregunta a un par de soldados palestinos por la ruta correcta. Nos hablan en hebreo: mala señal. Me obligan a bajar del auto alquilado, a pasarme al asiento trasero. Se suben al vehículo y nos conducen hacia un descampado. Los palestinos usan AK-47, un fusil cuyo cargador tiene forma de medialuna; a menudo, esa es la única manera de distinguirlos de los soldados israelíes: por el arma con que te encañonan, aun en el exiguo marco del Opel Corsa.

En medio del descampado hay unas ruinas. De entre las ruinas sale un oficial, que cree en las tarjetas que enseñamos y nos indica cómo llegar a la Palestine Red Crescent Society (PRCS), la Cruz Roja palestina.

Fayeq Husein es un hombre elegante. Bajo, en los cincuenta, cabello gris, bigote gris, ojos pálidos — como acero. Está a cargo de la PRCS. Tiene un despacho simple. Un cuadro sobre la pared dice: Tough times don’t last. Tough people do. Los tiempos duros no son eternos. La gente dura sí.

 

 

Un vehículo de la Cruz Roja palestina, víctima del mal clima.

 

 

Nos entrega datos sobre cantidad de muertos, de heridos. Habla también de otras emergencias: las ambulancias baleadas, los enfermos crónicos que se quedan sin remedios porque ya no tienen dinero para pagarlos, las parturientas que ya han coronado y son demoradas en los puestos de control. En su despacho hay una PC, pero Fayeq trabaja con una portátil. La explicación es simple. Les cortan la luz todo el tiempo.

Cuando se le pregunta por qué los palestinos no recurren a un tipo de lucha exclusivamente no violenta (los israelíes no tienen más justificativo para su propia violencia que el de la respuesta a los actos terroristas; eliminada esa instancia, su dialéctica se derrumbaría como un castillo de naipes), Fayeq responde que todo brote de liderazgo en las filas palestinas es cortado de cuajo por la hoz judía. Apenas alguien asoma, dice, se lo arresta, se lo encierra, se lo deporta.

 

Marwan Barghouti, el líder palestino que sigue en prisión desde el año 2002.

 

 

Se levanta y nos da la espalda. Mira por la ventana. Desde allí se ve un asentamiento israelí, en la cima de la colina que domina ese valle. A veces vienen disparos desde allí. A veces los disparos llegan hasta este edificio, el del cuartel de la Cruz Roja Palestina.

Si quisieran eliminarnos por completo, dice Fayeq, podrían. Tienen el poder para hacerlo. El poder económico. El poder de fuego.

Le preguntaría por qué sigue peleando, si no me asaltase la sensación de que la pregunta es obscena.

 

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Gaby Lasky es una de las directoras de Peace Now, una organización pacifista judía. Nació en México pero hace 18 años que vive en Israel. Viste de negro, tiene ojos claros pero turbulentos —se puede ser pacifista y llevar un infierno dentro— y la complexión de un junco. La visitamos en sus oficinas de Jerusalén, un sótano de piedra en el barrio conocido como Colonia Alemana. Esa misma mañana Peace Now ha publicado un aviso enorme en la primera plana del diario The Jerusalem Post, reclamando al gobierno israelí que abandone su política de asentamientos (crear barrios enteros dentro de los límites del territorio palestino, poblarlos con ciudadanos judíos y soldados que los protejan) y que respete los límites fronterizos de 1967.

Un gesto osado. Para Peace Now, los asentamientos judíos en Netzarim, en Psagot, en Hebrón, son «el principal obstáculo para la obtención de un acuerdo con los palestinos y la seguridad de los israelíes». Durante los gobiernos de Rabin, Netanyahu y Barak, la política de avanzar sobre territorio ajeno ha seguido sin pausas: había 122 asentamientos en 1993 y hoy hay 141; de Oslo a esta parte se han levantado 11.190 nuevas viviendas. Además de pedir su desmantelamiento, Peace Now solicita que «se cancelen los extraordinarios beneficios económicos para los pobladores de asentamientos». Como consecuencia del aviso, los teléfonos no paran de sonar en toda la mañana en la oficina de Lasky. Ninguna llamada es para felicitarla.

 

Gaby Lasky hace pocos años, conversando con Ahed Tamimi, la adolescente a la que metieron en prisión por abofetear a un soldado israelí.

 

Pero ella no se arredra. Sobre todo en tiempos difíciles es necesario hablar con la verdad, dice. Israel debería desmilitarizar su gobierno y ponerlo en manos de civiles, dice. De acuerdo a las encuestas, la mayor parte del pueblo israelí quiere proseguir con el proceso de paz, dice. También es cierto que los palestinos disparan, dice. Debemos tratar de calmar a los extremistas y a los que están momentáneamente del lado de la fuerza, dice.

Es un día perfecto y azul. Hacemos fotos en el jardín. Lasky posa para la cámara mientras oímos caer las bombas en algún punto de la ciudad.

Esa misma tarde las balas palestinas acaban con dos pobladores de un asentamiento. Un mal momento para ser Gaby Lasky.

El viernes 17 aparece en el Post otro aviso, esta vez de una organización llamada, inequívocamente, Mujeres de Verde. Su título se mofa del nombre de la organización: OLP Now, dice. En el texto, sin tapujos, se acusa a Peace Now de alta traición.

 

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Para llegar a las oficinas del doctor Elia Awwad hay que dejar el automóvil en las afueras de Belén. Las excavadoras israelíes han demolido todos los caminos de entrada, apilando piedras y tierra para impedir el paso de los transportes.

El doctor Awwad trabaja con niños que sufren lo que se llama síndrome de la Intifada. Esto es, aquellos que empiezan a manifestar las consecuencias de vivir aterrorizados, bajo la posibilidad permanente de las bombas israelíes. Se mojan en la cama o no pueden dormir, pierden el habla y la capacidad de concentrarse en la escuela, padecen problemas respiratorios. Muchos, dice Awwad, han sido trasladados a campos de refugiados — refugiados en su propia tierra. Algunos llegan aquí de la mano de sus padres, que se sienten preocupados, dice Awwad, pero una vez en la oficina son los padres quienes se quiebran y lloran. No es bueno para ningún niño ver que sus padres se sienten impotentes. Se tornan aún más inseguros, dice.

 

 

Una imagen reciente del doctor Awwad: ahora canoso y sin bigotes.

 

La oficina de Awwad es simple. Está llena de periódicos y libros en inglés y de cuadros que revalidan sus títulos en el área de la salud mental. El único toque distintivo son unos dibujos infantiles que Awwad ha colgado en su pared.

Un dibujo muestra a una serpiente con los colores y estrellas de la bandera de los Estados Unidos, separando las casas intactas de las casas derruidas y los árboles talados. Sobre la serpiente llueven dólares.

Otro muestra un campo de refugiados, rodeado por una enorme cadena a la que ata un candado. Una paloma lleva la llave del candado en su pico, pero está sangrando; no está claro si su vuelo llegará a destino.

Otro, de inusitada delicadeza, muestra en trazos y sombras a un niño que escribe su historia. Lo que el texto en árabe cuenta es el recuerdo de la vez que los soldados israelíes lo arrancaron de su casa, lo llamaron ladrón y asesino, le pusieron esposas y, como a aquel antepasado que pasó su infancia en el mismo pueblo, le quitaron las ropas.

Los dibujos fueron hechos antes de esta Intifada, dice el doctor Awwad. Quién sabe qué dibujarán ahora.

 

 

 

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Caminamos hasta la tumba de Raquel, sin saber del drama que ha tenido lugar veinte minutos atrás. Los soldados israelíes abatieron a una fotógrafa de la agencia AP. Una dum dum, una bala explosiva en el vientre. Cuando llegamos, el sitio está desierto.

Un taxi nos devuelve a nuestro automóvil. El taxista, que habla castellano porque estuvo tres meses en Chile, nos informa del incidente. Es él quien nos enseña cómo decir no soy judío en árabe.

 

 

Una imagen tradicional de la Tumba de Raquel, en Belén.

 

 

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Noche temprana en la Ciudad Vieja. Un café sobre El-Quadisieh Road. Los palestinos beben té con hojas de menta, fuman de narguiles y juegan backgammon sobre delicados tableros que la casa provee. El juego es sencillo y adictivo. Los dados determinan la suerte. Pero la estrategia lo puede todo.

 

 

 

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Al día siguiente hay enfrentamientos en Ramallah. Antoine, un fotógrafo francés que solía trabajar para la agencia Sygma, nos obliga a llenar el Opel Corsa con tiras de tela adhesiva que articulan dos letras: TV, TV, TV. Además insiste: nada de gafas oscuras en el lado palestino. Todos los judíos las usan.

Pasamos sin problemas, sorprendentemente, por todos los checkpoints. En mitad de la carretera hacia Nablus hay un bus incendiado y una negra humareda.

Un centenar de chicos palestinos arroja piedras hacia un puesto militar israelí. Sus hondas son iguales a las de David: dos tiras de cuero, la piedra depositada sobre un parche oscuro, el molinete en el aire y finalmente el disparo.

 

 

 

 

Nos aproximamos lentamente. Antoine se ha puesto un casco de ciclista. Toda precaución es poca. En su cuello es visible una doble cicatriz, que recibió de una bala en Kosovo: orificio de entrada y de salida.

El aire está lleno de gases venenosos. Todos retroceden. La garganta arde, los ojos se nublan por las lágrimas. Hay hombres que reparten gasas embebidas en perfume barato. Pero es una mujer, vestida tradicionalmente, la que provee del mejor antídoto. Un algodón húmedo que es preciso frotarse debajo de las fosas nasales. El líquido es tan simple como efectivo: vinagre.

 

 

 

 

Entonces comienzan los disparos. Fuego cruzado de M-15 israelíes. Las balas levantan polvareda a metros de nuestros pies. Nos arrojamos contra un muro solitario, única protección. Siento los impactos sobre el otro lado de la pared que tengo a mis espaldas. Me pregunto por la resistencia de los ladrillos palestinos. Antoine grita a Pasqual en su inglés afrancesado: We’re in a very bad situation, my friend! A izquierda y derecha del muro veo edificios altos. Si algún francotirador israelí se instala allí, no habrá dónde esconderse. De pronto, un timbrazo. El palestino que está a mi lado, echado sobre el piso, atiende una llamada en su celular.

Disparan durante quince minutos. Cuando se llaman a un alto, corremos hacia el cobijo de una depresión en el terreno. Los chicos parecen felices. Uno explica con señas que le ha dado en la frente a un soldado, con una piedra. Otro me increpa: Are you happy?, pregunta. Si soy feliz. Le digo que no. Le pregunto si él lo es. Responde que no. Por qué. Se lleva la mano a la boca, en un gesto que indica el acto de comer. Su otra mano está ocupada, sosteniendo una bomba Molotov.

Alguien aparece con una bolsa de pan. Hay gritos de alegría.

Un niño acerca un fósforo a una varita roja de unos quince centímetros y la arroja lejos de sí. Bang, bang, bang. Todo el mundo se zambulle para ponerse a salvo. Cuando advierten que se trata de fuegos artificiales, no pueden evitar reír a carcajadas.

 

 

 

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De regreso en el auto, nos creemos a salvo. Pero en la ruta que sale de Ramallah hay nuevos enfrentamientos. De un lado, palestinos con piedras. Del otro, soldados israelíes. La ruta pasa por el medio. Es como un juego de feria. Dispare a los patitos que nadan en la laguna. Nosotros somos los patitos. Si pasamos sin ser tocados, habremos ganado. Si nos tocan, estaremos muertos.

El Subaru que tenemos delante lleva al menos cinco niños palestinos. Los soldados disparan igual. Cuando llega nuestro turno, aceleramos. Oigo un disparo cerca nuestro. Muy cerca.

 

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Irit Rosenblum nos ha esperado casi dos horas. Rubia, menuda, de imperturbable humor. Es la directora de una entidad llamada New Families, que lidia con la realidad de las parejas que no quieren casarse de acuerdo al rito ortodoxo y para las cuales, consecuentemente, Israel no tiene legislación. Su último problema son las parejas mixtas, palestinas e israelíes. Corren peligro de muerte. El primo de un palestino a quien se supo enamorado de una judía fue apaleado por sus compatriotas, y está en terapia intensiva. Otra pareja, formada por miembros de los equipos negociadores palestino-israelíes, pidió asilo político en los Estados Unidos y le fue denegado. Todos los intentos para pasar una legislación que permita la existencia de estas parejas en territorio israelí han fracasado. Temen que, de aprobarla, los invadan palestinos predispuestos al amor y el matrimonio, dice Irit, sin reprimir una carcajada.

Es ella que nos habla de Rebba e Ibrahim.

Que por supuesto no se llaman Rebba e Ibrahim, ni viven en Beit Yanai.

Irit pide que no los fotografiemos. Si los identificasen, podrían matarlos.

 

Una imagen reciente de la abogada Irit Rosenblum.

 

 

 

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Llegamos a Beit Yanai y llamo al celular de Ibrahim. Viene a por nosotros. Nos lleva en una furgoneta. Dirección desconocida. Conocemos el protocolo. Es el mismo de cualquier película de espías.

El apartamento es un altar al amor decorado por Almodóvar. Sobre un muro hay dos posters de bellas parejas besándose. Peluches sobre un mueble. Marcos de fotografías con forma de corazón. Pregunto quién se encargó del arreglo, sabiendo de antemano la respuesta. Yo, por supuesto, dice Rebba.

Trabajaron duro para reunir los dos mil dólares que les costó el matrimonio vía Paraguay. Pero ni siquiera esa documentación puede impedir que Ibrahim regrese en cualquier momento a la cárcel. La excusa es simple: es palestino y no tiene permiso para salir de su ciudad, Jerusalén. Si fuese judío, esto es, si fuese ciudadano de primera clase en el Estado de Israel, no necesitaría permiso alguno para moverse. Pero no lo es, por más que sus compañeros de trabajo y los conocidos de Rebba estén convencidos de que es tan judío como ella.

Cada vez que Ibrahim es detenido, Rebba debe viajar ocho horas para visitarlo. Como no tienen auto, debe cambiar una y otra vez de transportes públicos. Muchas de sus visitas fueron inútiles, de todos modos. Alegando razones de seguridad, no le permitían verlo ni dejarle cigarrillos o comida o dulces.

 

 

A pesar de que todos creen que Ibrahim es judío, él y Rebba no pueden llevar adelante nada que se parezca a una vida normal. Cada vez que salen a la calle o suben a un automóvil temen que algún soldado les pida documentos y que la pesadilla vuelva a comenzar. El círculo que necesita ser roto: la cárcel, la distancia, la condena social.

Desde su casamiento, Rebba ha hecho todos los trámites para obtener un permiso de estancia permanente para Ibrahim. Está legalmente habilitada para ello. Pero los trámites han postergado kafkianamente su resolución. Una vez la llamaron para informarle que todos los papeles se habían perdido y que debía iniciarlo todo nuevamente. Rebba tragó hiel y comenzó otra vez.

Cuando se le pregunta si no han pensado en irse de Israel, Rebba no espera la traducción de su hermano mayor y responde categóricamente. No. Jamás. Este es nuestro país, dice.

Nuestro país. En boca de Rebba, el plural es un arma.

 

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Recorremos el pueblo, evaluando el estado de las viviendas dañadas por los bombardeos. Un bonito edificio de dos plantas parece intacto, hasta que cruzamos su umbral. Todo el interior es negro. El metal de picaportes y ventanas se ha derretido. El calor de la explosión fundió las aspas del ventilador de techo, una flor marchita en medio de la sala. La pared del dormitorio principal ha desaparecido; ahora hay un agujero enorme, a través del cual se puede ver el puesto de avanzada israelí y sus tanques en reposo.

 

 

Entre los que evaluamos los destrozos están el doctor Awwad, el hermano del dueño de casa y Jumana Akram, una conocida de la familia. Ella se ofrece a guiarnos por la zona, en caso de ser necesario. Intercambiamos números de teléfono. Me pierdo en el dormitorio de los niños. Sobre el piso hay una valija quemada, y en su interior un sinnúmero de zapatos infantiles. Negros, el cuero quebradizo.

Suena mi celular. Es Jumana. ¿No estaba ella allí a mi lado, segundos atrás?

Jumana dice: Get out of there right now. Sal de ahí ya mismo.

A través de la pared inexistente veo que los tanques comenzaron a moverse.

 

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Los vecinos nos muestran los daños en el interior de sus casas. Mar haba, dicen. Bienvenidos. Vemos vidrios rotos, orificios de bala en los dormitorios. Un proyectil perforó el cuadro con una foto aérea de Jerusalén, exactamente sobre la imagen de una sinagoga; la ironía nos es subrayada. Cuando el fuego arreciaba, los vecinos les alcanzaron una escalera y la familia entera huyó desde la ventana del primer piso.

Jumana nos invita a tomar el té. Su casa también ha sido baleada. Y su auto.

Visitamos a Haula, su vecina, que vive en la casa más segura de la vecindad. El padre de Haula es constructor, pero está sin trabajo. No hay dinero para ningún obrero. Mientras Haula prepara el té, se corta la luz. Salimos con velas a la terraza. Una luna roja se eleva sobre Beit Jala. Al otro lado de la colina comienza el bombardeo israelí.

Bebemos té mientras caen las bombas. Rico té. Con menta.

 

 

 

 

 

 

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El 15 de noviembre es el Día de la Independencia para los palestinos. En los últimos minutos de ese miércoles, los soldados israelíes bombardean Beit Jala. Harald Fischer, un médico alemán casado con una palestina desde hace 19 años, oye los gritos de sus vecinos y sale al umbral de su casa, dispuesto a brindarles ayuda. Un misil israelí le da de lleno. En la mañana del jueves todavía es posible ver las manchas de sangre coloreando los muros y unas rebarbas negras que, paradójicamente, se parecen al alfabeto árabe. De acuerdo a la policía local, se trata de restos chamuscados de la carne del doctor Fischer.

Es mediodía, un millar de personas se apiña en esa calle. Es el punto de partida de la procesión funeraria. El cielo no puede ser más azul. Media docena de palestinos llevan sobre los hombros el ataúd abierto. El cadáver de Fischer —lo que queda de él— está envuelto en una bandera alemana. Por delante de los porteadores van otros dos hombres, uno de ellos sin dientes, llevando la tapa del ataúd. Una formación militar toca tambores con ritmo fúnebre, mientras marcha por Virgin Mary Street. Beit Jala está llena de iglesias y todas tocan sus campanas.

 

 

 

 

A medida que se aproxima a la iglesia luterana local, la procesión se parece cada vez más a una pintura de Brueghel. Encuentro allí todas las caras que he ido conociendo: el conductor del bus que nos ayudó a entrar, el doctor Awwad, el dueño del restaurant vacío donde almorzamos — no hay turistas hoy en Palestina. Hasta Jumana está allí. En la entrada de la iglesia me hago de un nuevo amigo, Mr. Klimt, un belga que vive en la zona desde hace décadas. Klimt conocía bien a Fischer. La cuñada del médico, también palestina, es su vecina. Es él quien me explica que Fischer fue muerto por un arma llamada Hauser, que puede ser apuntada con la precisión de un rifle con mira telescópica y que golpea como la bala de un cañón. Las ambulancias trataron de rescatar a Fischer, pero los disparos israelíes les impidieron llegar a su casa durante una hora. Al día siguiente, Fischer sería para los diarios israelíes un quiropráctico, un masajista; en realidad era doctor en ortopedia, y trabajaba desde hacía años con las víctimas de la primera Intifada.

Como Fischer, Klimt tiene cabellos y bigotes blancos, la frente despejada por los años; a diferencia del médico, que tenía hijos pequeños, Klimt ya disfruta de sus nietos. Su conversación es tan ligera como genial. Hablando de quién conserva o no derechos sobre qué tierra, dice: «Dios no está en el negocio inmobiliario». Y al repasar las quejas del Estado israelí, remata así: «Antes de mudarse, siempre es conveniente saber quiénes y cómo son tus vecinos». Un hombre sabio, el señor Klimt. De la clase que nunca llega a estadista.

A las 15,50, los restos mortales del doctor Harald Fischer son depositados en el cementerio de Beit Jala. Hay una salva de disparos a modo de saludo. Las explosiones me producen escalofríos. Desde los enfrentamientos de Ramallah, no creo que los disparos puedan ser utilizados para saludar o jugar. Las verdaderas victorias no tienen nada que ver con la cuenta de cadáveres. Y hay guerras, como esta, que nadie puede ganar.

 

 

 

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Quedamos con Jumana en tomar el té después del funeral. Conversamos mediante celulares, de automóvil a automóvil. Estamos tratando de llegar a un acuerdo sobre el sitio y la hora cuando Jumana comienza a hablar con alguien en árabe y vuelve al teléfono para decir: «Están empezando. Mejor que no vengan por aquí».

Ruido de disparos. La comunicación se corta.

Pienso que sería una gran forma de terminar la historia: Jumana muerta bajo el fuego israelí. Pienso, también, que daría cualquier cosa para terminar esta historia de cualquier otra forma.

 

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En realidad hay varios finales posibles.

El primer final transcurre en Haifa, una ciudad sobre el Mediterráneo, en el norte de Israel. En la mañana del miércoles 15, los niños del jardín de infantes judío Gan Iladin reciben la visita de los niños del jardín de infantes árabe Kissariah. No se conocen, y casi no pueden comunicarse: los árabes saben forzosamente algo de hebreo, pero los israelitas no identifican del árabe más que los nombres de las comidas que consumen casi diariamente.

Más allá del frío inicial, sus maestras los van conduciendo a través de juegos a un territorio de complicidad. Finalmente cuentan un cuento en dos idiomas, sobre el encuentro de varios personajes: un niño azul que vivía en un mundo azul, un niño rojo que vivía en un mundo rojo… Por supuesto, los pequeños coinciden en las respuestas que suceden al cuento: todos prefieren un mundo diverso, multicolor, a uno monocorde. La moraleja parece parte de una campaña de Benetton, pero el contexto en que es narrada la vuelve conmovedora. Más tarde, en el patio de la escuela, jugarán mezclados y no habrá —prodigio de prodigios— ni golpes ni pullas ni llantos.

Me pregunto si dentro de quince años se matarán unos a otros.

Mientras tanto en el patio, con una pelota de basket o dentro de un auto de hojalata, demuestran que es posible aquello que sus mayores pretenden imposible.

 

 

 

 

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El segundo final transcurre en Beit Yanai, en el apartamento de Rebba e Ibrahim.

Les pregunto cuál sería la primera cosa que harían de obtener el permiso de residencia permanente para Ibrahim. Se miran, sonríen y dicen al mismo tiempo: la fiesta de casamiento. Rebba quiere tener fotos para mostrar a sus hijos.

Y entonces, sin esperar un instante más, pregunta si la entrevista terminó. Porque tiene pendiente algo importante, que no querría dejar de hacer.

Enciende el televisor y se pierde en un culebrón argentino llamado Muñeca brava.

 

 

 

 

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En la Ciudad Vieja hay una calle llamada Habad Street. Este es el tercer final. En algún punto de esa calle hay unas escaleras de metal. Esas escaleras conducen a los techos de la Ciudad Vieja. Algunos dicen que esas alturas son el Techo del Mundo. Una leyenda sostiene, en cambio, que desde allí se ve el mundo no como es, sino tal como debería ser.

En nuestra última noche en Jerusalén, Pasqual y yo vamos a Habad Street y subimos las escaleras.

 

Habad Street y su Escalera al Cielo.

 

 

Desde allí vemos la cúpula dorada de Al-Aqsa, las iglesias cristianas, las construcciones judías, Jerusalén toda, las colinas vecinas, una luna llena que ha vuelto a ser plateada. Si se cierra los ojos se oyen los cantos de los musulmanes, los juegos de los niños, las tiendas que entornan sus puertas de metal, las lecciones de la Yeshiva y la voz de quien anuncia el cierre del Santo Sepulcro; un Aleph sonoro. La música del sitio más antiguo, más sabio, más seguro del mundo.

 

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Jumana está viva. Por ahora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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