No hay duda de que los judíos radicados en Europa fueron las víctimas principales del atroz genocidio que tuvo lugar en la Alemania nazi. Se estima que alrededor de 6 millones de judíos y otros grupos étnicos perseguidos por el régimen nazi murieron en los campos de concentración del ejército alemán, convertidos en verdaderas fábricas de exterminio. Israel, que se ha declarado “Estado judío”, ha hecho del homenaje a las víctimas de aquel atroz genocidio objeto de recuerdo permanente en los Museos del Holocausto. Estos institutos tienen como misión fundamental mantener viva la memoria de la Shoá y utilizar ese conocimiento para educar y prevenir futuros genocidios. Actúan no solo como archivos históricos, sino también como espacios de reflexión crítica, conmemoración y promoción de los derechos humanos. Estas circunstancias habilitan las preguntas que muchas personas a lo largo del mundo se formulan en la actualidad: ¿Cómo es posible que el Estado de Israel, que ha acogido a la mayoría de los judíos que escaparon del genocidio nazi, esté actualmente involucrado en la comisión de otro genocidio en Gaza? ¿Cómo se explica que los descendientes de aquellos judíos perseguidos estén llevando a cabo pogromos en Cisjordania sobre la población palestina de la misma crueldad de los padecidos por sus ancestros?
Son preguntas difíciles de contestar, pero un libro que acaba de publicar la editorial Vintage en el idioma inglés —y que por el momento no tiene versión en castellano— ha venido en nuestra ayuda. Es un texto que viene vacunado contra toda acusación de “antisemitismo” porque proviene de un ciudadano nacido en Israel, cuyos abuelos llegaran allí a mediados de la década de 1920, de modo que sus padres nacieron en la Palestina bajo mandato británico. Además, ha combatido en las Fuerzas Armadas de Israel durante la guerra de Yom Kipur y en su juventud ha sido fervoroso militante del sionismo. De profesión historiador, se radicó luego en Estados Unidos, donde se ha convertido en la mayor autoridad en el tema de genocidios, habiendo publicado varios ensayos sobre el Holocausto. Nos referimos al profesor Omer Bartov, autor de Israel: What Went Wrong? (“Israel: ¿Qué salió mal?”), una obra destinada a tener un enorme impacto político e ideológico en Israel y en el debate alrededor del sionismo a pesar que no ha conseguido editorial que la publique en hebreo. Ofrece una mirada muy crítica del desempeño de Israel y su deriva hacia posiciones radicales a partir de la formación de gobiernos de extrema derecha. De modo que, por provenir de quien provienen, sus reflexiones pueden contribuir a construir una narrativa compartida, que es el presupuesto necesario para encontrar soluciones políticas al drama palestino.

Las preguntas de Bartov
En la introducción a su nuevo ensayo, Bartov señala que el objetivo de su trabajo es explorar “la trágica transformación del sionismo, un movimiento que buscaba emancipar a los judíos europeos de la opresión y la persecución, en una ideología de Estado de etno-nacionalismo centrada cada vez más en la exclusión y la dominación violenta de los palestinos bajo el dominio israelí”. De allí que se formula una pregunta similar a la que encabeza esta nota: “¿Cómo es posible que un Estado fundado en el inmediato período posterior al Holocausto sea acusado hoy de manera creíble de perpetrar crímenes de guerra a gran escala, desplazamiento forzado de poblaciones civiles y crímenes contra la humanidad?” Y añade: “¿Por qué amargo artificio de la historia hemos llegado al punto en que, apenas ocho décadas después de que el Estado judío fuera establecido en 1948 —el mismo año en que la Convención sobre el Genocidio fue adoptada por las Naciones Unidas como respuesta directa al exterminio nazi de los judíos europeos—, Israel lleva dos años sumido en una empresa genocida con casi total impunidad ante el propio régimen jurídico internacional creado tras la Segunda Guerra Mundial para prevenir y castigar ese crimen? ¿Y cómo nos reconciliamos con el hecho de que la guerra de destrucción de Israel fue llevada a cabo con el amplio respaldo —matizado de negación e indiferencia— de la mayoría de sus propios ciudadanos judíos?”
Bartov afirma que su interés intelectual reside en indagar en las causas de los violentos sucesos que se desencadenaron en Israel y los territorios ocupados desde el 7 de octubre de 2023. Para ello considera necesario analizar las motivaciones ideológicas y emocionales del sionismo, estudiar su transformación, así como la autopercepción subyacente de generaciones de sus activistas y simpatizantes. De allí que continúen las preguntas: “¿Cómo es que la apelación al humanitarismo, la tolerancia, el Estado de derecho y la protección de las minorías —que caracterizó el inicio de la auto-emancipación judía— fue adquiriendo gradualmente todos los rasgos de los despiadados y cada vez más racistas etno-nacionalismos de los que el sionismo pretendía liberar a los judíos europeos? ¿Fue esto un desarrollo inevitable, o fue producto de circunstancias y decisiones particulares? ¿Hubo un momento crucial en que las cosas empezaron a tomar un rumbo en lugar de otro? ¿Puede revertirse aún la lógica sombría de los acontecimientos, o estamos asistiendo a una carrera imparable de Israel hacia la destrucción de los demás y hacia su propia autodestrucción como sociedad y Estado que proclama valores democráticos y liberales?”

Algunas respuestas
La investigación de Bartov se inicia con una serie de antecedentes, fruto de sus estudios históricos, que nos acercan a las narrativas de la Alemania hitleriana que favorecieron la predisposición de los jóvenes reclutas a cometer crímenes de guerra. Esos jóvenes habían interiorizado ciertas consignas racistas de la ideología nazi, en especial la visión de que las masas eslavas eran “infrahumanas” y que estaban dirigidas por judíos bolcheviques que amenazaban a Alemania y al resto del mundo civilizado con su destrucción. Por lo tanto, consideraban que Alemania tenía el derecho y el deber de crearse un “espacio vital” en el Este y expulsar o matar a la población de esa región. De modo que cuando esas tropas marcharon hacia la Unión Soviética, y se encontraron con la feroz resistencia opuesta por el Ejército Rojo, vieron confirmadas sus ideas de que era inevitable exterminar a los soldados enemigos y los civiles que les brindaban apoyo. El resultado fue la aniquilación de alrededor de veintisiete millones de soldados y ciudadanos soviéticos.
El sionismo fue la respuesta política de los judíos que pretendían liberar a sus conciudadanos de la exclusión y la violencia del antisemitismo que los acosaba en los Estados etno-nacionales de Europa del Este. Pero el sionismo, aclara Bartov, no solo pretendía liberar a los judíos de esa persecución, sino también proporcionarles el mismo tipo de autodeterminación nacional que sus vecinos habían conseguido. Al carecer de un territorio donde se pudiera materializar esa ambiciosa utopía, había que encontrar alguna región deshabitada del mundo. Se pensó en Uganda y en la Argentina, pero finalmente se optó por la tierra ancestral donde según la mística religiosa, basada en el Antiguo Testamento, había florecido la nación judía. La II Guerra Mundial y el Holocausto contribuyeron a que la comunidad internacional apoyara la idea de la partición de Palestina para dar lugar a la formación de un Estado judío y otro palestino. La guerra que se desató a continuación fue aprovechada por el ejército de los colonos judíos para provocar la expulsión de los nativos palestinos, en esa tragedia conocida como la Nakba. En opinión de Bartov, es necesario reconocer el propósito de homogeneizar, transferir o erradicar poblaciones, para comprender el vínculo que existe entre el Holocausto y la Nakba. Mientras el Holocausto formó parte del empeño nazi de crear un “espacio vital” alemán del que los judíos, en cuanto pueblo sin raíces ni tierra, serían eliminados, la Nakba fue la culminación de una narrativa colonial donde se percibía a Palestina como un espacio vacío donde los “judíos sin tierra” podían apropiarse de una “tierra sin pueblo”.

Las dos caras de Israel
Considera Bartov que antes de 1948 el sionismo presentaba dos caras —una de liberación de la opresión y otra de colonialismo de asentamiento y etno-nacionalismo—. Pero una vez establecido el Estado de Israel, fue el segundo rasgo el que pasó a dominar en la política israelí. “Con el paso del tiempo, el énfasis del sionismo como ideología de Estado determinó que en la competencia entre ser judío y ser democrático, el Estado se inclinara cada vez más hacia lo primero, en el sentido de ser un Estado estrictamente para los judíos”. En la medida que el péndulo político giraba hacia la extrema derecha, el recuerdo del Holocausto pasó a convertirse en un aglutinante de los cada vez más distantes sectores de la sociedad israelí. “Con el tiempo, a medida que el genocidio de los judíos fue adquiriendo un papel cada vez mayor en la vida pública y la retórica israelíes, dejó de percibirse meramente como un suceso del pasado para convertirse también en una amenaza futura e incluso potencialmente inminente. Esto dio lugar a la creación de una mentalidad colectiva a la vez frágil y agresiva”.
En la medida que los palestinos fueron organizando la resistencia a la ocupación, y en especial a partir de la guerra de 1967, Israel empezó a percibirse a sí mismo como constantemente amenazado de extinción. Y aquí encuentra Bartov una primera explicación de las duras políticas represivas contra la resistencia árabe: “El miedo a un nuevo Auschwitz, acechando siempre a la vuelta de la esquina, proporcionó también una licencia para ejercer una violencia desproporcionada contra cualquiera percibido como amenaza a la existencia del Estado. Al mismo tiempo, el argumento de que durante el Holocausto las naciones del mundo habían permanecido impasibles en lugar de acudir en auxilio de los judíos, fue utilizado para sostener que, cuando se sintiese amenazado, Israel no tenía ninguna obligación de acatar normas internacionales —incluidas las establecidas como gran lección del Holocausto—, ya que su prioridad debía ser siempre la preservación de su pura existencia a cualquier precio”.
El ataque de Hamás
En opinión de Bartov, el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la operación militar israelí de Gaza que siguió, no pueden comprenderse sin tener en cuenta el contexto histórico en que los hechos se produjeron. No cabe duda de que el ataque de Hamás —la masacre de cientos de civiles, incluidos niños y ancianos y la toma de rehenes— constituye un crimen de guerra y un crimen contra la humanidad. Ahora bien, también es cierto que resistir la opresión y la deshumanización, incluso por las armas, no solo es comprensible sino también legal según el derecho internacional, especialmente cuando forma parte de una lucha por la autodeterminación nacional. Por lo tanto, afirma Bartov, es posible condenar la barbarie del ataque y reconocer al mismo tiempo el derecho a resistir la ocupación, al menos cuando va dirigida contra objetivos militares legítimos.
Añade Bartov que los partidos de extrema derecha que apoyan a Netanyahu, y el propio primer ministro, vieron en el 7 de octubre una oportunidad para eliminar definitivamente la cuestión palestina en Gaza bajo el pretexto de la autodefensa. Interpretación que resulta confirmada por las declaraciones de los ministros del gobierno cuando amenazaron con arrasar Gaza y privar a su población —entre la que, se dijo, no había personas que no estuvieran involucradas— de alimentos y agua. Las Fuerzas Armadas de Israel procedieron también a demoler la gran mayoría de las instalaciones educativas, culturales y sanitarias de Gaza. Para Bartov estas acciones evidencian claramente el objetivo no solo de destruir a Hamás y su capacidad de gobierno, sino también de hacer inhabitable toda la zona y privar a la población de todo lo que constituye la identidad y la continuidad de un grupo. “En otras palabras, Israel declaró su intención y después llevó a cabo un intento de destruir al pueblo palestino que vive en Gaza, en su totalidad o en parte, en cuanto tal, alcanzando con ello el elevado umbral de la Convención sobre el Genocidio. Y el país más responsable de permitir la continuación de esta empresa fue y sigue siendo Estados Unidos, sin cuyo constante apoyo militar y político los combates habrían terminado mucho antes”.

Dos escenarios
El autor del libro que comentamos se formula nuevas preguntas: “¿Persistirá el país en el rumbo que lleva en este momento, agravando todo lo que ha salido mal en la política y la sociedad israelíes que conduce a una caída irreversible hacia el abismo del autoritarismo, la violencia y la opresión? ¿O cambiará radicalmente de rumbo y se pondrá en marcha en el largo proceso de reparación, reconciliación y la consecución de una justicia largamente postergada pero urgentemente necesaria?”
En opinión de Bartov se vislumbran dos escenarios. En uno, a medida que el régimen se vuelva cada vez más autoritario y la violencia se haga cada vez más prevalente, Israel quedará aislado y será menos próspero, un Estado paria con el que las comunidades judías de todo el mundo se sentirán avergonzadas de asociarse. “Los miembros de las profesiones liberales y de convicciones liberales se irán, y muchos de los aliados de Israel se distanciarán de él, pues su pretensión de ser la única democracia de Oriente Próximo quedará en evidencia como mera farsa. Esta situación podría prolongarse durante algunas décadas, pero con el tiempo es probable que conduzca a la implosión del Estado, tal como ocurrió en Sudáfrica”.
El segundo escenario, más optimista pero menos probable, es que Israel se vea obligado a cambiar el paradigma político implantado desde 1948. “Tal solución les permitiría compartir la tierra en el marco político que las partes elijan —un Estado binacional, dos Estados o una confederación—, garantizando la igualdad, la justicia y la dignidad para todos”. Considera Bartov que sin una comprensión de las esperanzas y aspiraciones del pueblo palestino, así como de los trágicos errores del pasado, será difícil arbitrar una solución justa que ponga fin al largo conflicto. Probablemente su libro sea una contribución importante para conseguir que definitivamente la diplomacia sustituya el ruido de las armas.

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