Prohibir la verdad

Las tribulaciones de Seymour Hersh, el mayor periodista investigativo de Estados Unidos

 

En su libro de memorias Reporter, el periodista de investigación Seymour Hersh, que en abril cumplirá 82 años,  recuerda el momento en que, siendo un joven reportero, escuchó a un policía de Chicago admitir que había asesinado a un hombre afroamericano. La policía dio una falsa descripción de la víctima, como un sospechoso de robo que recibió un disparo mientras intentaba evitar el arresto. Hersh llamó a su editor para preguntarle qué hacer.

“El editor me instó a no hacer nada”, escribe. “Sería mi palabra contra la de todos los policías involucrados, y todos me acusarían de mentir. El mensaje fue claro: allí no hay nota. Pero, por supuesto, la había”. Hersh se sintió “desesperado por mi debilidad y por la debilidad de una profesión que cedió con tanta facilidad al compromiso y la autocensura”.

Hersh, el mayor periodista investigativo de su generación, descubrió el programa de armas químicas del ejército de los Estados Unidos, que utilizó como involuntarios cobayos a miles de soldados y voluntarios, incluidos los pacifistas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, para medir el impacto de los agentes biológicos, incluyendo tularemia, fiebre amarilla, fiebre del Valle del Rift y peste bubónica. Fue su primicia la historia de la masacre de My Lai. Expuso las escuchas telefónicas de Henry Kissinger a sus ayudantes más cercanos en el Consejo de Seguridad Nacional y a los periodistas, la financiación de la CIA a grupos extremistas violentos para derrocar al Presidente de Chile, Salvador Allende, el espionaje de la CIA a los disidentes en los Estados Unidos, las prácticas de tortura sádicas en la prisión de Abu Ghraib en Irak por soldados y contratistas estadounidenses y las mentiras del gobierno de Obama sobre la operación en que Osama Bin Laden fue asesinado.

Sin embargo, sus memorias comienzan con la franca admisión, familiar para cualquier periodista, de que hay actos y delitos cometidos por los poderosos sobre los que nunca escriben, al menos si quieren mantener su trabajo. Uno de los lamentos en el libro es su decisión de no seguir con un informe que recibió de que el Presidente Richard Nixon había golpeado a su esposa, Pat, que terminó en una sala de emergencias en California.

 

El periodismo empotrado

En forma rutinaria los periodistas empotrados en las unidades de las Fuerzas Armadas en Irak y Afganistán son testigos de atrocidades y, a menudo, de crímenes de guerra cometidos por los militares de los Estados Unidos, pero saben que su acceso depende de guardar silencio. Esta colusión entre la prensa y los poderosos es una característica tan fundamental del periodismo, que incluso alguien tan valiente como Hersh se vio al menos algunas veces obligado a aceptar. Y sin embargo, llega un momento en que los periodistas —al menos los buenos— deciden sacrificar sus carreras para decir la verdad. Por esta razón, Hersh, que narra implacablemente los crímenes del imperio tardío, incluido el uso generalizado de la tortura, los ataques militares indiscriminados contra objetivos civiles y los asesinatos selectivos, se encuentra virtualmente en la lista negra de los medios estadounidenses. La pérdida de esa voz, que solía trabajar para el New York Times y más tarde para el New Yorker, es evidencia de que la prensa, que siempre fue imperfecta, ahora ha sido neutralizada por el poder corporativo. Las memorias de Hersh se refieren tanto a su extraordinaria carrera como a la muerte del periodismo de investigación y la transformación de las noticias en un reality show televisivo que subsiste sobre la base de chismes, insultos, relatos aprobados oficialmente, filtraciones y entretenimiento.

El periodismo de investigación no solo depende de reporteros como Hersh, sino también de hombres y mujeres dentro de los sistemas de poder que tengan el coraje moral de exponer las mentiras y hacer públicos los delitos. Es un error dar por perdida e irredimible cualquier institución, por infame que sea su actividad. “Hay muchos oficiales, incluidos generales y almirantes, que entendieron que su juramento es un compromiso de defender la Constitución y no al Presidente, o a un superior inmediato”, escribe. “Se ganaron mi respeto. ¿Quieres ser un buen reportero militar? Encuentra a esos oficiales”. Uno de los héroes en el libro de Hersh es Ron Ridenhour, quien sirvió en una unidad de combate en Vietnam, inició la investigación del ejército sobre la masacre de My Lai y ayudó generosamente a Hersh a localizar testigos y participantes.

Sin embargo, la vigilancia del gobierno ha paralizado la capacidad de personas conscientes, como Chelsea Manning o Edward Snowden, de exponer los crímenes de Estado sin ser detectados. El gobierno de Obama los acusó de filtraciones a los medios bajo la Ley de espionaje: a ellos dos y a Thomas Drake, Shamai Leibowitz, Stephen Kim, Donald Sachtleben, Jeffrey Sterling y John Kiriakou. Así cortó la conexión vital entre los periodistas de investigación y las fuentes gubernativas.

 

La persecución a los hackers

A raíz de esta persecución gubernamental la exposición de mentiras, fraudes y delitos oficiales quedó limitada a los hackers informáticos. Y por eso los hackers y quienes publican su material, como Julian Assange en WikiLeaks, son perseguidos sin tregua. El objetivo del estado corporativo es cerrar herméticamente sus actividades a la supervisión u observación externa, especialmente aquellas que violan la ley. Y este objetivo está muy avanzado.

Como todos los buenos reporteros, Hersh siempre luchó tanto con el gobierno o las corporaciones como con sus editores y colegas. En la mayoría de los programas de noticias por cable y en las redacciones de diarios como el New York Times hay un tipo de periodistas que se ganan la vida como cortesanos de los poderosos. A veces critican los excesos pero nunca los sistemas del poder, incluido el capitalismo corporativo o las motivaciones de las élites gobernantes. Detestan a los reporteros como Hersh, cuyos informes exponen su connivencia.

El Tribunal Bertrand Russell sobre Crímenes de Guerra sesionó en 1967 en Europa durante la Guerra de Vietnam. Incluyó el testimonio de tres soldados estadounidenses que vieron a soldados del ejército y de la infantería de marina que en forma rutinaria rociaban aldeas con ráfagas de ametralladora, sin preocuparse por las víctimas civiles. La mayor parte de la prensa estadounidense desestimó los hallazgos del tribunal. El columnista de asuntos exteriores del Times, Cyrus Leo Sulzberger, lanzó un ataque venenoso contra el filósofo y matemático ganador del Premio Nobel, quien tenía 94 años. Miembro de la familia propietaria del periódico, Sulzberger escribió que Russell había “sobrevivido a su propia consciencia y se había convertido en arcilla en manos inescrupulosas”. No es justo, prosiguió Sulzberger, “atribuir al tribunal el ocaso de alguien cuya resistencia corporal superó a la de su cerebro”.

 

Diez años después de Walsh

Advertido por los testimonios en el tribunal, finalmente Hersh descubrió la masacre de My Lai. Pero ningún medio quiso publicar su historia. Revistas como Life y Look la rechazaron. “Estaba devastado y asustado por el grado de autocensura que iba encontrando en mi profesión”, escribe Hersh. Finalmente publicó la historia en el oscuro Dispatch News Service, opuesto a la guerra. Las principales publicaciones, incluidos el New York Times, Newsweek y Time, ignoraron el informe. Hersh siguió indagando. Cuando salieron a la luz más hechos espeluznantes sobre la masacre se volvió difícil seguir descartándolo, como hicieron al comienzo los principales medios de comunicación. En 1970 Hersh ganó el Premio Pulitzer al Reportaje Internacional. El único oficial condenado por ese crimen de guerra, que mató a 106 hombres, mujeres y niños, fue el teniente William Calley, quien pasó en prisión tres meses y 13 días.

Diarios como el New York Times se enorgullecen de su acceso especial a los poderosos, aunque los convierta en un brazo de relaciones públicas de las élites. Las organizaciones de noticias consideran que este deseo de acceso les otorga prestigio y un lugar entre los poderosos, aunque en general la información que reciben son mentiras o verdades a medias. Esto enfrenta a los periodistas conscientes como Hersh con la mayoría de los editores y redactores. En ese momento Hersh trabajaba para el Times, y su escritorio estaba frente al de Bernard Gwertzman, que cubría a Henry Kissinger y al Consejo de Seguridad Nacional.

“Había un ritual diario que me sorprendió”, escribe Hersh. “Alrededor de las 5 de la tarde, la secretaria de Max Frankel [el jefe de la oficina del Times en Washington] solía acercarse a Bernie y le decía que Max estaba en ese momento hablando por teléfono con ‘Henry’ y que le transferiría la llamada a él. Poco después, Bernie comenzaba a garabatear anotaciones con avidez mientras escuchaba a Kissinger (escuchaba mucho más de lo que hablaba). El resultado habitual era una nota de política exterior que el diario publicaba a la mañana siguiente, con citas de un anónimo alto funcionario del gobierno. Después de una o dos semanas, le pregunté al siempre amable y sincero Bernie si alguna vez chequeó con Bill Rogers, el secretario de Estado, o Mel Laird, en el Pentágono, lo que Kissinger le estaba diciendo.

Nooo, dijo. Si hiciera eso, Henry no nos hablaría.

 

Kissinger mentía como otros respiran

Mientras Hersh estaba en el Times, el Washington Post dio la primicia del Watergate: agentes de la Casa Blanca de Nixon irrumpieron en junio de 1972 en el Comité Nacional Demócrata, cuya sede estaba en el edificio de oficinas Watergate en Washington. Kissinger (quien según Hersh “mentía con la misma naturalidad con que la mayoría de la gente respira”) aseguró que no era un acontecimiento importante, y los principales editores del New York Times lo ignoraron. Pero al final, avergonzado por las revelaciones del Washington Post, el New York Times le asignó el tema a Hersh, a quien el editor general del periódico, Abe Rosenthal,  llamaba con una mezcla de afecto y recelo, “mi pequeño comunista”.

 

Henry Kissinger con Richard Nixon.

 

Hersh dejó el diario luego de que editores demasiado cautelosos reescribieran una investigación a fondo que escribió con Jeff Gerth sobre los fraudes, abusos, evasión de impuestos y conexiones con la mafia de la empresa Gulf and Western. Charles Bluhdorn, el CEO de Gulf and Western, frecuentaba al director Arthur “Punch” Sulzberger. Bluhdorn usó sus conexiones para desacreditar a Hersh y Gerth, y para bombardear al diario con cartas acusatorias y llamadas telefónicas amenazadoras. Cuando Hersh presentó su investigación de 15,000 palabras, el editor de negocios, John Lee, y “su camarilla de tontos” la castraron, tal vez por temor a ser demandados. Hersh descubrió que una cosa era enfrentarse a una institución pública y muy otra vérselas con una empresa privada. Nunca volvió a trabajar en forma regular para un periódico.

“El coraje que el Times había mostrado al enfrentar la ira de un Presidente y un procurador general en la crisis de los Papeles del Pentágono, en 1971, desaparecía frente a una pandilla de estafadores corporativos (…) La experiencia fue frustrante y enervante”, escribe. “Escribir sobre las empresas estadounidenses había agotado mi energía, decepcionado a los editores y puesto mis nervios de punta. No habría ningún control sobre las empresas estadounidenses, temía: la codicia había ganado. La horrible pelea con Gulf y Western había inquietado tanto al director y a los jefes hasta permitir que los editores de las páginas de negocios debilitaran e invalidaran el buen trabajo que Jeff y yo habíamos hecho”.

 

 

Sin embargo, siguió exponiendo en forma implacable las falsedades del relato oficial. El oficial de inteligencia de la Armada Jonathan Pollard fue sorprendido espiando para Israel en 1985 y le dieron cadena perpetua. Hersh descubrió que los principales documentos que Pollard pasó versaban sobre el espionaje de Estados Unidos a la Unión Soviética. El gobierno israelí, sospechaba Hersh, “estaba intercambiando información de Pollard con Moscú, a cambio de la emigración de judíos soviéticos con las capacidades y la experiencia que Israel necesitaba”. Luego de una fuerte presión israelí, Pollard fue liberado, en 2015, y ahora vive en Israel.

La última parte de la carrera de Hersh es la más angustiosa. Estaba escribiendo para el New Yorker cuando Barack Obama fue elegido presidente. David Remnick, el editor de la revista, tenía relación con Obama y era evidente que se cuidaba de criticarlo. Cuando Hersh expuso la falsedad del relato difundido por el gobierno de Obama sobre el asesinato de Bin Laden, la revista censuró la nota y en su lugar publicó un informe sobre el tema, proporcionado por el gobierno, desde el punto de vista de uno de los comandos SEAL que participó en la misión.

 

 

Hersh renunció y publicó su investigación en la London Review of Books, con lo que comenzó su exilio actual a publicaciones extranjeras. Cuando necesitamos con la mayor urgencia a Hersh y a buenos periodistas de investigación como él, en gran medida han desaparecido. Una democracia, al menos los tolera. Una democracia fallida, como la nuestra, los proscribe, y de ese modo, mata a su prensa.

 

Esta nota fue publicada en el portal alternativo estadounidense Truthdig. 
Los subtítulos fueron agregados por El Cohete a la Luna.
3 Comentarios
  1. Alberto Moya dice

    ¿A quién les hace recordar Hersh?

  2. José Murray dice

    Excelente artículo!!!
    Es un espanto lo que cuenta, pero es muy bueno que seamos conscientes de esta situación; el avance de los intereses corporativos sobre el periodismo
    En general creo que no somos concientes que este nefasto fenómeno trasciende las fronteras. Aunque sigo creyendo que ranqueamos alto en cuanto a periodismo rastrero.

  3. Mario Rodriguez dice

    Cualquier parecido con Clarín, La Nación o Perfil es pura coincidencia

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