Psycho killer, q’est-ce que c’est?

A 30 años del estreno de "El silencio de los inocentes", ¿por qué nos gustan tanto los asesinos seriales?

 

 

Lo primero que viene a la mente cuando hablamos de monstruos son figuras imaginarias. Propiedades venerables de la cultura: la criatura de Frankenstein, Drácula y el Hombre Invisible forman parte de nuestro paisaje mental, folklore contemporáneo. Como el conde transilvano, arribaron a bordo de una nave respetable —las novelas de Shelley, Stoker y Wells fueron el equivalente de la goleta Démeter, que Drácula usó para llegar a Londres desde la Europa continental— e infectaron la cultura durante décadas, a través de infinidad de adaptaciones. Pero hace treinta años tuvimos el raro privilegio de ver llegar a un monstruo nuevo. Otra criatura capaz de cometer actos imperdonables, que entró al panteón de nuestras pesadillas y se instaló para quedarse.

Hannibal Lecter asomó por primera vez en una novela de Thomas Harris que se llama Dragón Rojo (Red Dragon, 1981). Pocos después Michael Mann —que todavía no había dirigido maravillas como El último de los mohicanos y Heat— adaptó ese texto para Manhunter, una buena película que no tuvo éxito. Allí Lecter era Brian Cox, un actor escocés que recién hoy es conocido gracias a su interpretación de otro monstruo, de una calaña que conocemos mejor por padecerla a diario: el millonario Logan Roy, de la serie Succession (HBO). Pero la consagración de Lecter como Nuestro Monstruo de Ficción Favorito se la debemos a El silencio de los inocentes, la película de Jonathan Demme que cumple tres décadas en estos días.

 

 

Thomas Harris, el papá de la criatura sobre la que escribió cuatro novelas.

 

 

El Lecter fijado en nuestras retinas tiene los rasgos hieráticos de Anthony Hopkins, un actor inglés que hasta entonces gozaba de prestigio mas no de fama. Cuesta creer que los productores y el director consideraron para el papel a gente tan disímil como Pacino, De Niro y Daniel Day-Lewis; y que el papel le fue ofrecido —para ser rechazado, afortunadamente— a Sean Connery. Hoy es imposible imaginar El silencio de los inocentes con otro actor. Hopkins nos estremeció yendo a contramano de lo que suelen hacer los esperpénticos monstruos del cine. Quedándose quieto, pero no como una estatua sino como una fiera que se dispone a saltar. Mirándonos fijo, sin pestañear, con los ojos muertos de un tiburón. Y hablando pausado, casi neutro, sin elevar nunca la voz, como su modelo la computadora Hal de 2001, odisea del espacio.

¿Por qué nos enamoramos de Hannibal Lecter? En El silencio registramos lo que ocurre a través de la mirada de Clarice Starling, la novata del FBI a quien su jefe usa para conmover al monstruo. Como ella, lo primero que sentimos es espanto. El tipo es un asesino que se come a sus víctimas y no siente resentimiento. ¿A quién le gusta que lo miren como a un lechoncito, mientras evalúan cómo cocinarnos y qué guarnición le sentaría mejor a nuestra carne tierna? Pero lo segundo que siente Clarice, a pesar suyo, es admiración: el tipo es culto, elegante, inteligentísimo. En algún sentido es lo que todos querríamos ser, un dechado de virtudes humanas en grado excelso. (Con la excepción, claro, del pequeño defecto de su dieta predilecta.) Y finalmente le abre la puerta a la simpatía, cuando Lecter demuestra que, a diferencia de los psicópatas de manual, puede empatizar con otro ser humano.

 

 

Clarice y Hannibal se entienden.

 

 

Al concluir la primera visita en las mazmorras del neuropsiquiátrico, Lecter se deshace de Clarice. Ya pescó que el FBI intenta manipularlo a través de la muchacha y por eso la despide; le ofende que hayan elegido para la tarea a alguien tan ordinario, por eso la bardea llamándola «instrumento rudimentario, o romo» (blunt instrument) y se la quita de encima. Pero al instante Clarice es víctima de las «atenciones» de otro de los internados, Miggs, que se masturba ante ella y la baña con su simiente. Lecter reacciona entonces porque no tolera la vulgaridad de Miggs, que entiende como descortesía. Y decide compensar a Clarice. Primero promete ayudarla con el caso que ella necesita resolver. Poco después se concentra en Miggs, a quien le habla hasta quemarle la cabeza: el tipo termina sacándose y en medio del ataque se traga su propia lengua y muere. Un castigo extremo, lo sé, pero ¿quién de nosotros no fantasea  que su pareja se carga a quien nos ofendió? En cuestión de minutos, Hannibal pasa de ser un freak a convertirse en un príncipe de cuento, tan encantador como mortífero.

Casi todos los grandes monstruos de la ficción muestran un costado querible, esencial a su perduración. Les tenemos miedo pero también piedad, como a la torpe criatura de Frankenstein o al Drácula quebrado por amor. A Lecter lo queremos porque en términos generales es un hombre admirable: prestigioso psiquiatra forense, figura estable de la elite local, miembro del directorio de la Baltimore Philarmonic Orchestra. Al mismo tiempo nos despierta envidia. (Como dice Bowie en Scary Monsters, estas criaturas —y Lecter en particular— «abren puertas extrañas que nunca volvemos a cerrar».) Lo que envidiamos de Hannibal the Cannibal es que no conoce la represión. El tipo no se priva de nada: ni de sus costumbres de sibarita ni de sacar a pasear su instinto asesino. No me digan que no les tienta la idea de dar rienda suelta a sus impulsos y salirse con la suya, sin pagar precio alguno. Además termina de comprarnos cuando entendemos que, a pesar de ser un asesino y un sommelier de carne humana, el tipo —como dirían los pibes— tiene códigos. Toda la gente que mata y reduce al malbec es gente de mierda, horrible de verdad. Ustedes dirán: Pero la calificación «gente de mierda» es subjetiva. Tienen razón, pero no olviden que estamos (todavía) en los dominios de la ficción. En ese marco, las decisiones culinarias de Lecter demuestran por qué es siempre la persona más inteligente en cualquier reunión.

Hannibal logró encontrarle una utilidad a los hijos de puta. Nosotros no.

 

 

 

 

 

La seriedad de los asesinos seriales

En estos 30 años, Lecter se erigió en tótem de nuestra cultura. En primer lugar, hizo que las narraciones sobre asesinos seriales dejasen de ser una excepción para convertirse en un subgénero en sí mismo. Sin él no habrían existido películas como Se7en y Zodiac y series como Dexter y Mindhunter. (Sin él, aventuro, tampoco habría existido el Sherlock moderno que interpretó Benedict Cumberbatch para la BBC. Hay rasgos en común entre este Sherlock, que se define como «un sociópata de alto rendimiento», y Hannibal. Empezando por la inteligencia descomunal y los sentidos afilados, al punto de identificar perfumes que alguien se echó encima ayer. Y tampoco habría existido el Joker de Heath Ledger en The Dark Knight, para el cual no hay mejor remate para un chiste que el asesinato. Ta da… ) La máscara-bozal con que evitan que Lecter pegue un tarascón sigue siendo merchandising en las casas de disfraces. Y sus frases son latiguillos reconocibles en cualquier contexto, como quid pro quo —tradicional, pero popularizada por Lecter— o la receta que recomienda comerse el hígado de alguien con habas y un buen Chianti.

 

 

El asesino serial de «se7en», de David Fincher.

 

 

En los últimos años su figura resurgió gracias a la serie Hannibal, protagonizada por un actor que interpreta a Lecter de otro modo pero con el mismo nivel de juego que Hopkins: el extraordinario Mads Mikkelsen. Y en estos días se estrenó —con buenas críticas— la serie Clarice, que retoma el personaje que popularizó Jodie Foster pero un año después de los hechos que narra El silencio de los inocentes. Por cuestiones de derechos en Clarice no aparece el personaje Lecter, a quien ni siquiera se nombra. Pero su sombra está presente en todo el relato, acechando como lo hace en nuestra mente — siempre allí, entre las sombras, esperando el momento.

¿Por qué pervive Lecter en nuestra memoria? O para ser más preciso: ¿por qué, a través de Lecter, consagramos al asesino serial como el Monstruo Más Popular de Nuestro Tiempo?

 

 

Mads Mikkelsen, el Hannibal de la TV.

 

 

Un asesino serial es un homicida compulsivo, alguien que no logra controlarse, que se ve compelido al crimen; que mata impulsado por móviles más complejos que los convencionales —venganza, odio personal, beneficio económico—, en pos de otro tipo de gratificación psicológica; que por eso ritualiza su violencia, convirtiendo a sus víctimas en ofrenda sacrificial de una ceremonia que va perfeccionándose; y con un grado de exhibicionismo, una teatralidad que sugiere que sólo existen —que sólo reafirman su identidad y se sienten vivos— cuando matan de modo creativo. Por eso tienden a ser considerados los artistas del gremio: porque gustan de convertir cada escena del crimen en un tableau mourant — un cuadro con la firma al pie.

De esta definición se desprende una primera diferencia entre los serial killers y el resto de los monstruos del panteón de nuestra cultura: son monstruos realistas. No están hechos de pedazos de otra gente, ni se alimentan de sangre, ni se pulverizan bajo el sol, ni son invisibles ni inmortales ni se convierten en lobos cuando hay luna llena. Cualquiera puede ser uno de ellos. (Con tendencia a encontrarlos entre el género masculino y en particular caucásicos, o sea blanquitos.) Porque así como carecen de poderes extraordinarios, una de sus características es lo ordinario de su exterior, el hecho de que no se los percibe monstruos a simple vista, al contrario: puede tratarse de un simpático vecino, del empleado de la verdulería y hasta —como Hannibal— de nuestro psiquiatra. Lo cual transparenta otra peculiaridad.

Criaturas como Frankenstein o Drácula no existen en el mundo real, son una hipérbole, la exageración de miedos atávicos (por ejemplo a ser desmembrados, violados y desangrados, o a entregarnos a nuestros instintos más oscuros) por vía de la imaginación. Pero todos los serial killers de la ficción son descendientes, tributarios de figuras de la crónica histórica o policial: de los Gilles de Rais, de los Andrei Chikatilo, de los John Wayne Gacy, más conocido como El Payaso Asesino. El mismo Thomas Harris armó a Lecter a partir de rasgos de personajes reales, como el caníbal Chikatilo y el doctor Alfredo Ballí Treviño, el último condenado a muerte de México, a quien entrevistó en Monterrey cuando trabajaba como periodista.

 

 

Dexter, otro serial killer «querible».

 

 

Adoptamos a los killers de la ficción como monstruos de hoy porque necesitamos convencernos de que no son cuento, de que todavía existen bestias rabiosas y están entre nosotros, en el mundo real. Esa es una de las funciones esenciales que la ficción practica para beneficio de la especie: la de ayudarnos a metabolizar, a desmenuzar y digerir los aspectos más intolerables de lo real. Por esa razón durante siglos la literatura infantil fue escabrosa y abundaba en horrores: para convencernos a través de símbolos y metáforas que el mundo exterior era un peligro y no había que distraerse nunca. Hoy los adultos consumimos narrativa sobre asesinos seriales por el mismo motivo: para mantenernos alerta y sostener un nivel de espanto que nos permita vivir, sí, pero sin caer en la ingenuidad de creer que estamos a salvo.

¿Acaso alguien duda de que existen monstruos de verdad en el mundo de hoy, viviendo en este país, en esta ciudad, en este barrio?

 

 

 

Serial Killer S.A.

Días atrás circuló la historia de un joven cordobés que, ante el arrebato de su celular, persiguió a uno de los atracadores, lo redujo, ahorcó hasta matarlo y se grabó mientras lo hacía, con el mismo celular —se presume— que habían pretendido quitarle, mientras dos policías contemplaban el crimen sin hacer nada. El caso está siendo investigado mientras subsisten dudas (parece existir contradicción entre la hora declarada del hecho y la hora más temprana en que el acusado habría subido el video a las redes), pero de sostenerse el relato inicial, se trataría de un caso aberrante que demanda ser pensado. Primero, a cuenta de la desproporción. Comprarse un celular requiere mucho trabajo bien remunerado, pero por gran esfuerzo que haya costado no equipara en ninguna balanza el precio de una vida humana. Además, si redujiste al ladrón y recuperaste el aparato, es porque estás en condiciones físicas de cobrártela y zurcirle el orto a patadas — sin necesidad de matar.

La decisión de asesinar, grabar el acto y difundirlo es lo que espanta. No por lo inusual, los linchamientos no son novedad. Espanta porque implica que su protagonista cruzó una línea que no habría que cruzar nunca, sin siquiera darse cuenta. Subir esas imágenes a las redes, autoimplicándose, sugiere que el presunto homicida creyó que lo que hacía podía socializarse para ser aplaudido por una comunidad que lo valoraría positivamente; que su «gracia» obtendría quorum —corazoncitos, likes, retweets— y le granjearía la fugaz popularidad que conceden las redes.

 

 

El disfrute ante el dolor ajeno.

 

 

De confirmarse las acusaciones, a este muchacho le cabría la definición de monstruo: sería una anomalía, una excrecencia a ser extirpada del seno de la sociedad. Pero también se le aplicaría la parte de la definición que establece que ningún monstruo se hace solo, que es producto de un contexto, la manifestación intolerable de algo que tratábamos de disimular, o de ocultar, o de reprimir. Y si este pibe se permitió hacer algo prohibido, tabú, fue porque intuyó que, más allá de la ley escrita, encontraría el consentimiento tácito de parte de la sociedad. No mató y lo ocultó. Mató buscando una ovación a manos de un público con el que contaba, que daba por sentado.

Cualquier pueblo, ciudad, país donde ocurriese algo semejante debería llamarse a recogimiento y examinarse a fondo, para detectar qué de lo que existe en su seno hizo posible ese horror; qué zona gris o malentendido alentó la idea de que muchos de nosotros celebraríamos una ejecución. Todo indica que una línea que pensábamos fija, inamovible, ha sido desplazada sin que lo advirtiésemos. Alguien dirá que las líneas éticas y legales son relativas, desde que las mueven los vaivenes de la Historia. Pero la última vez que me fijé, en este mundo todavía no había consenso para asesinar como forma de sumar seguidores. Hasta ayer nomás, los únicos que convertían a alguien en crema y lo difundían con orgullo eran los policías racistas y los asesinos seriales, con quienes los ciudadanos rasos —en teoría, al menos— tenemos poco en común.

 

 

Harry Lime (Orson Welles) en «El tercer hombre»: con amigos así…

 

 

Uno de los precursores del subgénero Serial Killers es un texto llamado El tercer hombre, que Graham Greene escribió para un film de Carol Reed (1949). Allí registramos todo a través de los ojos del escritor de westerns baratos Holly Martins (Joseph Cotten). Martins llega a la Viena de posguerra convocado por su amigo Harry Lime (Orson Welles), que le ha ofrecido un currito. Lime fascina a Martins tanto como Lecter fascina a Clarice Starling: lo considera un ídolo, el tipo listo a cuya altura siempre quiso estar. Porque Martins no es ninguna lumbrera, y tampoco es un tipo particularmente escrupuloso: cuando entiende que lo contrataron para dar una charla confundiéndolo con otro escritor, no disipa la confusión sino que sigue adelante. Pero entonces descubre a que se dedicó Lime en el último tiempo: a vender penicilina diluida a los hospitales de la ciudad. Cuando Martins asume que los niños mueren de meningitis por culpa del antibiótico inservible, su ídolo se le derrumba. Una cosa es ser un pícaro y gambetear la ley, y otra muy distinta contribuir a la muerte innecesaria de un montón de pibes por puta guita. Como el improvisado videasta cordobés, Lime cruzó una línea que nadie debería cruzar —una que lo aleja de la más esencial humanidad—, y por eso Martins, aun sin ser un santo, se le vuelve en contra.

Llegado este punto, quiero esbozar una hipótesis por puro amor al juego intelectual. Nuestra predilección por las historias de asesinos seriales se debería, entre otras causas, a que son la versión diluida de una realidad que no nos sentimos en condiciones de digerir. Toleramos esos relatos crueles, gráficos, morbosos, porque siguen siendo preferibles a la verdad: el hecho de que el mundo de hoy está en manos de seres semejantes. Está claro que los mega-ricos no se ensucian las manos (no evisceran, no descuartizan), pero aun así comparten características con estos villanos de la ficción. Su personalidad es compulsiva, no pueden parar de hacer lo que hacen aunque no sepan para qué lo hacen; el móvil que los lleva a acumular ganancias sin parar es más complejo, y más profundo, que el simple deseo de prosperar y vivir bien; no suelen evaluar las consecuencias que sus decisiones tienen para los demás, las víctimas propiciatorias sin las cuales no harían fortuna (a las que deshumanizan y les bajan el precio, para esquilmarlas sin remordimientos); y cuando el dinero pierde atractivo sexual al lado del poder desnudo, suelen incurrir en exhibicionismo. Por eso prueban suerte en política o se dejan definir como cabezas de un imperio: porque no les basta con tener todo lo que quieren, también necesitan ser adorados… o temidos.

 

 

Apetitos que no tienen límite.

 

 

Si nos reconocerán por nuestros frutos, como decía el evangelista, basta con repasar lo que deriva de cada decisión olímpica que toman estos businessmen. Hace días Alcira Argumedo, socióloga e integrante de la Internacional Progresista, dijo que «con el valor de un año del contrabando de cerealeras, petroleras, mineras y otras exportadoras, casi casi se podría pagar al contado la deuda del FMI». Imaginen si además dispusiésemos de la guita que las multinacionales evaden en materia de impuestos. (Según Tax Justice Network, 2.700 millones de dólares anuales.) ¿Cuántas vacunas, antibióticos, litros de leche, escuelas, casas, cloacas, vagones sin asbesto, plazas y salidas al río podríamos pagar, si quien administrase fuese un gobierno que entiende que la guita es del pueblo y por eso cumple con el mandato para el cual fue elegido? O para ponerlo de otro modo: ¿cuánta gente viviría mejor, comería mejor, aprendería más, trabajaría mejor y dejaría de sobrellevar trances agónicos o de morir antes de tiempo? Allí donde se deja que esta gente haga lo que quiere sin respetar regla alguna, todo lo que queda en su estela —en los barrios donde las condiciones son infrahumanas, en las zonas devastadas del planeta— es un tableau mourant.

Por eso disfrutamos de los relatos de asesinos seriales, aunque nos produzcan escalofríos o nos obliguen a apartar la vista. Porque al lado de algunos de estos muchachos que tan bien conocemos, Hannibal Lecter es Heidi. Las víctimas de los asesinos seriales de la ficción se cuentan con los dedos, el tendal que deja esta gente que desde su poderío económico se pone por encima de las leyes se cuenta por millones — cagan más vidas que una bomba atómica. Por eso creí siempre que Patrick Bateman, el protagonista de la novela American Psycho de Brett Easton Ellis, era un tanto redudante: un capitalista salvaje no necesita asesinar y comerse a sus víctimas literalmente, porque ya es un asesino serial — de empresas, acciones y destinos ajenos, por encima de los cuales pasa como topadora mientras silba al volante.

 

 

Patrick Bateman, el hombre de negocios de «American Psycho».

 

 

Si algo resulta evidente es que todavía no adquirimos la madurez, ni juntamos el coraje, ni llevamos al acto la inteligencia que se requiere para ponerle el cascabel a estos gatos. Espero que al menos hayamos entendido, ya, que es la única salida que nos queda, mientras el partido consume el alargue y se acercan los penales.

«El mundo está golpeado y se desangra —dijo la escritora Toni Morrison en un ensayo sobre el deber de los y las artistas en tiempos difíciles— …pero es fundamental que nos rehusemos a sucumbir a su malevolencia. …No hay tiempo para desesperar, no hay lugar para la autocompasión, no hay necesidad de silencio, no hay espacio para el miedo. …Como el fracaso, el caos contiene información que puede conducir al conocimiento — y hasta a la sabiduría… Es así como sanan las civilizaciones».

Empecemos por hacer frente a los monstruos que generó nuestra indolencia.

 

 

 

 

 

 

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