Hoy se sabrá si, tal como lo señalan la mayoría de sondeos de opinión de Colombia, el candidato de la ultraderecha, Abelardo de la Espriella, con el apoyo injerencista y descarado del Presidente Donald Trump, habrá dejado al presidente Lula da Silva como una isla en aquella sintonía ideológica de la “marea rosa” reciente que intentó tener una posición más soberana y digna en el concierto internacional. En este escenario adverso tendrán lugar, en octubre, las elecciones presidenciales de Brasil. Entonces se definirá si Lula se mantiene como el último mohicano en defender la política exterior latinoamericana independiente frente a los grandes centros de poder global o este gran país se suma al alineamiento político, económico e inclusive militar sudamericano con Estados Unidos.
Durante su participación esta semana como invitado a la Cumbre del Grupo de los Siete (G7), el selecto club de las economías más ricas del mundo (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido), realizada en Évian (Francia), el Presidente brasileño adoptó una postura firme contra las asimetrías globales y tuvo una dura confrontación con el Presidente Trump. Por otro lado, la firma del memorándum de 14 puntos entre Estados Unidos e Irán en el Palacio de Versalles, inmediatamente después de esa cumbre, marcó un triunfo de la resistencia de la nación persa. Esto ha dejado mal parado al Presidente Trump en el plano doméstico e internacional.
El poder de la palabra
Durante su intervención en el G7 ampliado (donde además de los socios plenos participaron India, Corea del Sur, Brasil, Egipto y Kenia, Ucrania, Catar y los Emiratos Árabes), el Presidente Lula no pretendió ser simpático con los organizadores. El hecho político más disruptivo de la cita se expresó en su rechazo a firmar tres de los cinco documentos conjuntos elaborados por los líderes del G7 al acusarlos de haber omitido temas como el cambio climático y los de salud “para no molestar las posturas de Donald Trump”. Para Lula, la genuflexión de Europa ante Washington implica “borrar de un plumazo el rol regulador de la OMS y diluir la responsabilidad histórica de financiación que el Norte global mantiene con el Sur”.
Desde el estrado oficial del foro ampliado, Lula criticó las tentaciones proteccionistas de un Occidente que, habiendo predicado el libre mercado durante décadas, ahora levanta muros arancelarios para blindar sus propias deficiencias estructurales e industriales frente al avance de las potencias emergentes. Su intervención dejó al descubierto el doble rasero con el que un grupo de naciones exige la apertura de los recursos naturales de los países en desarrollo mientras amenaza con aranceles a quienes se atrevan a disputar la hegemonía del dólar o a desobedecer sus lineamientos geoestratégicos.
El Presidente denunció que “el proteccionismo y el unilateralismo resurgen ahora como respuestas falaces a la complejidad de nuestros problemas”, en una clara alusión a Donald Trump al haberle anunciado nuevamente la aplicación de aranceles a las exportaciones brasileñas en 25% y 15% a la mayoría de sus productos, si no las negocia antes del 15 de julio. Esta imposición de aranceles a Brasil se explica por las siguientes razones: a) Trump acusa a Brasil de implementar regulaciones locales y el uso masivo del sistema de pagos estatal Pix que limitan la competencia de plataformas y servicios financieros de origen estadounidense como Visa y Mastercard; b) se acusa a Brasil de no haber cumplido con sus compromisos internacionales para frenar la deforestación ilegal en la Amazonia, y c) Trump mantiene una alianza ideológica muy estrecha con el ex Presidente Jair Bolsonaro y su familia.
Durante su intervención, Lula dijo que la distancia entre la prosperidad de las economías más desarrolladas y la realidad de los miles de millones de personas que habitan en el sur global ha aumentado en los últimos años, en parte debido a políticas que favorecieron la concentración de la riqueza; señaló que el neoliberalismo contribuyó a profundizar las desigualdades económicas y las crisis políticas que afectan actualmente a numerosas democracias y alertó sobre la insuficiencia de los recursos destinados al desarrollo sostenible y a la lucha contra el cambio climático, tema que no estuvo en la agenda del G7 para no disgustar al presidente Trump (que niega este fenómeno).
El Presidente brasileño también lamentó la reducción de la ayuda internacional para el desarrollo, que cayó un 23 % el año pasado, así como los recortes sufridos por organismos como el Programa Mundial de Alimentos (PMA), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Programa de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). “Los desafíos se multiplican, pero la solidaridad internacional se reduce”, lamentó. Advirtió, asimismo, que los conflictos armados continúan desviando los recursos y la atención de la agenda de desarrollo, al recordar que el gasto militar mundial ronda los tres billones de dólares al año. Además, abogó por las reformas en el sistema financiero internacional para evitar que los países en desarrollo tengan que elegir entre pagar sus deudas externas o financiar necesidades básicas de sus poblaciones. Defendió también una mayor cooperación internacional contra el crimen organizado, el narcotráfico, el lavado de dinero y el tráfico de armas, pero advirtió que “ese esfuerzo debe tener en cuenta el respeto a la soberanía de los Estados”. Durante la visita del candidato presidencial Flavio Bolsonaro al Presidente Trump a fines de mayo, para recuperarse de un escándalo que sacudió su campaña, ambos decidieron incluir a las principales facciones criminales de Brasil (el PCC y el Comando Vermelho) en la lista de organizaciones terroristas extranjeras, lo que le facilita a Estados Unidos justificar acciones militares en el territorio brasileño.
El choque frontal con Trump
Como si el discurso oficial de Lula no hubiera sido lo suficientemente crítico, el enfrentamiento con Trump fue indisimulado durante una conferencia de prensa posterior al evento. En ella fue consultado sobre las críticas del Presidente estadounidense al sistema judicial de Brasil, al que calificó como un país "peligroso políticamente y desagradable" tras la condena a prisión dictada unánimemente por el Supremo Tribunal Federal contra Eduardo Bolsonaro a cuatro años y dos meses de prisión por abuso de sus funciones al conspirar, con el gobierno de Trump, para imponer aranceles económicos y sanciones financieras a jueces brasileños, intentando descarrilar el juicio de su padre, Jair Bolsonaro. La condena tuvo lugar el 16 de junio, mientras el Presidente brasileño participaba de la Cumbre del G7.
Como Eduardo Bolsonaro se autoexilió en Texas desde principios de 2025, la pena se dictó en ausencia, por lo que solo tendría que ir a la cárcel si regresa a Brasil. Lula respondió directamente a la prensa: "Que no se entrometa en las elecciones de Brasil, porque las elecciones de Brasil son un asunto de Brasil (...) Creo que lo que hizo (amenazar con más aranceles) fue una cosa desaforada para Brasil. Él lo sabe. Por eso dije que sigue actuando como un emperador (...) Las elecciones de Brasil son un problema de Brasil. Él tiene derecho a tener sus preferencias, pero si solo conoce al país a través de la familia Bolsonaro, entonces no conoce la realidad de nuestra nación". Trump ha acusado al actual gobierno de Lula de promover la "censura" y atacar libertades fundamentales.
El frente geopolítico: Irán y la resistencia militar
La insubordinación de Lula da Silva ante el G7 y las presiones arancelarias de la Casa Blanca no son un hecho aislado; es el reflejo sintomático de un fenómeno mucho más profundo que está resquebrajando la autoridad de Estados Unidos a escala global. Sus manuales de intervención empiezan a flaquear y, lo que es más grave, la pérdida de la confianza en su moneda. Si bien América del Sur, y toda la región en general, ha caído doblegada bajo el cobijo de Washington, hay muros de resistencia en Asia y África, con el epicentro más reciente en Oriente Medio, donde el Pentágono acaba de sufrir uno de los golpes más severos a su prestigio militar y diplomático tras fallar trágicamente todos sus cálculos frente a Irán.
El gran error de Trump y sus colaboradores más cercanos fue abordar la guerra bajo la premisa de que Teherán funcionaba igual que los manuales de la revolución del Maidán ucraniano o el secuestro del ex Presidente Maduro en Venezuela. Asumieron linealmente que las legítimas protestas internas y el descontento social, en gran parte por la asfixia económica que el gobierno estadounidense les imprime, se traducirían de inmediato en una fiesta de bienvenida para los "salvadores" extranjeros. Olvidaron, en una muestra de torpeza mayúscula, que en el tablero persa no opera un régimen político improvisado, sino un pasado civilizatorio milenario. Así, cuando la madrugada del 28 de febrero de 2026 Estados Unidos e Israel lanzaron la operación conjunta “Furia épica”, no solo asesinaron al líder religioso, el ayatolá Alí Jamenei y a gran parte de la cúpula de seguridad iraní, sino que descabezaron al alto mando militar al instante. No obstante, el andamiaje militar, político y religioso se erigió rápidamente.
Al amenazar con bombardear a una sociedad hasta devolverla a la edad de piedra, las bombas de Trump no provocaron el colapso del Estado, sino que activaron un poderoso resorte patriótico defensivo y transversal. Incluso los sectores más críticos de la teocracia cerraron filas con el bando nacional ante lo que percibieron como una amenaza existencial contra su identidad histórica.
Con razón, la comunidad de inteligencia, los estrategas y los consejeros militares del Pentágono aconsejaron mayoritariamente a Donald Trump evitar el inicio de la guerra, advirtiendo que era una mala idea.
Por eso, el Memorándum de Entendimiento de 14 puntos —con el apuro de reabrir el estrecho de Ormuz para calmar las alertas de Wall Street— no representa un gesto de magnanimidad imperial. Es, en realidad, el acta donde Estados Unidos reconoce los límites de su poder frente a un país que no se dejó quebrar. El boicot de Israel bombardeando el Líbano para dinamitar las mesas técnicas de Suiza, demuestran que hoy nadie acata ciegamente las órdenes de Washington. Si bien el acuerdo logró salvarse el viernes, sigue siendo extremadamente vulnerable.
Conclusión
Para sortear el impacto del "arancelazo" y las sanciones, el Presidente Lula activará la vía diplomática y de contrapeso que ofrece el eje euroasiático: "Voy a intentar discutir con Xi Jinping y Narendra Modi sobre las implicancias de esta situación para cada país, para que podamos tomar una decisión conjunta". Si bien en el vecindario sudamericano quedará solo, Brasil juega en ligas mayores.
Por otro lado, el Departamento de Defensa de Estados Unidos ha transmitido un mensaje claro a los mandos militares israelíes: el apoyo armamentístico estadounidense no es un cheque en blanco. Si los ministros radicales logran arrastrar de nuevo a Israel a una guerra a gran escala en el Líbano rompiendo unilateralmente la tregua, Estados Unidos podría retrasar o condicionar los próximos envíos de munición pesada y sistemas de defensa aérea. Ello, a pesar de que Trump prefiere la diplomacia directa y personal con el ministro Benjamin Netanyahu para exigirle que mantenga el orden en su coalición y respete la tregua.
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