QUE CIEN AÑOS ES NADA

Se cumple esta semana un siglo de la marcha sobre Roma y la llegada del fascismo al poder

 

En estos felices años que llevo colaborando con El cohete a la luna esta fue la única ocasión en la que se me pidió escribir puntualmente sobre algo. El ascenso al poder de la derechista Giorgia Meloni en Italia, sumado al centenario de la célebre Marcha sobre Roma que catapultó al poder a Musolini nos llevan a conocer o a reencontrarnos según el caso con la esperpéntica y genial película de Dino Risi con Vittorio Gassman y Ugo Tognazzi. En el personal, el hecho de escribir sobre películas hechas tiempo atrás no tiene ningún valor si no nos lleva de narices en el presente, y las grandes comedias italianas del siglo XX parecen haberse hecho a prueba de toda regla de caducidad. Me permití además emparentar La marcha sobre Roma con nuestro suceso cinematográfico del año, Argentina, 1985, porque aunque en dosis distintas ambas se valen del humor para dimensionar dos hechos políticos tan significativos en su tiempo y lugar como fueron el ascenso de Musolini al poder como el Juicio a las Juntas en nuestra Argentina. Hechos que, por si había alguna duda, reverberan como al modo de las grandes películas.

 

En la flamante película Argentina, 1985 el director Santiago Mitre y el guionista Mariano Llinás concibieron una escena brillante, una puntada con un hilo tan largo que debiera medirse en años más que en metros. Es aquella en la que el fiscal Julio Strassera está reunido con su amigo Carlos Somigliana para que le dé una mano con el armado de su equipo de asesores en vistas del juicio más importante de la historia argentina. La escena transcurre en una sala de teatro porque, además de ser un hombre de la justicia, Somigliana era uno de los más notables dramaturgos del país y también usó su pluma para contribuir con el histórico alegato final de Strassera.

Quiero en principio subrayar que para mí toda esta composición es un homenaje a nuestro teatro argentino, un lugar de resistencia desde el cual, en plena dictadura, algunos artistas pudieron llamar a las cosas por su nombre, como en el movimiento como Teatro Abierto del cual Somigiliana formó parte. En la escena de Argentina, 1985 pasa precisamente esto, porque ni bien Strassera y Somigliana empiezan a barajar candidatos para trabajar en el juicio a las juntas los van a ir descartando apenas nombrarlos, conocedores de la ideología que prevalecía en la Justicia de entonces. “Ese no, es un facho”, “ese otro no porque es muy facho”, “y ese es recontra facho”, e incluso cuando hacen una pausa en diálogo parece resonar la palabra “facho”. Las cosas por su nombre.

Cuando vi la película, a sala llena a las dos de la tarde, el público comenzó a reírse de a poco hasta estallar en el remate final rubricado espléndidamente por Ricardo Darín y Claudio Da Passano. Varios días después me encontré con que a mucha gente con la que debatí la película le había quedado reverberando esa misma escena, por encima de otras más contundentes o declamatorias que abundan en el film.

Será tal vez porque hoy la palabra “facho” se nos ha vuelto un tanto escurridiza, creemos tener una íntima certeza de su significado y en múltiples gestos políticos percibimos un fascismo a veces explícito y otras tantas veces agazapado, lo cual resulta asaz peligroso, pero en aquel 1985 el “facho” era perfectamente identificable. Creo además que hay toda esta escena un desahogo general porque el humor rara vez, diría más bien nunca, ha estado presente en el cine que aborda los horrores de la dictadura.

Sé que puede sonar a una irresponsabilidad o acaso una frivolidad señalar esto del humor, pero les aseguro que sobran casos en la historia del cine que lo validan como un camino para procesar y afrontar tragedias y traumas colectivos. Lo hizo Ernst Lubitsch en pleno nazismo, García Berlanga en los tiempos del franquismo y sobre todo esa genial camada de cineastas, guionistas y actores italianos que desde los años ’50, una vez transitado el período del neorrealismo, embistieron contra el fascismo puro, el de Mussolini.

Ugo Tognazzi y Vittorio Gassman tenían exactamente cuarenta años de edad cuando protagonizaron La marcha sobre Roma (1962), genial película del maestro Dino Risi producida cuando también se cumplían cuatro décadas de aquella embestida que inició el camino al poder de Il Duce.

Este episodio central en la historia del siglo XX que vuelve a proyectar su sombra sobre el presente está recreado a partir del andar errante de dos personajes, perdedores de aquella Italia frustrada y humillada que en la Primera Guerra Mundial aportó una ingente cantidad de muertos y heridos pero que no fue invitada al banquete del reparto final. Domenico (Gassman) es un ex combatiente que saca a relucir una falsa medalla de héroe para pedir limosna hasta que se topa con Paolinelli (Roger Hanin), su antiguo teniente que le conoce muy bien el prontuario de chanta y por tanto considera que cumple con todos los atributos para incorporarlo al Partido Nacional Fascista. Sin entender mucho del asunto Domenico empieza a participar de escuálidos mítines en pueblitos que lo ignoran o lo sacan a patadas, pero por lo menos puede masticar algo una vez al día. En un momento de desesperación se cruza con su viejo compañero Umberto (Tognazzi), un campesino que sobrevive como puede y que en un principio se identifica con las ideas socialistas, pero que será fácilmente convencido por Domenico para que se sume a las huestes fascistas. La carnada es un volante impreso con las tentadoras ideas del Partido: Umberto no puede resistirse a la promesa de tierras para trabajar por su cuenta.

Ahora sí, enfundados en sus camisas negras los dos se montan a la marcha hacia Roma. Pasan a la acción, rompen huelgas, recorren la empobrecida campiña italiana, beben y comen en fondas populares sin pagar la cuenta, y tienen algún que otro percance con un pusilánime ejército italiano. Caen presos, los liberan, en su afán de proseguir la carta magna fascista se mandan algunas macanas y sus mismos líderes los castigan. A esta altura Umberto ya tachó una por una las promesas impresas en el volante que le entregó su compañero. Cada duda, cada cuestionamiento será obturado por canciones, vino, una reprimenda y algún que otro arrebato discursivo.

 

Dino Risi, al pueblo, con humor.

 

 

Es evidente que ya ninguno de los dos está muy convencido de formar parte de la marcha, pero siguen adelante un poco por temor, otro poco para no sentirse tan idiotas y sobre todo porque ya no pueden volver al punto de inicio porque a sus espaldas las mesas siguen vacías. Da lo mismo, porque sobreviviendo o no, desertando o permaneciendo en la columna de camisas negras, Domenico y Umberto seguirán siendo perdedores.

Como todos sabemos, la marcha llegará a la capital italiana, la dama más deseada, la ciudad eterna que luce sus monumentos, los resabios de un opulento pasado imperial que Mussolini usará como una zanahoria para que lo sigan en su carrera hacia el poder absoluto. Esto ya no forma parte de la película, Dino Risi no necesita de esto para concluir con su más rotunda sátira acerca del fascismo. Le bastó con mostrarnos cómo a las camisas negras se les fueron abriendo las tranqueras para proseguir con su marcha. Puertas que alguna vez parecían estar cerradas: aquellas de la iglesia, la aristocracia, los ricos, los militares y finalmente del poder político de Roma, ocasión de repostar y delinear el verdadero proyecto fascista. Y si hay algo aterrador es lo increíblemente sencillo que resulta instalar el discurso fascista y generar poder a su alrededor, tal cual el modo en que la columna de camisas negras se robustece paso a paso, tal cual las noticias que nos llegan al día de hoy con el inminente encumbramiento de Giorgia Meloni.

 

 

Domenico y Umberto castigados por sus superiores. Llevar camisa la negra no es para tibios.

 

 

Así como he celebrado en principio la agudeza de los guionistas Mitre y Llinás en Argentina, 1985, quiero hacer lo mismo con los que escribieron La marcha sobre Roma: Scarpelli, Scola, Maccari y unos cuantos más, un combinado muy propio de las películas italianas de esta época que eran escritas a varias manos por estupendos libretistas. En ellos recayó la tarea de reescribir la historia que ellos mismos vivieron en su juventud, años en los que además fueron espectadores de un sinfín de películas pro fascistas. El legado de estos escritores es francamente formidable, casi toda gran película italiana que uno recuerde contó con la participación de alguno de ellos. Una joya del guion de La marcha sobre Roma es la inclusión de un personaje particularmente patético, un poeta consagrado a la redacción de floridas odas a Mussolini (imposible no pensar en la figura de Gabrielle D’Annunzio, inspirador de Il Duce) que cumplirá con su destino descartable cuando la acción directa desplace a la poesía.

Y hablando de Roma, el discurso de Meloni parece edulcorarse en tanto comienza a relacionarse con sus futuros colegas mandatarios de Europa, optando por mostrarse más como una pichona de Berlusconi que de Mussolini. Porque claro, una cosa es hablarle a la gente de su país, fácilmente irritable y dispuesta a seguir a la zanahoria, pero otra muy distinta es jugarla de heredera de El Duce en aquellos países en donde la historia lo dibujó como una caricatura ridícula y peligrosa. Será un momento digno de ver cuando este 27 de octubre se cumplan los cien años del inicio aquella marcha sobre Roma, porque más que seguro que algunos románticos de la Italia fascista le reclamarán a su nueva líder honrar la memoria de su patriarca. Me permito la osadía de imaginar a Dino Risi, a Gassman y Tognazzi creando una escena que no llegaron a filmar en 1962, cuarenta años después del ascenso de Mussolini  y sesenta antes de esta versión renovada del fascismo. En ella vemos a una comitiva de liberales italianos con tufillo aristocrático rodeando a Meloni. Impecables trajes y dentaduras afiladas. Cada vez que se ríen la camisa negra se les asoma debajo de la panza, se van a ir sin pagar la cuenta.

 

 

 

 

 

AQUÍ PODÉS VER LA MARCHA SOBRE ROMA

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