¡Que coman pasteles!

Hay quienes ponen a prueba, sin saberlo, los límites de la indignación popular

Dicen que ella lo dijo, con su habitual desprecio, cuando había subido tanto el precio del pan y la harina que la gente con hambre marchó hacia la residencia de gobierno reclamando que el pan fuera barato y abundante. Y que la indignación popular estalló al conocer su sentencia: “Si no tienen pan ¡que coman pasteles!”. Desde entonces, ya no hubo retorno en el cambio de régimen. Cuatro años después era ejecutada en el lugar cuyo nombre quiere correr hoy un manto de piedad sobre los hechos en la actual plaza parisina de la “Concordia”.

Y sin embargo, la mayoría de los historiadores afirma que María Antonieta nunca pronunció esa frase que Stefan Zweig atribuyó a una de sus tías y Rousseau a la esposa de Luis XIV. Pero su persistencia en el tiempo se ha debido, seguramente, a su polivalente poder de síntesis para señalar la distancia ofensiva entre las necesidades básicas de la población y la provocadora incomprensión de un gobierno de privilegiados. Por eso es que las actuales democracias liberales, como la nuestra, son herederas de aquella marcha a Versalles.

Marchas que se repiten. “Pan y trabajo” fue la consigna mayor de la Marcha Federal que desde distintos puntos del país llegó a la ciudad de Buenos Aires el viernes primero de junio. El precio del pan, alimento básico porque con él todo se vuelve una comida, se ha disparado a pesar de las cosechas que desbordan sobrada abundancia para llevar pan accesible a todo habitante de la Argentina. A esa falta de acceso por el precio que se ha vuelto imposible para muchos, ahora se suma que las panaderías se van rindiendo una tras otra a la expropiación de las tarifas y el precio duplicado de la harina. Por eso, cinco días después de la marcha por pan y trabajo, fueron los panaderos los que dieron un “panazo” de protesta.

 

¿Un liberalismo sin falta de acceso a los alimentos?

Buenos Aires fue llamada en su inicio “Puerto del hambre”, por la escasez extrema en la primera fundación. Aquella fue una hambruna, que es una carencia generalizada de alimentos con alta mortalidad de la población. La historia está llena de sus ejemplos. Pero aunque las hambrunas se diferencian de otras crisis alimentarias, muchas de sus causas guardan proximidad porque son políticas y conviene analizarlas.

Adam Smith, en La riqueza de las naciones (1776, Libro IV, Capítulo V, “Digresión sobre el comercio del maíz y sus leyes”), después de haber citado a Buenos Aires para comparar el precio del pan y el de la carne, sostiene que “una hambruna nunca ha surgido de ninguna otra causa que la violencia del gobierno intentando, por medios impropios, remediar los inconvenientes de una escasez. En un país extenso en maíz, entre todas las diferentes partes del cual hay un libre comercio y comunicación, la escasez ocasionada por las estaciones más desfavorables nunca puede ser tan grande como para provocar una hambruna”.

Para Adam Smith, contrario a la regulación estatal de la economía propia del mercantilismo, tan sólo se trataba de favorecer el libre comercio. Si el gobierno obligara a los productores a vender a un precio razonable, sólo lograría que no lleven los granos al mercado lo cual podría producir una hambruna. Por eso el único preventivo eficaz de las miserias de la hambruna era la libertad irrestricta e ilimitada del comercio de granos, ya que los inconvenientes de una real escasez no se pueden remediar, y sólo se pueden paliar. Adam Smith es consciente del odio popular que se instala en épocas de escasez por la avaricia de los vendedores de granos, pero justifica largamente su insistencia en la protección del libre mercado.

 

Carlos Alonso, «Hay que comer», 1968

 

Sin embargo, hay que considerar cómo explicar con ese liberalismo clásico a las políticas neoliberales en la que los correctivos propios de un mercado ideal de intercambio no funcionan con productores que en forma concentrada piden aquella clásica liberación de aranceles para los productos agrícolas, y a la vez actúan con una especulación financiera que introduce variables descontroladas para el mercado interno. Así es cuando procuran vender toda su producción en mercados del exterior, al modo en que se hizo durante la hambruna de Irlanda rompiendo con la idea de economías autorreguladas de los estados-nación, o de los imperios como el británico de la época de Adam Smith que fue responsable en las hambrunas de la India colonial por el monopolio del comercio del arroz, el precio inaccesible para gran número de la población, las órdenes de no gastar demasiado en la atención de las hambrunas de los nativos, la exportación a Inglaterra de las cosechas que se guardaban para épocas de escasez, y el impuesto a la tierra aún en época de hambruna.

 

Lecciones para la democracia

El economista y filósofo Amartya Sen ha sostenido una concepción contraria a la de Adam Smith diciendo que “Jamás se ha producido una hambruna en la historia mundial en una democracia en funcionamiento”. Esta afirmación no se relaciona con la riqueza que puedan tener unas u otras naciones, ni con la entera libertad de mercado, sino con las políticas que los gobiernos desarrollan en épocas de escasez.

“…la tendencia a centrar exclusivamente la atención en la producción de alimentos y a dejar de lado el derecho a obtener alimentos, puede ser contraproducente.”, como pudo verse con el enfoque malthusiano de la política de “un solo niño” en China durante las hambrunas de 1958-1961. El criterio subyacente a una política deja de lado la introducción de otras estrategias efectivas. Por eso es que la democracia con libertad de opinión y participación es el mejor reaseguro de políticas adecuadas en tiempos de escasez o falta de acceso a los alimentos, a diferencia de las políticas que se instrumentan desde gobiernos autoritarios.

Y es que la desigualdad está en el centro del problema de las crisis alimentarias. Por eso en democracia, dice Sen, las medidas políticas tienen que ver con proteger el trabajo en la producción (las panaderías) y en el lograr ingresos para adquirirlo (empleo), en regular la renta salarial (paritarias) y las posibilidades de producción (las tarifas y el costo de la harina), así como las condiciones de intercambio (el precio de los productos en diversas áreas que si son atacadas por la liberación de las importaciones dejan sin ingreso suficiente a diversos colectivos).

Ernesto de la Cárcova, «Sin pan y sin trabajo», 1893.

 

 

Un gobierno que no logra abaratar el pan y universalizar su acceso es un gobierno que fracasa frente a la pobreza y al más básico de los indicadores respecto al ejercicio de la “libertad para” hacer algo. Si la harina se encarece desproporcionadamente, si cierran las panaderías, si las personas sin trabajo no tienen pan, si hay un “cepo blanco” al acceso, aunque se libere el “cepo verde” y cualquiera tenga “libertad de” comprar todos los dólares que quiera: el gobierno es un fracaso. Y este gobierno arrancó mal: días antes de asumir, la harina tuvo un cien por ciento de aumento, como ahora. Entonces fue porque ya se venía venir la devaluación que se impondría. Ahora es porque se impuso otra devaluación.

 

El distanciamiento

Los ingleses tuvieron con los grupos afectados por las hambrunas de Irlanda y la India, la misma actitud de distanciamiento que tuvo la aristocracia francesa de Luis XVI y María Antonieta. En la hambruna irlandesa de 1840, la gente no murió de hambre porque faltaran alimentos sino porque no tenían dinero para comprarlo. Y como la economía estaba en depresión, los alimentos que se producían en Irlanda se exportaban para paliar la crisis económica. En modo semejante, cuando estalló la hambruna de Bengala de 1943, Churchill atribuía la causa del hambre a los indios que se reproducían como conejos.

Pero… hay otras miradas. Una fotografía de Bernardino Ávila del “panazo” en el Congreso, descubre esa distancia y nos conmueve: es la imagen de un hombre mayor que ha ido a pedir y se lo ve junto a las mesas de reparto después de haber recibido su ración. Su cabeza está inclinada y su espalda parece querer envolverlo para protegerlo a él y al pan que ha conseguido. Es como cuando nos castigan en el cuerpo. Y es como si las amenazas de esos castigos le rodearan y tuviera que estar siempre replegado. Su mirada es triste y vencida, temerosa, humilde y vergonzosa por tener que haber llegado allí para revelar esa señal de que lo ha perdido todo. Y aunque no es posible saber cuáles fueron los caminos de su vida, su gesto es el castigado abandono de la tristeza del que hoy no tiene nada. Una persona cuyas carencias se multiplican en cada uno de los que marchan y protestan ante un gobierno que no cumple su mandato. Un gobierno que desprecia esos reclamos y se apresta a reprimirlos. Aunque debería atender a los deberes que su función le impone. Porque el cambio de régimen, siempre es una posibilidad en democracia.

 

 

  • La imagen principal es de Reynaldo Giúdici, «La sopa de los pobres», 1894
1 comentario
  1. Ernesto dice

    La sopa de los pobres y sin pan y sin trabajo, obras de 1893 y 1894 son la fotografía de miles de argentinos ciento veinticinco años después con el agravante de que nuestro país cuenta con la posibilidad de producir alimentos para diez argentinas. Mientras tanto el producto de las exportaciones se esconde en bancos en el exterior. Y para pagar los gastos corrientes del estado el gobierno nos endeuda hasta la asfixia. Este gobierno le ha declarado la guerra al pueblo argentino y a la Nación. Y todo pueblo tiene no sólo el derecho sino la obligación de defender su vida y su patria.

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