Se cumplieron 50 años del golpe cívico-militar eclesiástico, y la marea humana que recorrió las calles y llenó las plazas del país lo repudió con una fuerza ancestral y una llama que no se apagará jamás.
En este año tan especial, quisimos hacer memoria de nuestrxs compañerxs, que fueron perseguidxs, encarceladxs, secuestradxs, desaparecidxs y asesinadxs por la dictadura genocida, y también reivindicar sus luchas.
En un mundo tan convulsionado, donde desde las redes sociales y los grandes medios de comunicación nos sentimos bombardeados (palabra casi literal por estos días en que se desarrolla una guerra imperial contra una de las civilizaciones más antiguas de la tierra), es importante que las nuevas generaciones conozcan quiénes eran, cómo pensaban, cómo vivían, qué sueños tenían y por qué luchaban las y los 30. 000.
Como en todo fenómeno de lucha, con el pueblo en la calle (más de dos millones de personas estuvieron presentes a lo largo y ancho de la Patria), es necesario hacer un recuento de por qué se pudieron aunar las distintas miradas y experiencias en una consigna tan potente: "Qué digan dónde están".
Ya por el mes de julio o agosto de 2025, en el colectivo denominado Federalizar la Memoria empezamos a preguntarnos cuál debía ser el motivo de nuestra movilización a 50 años del golpe genocida. Mesas de trabajo, multisectoriales, cabildos abiertos, ONG y organismos de derechos humanos fueron confluyendo para aunar esfuerzos.
Allí surgió cristalina la idea de reivindicar a los 30.000. Con el devenir de los meses y al acercarnos a la fecha del 24 de marzo, el aporte de las diferentes vertientes de este colectivo federal la hizo madurar.
En un ir y venir tan productivo como constructivo, fueron apareciendo las formas que podíamos darle a esta convocatoria. Porque esta construcción de hoy y los dos millones de personas movilizadas no fueron por generación espontánea: algunos recordaron aquella concentración donde familiares, víctimas y muchos otros marchamos con el nombre de un detenido desaparecido o desaparecida. O cuando, en el marco de la tercera Marcha de la Resistencia convocada por las Madres de Plaza de Mayo, se hicieron siluetas que poblaron calles y plazas de varias ciudades del país. Así fueron surgiendo las compañeras que fueron bordando el nombre de las y los detenidos desaparecidos en un lienzo, que luego fueron uniendo paño por paño para formar esos ríos de nombres. Y los pañuelos blancos florecieron por doquier y se vieron marchando por las ciudades y plazas de la patria. Pero había que ponerles rostro a tantos y tantas, y por eso se propuso marchar con una foto pegada al pecho: "Que digan dónde están".
Cómo no íbamos a preguntar dónde están, si apenas unos días antes el país y el mundo quedaron consternados por la aparición de una fosa común con los restos de cientos de personas que fueron asesinadas en el campo de concentración, tortura y exterminio de La Perla en la provincia de Córdoba. Allí fueron identificados, por ahora, 12 personas, pero según informaron desde el Equipo Argentino de Antropología Forense, se encontraron más de 1200 huesos. Se sabe que, en algún momento de 1979, los genocidas del III Cuerpo de Ejército, dirigidos por el asesino Benjamín Menéndez, realizaron exhumaciones mediante el uso de maquinarias, presumiéndose que fueron enterrados en otro lugar.
Hacer memoria, hacer historia
¿Por qué en momentos como estos se resignificó esta consigna y marchamos con las fotos de cada uno de ellas y ellos? Porque no olvidamos que hacer memoria es recordar a esas generaciones que, a lo largo y ancho de la patria, desde mediados del siglo pasado, se organizaron para luchar en una Argentina que, como hoy, querían convertir en colonia del imperialismo yanqui.
Nuestra Argentina, que desde sus orígenes luchó y lucha por la independencia, la soberanía y la igualdad, encontró en ellas y ellos a verdaderos patriotas que, bajo diferentes formas de lucha y organización, pusieron en jaque al propio sistema en su conjunto. Como nunca antes, esas generaciones se plantearon que era la hora de los pueblos. Que la oligarquía y la burguesía nativa debían ser enfrentadas para construir una patria justa y de iguales.
Una Argentina que no quería, ni quiere, ser patio trasero de ninguna nación extranjera. Hoy también somos antiimperialistas y decimos: "Fuera yanquis de la Argentina y de América Latina. Basta de genocidio a los pueblos de Medio Oriente, de Palestina, Líbano, Yemen, Irak, Irán".
Esos años gloriosos de lucha y resistencia queremos y debemos recordar, porque se caracterizaron por un profundo sentimiento de solidaridad y unión de los sectores populares. “Obreros y estudiantes unidos y adelante” era la consigna que se entonaba en cada movilización. Y en cada universidad, fábrica, oficina, barriada popular se organizaban y se discutían las reivindicaciones propias de cada sector, pero unidas a los reclamos cada vez más importantes de un pueblo trabajador que había sido duramente castigado por las sucesivas dictaduras y se reponía de esos golpes a fuerza de lucha, organización y claridad de objetivos y había dicho basta.
En un país fuertemente industrializado, los obreros, junto a los trabajadores del campo, especialmente los de los ingenios azucareros, exigían condiciones justas de trabajo, salario digno y acceso a la tierra. Los trabajadores, que avanzaban en su conciencia de clase, elaboraban programas que sobrepasaban la mera lucha reivindicativa. Levantamos aquí el ejemplo del sindicalismo por la liberación: de los programas de La Falda (1957) y Huerta Grande (1962), de la CGT de los Argentinos, cuya reivindicación principal era la lucha por la liberación nacional y un programa de gobierno para derrotar a la dictadura de Onganía. También las experiencias clasistas de los sindicatos Sitrac-Sitram (1970), que agrupaban a los obreros de Fiat Concord y Fiat Materfer. El caso de los cordones industriales del Paraná, con la gloriosa huelga de los obreros de Villa Constitución (1975), que ponía cada vez más en jaque a esa clase dirigente argentina que solo supo aferrarse a sus privilegios.
Sindicatos como Luz y Fuerza, el Smata y la UOM, y las Regionales combativas de la CGT del interior del país con el "Negro" Atilio López, Agustín Tosco, René Salamanca y Gregorio Flores a la cabeza coordinaban sus luchas para hacerlas más potentes y solidarias. Las tomas de fábrica, los paros activos de 36 y 72 horas marcaban el pulso de la calle y el nivel de conflictividad era cada vez mayor en ese enfrentamiento con las patronales de la Argentina.
Un movimiento estudiantil que hacía honor al legado de la Reforma Universitaria defendía no solo su autonomía. También defendía su responsabilidad como parte de un pueblo que había accedido a las universidades públicas, gratuitas y con ingreso irrestricto. Esto permitió que los hijos e hijas de obreros y campesinos llenaran las casas de estudios. Allí se discutían los planes de estudios, para que fueran orientados a la inserción de las nuevas camadas de profesionales en las ramas de actividad que buscaban solucionar los problemas sociales como la vivienda, las obras públicas, la educación, la salud, etc. Grandes asambleas de miles de jóvenes se encontraban para discutir con los docentes y las autoridades qué era lo mejor para el país, qué querían los estudiantes, cómo querían estudiar, cómo querían ser útiles el día de mañana en una sociedad que soñaban igualitaria y de oportunidades para todos. En esas luchas quedaron grabados los nombres de Santiago Pampillón, estudiante y obrero de IKA Renault asesinado en septiembre de 1966; de Máximo Mena, obrero metalúrgico asesinado en mayo de 1969, y el recuerdo de la feroz represión de la Noche de los Bastones Largos en julio de 1966 en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.
Los campesinos y trabajadores de la tierra pugnaban por mejorar sus condiciones de trabajo, negadas históricamente por la oligarquía ganadera y agropecuaria. Los yerbateros, los trabajadores del algodón, los zafreros, los recolectores golondrinas de la manzana, de la vid, de la aceituna, del tabaco, se enfrentaban a su manera con las injusticias. El surgimiento de las Ligas Agrarias marca el rescate de la historia del levantamiento de los arrendatarios de la tierra de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba en 1912, y de la Patagonia rebelde en 1921.
Los curas, religiosas y hermanos ecuménicos se sumaban a la lucha desde sus creencias y sus mandatos bíblicos, por un mundo donde se viera el paraíso en la Tierra. Impulsados por las encíclicas y los llamamientos de los curas del tercer mundo, con los ejemplos de Camilo Torres, el obispo Romero, los obispos argentinos Angelelli, Ponce de León, De Nevares y tantos otros, contradijeron la mirada elitista y retrógrada de las jerarquías eclesiásticas que luego fueron cómplices de la dictadura genocida que hoy repudiamos.
El movimiento de los barrios populares, con sus movilizaciones y resistencias, tratado como algo que los sectores dominantes no querían ver en los alrededores de las grandes ciudades como Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán, etc., también se sumó a las heroicas jornadas del Cordobazo, Mendozazo, Tucumanazo y tantos otros levantamientos populares que desafiaron a las dictaduras de turno: la fusiladora, la de Onganía, Levingston o Lanusse, en definitiva, las del partido militar al cual recurrían los sectores dominantes para preservar sus privilegios de clase.
El grito liberador de los pueblos que se sacudían el yugo colonial también llegaba a nuestra tierra. Cuba con el Che como ejemplo de solidaridad internacionalista; Vietnam, Argelia y el continente africano; las revueltas del mayo francés; los países socialistas que habían ganado la Segunda Guerra Mundial y acabado con el fascismo y el nazismo hacían que todos los métodos de lucha fueran válidos, cuando la libertad y la soberanía estaban siendo avasalladas. Herederas de las luchas de las montoneras del siglo XIX, de los luchadores de la Semana Trágica de 1919 y de la Patagonia rebelde, organizaciones como Montoneros, las FAR, las FAP, las FAL, el PRT-ERP y otras similares respondieron a décadas de violencia desplegada contra el pueblo con distintos métodos de lucha: la guerrilla urbana y rural que sumaron el camino de la lucha armada y la insurrección popular a la gran marea popular para terminar con los gobiernos cipayos y las dictaduras. De esta lucha fueron protagonistas las organizaciones juveniles: peronistas, guevaristas, comunistas, socialistas y de otras extracciones políticas. Consignas como "Liberación Nacional", "Socialismo nacional", "Socialismo" eran las banderas que se levantaban como lo posible y lo necesario para construir una patria de iguales, sin injusticias ni explotadores. La patria bombardeada en la Plaza de Mayo, fusilada en los basurales de León Suárez o masacrada en Trelew era la sangre derramada de estos héroes que se reivindicaba como bandera.
Los 30.000 detenidos desaparecidos y desaparecidas, los presos y presas políticas, los y las perseguidos y obligados al exilio, fueron mayoritariamente jóvenes, obreros, estudiantes, profesionales, trabajadores y trabajadoras a quienes impulsaba el sagrado mandato del general San Martín: “Cuando la Patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla”. No fueron ellas y ellos quienes impusieron el terror y la violencia como métodos. Sino que se vieron obligados a armarse en defensa del pueblo y a emprender la lucha contra quienes hicieron de la entrega del país su programa de acción y de la represión, la violencia y la muerte de los militantes populares su manera de actuar. Siguieron los ejemplos de Belgrano, San Martín y tantos otros que no vacilaron en arriesgarlo todo para conseguir la independencia y la libertad.
Las instituciones de la democracia burguesa no pudieron dar satisfacción a los reclamos de un pueblo que estaba decidido a pelear por sus derechos.
Por una patria de iguales, sin explotados ni explotadores
Los jóvenes y los no tan jóvenes deben saber y preocuparse por conocer la historia que reivindicamos.
Aquellos a los que les arrebataron la vida por luchar por un ideal y una causa justa eran hijos e hijas de esta patria como lo somos nosotros, llenos de alegrías, de sueños y esperanzas, que se impusieron la tarea de cambiar el mundo y el país. Esa tarea está inconclusa y es nuestra responsabilidad y de las nuevas generaciones tomar sus banderas para llevarlas a la victoria en estos momentos donde el fascismo y el imperialismo han vuelto a atacar.
Las y los 30.000 se desaparecieron para evitar que el pueblo contara con dirigentes y militantes que condujeran la patria a un destino de libertad: hacerlos víctimas fue el mecanismo utilizado para que la oligarquía nativa, siempre asociada al imperialismo extranjero, mantuviera y acrecentara sus privilegios. Para eso se implementó un mecanismo de violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos, que usó la tortura, la violación, el asesinato, el robo de bebés y la desaparición forzada para intentar condenar a la patria a un destino de colonia.
Hoy, que el mismo programa de dominación es llevado adelante por un gobierno electo, es nuestra obligación no solo recordar lo acontecido, sino levantar aquellas banderas que nuestras y nuestros 30.000 alzaron. Queremos una patria justa, libre, soberana, igualitaria, con memoria, verdad y justicia, donde las reivindicaciones de los trabajadores, los pueblos originarios, los feminismos y las disidencias se desarrollen sin ser combatidos. Donde estudiar no sea un privilegio para pocos y la jubilación no sea el destino de la miseria y el abandono. Donde el destino de la patria se una al de los países hermanos en una patria grande.
Los cipayos que hoy nos gobiernan, hagan lo que hagan, no podrán tapar el sol de la memoria, la verdad y la justicia. Quemarán su pelaje y sus intenciones en ese sol radiante cada vez que lo intenten.
Por eso hoy, más que nunca, repetimos: no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos. Queremos cárcel común, perpetua y efectiva para los genocidas —militares, de las fuerzas de seguridad y civiles—. Queremos la libertad inmediata de Cristina Fernández de Kirchner, Milagro Sala, Facundo Jones Huala, Julio De Vido y de todos las y los presos políticos por luchar contra este régimen fascista y racista. Exigimos el cese de las persecuciones a Valentina Bassi y demás militantes populares que levantan su voz contra las políticas que condenan a discapacitados y jubilados a la extinción. Reclamamos la condena al genocidio del pueblo palestino y a la intervención del imperialismo yanqui en Venezuela y las amenazas permanentes de invasión a Cuba.
Nos reivindicamos orgullosamente hermanos de los pueblos de América y el mundo que luchan contra el imperialismo y sus empleados domésticos. Somos herederos de las luchas y las ideas de nuestras y nuestros 30.000 y nunca nos cansaremos de repetirlo: 30.000 compañeros detenidos y desaparecidos, ¡¡presentes!! ¡¡Ahora, y siempre!!
* Mabel Careaga y Hector Francisetti son integrantes de la Asociación de Familiares y compañeros de los 12 de la Santa Cruz.
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