¿Qué hacemos con los escraches?

Acusado por un presunto acoso sexual a una menor de 13 años, el músico Armando Vega decidió quitarse la vida.

 

Preguntale a cualquiera y te va a contar un par de abusos. Acosos, cientos. Un compañero de colegio me encerró y me tocó toda, mis primos algo, es difuso, el abuelo de una amiga la violaba y lo contó a los 15, el padrastro de otra, el primo de otra, el papá de una amiga le mostró la pija, un amigo del hermano de una amiga la obligó a chupársela a los 12, el hermano de otra la violó desde los 10 hasta los 14. Ninguno de ellos es o era famoso, ninguno de ellos salía en la tele hablando de salud, dando las noticias, como hace Guillermo Lobo todos los días en TN (todos los fakin días Nadia ve a su violador en la tele), ninguno de ellos es músico que llena estadios y quiere medio mundo como Ariel Minimal o Maxi Prietto (sin la parte de llenar estadios), ninguno es un actor de telenovelas como Juan Darthés. Si lo fueran, si mi recuerdo difuso de abusada en la adolescencia (ay, ya me acuerdo, un estúpido me encerró en un cuarto, apagó la luz y me besó a la fuerza, sé tu nombre, asco, no lo diré porque nadie te conoce), si el recuerdo de mis amigas de ser abusadas tuviera el rostro de un personaje público, ¿qué haríamos?

El escrache público es la salida —poco elegante, quizás— que elegimos algunas mujeres, no todas feministas, ni todas mujeres, algunas lesbianas, algunes trans, de hacer pública la denuncia de una situación en la que fuimos o nos sentimos violentadas en nuestra integridad sexual. Las reacciones ante la profusión de denuncias que vivimos sin pausa desde 2017 van desde el rechazo explícito de parte de varones que se sienten perseguidos políticos (una caza de brujas de género), hasta la crítica al escrache como método de consecución de justicia, por parte, especialmente, de intelectuales feministas: ¿es el castigo el vector que mueve (o debería mover) a la justicia feminista? ¿Todo (una tocada de teta en chiste, una relación abusiva, un pete con asco, una violación con acceso carnal) es igualmente denunciable como abuso?

Ante estos interrogantes y el reciente suicidio de un músico mexicano acusado de acosar a una menor de edad, nos proponemos pensar: ¿por qué denuncia la que denuncia y por qué denuncia cómo denuncia? ¿Es lo mismo denunciar a un ignoto que a un famoso? ¿No es tiempo ya de que los tipos se eduquen en los nuevos pactos sexuales? ¿Y nosotras, por casa cómo andamos? Quizás sea tiempo de armar cuadros de doble entrada, separar la paja del trigo, asumir nuestras diferencias, nuestras impurezas y repensar estratégicamente sin perder ni lo conquistado ni nuestra herramienta feminista que supimos conseguir: la voz pública.

 

Reconocerse víctima

Antes de que un relato de violencia se haga público hay una chica, una mujer, una lesbiana, une trans, que pudo reconocer que eso que le pasó y que había procesado como parte del paisaje emocional de su condición sexogenérica, eso, fue violencia y no se lo merecía, ni se lo buscó, ni es normal, ni está exagerando. Esta es la parte del relato que el recorte periodístico y el de las redes de Internet (abocadas al morbo y la sangría) ocultan: un proceso subjetivo, que en general se da de forma colectiva, de reconocerse en situación de víctima y a un otro (otros) en situación de victimario(s).

Y reconocerse víctima es una mierda, te hace sentir mierda, te das cuenta de que fuiste mierda para alguien y que lo sos ahora. Lo último que quiere una contemporánea es ser débil, vulnerable, no, todo lo contrario, una no monta un show para mostrarse débil, más bien el show que montamos es para mostrarnos superheroínas, pulpas productivas, activas, divas e independientes. Así es que nadie va gozosamente a ocupar el lugar de víctima, ponerse en ese molde es un esfuerzo anímico e intelectual bastante espantoso. Nada cool, nada canchero, nada estético.

 

Comunicar es denunciar

Yo no voy a denunciar públicamente al nabo absoluto que me apretujó, me agarró del cuello, me metió la mano hace 10 años, ni voy a hacerlo con el otro salame marca Axe que me hizo lo mismo hace 20. No los vi nunca más. Pero hay pibas que lo hacen, van y ponen un post en Facebook, dicen vos Martín bla bla bla, sos un violador, y Martín bla bla bla lo niega, millones observan sin ser la acusadora ni el acusador, se monta una escena donde potenciales víctimas y victimarios se identifican con una u otro y, quizás, piensan, recalculan.

La exposición pública de Martín como cuasi criminal, como macho, es muy incómoda para él, su mamá, sus tías, que no esperaban esto de él, opinarán de la denunciante que es una mamarracha, buscapleitoscalientapavas y mil epítetos que además de negadores tendrán una base, no menor, antifeminista. ¿Y la chica? Supongamos que se llama María. ¿Qué buscaba María cuando apretó enter en Facebook? ¿Ella lo sabe? ¿Importa? Primero María se reconoció vulnerada, asumió que el trato de Martín había sido degradante, que ese no es el sexo que quiere, que hay otro, que ella no puede asumir el silencio porque el silencio es complicidad, quizás, no sabemos, quizás pensó todo eso. Quizás no tenía un espacio de contención, ni compartía con Martín actividad alguna, ni instituciones que pudieran gestionar el conflicto, quizás lo habló con Martín mismo y él mucha bola no le dio. Quizás hay una cuota de erotismo también en denunciarlo a Martín, ¿quién puede estar segura acerca de qué está hecho el deseo?

Lo cierto es que a María no le copa nada de lo que pasa y es ella, la que enciende las alertas y abre la bocota, la más expuesta de todes, aunque su nombre no estuviera escrito en ningún lado. Denunciar es un verbo performativo, este tipo de verbos son actos de habla y no simples afirmaciones: más que para transmitir información sirven para hacer algo. Apenas habla para contar su situación de abuso, la acusadora está denunciando. El acto de valentía que supone decir el nombre de tu acosador, abusador, es el gesto que tira abajo la estructura de dominación, sin el nombre no hay denuncia, el nombre de él es imprescindible para correr el velo. Comunicar es denunciar.

El asunto a desentrañar es si además del alivio de María, a Martín le llegó el agua al tanque, si reconoce que ejerció violencia. Si puede distinguir entre una forma respetuosa de seducir y un acoso, entre el sexo consentido y el no consentido, si puede reconocer que por ser varón cis tiene poder sobre el resto. Todo eso que nosotras ya aprendimos, ¿cuándo lo van a entender ellos?

Cuando el violento es famoso, referente, poderoso, la historia es otra. ¿Qué pasa cuando tu Martín es el nombre de una banda, de una editorial, de una productora? ¿Qué pasa cuando el que te metió mano, te intentó cojer sin esperar consentimiento, te quemó la cabeza por mensaje de las formas menos amorosas del mundo, es socialmente un gran tipo (o una gran tipa) y vivís años con tu dato en silencio? Cuesta el doble reconocer que eso que viviste fue violencia. Y pasa que el poder que el tipo tenía, la distancia enorme que lo separaba de vos, esta vez se le vuelve en contra: porque tan lejano es, más fácil será decir en público que aquello fue violento. Salvo que, como le pasó a los chicos abusados por Michael Jackson, el famoso use su poder para extorsionarte (ver Leaving Neverland).

 

Los cuidados del acusado

Romper el silencio nunca es un acto íntimo, luego del reconocimiento del lugar de víctima se vuelve imperioso correrse de ahí, y eso parece imposible si no hay una puesta en común de la intimidad. Sacar del espacio privado, de la memoria personal, un acto de violencia machista, (a la larga) lo neutraliza, empodera, tranquiliza. Las feministas recorrimos años de concienciación para aprender eso (se lo contamos a todas, incluso a las no feministas), estamos habitando un movimiento social sin precedentes para generarnos autoconfianza, propagar el deseo de justicia colectiva y formas de organización política no autoritarias, estamos en esa, ¿por qué una debería medir consecuencias cuando va a romper el silencio después de años de sumisión? ¿Por qué deberíamos cuidar a los verdugos de lo que sienten cuando nos liberamos de ellos? ¿Por qué debemos matizar sus monstruosidades?

Podríamos pensar que así como nosotras nos construimos estrategias de autocuidados y de concientización, otro tanto deberían hacer los tipos, que cada vez que denuncian a alguno de sus amigos, parece como si fuera la primera vez que se enteran del patriarcado. ¿Tan sorprendidos pueden estar a esta altura del milenio? Podríamos pensar así, y no estaría para nada mal: hermano, vayan al psicólogo, vayan a psicólogas feministas, reclamen charlas de educación sexual en los ámbitos laborales, hagan una asamblea de varones del rock aturdidos por el feminismo y posibles victimarios. Organícense, chicos, no jodan a las que estamos lidiando con el espanto. Podríamos así pensar, de hecho lo hacemos. Pero bueno, también podemos pensar en ellos como lo que, también, son: beneficiarios de un régimen de opresión y personas, no monstruos.

 

Relocalizar después de desnaturalizar

Vivimos años sobre un mundo donde era completamente natural relacionarse sexoafectivamente desde y con violencia, donde era natural la desigualdad entre varones cis y el resto, entramos al mundo de la sexualidad con este paisaje emocional, con estas herramientas, hemos construido nuestros deseos en torno a estas estructuras de poder. La fiebre que ahora tenemos es por sacarnos esta ropa, nos quedamos desnudas.

Vemos ahora cuán sometidas estábamos, ¿era ese mundo un infierno invivible? ¿Qué pasa si volvemos a situar cada una de esas prácticas violentas en su contexto y las leemos con la brújula del feminismo, si las entendemos como emergentes sociales y no como conductas individuales delictivas, enfermas, excepcionales? Luego de la desnaturalización, propongo una relocalización. Pensar cada caso en particular, situarnos en la interacción social, incluso pensar los vínculos desde la interseccionalidad, y a los varones como partícipes de un régimen de opresión del que son beneficiarios pero al que, como nosotras, ellos también vinieron a nacer sin que nadie les pregunte.

Cuando recuperamos la mirada social, no todos los casos son iguales, ni todos los escraches tienen el mismo sentido. Tenemos diferencias, nuestros feminismos son diversos, y la capacidad de criticarnos entre nosotras es el motor que hizo que lleguemos hasta acá.   Ahora, ¿qué criticarnos? ¿Vamos a criticar el método en sí, vamos a criticar que une chique rompa su aislamiento? ¿O vamos a criticar hacia adelante? La posibilidad de no estar siempre de acuerdo entre nosotras existe y no nos lleva necesariamente a un quiebre absoluto, estar en desacuerdo con alguna acción de los feminismos, como pueden ser un escrache, no expulsa a nadie del movimiento.

 

Formalizar y reparar

Cuando se critica a las Marías que denuncian en redes, se les señala dos cosas (de mínima): a) que no denunciaron en la Justicia y b) que las denuncias son anónimas.

¿Por qué iríamos siempre a denunciar a la Justicia? Ya hemos dicho tantísimas veces que el sistema de administración de justicia es machista, que su tradición patriarcal no aloja nuestras pretensiones de justicia y que cuanto menos se vean regladas nuestras relaciones sociales por el código penal, mejor. Hemos dicho también que el acceso a la justicia está minado de obstáculos estructurales, como los de clase, raza y edad, y otros bien situados, como la recurrente revictimización y burocratización a la que nos obliga. En esos reclamos de formalización de la denuncia intuimos el descreimiento de la víctima, o la acusadora, una puesta en duda de su relato y un temor a la propagación del castigo (que la marea llegue hasta su isla) más que a un reclamo garantista de justicia.

En el mismo sentido, ¿por qué se nos pide el nombre de la acusadora? Cuando la crítica se focaliza en el anonimato de la denunciante se busca poner en crisis la veracidad del relato, mientras podría también interpretarse como una medida de autocuidado ante el riesgo que podría representar para la acusadora dar su nombre propio. El comunicado emitido por un grupo de periodistas mexicanas denominado “Posicionamiento frente al #MeTooMx” es claro al marcar la diferencia entre “anonimato” y “confidencialidad”. No son lo mismo.

Sin repetir estas críticas, ¿podemos preguntarnos qué estamos haciendo? ¿Cuánto de efectivamente reparador hay en nuestras denuncias públicas sea a fulanos desgraciados o a luminarias del sistema de estrellas? ¿Denunciar repara? Sí, romper el silencio siempre repara, el abrazo feminista sana. No, él me cagó la vida pero yo no se la quiero cagar a él. Sí, es reparador que no vuelva a pasarle a nadie más. No, al principio me sentí bien pero después me di cuenta de que es un pobre tipo que no sabe cómo coger. Opciones hay miles, tantas respuestas como historias.

Ahora, ¿cuánto de lo que ocurre después de romper el silencio depende nuevamente de nosotras? Una chica recorre todo el camino que hemos descrito, ¿debería dejar sus aspiraciones de justicia en su terapia personal, debería dejarlas en el correo que le escribió a una conocida? Otra vez: ¿acusar en público es reparador? Y luego, ¿cuántas de esas prácticas abusivas fueron por años avaladas por nosotras, confundidas con amor, confundidas con pasión, incluso reproducidas? ¿Por dónde se empieza a revisar nuestros propios roles en los pactos sexuales? ¿Cuánto faltará para que una de nuestras amigas feminista sea acusada públicamente de lo mismo que acusamos a los chabones? ¿Si nosotras estuvimos tantos años ciegas, por qué les pedimos a ellos que comprendan el patriarcado de golpe? ¿Cómo podemos hacer para que nuestra salida de la oscuridad del ostracismo, del secreto, no sea confundida con un espectáculo mediático? ¿Cómo podemos hacerlo sin volvernos nosotras mismas policías de las prácticas feministas? ¿Y cómo sin destruir el potencial crítico y vindicativo, es decir cómo podemos destruir lo que oprime construyendo al mismo tiempo algo que no imite los escombros? ¿Es posible denunciar, acusar, sin dañar? ¿Queremos, acaso podemos, acaso es necesario, evitar el daño de quienes son nuestros prójimos y próximos? ¿Nos corresponde a nosotras preguntarnos eso? ¿Cómo podemos pensar un cambio en el pacto sexual sin esencializar a los varones, a las mujeres, incluso a lesbianas, maricas, trans? ¿Deben ser necesariamente todas las denuncias iguales y todas válidas? ¿No podemos estar en desacuerdo con algunas a pesar de estar de acuerdo en que el instrumento de denuncia es válido?

 

Una academia para despatriarcalizar el deseo

Pienso en chiste: que los varones cis hagan una academia de levante, desapruébense entre ustedes, armen la currícula, busquen docentes, piensen líneas de trabajo, que con los años se formen escuelas, paradigmas varoniles sexoafectivos, no cuenten más con nosotras como víctimas (BDSM es opción para el juego de poder y violencia con consentimiento). No cuenten más con nosotras como victimarias, el próximo suicidio que lo carguen a la cuenta de la corporación que aún no se puso de acuerdo en cambiarlo todo. Las feministas venimos hace siglos discutiendo. ¿Por qué ninguno de los tipos acusados públicamente de abuso o acoso acepta que tal acto fue indebido? ¿Por qué reconocen el acto sexual pero no que usaron su poder para conseguirlo? ¿Acaso no hay marcos institucionales, afectivos, no estamos ya en un camino de deconstrucción que les permite reconocer que se equivocaron y que asumirse en situación de abuso de poder no te vuelve un monstruo sino uno más del montón? ¿Estaremos nosotras de acuerdo en que muchos de ellos no son la peor escoria social? ¿Por qué no se da espontáneamente una coordinación entre ellos, los que lloran lágrimas de virgen, para revisar qué puede haber de cierto en lo que decimos?

Podemos pensar que cada violencia que desnaturalizamos es posible reubicarla, releerla en su contexto, para que su extrañamiento no nos encuentre mintiendo que no vivíamos nosotras también en ese mundo violento. Sabemos que no todas las violencias son lo mismo ¿Es lo mismo un acoso que un abuso, vamos a construir gradientes y a pensar qué hacer en cada caso o vamos a igualar pajero a violadores? ¿Es lo mismo tocar la cola bailando sin permiso que ponerle el pito en la cara a alguien? ¿Es lo mismo forzar juegos sexuales no consentidos entre pares que la penetración de una niña? Como no todas son lo mismo, cada escrache tiene su propio sentido, ¿todos son reparadores?

¿Y ellos cuándo van a decir algo?

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