¡QUÉ HORROR!

En la serie Midnight Mass, Mike Flanagan cuenta una historia alternativa de la era Trump

 

Siempre fui sensible a los rasgos de la religión católica que parecen sacados de una historia de terror. Como la familia me arrastraba a parroquias desde antes de que pescase de qué iba el mambo, la reacción inicial pasó por mis sentidos. Los templos umbríos que apestaban a vela, a flores mustias, a talco de vieja. La acústica cavernosa, donde toda voz masculina me recordaba a Narciso Ibáñez Menta. Las imágenes de santos con estigmas o heridas lamidas por un perro o empalados por lanzas. Las vírgenes con expresión transida de dolor. En una de las iglesias que frecuentábamos (del barrio de Flores, o a lo sumo de Caballito) había una urna de cristal dentro de la cual yacía un Jesús muerto, tamaño natural. Y también había cruces multiplicándose por doquier, culminando con la gigantesca que pendía sobre el altar: un instrumento de tortura, sobre la cual habían clavado como mariposa a un hombre semidesnudo, coronado de espinas, que sangraba como marrano y se retorcía sobre los maderos.

Con el tiempo me acostumbré a las ceremonias en ese marco. Fue como habituarse a rezar en el Tren Fantasma del Ital Park o mientras leía historietas de Cuentos de la cripta. Mi madre intentó familiarizarme con la cosa, pero le salió el tiro por la culata. Una noche me sentó en el borde de su cama y dijo que quería que viese una película preciosa. Entonces arrancó Marcelino pan y vino, en la tele blanco y negro. No he vuelto a verla y preferiría no hacerlo. Creo que ninguna película me ha dado más pesadillas. Comparada con Marcelino, El exorcista es una de Adam Sandler.

 

 

Cuenta la historia de un niño huérfano que va a parar a un convento. Un día, enviado por curas o frates a hacer algún mandado en un altillo o un sótano lleno de cosas arrumbadas, se topa con un crucifijo de madera, enorme y tosco. Y el allí crucificado cobra vida y le habla. Creo (insisto, no volví a verla y ya no sé cuánto está en el film y cuánto imaginé) que en un momento el Jesús de madera desclavaba una de sus manos y movía el brazo hacia adelante. No puedo explicarles lo que el cine franquista entendía por «efectos especiales». Para colmo, al final mi casi homónimo muere —no recuerdo si por culpa de los alacranes que por allí pululaban— y los adultos a cargo del convento lloran pero están chochos, según ellos Jesús se llevó a Marcelino porque era «demasiado bueno para este mundo». Todavía no entiendo cómo hizo mi madre para meterme otra vez en uno de los templos consagrados a ese culto. No les bastaba con crucificar a su líder, martirizar a quienes lo seguían y hacer llorar lágrimas de sangre a las vírgenes: ¡también se zampaban criaturas y echaban a volar las campanas para celebrar! Si alguna vez me sirvieron en bandeja la justificación para ser rebelde, fue aquella. A los niños demasiado buenos, Jesús los arrebataba cuando usaban pantalones cortos.

Fuera de broma, este aspecto sacrificial es esencial a la fe católica. Uno porque se ha acostumbrado y ya no repara en ello, pero la ceremonia central del culto pasa por el acto de devorar la carne y beber la sangre del dios humanizado a quien se adora. (Simbólicamente ma non troppo, porque se le da cariz físico a esa ingesta a través de la hostia y el vino.) Perdón por el trazo grueso, pero el significado es ese: para hacerte uno con tu dios, para entrar en comunión con él, te lo morfás. Y volvés a lastrártelo el siguiente domingo. Es lo que hacen los monstruos de las películas que crecimos viendo, ya se trate de vampiros, hombres lobos o dinosaurios: zamparse a sus víctimas. Dada mi condición de escritor, queda claro que no me espantan las metáforas, las analogías y los símbolos; son las herramientas de mi trabajo, se podría decir. Pero por eso mismo me sorprende que los fundadores de la fe no hayan apelado a símbolos menos inquietantes, por no decir menos salvajes, o menos caníbales. El drama de la liturgia católica convierte a cada creyente en un monstruo, o por lo menos en alguien que replica lo que hacen los monstruos en las narraciones que nos espantan: devorarse a otro ser vivo equivalente. ¿No encontraron mejor forma de sugerir la comunión con dios que poner en marcha el sistema digestivo?

 

El director estadounidense de origen irlandés (y por ende católico) Mike Flanagan.

 

Pensé que era de los pocos que reparaban en estos delirios que nos vendieron como si fuesen lo más natural del mundo, hasta que vi la serie Midnight Mass (2021), escrita y dirigida por Mike Flanagan y difundida por Netflix. Este buen hombre es un especialista en el género de terror. Tiene unas cuantas películas (de las adaptaciones de Stephen King que le vi, una me gustó —Gerald’s Game— pero Doctor Sleep no) y algunas series que seguí con placer, como la adaptación del clásico de Shirley Jackson The Haunting of Hill House. Lo que hace es siempre interesante, porque no busca el susto barato y efectista sino que crea un verosímil a través de personajes cuyas características desarrolla con calma. Recién cuando está seguro de habernos involucrado emocionalmente con esas criaturas le mete gas al elemento extraño o sobrenatural.

Como el maestro King, Flanagan se toma su tiempo, prepara el escenario para que, cuando el drama irrumpa, se lo sienta a full. Pero esta serie en particular trabaja sobre asuntos muy personales, lo cual siempre genera vértigo en el creador. Una cosa es adaptar a King, a Jackson y a Henry James (como en The Haunting of Bly Manor), lo cual es una forma de esconderse detrás de la obra de otros mientras se subraya tan sólo lo que a uno le interesa; y otra muy distinta es escribir material original sobre problemas que se conocen de cerca. Como la adicción, por ejemplo. Flanagan dice venir de «un largo linaje de irlandeses borrachos», y se confiesa sobrio desde 2018.

 

El maestro del horror Stephen King y el director Mike Flanagan.

 

 

Pero la obsesión que lo acompaña desde hace más tiempo es aquella que desarrolló durante sus doce años como monaguillo. Una que detonaron las lecturas iniciales del Antiguo Testamento, que lo pusieron en contacto con la violencia estremecedora del dios de quien se habla, a quien no le tiembla el pulso a la hora de sacrificar bebés, torturar a hombres buenos como Job, diezmar ciudades enteras y llegado el momento inundar el planeta, eliminando a la especie humana con excepción de Noe, su familia y su zoológico privado. El periodista Darryn King, que días atrás le dedicó un perfil en el New York Times, da en la tecla cuando dice que después de adaptar exitosamente a tantos autores reverenciados, este hombre le echó el ojo al autor del primer best-seller de la humanidad: «Ahora Flanagan —dice— se mete con Dios».

 

 

 

El poder de la muerte

Midnight MassMisa de gallo, o literalmente Misa de medianoche, el mismo título de una colección de cuentos de Paul Bowles publicada en 1981 transcurre en una isla llamada Crockett, ubicada en algún punto impreciso de la costa este de los Estados Unidos. (Este escenario también tiene resonancias para Flanagan, que vivió de niño en Governors Island, una ínsula en la bahía de New York donde su padre trabajaba para la Guardia Costera.) A ese sitio regresa Riley Flynn (Zach Gilford), un joven nacido y criado en Crockett, después de haber purgado cuatro años en prisión por matar a una chica mientras conducía borracho. (Esa era una pesadilla que asolaba a Flanagan cuando era un bebedor en ejercicio: no le horrorizaba tanto la idea de pegarse un palo mientras manejaba alcoholizado, como la de asesinar a alguien inocente.) En la fantasía de Flanagan, Crockett es de esas raras comunidades estadounidenses con mayoría católica. De niño Riley fue monaguillo al servicio del párroco local, un obispo de apellido Pruitt. Durante su estadía en prisión sufrió una crisis de fe, que no saldó ninguna de las otras religiones que tuvo tiempo de estudiar mientras estaba encerrado. Por eso a su regreso se siente doblemente extraño: porque se sabe un paria, y porque ya no logra integrarse a la vida pía y simple de su comunidad — de la que todavía participan sus padres y su hermano menor, el monaguillo actual.

 

Riley Flynn, atormentado por su crimen.

 

 

Pero Riley no es el único en llegar a la isla Crockett por aquellos días. También arriba un cura joven, Paul Hill (Hamish Linklater), en reemplazo del veterano Pruitt, que se recupera de algunas nanas en territorio continental. Salvo algunas situaciones inquietantes —algunos isleños creen ver una figura esquiva en la noche, la marea trae un montonazo de gatos muertos—, el relato es realista y coral, al estilo de tantos clásicos de la narrativa literaria en su idioma: de Manhattan Transfer (1925) de John Dos Passos, y Peyton Place (1956) de Grace Metalious, a Let the Great World Spin (2009) de Colum McCann. Durante varios capítulos parece que estamos viendo no una de terror, sino un drama sobre una comunidad atravesada por infortunios.

Crockett es un pueblo de tradición pesquera que ha sido arruinado por un derrame de petróleo. El alcalde tiene una hija paralizada de la cintura para abajo, por el disparo que sin querer le propinó el borracho del pueblo. La médica del lugar lidia con una madre que sufre demencia senil. El sherif no es nativo sino un ex policía de fe musulmana, que llegó escapando del racismo post atentado a las Torres Gemelas. La novia de Riley durante la adolescencia, Erin (interpretada por Kate Siegel, la esposa de Flanagan), que como él había elegido exiliarse de la isla, regresó para escapar de una relación abusiva y ahora es maestra. Y la mandamás de la grey católica, Bev Keane —quien maneja las llaves de la parroquia, por así decir—, es una mujer a quien se acusa de haberse beneficiado con las concesiones a la petrolera que terminó causando el desastre ecológico.

 

Riley y Erin: dos exiliados de la isla, que han sido compelidos a volver.

 

 

Flanagan está más interesado en los traumas de esas criaturas que en propinar sustos pavos, de esos que te hacen saltar sobre el sillón. Por eso Midnight Mass no puede sino decepcionar a quienes buscan una de terror pochoclera. En cambio, resulta potencialmente atractiva para quienes disfrutan del uso de los géneros tradicionales de formas novedosas, con el objetivo de discutir ideas a través de un prisma insólito. Por ejemplo: en el capítulo cuarto (llamado Lamentaciones, cada entrega lleva por título el nombre de algún libro bíblico), Riley y Erin conversan, de modo tan pausado como reflexivo, sobre la muerte. Él dice que ya no cree en ninguna de las cosas que las religiones dicen al respecto. Ella le pide que diga qué cree, entonces.

«Cuando muera —dice Riley—, mi cuerpo dejará de funcionar… Muerte clínica. Y un poco después, a los cinco minutos, mis células cerebrales comenzarán a morir también. Pero mientras tanto, es posible que mi cerebro libere un enorme flujo de DMT, la droga psicodélica que producimos mientras soñamos. Entonces soñaré, de forma más intensa que nunca antes… Y mis neuronas dispararán fuegos artificiales donde se mezclarán los recuerdos y la imaginación, y experimentaré un verdadero trip. …Será el telón del final, el sueño para terminar con todos los sueños, mientras mi cerebro vacía todos sus silos misilísticos. Y entonces me detendré. Mi actividad mental cesará y ya no quedará nada de mí. Ni dolor, ni recuerdos, ni consciencia de haber sido alguna vez… ni de haber lastimado a alguien. Sólo quedará carne. Olvido. Y todas las otras cositas de las que estoy hecho —los billones de bacterias y microbios—… simplemente seguirán viviendo. Y comiendo. Y yo estaré cumpliendo una función. Alimentar la vida. Y todas esas partecitas mías se reciclarán en un millón de lugares y mis átomos estarán en plantas y en insectos y en animales y seré como las estrellas en el cielo: en un momento estaré allí y en el otro me dispersaré por todo el maldito cosmos».

 

 

 

Conversaciones como estas no son frecuentes ni siquiera en los dramas que vemos en el cine o en nuestras pantallas domésticas, y ni hablar en un relato de horror. Pero hacen perfecto sentido en una serie como la de Flanagan, que aborda el género para hablar de nuestros miedos más profundos. Entre ellos, probablemente ninguno sea más popular que el miedo a la muerte. De hecho, si el ser humano no le temiese a la muerte, las religiones no existirían. Si de algo sirvieron esos bellos relatos en sus inicios, fue para ofrecer un sentido al tránsito por esta existencia en relación a una encarnación ulterior. Que todas las religiones coincidían en proclamar, por cierto, garantizándole a sus devotos que esto no se acababa acá, porque nadie toleraba la idea de que acabase acá, de que esta experiencia breve, violenta y azarosa lo fuese todo. Por eso no es casual que el culto católico haya sido durante tanto tiempo un catálogo tan lúgubre, tétrico, luctuoso: porque aunque su letra hable de vida eterna, su música gira en torno de la muerte como obsesión excluyente.

Esa es una de las cosas que hace Flanagan en Midnight Mass: exhibir el daño que inflige un culto —en este caso el católico, como corresponde a su prosapia irlandesa— cuando manipula el temor a la muerte de sus fieles para construir poder.

 

 

 

Cuando la limosna es grande

El truco narrativo que Flanagan emplea es clásico, en tanto apela a una figura vampírica que el curita Hill traslada a la isla dentro de un baúl. (De ese modo viajó a Londres el mismísimo conde Drácula, a bordo del navío Démeter.) Lo ocurrente es que, a partir de allí, Flanagan explota las coincidencias o similaridades que existen entre el folklore vampírico y los ritos católicos.

A través de un flashback, el cura cuenta que fue atacado por esa criatura en una cueva, durante un viaje a Tierra Santa. En ese instante sintió pánico, como lo sentiría cualquiera; pero, al descubrir que había sobrevivido —porque el vampiro, como en los clásicos del género, le dio de su propia sangre para beber, prolongando su vida de modo antinatural—, la mente de Hill confundió al vampiro con un ángel e interpretó su sobrevida como un milagro. Con tal de no asumirse como un muerto, y de no rechazar los beneficios de su nueva condición (entre los cuales, además de la resurrección, cuenta su rejuvenecimiento), el cura se convence de que su flamante estado es una bendición en vez de aceptarla como lo que es — una abominación. (Tal vez haya que culpar a las limitaciones del idioma, dado que en inglés no existe el refrán cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía.)

 

La cueva donde el cura fue atacado por el vampiro.

 

 

El padre Hill no logra, o no quiere ver, que ha remozado su salud a un precio severísimo. Al contrario, asimila su experiencia a las historias y los ritos propios de su fe. De allí en adelante, llama sacramento a la sangre del vampiro, a la que se ha hecho adicto y necesita de tanto en tanto para recuperarse. (¿Y por qué no, si la sangre de Cristo es consagrada sacramento en cada misa?) Mientras el cura cuenta lo que le ocurrió, Flanagan inserta en paralelo una versión alternativa de las estaciones del Vía Crucis. ¿Ubican esas estampas que detallan cada paso de la Pasión de Cristo, numerándolas de la uno (Jesús es condenado a muerte) a la quince (Jesús resucita de entre los muertos), y que suelen estar clavadas en los flancos internos de cada iglesia? El padre Hill convierte cada paso de su propia historia en una estampa de ese tipo. Así Flanagan sugiere que el cura interpreta lo que ocurrió —su propia muerte y resurrección— como una prueba enviada desde lo Alto. Necesita creer que se encontró con un ángel y no con un demonio o con un súcubo, para justificar por qué abraza, en vez de rechazar, los dones extraordinarios con los que ahora cuenta.

Lo que complica la historia es el hecho de que el cura, al llegar a Crockett, quiere compartir esos dones. Lo cual tiene su lógica: si lo que ha recibido es un bien en vez de un horror, ¿qué clase de pastor sería, de guardarse la gracia para sí mismo? Y por eso empieza a mezclar la sangre del vampiro con el vino que consagra en cada misa y da de beber a los comensales, junto con las hostias consagradas. Acto seguido, la comunidad isleña empieza a experimentar «milagros». La hija del alcalde recupera el dominio de sus piernas. La madre de la médica recobra su salud mental y rejuvenece paulatinamente. Ahora la iglesia ya no está semivacía durante cada oficio, sino llena de ciudadanos atraídos por el morbo de lo extraordinario y el deseo de que algo de esa gracia les pegue también a ellos, aunque sea de refilón.

 

El padre Hill (Hamish Linklater).

 

 

Lo cual no es más que una versión acelerada del proceso al que se entregan muchos creyentes de diversas religiones: van al templo y cumplen con los rituales en la esperanza de ser recompensados eventualmente, y así ensalzados, o sea diferenciados, de la turba que no fue elegida por dios y por ende no merece salvarse. Un poco a la manera de cierta clase media, que se banca cualquier estrechez y humillación siempre y cuando se le permita seguir diferenciándose socialmente del populacho. ¿Acaso no es una meritocracia el plan divino? ¿Cuál sería la gracia de «salvarse», si al final del día la piedad de dios nos alcanzase a todos? En Crockett nadie parece entenderlo mejor que Bev Keane, que siente que ganó la lotería. La mujer prueba ser la mejor aliada del cura milagrero, lo cual le permite convertirse en primus inter pares, y así sobreponerse al descrédito en que había caído por culpa de la petrolera. Llegado el climax de la historia, no dudará en jugar al juego que mejor juega y que más le gusta: arrogarse el poder de separar a justos de pecadores.

Lo que a mí me gusta es el poder de las buenas historias para sacudirnos, cuestionarnos y, si hay suerte, iluminarnos. Que es lo que hace Flanagan en Midnight Mass. Uno se sienta a ver una serie de terror, con vampiro incluido, y en la medida en que la maquinaria narrativa funciona —y Flanagan es narrador muy eficaz— descubre de repente que los vampiros y los sustos son lo que menos importa y que uno ha lanzado a pensar, y hasta a discutir si ve la serie acompañado, sobre la religión institucionalizada, la política convertida en espectáculo de masas, las infinitas formas de la manipulación social y muchas cosas más — entre las cuales sigue estando, por supuesto, la muerte y el pavor que nos inspira.

 

Bev Keane, la mujer que usa la religión para obtener poder.

 

 

Cuando uno reflexiona sobre temores profundos, con el objetivo de metabolizarlos e invertir su carga (volver lo negativo en positivo), el género de terror es una herramienta perfecta. Pero por supuesto, no es una herramienta que se aplique tan sólo a los temores privados, individuales. En el último tiempo, películas como Get Out (2017), de Jordan Peele y novelas como Reprieve (2021), de James Han Mattson, lo usaron para reflexionar sobre el racismo. Durante la escritura de mi nueva novela, Todos los demonios están aquí, me convencí de que el género de terror era el más adecuado a la hora de contar los últimos cincuenta años de la historia argentina. (Fantasmas, monstruos, fachadas refulgentes que disimulan lo siniestro: ¡lo tuvimos todo, lo tenemos todo!) Sin embargo, ante Midnight Mass entendí que esta herramienta tampoco es exclusiva de un único país. Obra de un estadounidense que es amigo de Stephen King —siendo King, además del escritorazo que conocemos, uno de los más vocales anti-trumpistas que existen—, Midnight Mass demuestra que el género de terror también es útil para que otros países practiquen exorcismos sobre su historia reciente.

 

 

 

Make America Gothic Again

La serie de Flanagan funciona como una historia alternativa de los Estados Unidos durante la era Trump. La de Crockett es una comunidad que añora un pasado dorado, aquel de la prosperidad de su quehacer pesquero. Es esencialmente caucásica y creyente. Y carece de perspectivas de futuro, que le permitan reconvertirse laboralmente y salir del pantano donde languidece. Esa gente, en su mayoría de clase laburante, es lo que hoy se conoce como white trash, o sea «basura blanca»; aquellos a los que Hillary Clinton ofendió mortalmente durante la campaña electoral que la enfrentó a Trump, al definirlos como —la cagó fiero— «deplorables». Ellos querrían volver a ser la clase privilegiada, en particular por encima de la minoría negra y de los inmigrantes, pero no tienen cómo ni con qué. Y por eso son público ideal para quien les prometa una restauración (Make America Great Again!), aun cuando no explique con demasiada claridad cómo la obtendría. Dado que es imposible desandar la Historia grande y volver a los tiempos de la supremacía blanca, ese anhelo de restauración tiene mucho de pensamiento mágico. Y de ahí a la elección de un líder que encarne ese capricho, ese deseo irracional —ya se trate de un empresario/entertainer como Trump o de un cura milagrero como Hill—, el paso es corto.

 

¿Este es el «ángel» a quien había que seguir hasta la luz?

 

 

Pero en Midnight Mass Flanagan va más allá, al sacar a la luz —imagen poco apreciada por los vampiros, digámoslo— la veta irracional que recorre la historia de su país. Ese territorio tan vasto fue colonizado mediante genocidio por una inmigración europea muy religiosa, o sea sugestionable. (Gente, como ya dije, que creía en milagros, devoraba a su dios durante las ceremonias y temía al diablo más que a los lobos.) En el fondo, el alma de los colonos trasplantados no dejó nunca de sentirse intrusa, y en consecuencia amenazada. Y cada vez que la realidad se salió de madre y desbordó los cánones de su visión del mundo, la reacción resultante fue demencial: lo de va de los juicios de Salem, pasando por el ejército de ensabanados con antorchas que contenía la protesta negra, la caza de brujas del macartismo, los cultos asesinos (clan Manson) y suicidas (Jim Jones) y los brotes psicóticos de aquellos que hoy, cada tantos días, salen de paseo a ametrallar gente a lo bobo.

La serie subraya esa conexión cuando el cura cuenta en misa su versión de la historia, presenta en público al «ángel» e invita a los comensales a morir voluntariamente para acceder de inmediato a la vida eterna. Para ayudar a ese tránsito, Bev ha preparado un brebaje que mezcla vino de misa con veneno hecho y derecho. A esa altura, la diferencia entre los asistentes al templo y los suicidas de Guyana es de matices, nomás: ambas poblaciones aceptan morir pensando que renacerán, y los de Crockett cuentan con evidencia que sustenta las promesas del cura. ¿Acaso no han visto levantarse a la niña inválida y a la vieja recuperar su juventud? La mayoría decide dar el salto en lugar de desconfiar de la limosna grande. A esa altura la psicosis colectiva funciona a full, pero tampoco da para burlarse de esa gente ingenua porque nadie está a salvo de caer en trampas semejantes. ¿Qué otra cosa fue el uno a uno sino una alucinación colectiva, instaurada por un pase de magia con visos legales? ¿O no aceptamos como lo más normal del mundo el hecho de convertirnos de cabezas en ciudadanos neoyorquinos de la noche a la mañana, sin preguntarnos cuál podía ser el precio? Los pobladores de Crockett descubren muy tarde que la vida eterna que les han concedido es una de tirana adicción a la sangre ajena. Las víctimas del «ángel» Cavallo estábamos a bordo del convoy argentino cuando descarriló y se hizo torta, cobrándose un precio inconmensurable en vidas y salud (mental y de la otra).

 

El «ángel» en el cual el cura Hill dice creer.

 

 

En el fondo, Midnight Mass es la relectura de uno de los más célebres cuentos de horror de la historia: La pata de mono (1902), de W. W. Jacobs. Allí una familia —los White: ¿deberíamos creer que es casualidad que se llamen «Blanco» de apellido?— recibe de regalo una pata de mono disecada que, en teoría, cumple deseos. Piden entonces las 200 libras que necesitan para terminar de pagar la hipoteca de su casa. Al día siguiente, su hijo muere en un horrible accidente fabril y la empresa paga a los White 200 libras a modo de compensación. La historia sigue, pero la lógica que rige el funcionamiento de la pata ya quedó establecida: el deseo imposible será concedido, pero a un precio intolerable. Que es lo que le ocurre al padre Hill cuando toma un atajo hacia la vida eterna, en lugar de seguir trabajando día tras día hasta coronar su vida y merecer una muerte digna. El cuento de Jacobs es la denuncia más efectiva contra el pensamiento mágico, la tan humana tentación de obtener un resultado no mediante la virtud y el esfuerzo, sino colándose en la fila de los méritos.

 

 

 

 

No sé a ustedes, pero a mí me encantan las historias que, como Midnight Mass, entretienen y sacuden el árbol de mi entendimiento al mismo tiempo. (Hace pocas horas Flanagan anunció su próximo proyecto, la adaptación de otro grande del género: mezclará argumentos y motivos de los relatos de Edgar Allan Poe bajo el título genérico de La caída de la casa Usher.) Y cuando esas historias juegan con el imaginario de mi formación cristiana —como en su momento lo hizo El exorcista, para no salir de los andariveles del horror—, más aún. Aunque no tengo nada contra las religiones per se, ya no me considero un creyente. Desconfío del modo en que ciertos credos se vuelven institución, formando curas que se quejan en el diario La Nación de una puesta en el Colón que le disgustó, y demostrando así que confunden la tarea del pastor con la patrulla ideológica; o que alientan la más indigna de las explotaciones, como días atrás lo contó la investigación de Paula Bistagnino sobre las mujeres que el Opus Dei conchababa como esclavas.

Más bien me siento afín al Riley de la serie, y a su visión de lo que ocurre cuando nuestro corazón y nuestro cerebro dicen basta. Pero mi escepticismo respecto de cualquier otra sobrevida que no sea la de dispersarme (¡como dios manda!) por el maldito cosmos, no modificó mi forma de enfrentarme a todo aquello que ocurre antes de la muerte. No creo en milagros, ni en los efectos benéficos de devorarme a mi dios, ni en la existencia de un Paraíso celestial. (Y mucho menos, por cierto, puedo sentir nada que no sea hilaridad ante historias como la de Sansón, cuya fuerza dependía de su cabellera: el Antiguo Testamento según Schwanek.)

 

 

 

Pero sigo creyendo en la importancia de estar atentos a las necesidades de quienes nos rodean, y dispuestos a ayudar. Como Lupus, el personaje del disco de Los Redondos Lobo suelto, cordero atado, pienso que en el principio fue la compasión y que hay que sensibilizar el alma al mal que padecen los demás. Me gusta más el Jesús vivo que el Cristo muerto y resucitado, sus palabras y actitudes antes que los efectos especiales. En esa dirección fue Pablo en su carta inicial a los Corintios: «Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios y la ciencia entera, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor, nada soy… El amor nunca pasará».

Ignoro si el amor puede ser una religión. Pero en las décadas que llevo en este mundo, todavía no encontré un programa de vida mejor.

 

 

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