¿Qué le habrán hecho mis manos?

Consecuencias políticas de ciudadanos estresados, tristes y enojados por la pandemia

 

Las manos invisibles del mercado, sobre las que pregonaba el padre fundador de la ciencia económica Adam Smith, desde que cayó el muro aceleraron el tallado, en su nombre, de una variante del capitalismo que innecesariamente deja como Tarzán en la selva al ciudadano de a pie. Este proceso lo describe el economista Mark Blyth al preguntarse y responder en el cotidiano inglés The Guardian (15/07/2021): “¿Por qué la inflación preocupa tanto a la derecha?” Dice Blyth que “si incluso fue una espiral de precios y salarios lo que encendió la inflación de la década de 1970, eso simplemente no podría suceder ahora. Cuarenta años de reformas del mercado laboral y del mercado de bienes, aparte de un puñado de empresas monopolistas, han acabado con la capacidad de ambos para impulsar los precios sin perder participación en el mercado. Si hablamos de los efectos de agregar 600 millones de personas a la fuerza laboral mundial durante los últimos 30 años, podemos ver por qué la deflación, en lugar de la inflación, ha sido la suerte del mundo desde al menos 2008”. Se entiende: lo que preocupa de la inflación en los países centrales es que los asalariados vuelvan a tener la capacidad de impedir que recurrentemente les metan las manos invisibles de Smith en sus escuálidos bolsillos, muy abundantes en comparación a sus pares de la periferia.

De unos años a esta parte, las consecuencias políticas de la tropelía se han comenzado a sentir en distinto grado, generalmente apuntalando iniciativas con encarnadura electoral de consideración, que en el centro se han dado en llamar populistas, para evitar motejarlas lisa y llanamente de fascistas, por el momento atenuadas. En cualquier país, las consecuencias de acumular bronca y frustración de las mayorías, para que sean canalizadas hacia salidas que consoliden la democracia en lugar de erosionarla, demandan un gran trabajo político que transforme el sentido común imperante, que es el que impide el desarrollo de las fuerzas productivas. Lo cierto es que en el planeta hay mucha bronca acumulada, según lo indica el resultado de la encuesta de Gallup que manifiesta el Índice de Experiencia Negativa (IdEN) 2021.

El IdEN es uno de los índices del Informe Global de Emociones 2021, una instantánea de experiencias positivas y negativas de las personas durante la pandemia que se engarza con lo que se observa en el planeta desde 2006. Procesa los datos de casi 160.000 entrevistas con adultos en 116 países y territorios –entre ellos la Argentina– durante 2020 y principios de 2021. Previsible, más personas respondieron sentirse estresadas, tristes, enojadas y preocupadas en 2020 que en cualquier punto del seguimiento global de Gallup. Pero el informe se encarga de aclarar que “mientras que 2020 estableció un récord para las emociones negativas, la tendencia en realidad comenzó hace casi 10 años”.

De hecho, en 2020 el IdEN alcanzó un valor de 31 pero desde 2015 que no baja de 28. El récord es módico. Es más, entre 2008 y 2011, el índice alcanzó el valor de 24. La crisis de mitad de ese período todavía no había horadado las conciencias. En el informe se señala que, históricamente, el telón de fondo del aumento de las emociones negativas lo constituyen las perturbaciones políticas y económicas coyunturales, pero que en ausencia de esas crisis, otras cuatro percepciones empujan la visión negativa: aumento del hambre, falta de libertad, aumento de la corrupción y la desigualdad de ingresos. Aunque el informe no dice nada respecto, se infiere de otras encuestas que es la alienación y no la conciencia política la que culpa a la corrupción por el bajón de los ingresos. De ahí a mistificar y entrar en crisis por una idealizada y sofocante honestidad que en los sueños húmedos podría sacar de la pobreza a las masas hay unos pocos Frepasos que suelen darse cuando los planetas se juntan para el cambio. La cara real tras esas muecas no tarda en comparecer, ni bien la realidad del igualitarismo moderno pugna por resurgir y los muy caretas se ven compelidos a cerrarle el paso.

 

 

La ópera de los billones de centavos

Una parte importante de la dirigencia norteamericana, empezando por el POTUS Joe Biden, ha tomado conciencia de que las manos invisibles de Adam Smith se deben hacer visibles para meterlas en el bolsillo de los que se la llevan toda y abrírselas a los que la ven pasar y no la pueden agarrar. John Cassidy, columnista de The New Yorker, se pregunta (20/07/ 2021) si los demócratas pueden crear un nuevo modelo económico sacándose de encima objetivos que antes tenían gran prestigio y que ahora son consideradas antiguallas, como podar los gastos gubernamentales y reducir el déficit. Cassidy avizora que “desde una perspectiva macropolítica, la justificación de la ambiciosa agenda de Biden es que, después de cuatro años de Donald Trump y de una segunda elección presidencial en la que obtuvo más del cuarenta y seis por ciento de los votos, es imperativo manifestar al público en general que el juego no está preparado para las élites y que el gobierno federal puede brindar beneficios tangibles a los trabajadores estadounidenses. Sólo logrando este objetivo será posible construir un nuevo pacto social en el que la democracia (y el capitalismo no depredador) puedan arrellanarse con mayor seguridad”. Cassidy alecciona que “uno puede objetar alguno que otro de los elementos de esta estrategia. Pero (…) lo que está en juego es mucho más que dólares y centavos”.

Ok: está en juego la salud de la democracia. La está estropeando fulero la variante del capitalismo esculpido invocando las manos invisibles del teólogo e inspector de aduanas Adam Smith (con esas dos profesiones, se nota que era un escocés con ninguna vocación por ir al cielo). Pero en los dólares y los centavos está el espacio en donde se decide la cosa. Ahí se palpan los indicios de que nos encaminamos hacia un planeta donde en la parte más desarrollada es probable que suba con persistencia el nivel de precios a causa de la presión de los costos. En esta dirección de los precios hacia arriba, entre el cúmulo de pistas en danza que lo impulsan, el papel cardinal lo juegan tanto la política de Biden de aumentar los ingresos populares y los impuestos a los más prósperos, como la llamada transición energética que supone para su factibilidad alentar una marcada mejora en la distribución del ingreso.

Heather Boushey, la principal asesora de economía de Joe Biden, en un reportaje concedido al Financial Times (21/07/2021) afirmó que el sistema necesita una reforma fundamental para funcionar para la clase media. Desgrana el punto al referirse al programa de Biden para re-encender la economía tras la pandemia, diferenciando que “no es dinero arrojado desde el helicóptero. Son inversiones que nos pondrán en una senda de crecimiento más orientada a los salarios. Este no es un paquete de estímulo. Este es un paquete para cambiar nuestra economía hacia un camino más sano y estable”. Boushey repasa su vida para fundamentar esa opción política y rememora que “mi papá hasta que se jubiló fue maquinista en Boeing. Una de las cosas en las que pienso todos los días mientras hago este trabajo y los que tuve a lo largo de mi carrera es: ‘¿Cómo se asegura de que la gente tenga oportunidades económicas?’ Tuve mucha suerte. Mi papá estaba en un sindicato. Tenía una gran cobertura de atención médica (…) Esa vida estable de clase media se ha convertido cada vez más en una rareza para las familias estadounidenses; esa base que me permitió ir a la universidad, que me permitió llegar al posgrado. Hemos visto que eso se ha esfumado en demasía durante los últimos 40 años, pero el quid de la cuestión es asegurarse de que la gente tenga buenos trabajos”. En cuanto a la transición energética, no hay que olvidar que la de los chalecos amarillos fue una protesta que desató en Francia un impuesto verde al carbón. Fue la chispa que prendió toda la leña acumulada por la desigualdad. La transición energética es tan necesaria como cara y para tornarla factible no la tienen que pagar los que menos tienen.

 

Heather Boushey, principal asesora de economía de Biden: “Tuve mucha suerte. Mi papá estaba en un sindicato”.

 

 

 

Astillas del propio palo

El conjunto de estos cambios se dará siempre y cuando los vectores que promueven el movimiento alcista superen los serios obstáculos que enfrentan erigidos por los sectores conservadores del bipartidismo norteamericano. No la tiene nada fácil Biden, y no sólo en el Congreso, sino con sus propios partidarios y sus intelectuales orgánicos más conservadores. El citado más arriba Blyth señala que “hace treinta años, Albert O. Hirschman publicó un libro corto que enfureció a los conservadores, llamado La retórica de la reacción. El libro mostró cómo los argumentos conservadores a lo largo del tiempo y el espacio caían en tres cubos retóricos: perversidad: aumentar los impuestos significa menos ingresos; futilidad: votar no cambia nada; y peligro: si le das el voto a los pobres, obtienes la revolución (lo opuesto a la futilidad, pero a quién le importa la coherencia)”.

La sutileza de postular mejorar los mecanismos de recaudación antes que decir directamente “no suban los impuestos”, es el ardid al que recurrieron los ex secretarios del Tesoro Timothy F. Geithner y Jacob J. Lew (de Barack Obama), Henry M. Paulson Jr. (de George W. Bush) y Robert E. Rubin y Lawrence H. Summers (de Bill Clinton) en una columna que firman en conjunto en el New York Times (09/06/2021). El propio Rubin con Peter R. Orszag (ex jefe de presupuesto de Clinton) y el Nobel de Economía y ex jefe de asesores de Clinton Joseph E. Stiglitz, presentaron un policy brief (fechado en enero de 2021) hace unas semanas en un seminario en el Peterson Institute en el que proponen “un nuevo enfoque en el que se mantiene la discreción fiscal, pero ejercida después de hacer que el presupuesto se ajuste más automática y rápidamente en áreas donde existe un amplio consenso de que hacerlo es coherente con el logro de unas mayores metas sociales”. En criollo llano: aflojemos un poco, arreglemos con los republicanos para frenar el avance de la presión fiscal como la que busca el programa de Biden. Por el momento no han dicho ni mu sobre sindicatos y salarios. El prudente “una trompada a la vez”.

Es esperable que, como sucede desde la posguerra, las mismas metas y dificultades se diseminen hacia los otros países desarrollados. Los ecos ideológicos de la disputa, es de presumir, que tampoco se tomaran un tiempo largo para arribar a los confines de la geografía mundial. Eso sí: para que la rutina en el proceso de acumulación a escala mundial no falte a la cita, resta aguardar que la periferia metabolice los problemas políticos que surgen de un orden que no puede ser justificado, pero difícilmente reemplazado mientras observa el espectáculo del centro con la ñata contra el vidrio, aguantando los costos sin sacar beneficio y profundizando las pérdidas. Ocurre que la tendencia incremental de los precios del centro aumenta la cesión del excedente no retribuido a raíz de la exacerbación del intercambio desigual que conlleva. El encanecido corazón de la ominosa relación centro-periferia tiene razones para reproducirse que la razón sin prejuicios debería entender y tratar de superar allí donde es posible: la Argentina, entre otros pocos lugares.

Además, y si por esas casualidades en medio de estas circunstancias, los sectores más prominentes de la reacción argentina se hacen del gobierno en octubre próximo, como es de rigor, harán lo de siempre: interpretar las tendencias en función de sus intereses desintegradores. Fatalmente resultará en el desastre en el que estamos curtidos. Una vez que la reacción agote su espacio, también para no faltar a la costumbre, el gobierno del movimiento nacional que le suceda mal que bien se aplicará a revertir el desaguisado. En fin, nada nuevo bajo el sol, en tanto el movimiento nacional no encuentre en su acción reparadora de restituir parte –pero no todo– del quebranto en el nivel de vida de la mayoría, el ángulo por donde entrarle a la aceleración del crecimiento que deje atrás el subdesarrollo. Hasta que eso no suceda, el tortuoso ciclo seguirá al acecho, aunque –de momento– el cambio de signo político en octubre se observe poco probable.

Que potencialmente los tiempos están cambiando –que, por cierto, para concretarse deben atravesar campos minados– lo certifica también que hasta importantes empresarios argentinos han registrado esa posibilidad, y haciendo gala del grado de lucidez que los caracteriza, les vienen dando manija a extravagantes libertarios ultramontanos que, de corriente, están siempre a pocos minutos de dejar a la izquierda al misógino de Adam Smith.

 

 

 

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