Que no se escape la tortuga

Cuando se habla de “honrar la deuda”, también convendría reflexionar sobre la idea de “honrar la vida”

 

Maradona, peronismo y deuda. Los últimos días del año mezclan, en la vidriera discepoliana de los cambalaches, el recuerdo compungido de Diego, con su irreverencia política, que es la del peronismo desde su marca de origen, sumado al déjà vu que nos traen las discusiones sobre cómo “honrar” la deuda, mal contraída bajo pactos entre representantes de elites locales y foráneas, y que ahora cargarán, injustamente, sobre las espaldas de todos los argentinos.

Diego, en la cancha y con sus enunciados, encarnó la dignidad frente al poder, con la capacidad para ubicar siempre con claridad ante quién pararse de manos. Esa fue la misma precisión y genialidad que tuvo con la pelota. Maradona es el gol a los ingleses y la insolencia de que el mejor salió de Fiorito. Cumplido un año desde que partió hacia el infinito, su voz sigue marcando conciencia desde su lugar de clase y pertenencia. Quizás por eso condensa las expectativas de movilidad social ascendente con la cual el peronismo marcó a fuego a la sociedad argentina.

Los recuerdos de Maradona se entremezclaron con las novedades y el sprint final sobre los encuadres del entendimiento con el FMI. Ajuste sí, ajuste no, tarifas, reducción gradual del déficit, crecimiento e inclusión social como condición, dólar, moneda, palabras que resonaron y colocaron el endeudamiento en la mesa argentina. La relación entre acreedor y deudor mantiene vigente el centro gravitacional del proyecto neoliberal. Estira la gobernanza de los núcleos financieros sobre el resto. Parece obvio decir que no puede ser tomado con la ligereza de la prensa económica ni con la simpleza del debate técnico. Pero en tiempos de democracias de audiencias, donde predominan las subjetividades encapsuladas en coordenadas auto-referenciales, no hay obviedades, y no está de más rastrear la carga que condiciona el presente y echa sombras sobre el futuro.

Hace pocos días, el 30 de noviembre, se cumplieron 66 años del acto de disolución del Partido Justicialista. En 1955 quedaron prohibidos todos sus símbolos y el nombramiento público de sus figuras, muy especialmente Perón y Evita. Un año más tarde del decreto que firmó el entonces dictador Aramburu, el país se integraba formalmente a las filas del FMI. Desde entonces las relaciones fueron siempre complicadas.

Hay estudios históricos que enfatizan la negativa del gobierno de Perón a integrarse al FMI. Otros, más recientes, destacan que Perón tanteó el ingreso de la Argentina al FMI y entabló negociaciones para alcanzar el objetivo. Pero fue Estados Unidos el que finalmente se opuso debido al carácter “populista” del gobierno argentino y su escasa disposición a otorgar concesiones. Ambas líneas coinciden en cierta incompatibilidad inicial entre el flamante organismo y el primer gobierno peronista, y también en que el antagonismo de origen tenía un nudo político.

El FMI fue creado como un organismo político desde el vamos, a mediados de los años ‘40 del siglo pasado. El supuesto perfil técnico que se le adjudica desde distintos sectores es un traje a medida, que los grupos ligados a la financiarización tejen con lenguajes económicos popularmente indescifrables y ciertos personajes, arropados como expertos, después decodifican construyendo un sentido común que naturaliza convicciones que circulan día y noche por las pantallas y los portales de noticias.

La historia que comenzó a hilvanarse cuando Harry Dexter White y John Maynard Keynes entablaron conversaciones representando a sus respectivos gobiernos, tendientes a establecer reglas monetarias mundiales que fueran aceptadas por todos los Estados, concluyó cuando el estadounidense redactó el primer proyecto de lo que terminó siendo el FMI. Desde entonces la deuda, nombrada de modo abstracto, es un modelo de relación cuyos considerandos políticos estructuran el vínculo de un acreedor que insistirá para que el deudor nunca deje de serlo. Desde 1956 se construye al estilo de la telaraña que poetiza Martín Fierro: “La rompe el bicho grande y sólo enrieda a los chicos”. Las implicancias que tendrá para la vida y el futuro de cada quién es lo que habría que explicitar claramente.

La relación entre acreedor y deudor alcanza actualmente dimensiones fundantes de un orden social de riesgo e incertidumbre. Bajo la forma monetaria extrema que se desplegó bajo el neoliberalismo, organiza la destrucción y reconfiguración permanentes del orden social. Destruir y reconstruir. Un loop interminable en el cual mientras más suben los de arriba más caen los de abajo. Para que esta maquinaria infernal pueda funcionar, la liturgia del endeudamiento reconvierte todas las relaciones económicas implicadas en relaciones morales. El poder performativo del acreedor se organiza bajo la figura de “honrar la deuda”, y perfila al deudor en la “promesa” de cumplir. La deuda, en este sentido, es también un acto del habla. Saberes técnicos, morales, miedos, indicadores de riesgo país, deslizamientos cambiarios, valor de las acciones, todo un conjunto sobre el cual se despliegan discursos que apuntan a instalar que, en el endeudamiento, la buena calificación crediticia la tiene el buen pagador.

Las desigualdades contemporáneas no surgen de ningún repollo. Son apadrinadas por la financiarización y su modelo de endeudamiento. Los centros de poder hacen nido en deudas soberanas, que protagonizan los Estados, y desde allí se trasladan hacia el mundo familiar, donde se asienta la dominación del acreedor. Hoy no hay economía que eluda al endeudamiento generalizado. Quien más, quien menos, con el prestamista del barrio o con el banco, con el almacén o la tarjeta de crédito. La deuda estructura la vida contemporánea y modeliza las culturas actuales. Abonado el terreno en estos micro-circuitos de la vida, resulta fácil trasladar la prédica moral del endeudamiento hacia el orden soberano que rige la vida estatal.

Bajo esta lógica del poder, no es de extrañar entonces que sólo tres veces la Argentina haya cancelado su deuda antes del vencimiento del acuerdo vigente. En las tres oportunidades el objetivo fue la necesidad de ampliar la capacidad decisoria local en materia de política económica. La primera vez fue bajo el gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía en 1968, quien recalculó sobre una de las primeras medidas que adoptó al inicio de su gobierno, cuando le abrió al Fondo las pocas puertas aun cerradas luego del indigno acuerdo que cocinó el gobierno de Arturo Frondizi. Las dos cancelaciones siguientes fueron bajo gobiernos peronistas. La de 1974, auspiciada por Juan Domingo Perón, rápidamente revertida por su sucesora después de muerto. La última, en 2005, es la más conocida por todos, y fue encarada por el gobierno de Néstor Kirchner.

Las dificultades que manifiestan las economías contemporáneas para sostener las ilusiones de un futuro venturoso para las mayorías, escondiendo los beneficios minoritarios de ese 1% del tope de la pirámide de ingresos y patrimonio, sólo pueden ser controladas enunciando una moral de austeridad y sacrificio que resulta eficiente en el modelo relacional del endeudamiento.

En la situación concreta del gobierno del Frente de Todos, la invocada epopeya al esfuerzo colectivo para saltar este nuevo capítulo de su deuda significa muchas cosas. Entre ellas, implica asumir el número de personas a quienes la comida nunca les llega al plato y solucionarlo. La Argentina, según señaló la FAO en su reciente informe Panorama regional de la seguridad alimentaria y nutricional-América Latina y el Caribe, tuvo durante el período 2018-2020 a 5,7 millones de personas afectadas por la “inseguridad alimentaria grave”. Representan al 12,6% de la población y vienen padeciendo duro desde hace años. Estos valores, que en criollo expresan hambre, en las últimas mediciones nunca estuvieron debajo de la media de la región ni del mundo, buena costumbre que la Argentina abandonó después de 2015.

 

Fuente: FAO.

 

 

Al peronismo, que por definición histórica es ampliación de derechos, hoy le toca resolver uno de los endeudamientos más corruptos que haya tenido el país. Ante esto, las propias posiciones de la fuerza en el gobierno están en tensión frente a definiciones de frazada corta que obligan a decidir qué quedará al descubierto. Sobre qué sector recaerá el esfuerzo para pagar lo impagable. Por eso vale la pena recordar que el 29 de abril de 1949, inaugurando el “Curso sobre política alimentaria argentina” organizado por el Ministerio de Salud Pública de la Nación, el entonces Presidente Juan Domingo Perón dijo: “Nosotros no podemos conformarnos solamente con que el pueblo viva en paz, queremos que viva bien”. Acto seguido precisó que “es un deber primordial del gobierno saber qué come el pueblo y preguntamos en seguida si come bien, si come lo suficiente, si su alimento es el que conviene a su organismo físico”. Hoy, cuando se habla de “honrar la deuda”, también convendría reflexionar sobre la idea de “honrar la vida”. El “nosotros” que invocaba Perón en el ‘49 lleva por estos días la marca del Frente de Todos. En su interior sigue estando el movimiento que representó en su historia las expectativas de las mayorías, hoy depositadas en dirigentes de los que se espera defiendan su buen vivir. Ese aspecto medular, que se transmitió de generación en generación, no puede desatenderse en los minutos finales del partido, que se juega en clara desventaja. De lo contrario, parafraseando a Diego, se nos escapa la tortuga.

 

 

 

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