¿Qué nos hace más Nación?

Revertir la depreciación del trabajo, clave para evitar una nueva fuga de cerebros

 

Un nuevo consenso de Washington, inesperado resultado de la pandemia

En medio de la gran desgracia de la pandemia, agravada en su actual etapa de rebrote, las lacras de la infección resaltan las aminoradas condiciones reales en que se desenvuelve un país semi-periférico como el nuestro, culturalmente aterido además por el dolor de no ser lo que podríamos ser aún en un mundo de desarrollo desigual. Obtener el mejor resultado tras sobrellevar y superar este momento únicamente es posible si el accionar sobre lo inmediato es enaltecido por dejar atrás el pobre lugar que nos asignan las tendencias de fondo que operan en el proceso histórico en curso. Para lograr que se plasme esa dinámica se impone responder estratégicamente a la pregunta con la que Rogelio Frigerio (el abuelo) dio encuadre metodológico a la tarea política del movimiento nacional para derrotar al subdesarrollo y construir una democracia sólida cuya premisa básica es la integración.

El Tapir invitaba a contestar el interrogante clave: ¿qué nos hace más Nación? Ese nivel tan abstracto es el necesario para que vayan poniéndose en fila, ordenadas por su jerarquía, las respuestas más adecuadas. Pero primero lo primero: comenzar recabando la situación por la que atraviesa ese andamiaje histórico que es la Nación en tanto núcleo donde se asienta la acumulación a escala mundial. En el pasado no hubo naciones, un invento humano más o menos reciente; en el futuro, que se está tentado a intuirlo bien distante, serán un recuerdo; pero en el presente, como expresión de ese cercano ayer, tienen plena vigencia, al ser el lugar donde se fija el precio más importante de la economía: el salario. Determinado el nivel del salario como síntesis de la lucha política más profunda en cada país, luego aparecen el resto de los precios a los que se les adosa una tasa de ganancia (que queda como residuo una vez establecido el salario) para repartir el excedente y cuya magnitud definitiva se calibra en el mercado mundial.

De manera que la gran contradicción de nuestro tiempo es entre las fuerzas que apuntalan la Nación y aquellas que la horadan. Respecto de las segundas, en el más reciente número de la revista Lapham’s Quarterly el ensayista Curtis White, miembro del comité editorial de esa publicación, en un artículo titulado con el descorazonador “Viviendo en un mundo sin estrellas”, examina el libro COVID-19: El Gran Reinicio, de Klaus Schwab, fundador y presidente actual del Foro Económico Mundial de Davos, en coautoría con el economista Thierry Malleret. White acude al politólogo Samuel Huntington para aplicar su caracterización de los Davos Men (Hombres de Davos) a la elite de poderosos del planeta que asisten a principios de cada año a ese encuentro en la aldea suiza. La machiruleada de Huntington obedece a que hace unos años, cuando la formuló, las mujeres recién se hacían oír por sus legítimos derechos. El que fuera el emblemático politólogo de Harvard, a cuya derecha era arduo y poco probable colocarse, apuntaba que la todopoderosa élite global “tiene poca necesidad de lealtad nacional, ve a las fronteras nacionales como obstáculos que afortunadamente están desapareciendo y ve a los gobiernos nacionales como residuos del pasado cuya única función útil es facilitar las operaciones globales de la élite”. Entonces llegó Trump. Con Biden, algunas cosas que le ponen freno a ese difuminar de fronteras parecen no irse.

El editor de Lapham’s ironiza que “en solo dos páginas de El Gran Reinicio de Schwab se usan diecisiete veces palabras como rápido, acelerar, velocidad, catalizar, turbo cargar, cambiar y rápido. El uso de estas palabras es más que descriptivo […] ¡Algo se acerca! Todos estos tecno-gurús nos cuentan la siguiente historia: la era de la máquina inteligente está cerca, es inevitable; si no se prepara para ello, se quedará atrás […] Entonces, si tiene la suerte de ir a la universidad, asegúrese de estudiar algo en las disciplinas STEM (que como palabra en inglés, entre otros significados, alude a lo que empuja, y como acrónimo con ese espíritu se forma con la primera letra de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). Si no lo hace, puede encontrarse desempleado o subempleado. ¡Así que adelante!”.

White denuncia cierto cinismo de Schwab al puntualizar que el factótum de Davos “escribe como si no conociera a su propia gente. Mientras teje redes cada vez más finas para un futuro tecnológico virtuoso, su audiencia de élite está pensando en algo mucho más primitivo. No les importan los sermones de Schwab y Davos […] Lo que la élite de Davos tiene aprendido en sus entrañas es el Antiguo Testamento: el costo de la mano de obra es una amenaza para las ganancias. Así que olvídate de ayudar a los trabajadores y no te preocupes tanto por las protestas sociales, las personas son reemplazables, ¡envía los clones!”. De ahí que White moralice que “este mundo encerrado para el que ya no hay un exterior es el mundo del capitalismo según el dinero. El balbuceo vacío de Klaus Schwab y los asistentes a la fiesta en Davos […] sólo producen el aire caliente que infla las emocionantes burbujas de jabón de estatus del capitalismo y la búsqueda interminable y letal de dinero y objetos”.

 

Unidad versus fragmentación

Nuevas tecnologías e interés nacional lejos de estar reñidos: en su conciliación conforman el eje de la séptima edición del “Informe de Tendencias Globales”, aparecida la última semana de marzo. Editado por el Consejo Nacional de Inteligencia, Global Trends evalúa el entorno estratégico para los Estados Unidos durante las próximas dos décadas. A partir de subrayar que “durante el año pasado la pandemia del COVID-19 le recordó al mundo su fragilidad y le demostró los riesgos inherentes de los altos niveles de interdependencia”, contrapone por vía de hipótesis las situaciones de un planeta que arriba a 2040 recorriendo veinte años de entendimientos o –por el contrario– de enfrentamientos; trayectorias que dependen en gran medida de estimar si las nuevas tecnologías unirán o fragmentarán.

Debe consignarse que las tendencias negativas identificadas en el Global Trends se imponen largamente sobre las positivas. El informe presenta cinco escenarios para el futuro, que van desde un renacimiento democrático liderado por un Estados Unidos más fuerte y unido hasta un mundo caótico donde ningún país es lo suficientemente poderoso como para contrarrestar los desafíos que se presentan. Global Trends encuentra en la demografía una tendencia que no puede ser desmentida durante el transcurso de las próximas dos décadas puesto que los países desarrollados indefectiblemente continúan envejeciendo y en algunos casos comenzarán a perder o continuarán perdiendo habitantes, quedando en el África subsahariana y el sur de Asia concentrado el avance demográfico de la humanidad. Eso generará, según el Informe, “grandes tensiones en la infraestructura, la educación y la atención médica” en las mega ciudades, que no están preparadas para ello, y las presiones migratorias se harán sentir mucho más.

“Es probable que los desafíos globales compartidos, incluidos el cambio climático, las enfermedades, las crisis financieras y las disrupciones tecnológicas, se manifiesten con mayor frecuencia e intensidad en casi todas las regiones y países», dice Global Trends. Sumado el diagnóstico de las asimetrías en el crecimiento de la población mundial, la mira está puesta en la tecnología: edición de genes, inteligencia artificial y automatización, energía limpia, entre otras, como nervio motor que delinea los posibles escenarios futuros con los cuales es posible toparse. Si el progreso tecnológico puede impulsar el crecimiento económico para todos y al mismo tiempo prevenir los peores efectos del cambio climático, el mundo en 2040 será una plaza de asperezas suavizadas. Si no puede, se infiere de lo vertido en el Informe que hasta el 2020, marcado en el inequívoco recuerdo a pura pandemia y cuarentena, podría llegar a ser evocado con cierta nostalgia.

Esos desafíos cada vez más intensos chocarán con una estructura geopolítica que evolucionará en su fragmentación y fragilidad. Si la disputa de los Estados Unidos con China por el liderazgo global se profundiza, las tasas de crecimiento del resto de los países pueden acusar el golpe enfriándose, lo que conduce a que los ciudadanos de las democracias y autocracias se vuelven más insatisfechos con sus líderes. Por lo pronto, la nueva “Evaluación Anual de Amenazas de la Comunidad de Inteligencia de los Estados Unidos” (09/04/2021) ratifica en la coyuntura que “China es cada vez más un competidor cercano, desafiando a Estados Unidos en múltiples ámbitos”.

Las respuestas sociales a estas tendencias son menos seguras, pero jugarán un papel aún más importante en cómo será el mundo en 2040. En cualquier caso, Global Trends da por casi seguro que en las dos décadas venideras la confianza social se observará seriamente comprometida. Según el Barómetro de confianza de Edelman 2020, la mayoría de los encuestados en más de la mitad de los países en que se realizó la compulsa son pesimistas respecto de que ellos y sus familias estarán mejor en cinco años. Esto representa un aumento del 5% con respecto al año anterior. De hecho, por primera vez desde la década de 1990, el año pasado se contrajo la clase media global, dejando de pertenecer a ese segmento alrededor de 150 millones de personas. Las expectativas de mejor calidad de vida que se empiezan a frustrar por la reversión del crecimiento y su reparto son una receta para el pesimismo, la ira y la fragmentación social, todo lo cual podría verse avivado aún más por la expansión de Internet.

 

Ser en el mundo

En el regazo de las tendencias reseñadas, para dar con la respuesta a la pregunta señera ¿qué nos hace más Nación? hay que hurgar en el ámbito de la tecnología para ver que nos toca en el reparto. Schwab edulcoró el verdadero comportamiento de los ultra ricos de Davos. Pero una cosa es cierta. Generalizando con cuidado, se puede decir que en la producción y, sobre todo, en el refinamiento y el desarrollo de las innovaciones tecnológicas, tanto desde el punto de vista técnico como comercial, el lugar de las grandes corporaciones –sean o no multinacionales– es estadísticamente preponderante. La concentración de la producción de un sector de actividad en manos de un pequeño número de empresas no disminuye la competencia en general, incluso si disminuye la competencia por precios, pues la cartelización completa no es posible. Así, se acentúan otras formas de competencia, particularmente la innovación tecnológica. Las actividades petroleras y la computación son buenos ejemplos de todo este panorama. De manera que lo único leal a la Nación –sus trabajadores– debe resolver la contradicción identificada sin mucha originalidad por Huntington, acordando una relación con las corporaciones multinacionales que los beneficie en vez de perjudicarlos, como aquella otra respaldada por la derecha dura argentina que busca erigir una factoría de bajos salarios.

La tecnología sólo tiene dos modos de existencia: información y know-how. El know-how es indisociable del factor trabajo, donde está incorporado. La tecnología como tal, en las relaciones de producción capitalistas, se incorpora al precio de compra de la fuerza de trabajo y, a partir de esto, en el costo de la producción. La existencia de baja calificación en los países atrasados orienta la preferencia del inversor hacia inversiones socialmente desfavorables, es decir hacia sectores mano de obra intensivas y, entre ellas, hacia sectores con mano de obra no calificada. Como dice en “El Intercambio Desigual” Arghiri Emmanuel: “los obreros mal pagados mantienen a las máquinas y los ingenieros fuera de los países subdesarrollados, mientras que las máquinas y los ingenieros toman el lugar de los obreros altamente remunerados en los países avanzados”.

Si la Argentina no revierte la depreciación del factor trabajo, la muy buena calificación de éste en términos comparativos internacionales lo único que hará es acelerar la fuga de cerebros. Y el proceso se vuelve endémico. La exigüidad del mercado mantiene el capital extranjero fuera del país por los bajos salarios y alienta al capital local a invertir también fuera del país o a ser dilapidado en consumo suntuario. Empero, a medida que el capital disponible se vuelve más escaso, mayor es la presión a la baja sobre los salarios. El resultado es una nueva contracción del mercado y una nueva reducción de las oportunidades de inversión.

En este contexto global y nacional: ¿qué nos hace más Nación? Para empezar poner proa al alza en la remuneración de los trabajadores. Lo salarios son un precio político y como tal cuanto más alto es el nivel que alcanzan más ha avanzado la conciencia y mejorado la eficacia del movimiento nacional. El capitalismo no necesita la pobreza, la misma es contingente, generada por las circunstancias políticas. Ahora que en el mundo como resultado inesperado de la pandemia ya se está hablando de un nuevo Consenso de Washington, en el cual a diferencia del anterior el gasto público y la igualdad no son malos síntomas, es de esperar que al menos no sea un obstáculo como el anterior, del cual se valieron las fuerzas reaccionarias vernáculas para estropearnos la vida. Al fin y al cabo, ser o no más Nación es una respuesta que sólo nosotros podemos dar.

 

 

 

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