En el norte de la Patagonia se encuentra el sistema hidrográfico más importante de la Argentina. Y allí se juega, día a día, una de las tensiones más alarmantes de los últimos tiempos entre el modelo de la producción frutihortícola y el modelo hidrocarburífero, alimentado por el boom de Vaca Muerta desde hace más de una década. En dicha zona los ríos Limay y Neuquén confluyen en el río Negro, aguas de altísima calidad que solían irrigar el gran valle históricamente dedicado al primer modelo. Pero todo cambió abruptamente cuando, en esa región verde y fértil, el fracking –ese nombre tan temido por los ambientalistas– avanzó de forma vertiginosa.

“¿Cómo pensar más allá de la denuncia?”, se pregunta la periodista Natalia Gelós, voz en off del documental Qué perforado está mi valle, una producción del Observatorio Petrolero Sur (OPSur) y Revista Crisis, que dura aproximadamente una hora y se está exhibiendo en diversos circuitos del país. “En un mundo donde el futuro requerirá alimentos frescos y agua, la fiebre hidrocarburífera parece limitar esas posibilidades. Cómo se definirá esa relación de fuerzas es parte de una discusión más grande sobre el destino que le daremos a nuestras regiones vivas a nivel global”, acota Nicolás Perrupato, otro de los creadores del film, el cual coloca el foco en testimonios e historias locales de aquella tensión que, más allá de los anuncios presidenciales –desde Cristina Fernández de Kirchner a Javier Milei, nadie pasó desaparecido a las mieles de Vaca Muerta– y de los títulos rimbombantes en los medios, suele ser desconocida para el gran público, en tanto una realidad algo lejana desde lo geográfico y poco narrada en su complejidad por el periodismo.

Por la cámara pasan investigadores, científicos, vecinos, chacareros, docentes, funcionarios, representantes de comunidades indígenas, productores agrícolas y trabajadores, tal vez el mayor aporte del documental, con sus experiencias y relatos de primera mano en territorio. Así, construyen un debate que, por ahora, deja muchos enigmas. Tanto como ocurre en otras zonas del país –el último documental de Lucrecia Martel sobre el crimen de un comunero indígena o el trabajo fotográfico de Pablo Piovano en los campos fumigados, entre otros, también lo exponen–, se devela una tensión entre el cuidado del medioambiente y la economía regional. En tiempos de cambio climático, las nuevas formas del capitalismo extractivo, bajo la pátina del “progreso social”, el desarrollo industrial y la prosperidad económica –en este caso, con Vaca Muerta como tesoro y faro no sólo de una zona, sino del país–, se imponen con un inmenso aparato de legitimidad y de avance tecnológico, sinónimos de la pujanza nacional.

Hay voces como las de Lef Nawel, de la comunidad mapuche. Se dimensiona la importancia de la cuenca del río Negro, con productores que eran dueños de la tierra y mujeres inmigrantes que compraron chacras y se hicieron cargo de estas, allá por 1950. Los pequeños productores podían sostenerse, pensar un futuro, que hasta incluso llegó a una tercera generación con la pera y la manzana como estandartes, el florecimiento de bodegas y elementos laterales como el carozo de la fruta. “Soy un apasionado, me la pasaría arriba del tractor. Pero entiendo que, más que nada por una cuestión económica, se ha perdido el cariño por la tierra”, dice un productor de tercera generación.
En el documental aparecen noticieros locales y un dato histórico: a partir de los '70, el negocio frutihortícola se trasnacionalizó. Se giró hacia un modelo concentrado y excluyente, donde los pequeños y medianos productores fueron cooptados por empresas o magnates locales. A lo largo del valle, se empezó a dar el fenómeno de chacras abandonadas y familias que decidieron migrar pese al arraigo tradicional a la tierra. Hasta que, en 2011, Repsol e YPF anunciaron el develamiento del yacimiento Vaca Muerta, el mayor descubrimiento de petróleo de su historia.
Un investigador, en el documental, explica lúcidamente cómo se dio el paso de los hidrocarburos convencionales a los no convencionales, sin dudas el centro gravitatorio del conflicto en ciernes. Mientras el primero fue cayendo en picada y no requería tanta perforación, el segundo depende del fracking a más de 2000 metros del suelo. “Consiste en fracturar rocas con gran cantidad de arena, agua y químicos, que son los que permiten migrar al hidrocarburo”, explica, y se contextualiza una fragilidad de los controles y, al mismo tiempo, un retroceso gradual del valle frutihortícola.

En octubre de 2025, hubo una producción récord de gas y petróleo en Vaca Muerta. Se cuentan las historias de las familias que llegaron a trabajar a los pueblos aledaños, algo que, si bien dio un marco de estabilidad económica, no deja de ser temporario y de “fin de obra”. Así también ocurría con trabajadores golondrinas del cordón frutihortícola de la zona, tal el caso de Daniel Solano, un joven salteño que viajó a Choele Choel, el pueblo donde nació Rodolfo Walsh, a cosechar fruta, y fue asesinado en noviembre de 2011 después de encabezar protestas por las condiciones laborales. “No todos tienen la oportunidad de entrar a la industria petrolera, donde hay sueldos más importantes. Acá la vida es más cara, la comida, los servicios, y si no trabajás en el petróleo, no te alcanza”, dice una vecina. También se mencionan paradojas, como el pueblo de Añelo, gran productor de gas, y con pobladores que todavía no lo tienen en sus casas.
La mano de obra también escasea: hay una distancia abismal entre lo que se gana en la chacra en comparación con los campos petrolíferos. Los productores frutihortícolas, en efecto, tienen dificultades para conseguir gente para la cosecha. “La gente quiere ganar lo mismo que gana en una empresa, y se nos hace imposible”, dice una productora, entre sus tomates y verduras. La alteración del modelo productivo impacta en el transporte, en la logística, en las rutas colapsadas de camiones, con caminos destruidos y accidentes por doquier. Chacras convertidas en barrios privados y el negocio inmobiliario expandido a gran escala. Reservas de agua dulce perforadas, a metros del lago.
“Cuando un impacto se hace al lado de una chacra, hay que tener en cuenta el nivel de violencia, el nivel de improvisación y el nivel de incidentes. Por ejemplo, encontramos agua salina que destruye el total de una producción, derrames de metales, las explosiones frecuentes y la contaminación que se siente en los cuerpos”, dice otro docente, a la vez que un chacarero acota que no puede dormir por el ruido infernal de las perforaciones y, a la vez, perdió cerca de cien gallinas y otros animales por la contaminación.
En toda la zona existen cada vez más pozos petrolíferos. El fracking, en rigor, afecta la vida agrícola de forma directa: hay quienes denuncian los abortos masivos de animales, y muchos de estos, nerviosos por los ruidos, se comen los alambrados de los corrales. Las perforaciones, además, se están realizando en los mejores suelos. “Se pierde capital ambiental. El hidrocarburo trae plata, pero destrucción a corto y largo plazo”, dice otro testimonio, entristecido por los peces muertos en una laguna en la que jugaba de niño. El agua, el suelo, las plantas, la fertilidad de la zona, la ruralidad en riesgo. La agroecología como alternativa, las comunidades indígenas y campesinas que defienden los recursos. Se repasa una ordenanza municipal que frenó el fracking, pero el gobierno de Río Negro apeló y todo permaneció en la nada. Justicia y poder político de la mano con el negocio.
Qué perforado está mi valle, un documental que indaga en las condiciones históricas, sociales y políticas que hicieron posible el declive del modelo frutihortícola en paralelo al boom de Vaca Muerta. “¿Sacrificar el agua y el alimento del futuro por la fiebre energética del presente?”, se preguntan los realizadores desde el corazón hídrico de la Patagonia, oasis de producción de frutas y verduras, epicentro de una lucha global entre alimentos y petróleo, entre dos modelos en pugna y la defensa del medio ambiente en la encrucijada de un vigor económico y un proyecto de país.
Próximas funciones:
26 de mayo, 16.30, UNSAM.
29 de mayo, en Sala Lúcida (Av. Cabildo 4740), 19.30.

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