Qué vida, esta

La película danesa "Otra ronda" y el derecho a la defensa a ultranza del estado de ánimo

 

La semana pasada me abalancé sobre una película que esperaba con ganas, y que Netflix acaba de subir a su plataforma. Se llama Otra ronda (Druk, 2020), es danesa y fue dirigida por Thomas Vinterberg, uno de los cineastas que, junto a Lars von Trier, llamaron la atención en el ’95 con ese movimiento de shock estético que llamaron Dogma. Lo que me atraía no era sólo Vinterberg sino además el protagonismo de uno de mis actores favoritos de estos días: Mads Mikkelsen.

A Mikkelsen lo descubrí cuando encarnó a Le Chiffre en Casino Royale (2006), primera película de la saga Bond interpretada por Daniel Craig. Difícil que el tipo pase desapercibido, porque tiene una cara rarísima. Ojos rasgados, a media asta, como si nunca terminase de despertarse; una boca que es un hachazo, como las de los Muppets, y la piel curtida de los esquimales. Cuando vi Casino Royale por primera vez, tan pronto entró en cuadro pensé: Uh, claro. Este es un villano de manual. ¡Con esa jeta…! Enseguida agradecí que además fuese un actor minimalista, de esos que inspira respeto no porque grita y agranda cada gesto, a lo Pacino, sino desde la contención que genera tensión dramática. Después lo pesqué en La cacería, otra de Vinterberg, donde interpreta a un maestro injustamente acusado de molestar a un menor, y me dije: Pero este tipo es más bueno que Lassie. Poco más tarde hizo del caníbal Lecter en la serie Hannibal, y volvió a ponerme la piel de gallina. Hay que tener talento para tomar el personaje que bordó Anthony Hopkins en El silencio de los inocentes y hacerlo propio, reinventarlo por completo… ¡y que funcione!

 

 

Mikkelsen y Vinterberg, dirigido y director.

 

 

En Otra ronda, Mikkelsen interpreta a un profesor de historia de escuela secundaria llamado Martin, cuya vida se ha empantanado. Por un lado, todo parece estar bien: tiene trabajo seguro, casa, una familia (mujer y dos hijos adolescentes) y compañeros docentes que además son amigos de verdad. Pero por el otro, siente que su alma se apagó, que dejó de ser quien solía ser para convertirse en nadie, en un autómata, un robot sin alma que sólo se mueve, hace y dice cosas por inercia.

Durante el cumpleaños de uno de sus colegas —son cuatro amigos—, emerge en la conversación la teoría de un psicólogo llamado Finn Skårderud (reales, este hombre y su teoría), según la cual los humanos tendríamos un porcentaje de alcohol en sangre ligeramente menor a aquel que vendría bien para funcionar a la perfección. La hipótesis dice que con un nivel constante de 0,05 viviríamos más relajados y satisfechos. Como todos sienten que les está pasando algo similar a lo de Martin (una suerte de crisis de la mediana edad a cuatro bandas), pactan hacer la prueba, asumiendo la formalidad de un experimento social. Y entran a chupar de lo lindo.

 

 

Los cuatro amigos docentes de «Otra ronda».

 

 

Al principio, todo sale de puta madre. Se sienten achispados, van flotando por la vida en lugar de chocar contra cada superficie, como hasta entonces; situaciones incómodas se destraban y la vida se embellece e intensifica del mejor modo. Pero al elevarse los niveles de alcohol en sangre, las cosas se complican y hasta se vuelven trágicas. No voy a entrar en detalles, porque no vienen al caso. La cosa no pasa por probar si la teoría funciona, nada le importa menos a Vinterberg que argumentar si el alcohol es bueno o malo. (Otra herramienta más, en todo caso, de esas a las que apelamos como muletas, para evadirnos o para potenciar nuestra percepción de la belleza; como toda herramienta, es tan buena como el uso que hagamos de ella.) Lo que importa acá es que, después de una sucesión de borracheras pantagruélicas y de porrazos —algunos literales, otros metafóricos—, Martin completa un trayecto del viaje vital y arriba a otra estación de su alma. Y cuando le cae la ficha, cuando se da cuenta de que aún estando sobrio ya no se siente apagado como se sentía, Vinterberg le regala una escena conmovedora.

Martin y sus amigos se cruzan con los alumnos que acaban de recibirse, en pleno festejo, y aceptan la invitación a sumarse a la joda. A esa altura ya sabemos que a Martin le dio por estudiar baile cuando era joven; sus amigos se pasan la película entera pidiéndole que vuelva a moverse, que rompa con su inmovilidad, con su impasividad. Pero sólo entonces Martin se entrega al ritmo. No porque todo se haya resuelto al estilo Hollywood, al contrario: algunas cosas están peor de lo que estaban al principio. Lo que cambió es el espíritu de Martin, que entendió que no tiene sentido esperar que los astros hagan fila y que todos los problemas se solucionen, porque eso nunca ocurrirá, al menos de forma completa y coordinada; y que la incertidumbre —que en términos generales, nos acompañará hasta el último instante— no debería impedirle disfrutar del hecho de estar vivo.

 

 

 

 

Como Vinterberg y Mikkelsen me la dejaron picando, sentí que no podía hacerme el gil. ¿Cuándo había sido la última vez que, más allá de lo que estuviese ocurriendo alrededor, me permití gozar del hecho de seguir aquí, en este mundo? En el contexto de esta pandemia que nos tiene estragados desde hace un año y medio, ¿es posible celebrar la vida — o además de posible sería también deseable, y hasta necesario?

 

 

 

Montajes paralelos

El cine es ideal para la expresión de las epifanías. Esta palabra rara viene del griego (epiphanea, «manifestación, aparición sorprendente»), y en la Antigüedad se la usaba para describir un fenómeno de naturaleza religiosa. Como en el caso de los dichosos Reyes Magos, cuya irrupción reveló la esencia divina de cierto crío nacido en un pesebre. Con el correr de los siglos, el término se extendió a todo tipo de iluminación súbita, de lucidez que irrumpe como de la nada, con un mero chasquear de los dedos. Eso fue el eureka que se le escapó a Arquímedes, cuando intuyó cómo venía la mano en materia del volumen de los objetos; y el manzanazo que le habría acomodado los sesos a Newton, inspirándole la noción de la gravedad.

En la literatura de James Joyce, la epifanía es un fenómeno relevante, que durante un instante descorre el velo que oculta una verdad que puede cambiarlo todo. En la obra de William Burroughs también es importante, en ese caso vinculada al consumo de sustancias que alteran la percepción. Cerca del final de Matar a un ruiseñor, la niña protagonista, Scout, entiende de golpe que todo lo que su padre, el abogado Atticus Finch, ha venido haciendo, fue con una intención ulterior de orden pedagógico. De pie en el pórtico de madera de la casa de los Radley, reflexiona. «Atticus tenía razón. Una vez dijo que nadie conoce a un hombre hasta que se pone en sus zapatos y camina con ellos. Estar de pie allí en lo de los Radley me bastó».

 

 

Boo Radley y Scout Finch: ponerse en los zapatos del otro.

 

 

Pero una cosa es narrar la epifanía que le sobreviene a un personaje —telegrafiarla, construir los pasos que llevan a una revelación de modo que, cuando ocurra, sea verosímil— y otra muy distinta es disparar una epifanía en el lector o espectador. Lo más común es lo primero. Las películas están llenas de instantes en los que el personaje central conecta puntos que hasta entonces no vinculaba, de modo de entrever una forma secreta, un significado transformador. Esto puede ocurrirle tanto al detective que descifra un caso como al científico a quien se le dibuja en el aire una fórmula universal. Lo difícil, lo inefable, es que una obra lo ponga a uno en contacto con la fugaz sensación de entender, o al menos de intuir, de qué va este asunto que llamamos vida, sentido, universo.

Yo tengo en mi haber algunas epifanías que achacarle al cine. Un mediodía, recién llegado a Nueva York por razones de trabajo, me metí en la primera función de una sala enorme, el viernes del estreno del Dracula de Coppola. Y cuando llegó una escena, en mitad de la película, donde el gordo se manda uno de esos montajes paralelos que le salen como a nadie mientras la música de Wojciech Kilar lo inunda todo —ese tramo en el que Vlad, convertido en lobo, mata a Lucy Westenra, al mismo tiempo en que Harker y Mina se casan—, me levanté de mi butaca como empujado por un resorte y me quedé parado ahí, en mitad del cine. Menos mal que, como era una función temprana, no había mucha gente a la que involucrar en mi papelón. Fue algo que nunca me había pasado, y que no volvió a ocurrir. La cosa se había puesto tan increíblemente operística, tan sturm und drang —me refiero al movimiento proto-romántico alemán, que preconizaba una aproximación irracional al arte y buscaba asustar, aturdir y provocar el desborde emocional—, que mi impulso fue el de ponerme de pie y dirigir la orquesta de los elementos con mis brazos.

 

 

El «Drácula» de Coppola: sturm und drang.

 

 

Cada vez que vuelvo a ese episodio, me digo que lo mío fue una respuesta casi lógica a una escena en la que Coppola pone al mango todos los elementos que hacen del cine la poderosa experiencia que puede llegar a ser… y casi nunca es. Pero esa explicación no alcanza. Me costaría ponerlo en palabras, porque las epifanías son elusivas, visión efímera antes que certeza duradera. Sin embargo, se me hace que algo en esa yuxtaposición de elementos —la pureza del rito matrimonial, la exaltación de la música, la violencia y el mar de sangre— sintonizó con la clave dramática en la que, me guste o no, interpreto mi vida.

 

 

 

Un arte

Por suerte el cine me ha deparado epifanías más luminosas. La del final de Otra ronda es una, sin dudas. Uno de esos raros casos en que el protagonista alcanza un instante de inexplicable lucidez de forma sincrónica con el espectador. La escena de la danza de Martin tiene algo de Zorba el griego (1964), la película de Michael Cacoyannis que termina con Anthony Quinn, el Zorba del título, diciéndole al inglés Basil que a su vida le falta locura, y a Basil pidiéndole a Zorba que le enseñe a bailar. Otra vez se trata de un contexto desolador —los proyectos que Zorba y Basil tenían en común acaban de fracasar, y del modo más catastrófico— del cual se desprende una respuesta inesperada: en vez de putear, y de lamentarse, y de deprimirse, estos dos se ponen a bailar sirtaki y se cagan de risa.

 

 

 

 

La tentación es pensar que esa reacción se justifica porque es propia de los pueblos mediterráneos. Puede fallarte un negocio, un proyecto, un amor (pregúntenle a los griegos contemporáneos, que saltan de la sartén del FMI al fuego literal que se devora sus islas), pero aun así levantás la mirada y ves ese sol magnífico y ese mar insondablemente azul, y se te aclara todo: tanto como si te zamparas un Garompol, te hacés una gárgara con ouzo, te sacás los zapatos para sentir la arena entre los dedos y todo lo demás te chupa un huevo. Esta actitud sería extensible a los pueblos latinoamericanos, con tradición de siglos en esto de que las miserias de la vida no nos arruinen el estado de ánimo. Nuestras epifanías más frecuentes vienen por ese lado. La cosa puede estar fulera, pero no hay fulería que se resista cuando pintan una birrita, amigos, una música, un faso. Por supuesto, hay excepciones geográfico-culturales; por ejemplo la que se asienta sobre zonas definidas de la capital de Argentina, una isla de Morondanga más proclive a los días de furia que a gozar de la vida.

Pero la reacción ante los problemas y las desgracias no es privativa de un pueblo, sino particular de la especie. Tal vez las ficciones nos hayan jugado en contra, acá. Nos habituaron a relatos que fragmentan historias a conveniencia, ofreciendo happy endings donde todo se ha resuelto y cada cabo al viento terminó por atarse. La vida que conocemos no es así. Aun cuando se logra un objetivo importante, digno de ser disfrutado, siempre hay cinco quilombos más que hacen señas desde el fondo, demandando atención. Arreglás la canilla y te sentís Gardel pero al rato salís de casa y dejás la llave del lado de adentro. Te dio bien un análisis pero te reclaman a gritos la declaración jurada. Te llega la nueva de Stephen King pero pierde River.

 

 

Después del subidón, nadie te salva de la resaca.

 

 

También nos cuesta ubicarnos en la perspectiva histórica. Hasta no hace tanto, las generaciones se sucedían sabiendo que poco o nada cambiaría durante su tránsito por esta existencia. Por eso se legaban oficios: se le enseñaba a los hijos una técnica que pintaba invariable y ellos heredaban el kiosko con llave y todo, que llegado el momento cederían a los nietos, tal como había sido hecho con ellos. Pero a nosotros nos cayó encima un tiempo de enorme aceleración tecnológica, que inspira la sensación de que todo cambia constantemente. Las opciones profesionales que enfrentarán mis hijos no se parecen en nada a las que yo consideré, que ya poco se parecían a las que habían evaluado mis padres. Mi infancia parece haber transcurrido en otro mundo, del que me separarían eones: una época en blanco y negro, de calles empedradas, teléfonos fijos con cable, máquinas de escribir, televisores con dial y tres canales, enciclopedias impresas, mail esporádico con estampillas y películas que sólo podías ver en el cine. (O en la TV mucho después, con cortes y dobladas — ugh.)

Quizás cometimos el error de asumir que esa era la velocidad propia de la existencia; y por eso le reclamamos a la Historia con mayúsculas que le meta pata con ciertos cambios, sin los cuales nuestras historias individuales no cerrarían como anhelamos. Pero lo más probable es que, durante el tiempo que nos resta, las cosas cambien poco y nada en su esencia y sigamos correteando detrás de un mango, como el viejo Gómez. O peor: que cambien precipitadamente, pero de un modo que no es aquel que soñábamos. (Si en la hora de mi muerte el mundo natural siguiese pareciéndose un poco a aquel que conocí en mi infancia, me daría por muy afortunado.)

 

 

Filmando la danza.

 

 

Lo indiscutible es que cuesta relajar y asumirnos como parte ínfima de un larguísimo proceso que nos llegó barajado, del que (sólo) en un momento seremos responsables para, a continuación, dejarlo en manos de otra generación, que lo prolongará a su mejor saber y entender. La ansiedad por enmendarlo todo, por corregir cada defecto de esta sociedad para que quede lindo el último acto que nos toque, termina conspirando contra la gobernabilidad de nuestras vidas — se vuelve frustración.

Entiendo que es difícil discriminar de modo de permitirse un foco sobre lo bueno que existe u ocurre, mientras se relativiza o se pone en pausa todo lo demás. Pero es un arte que urge dominar, porque de otro modo se te va la vida por la canaleta de la mala sangre. Debería sernos tan familiar como el arte de perder cosas, que tan maravillosamente definió Elizabeth Bishop.

Perdé algo cada día, recomienda la Bishop en su poema One Art. Del mismo modo deberíamos decirnos, aunque amanezca con niebla y la falta de alineación tire en dirección a la banquina: Disfrutá de algo cada día.

 

 

 

No sé dónde estaré dentro de cinco minutos

Este viene siendo un año jodido para todo el mundo. Como no soy de andarme con chiquitas, le agregué al guiso mis propias dificultades, que pudieron ser trágicas pero —le pasé así de cerca— no lo fueron, al final. Quizás por eso me identifiqué con la travesía de Martin, así, de una. Comprendí el letargo que lo convertía en una sombra de lo que sentía haber sido, sus dificultades para conectar con los que más amaba, su extravío en el territorio de la disciplina que antes cultivaba con los ojos cerrados. Lo que a Martin le da el permiso de hacer las boludeces que necesita para despabilarse es el alcohol. No es una receta que uno pueda desparramar indiscriminadamente, pero quién soy yo para juzgar, sabiendo cuánto disfruto de un buen trago.

Una de las partes más divertidas de la película es aquella en la que Martin, ya achispado, le dice a sus alumnos que elijan entre tres personas a quién de ellas votarían. La primera es un tipo que sufre de parálisis, hipertenso, anémico, creyente en la astrología, infiel a su mujer, fumador y bebedor de (demasiados) martinis. La segunda, un tipo con sobrepeso que perdió tres elecciones, proclive a la depresión, que ya tuvo dos infartos, fuma sin parar, bebe de todo y toma dos pastillas porque de otro modo no pega un ojo. Y la tercera, un héroe de guerra condecorado, respetuoso con las mujeres, que ama a los animales, no fuma y casi no bebe alcohol más allá de la ocasional cerveza. Por supuesto, los pibes se inclinan por este último. Y Martin les revela que el primero era Franklin D. Roosevelt, el segundo Churchill y el tercero —Dios nos libre— Adolf Hitler. ¿Moraleja? Los vicios sociales no son la mejor medida de un hombre.

 

 

Martin en plena clase.

 

 

Yo no necesité del alcohol en esa capacidad, porque tuve suerte. Hubo quienes, amándome, me sopapearon a tiempo. Y además, viviendo donde vivo, lo otro que te saca del marasmo es la situación de aquellos que la pasan peor que vos, y que están por todas partes. Una cosa es vivir en una sociedad donde las cuestiones esenciales están resueltas, como tal vez lo sea la danesa; y otra distinta es despertarse acá todas las mañanas, donde la mitad del país tiene necesidades básicas insatisfechas. Por supuesto que a cada uno lo asiste el derecho de magnificar sus sufrimientos como mejor le plazca. Una persona es un universo y a veces el dolor es lo único con lo que cuenta, lo que la convierte en quien es. Además, la tecnología avanza a toda pasta pero todavía no concibió nada parecido a un desgraciómetro, un aparato que mida y juzgue los padecimientos. Pero de todos modos, ser consciente de los privilegios propios y de las carencias ajenas ayuda a poner los problemas personales en perspectiva, y a considerar la posibilidad de derivar las energías del ciento por ciento concentrado en el ombligo al beneficio potencial de otros.

Por supuesto, si te pasás de sensible también se te complica. Mirás alrededor y te querés matar. Lidiamos con el virus, y también con la gente entre inconsciente y turra que no se cuida ni cuida de los demás. Nos tocó vivir en un país escandalosamente injusto, donde millones se desangran mientras los que lucran con su miseria se cagan de risa, en la impunidad más absoluta. Y el mundo natural está empezando a desmoronarse en todas partes por culpa de los mismos vampiros, sin que a nadie parezca importarle. ¿Tenemos derecho a sentirnos felices o exaltados en esta situación? Yo creo que, más que el derecho, tenemos la obligación de actualizar el bienestar del que disfrutamos, de hacerlo carne y de registrarlo. Por uno mismo, desde ya, pero también porque no se puede trabajar en pos de un cambio positivo —no habrá revolución, si prefieren— sin alegría.

 

 

 

 

Por supuesto que no hablo de una alegría de burbujas de champagne o de inhalación de gas helio, sino de algo más parecido a la temperancia, la sobria asunción del privilegio de estar vivos. Si hay salud, si no estás solo y si te encontrás en condiciones de hacer algo que mejore la vida de alguien (la propia desde ya, pero también la de otros), te asiste no sólo el derecho sino también el deber de experimentar euforia. Otra palabreja griega —así como hay que recuperar el color amarillo del que Macri se apoderó, habría que recuperar el griego de las garras de Mariano Grondona— que, lejos de representar la excitación banal con que la asociamos, significa fuerza para soportar. Si nos consideramos en condiciones para bancar la que nos toca y tirar hacia adelante, la euforia debería ser nuestro estado de ánimo por antonomasia.

Cuando ya había decidido escribir sobre Otra ronda y empecé a buscar información, me cayó una ficha. (Descubrí una forma secreta, bah; otra epifanía.) Me di cuenta de que era la película que este año había ganado el Oscar a la mejor de origen extranjero; y que recordaba el discurso que Vinterberg había dado en esa ocasión. Lo que contó allí —lo que yo había olvidado por completo, y no tuve en cuenta cuando vi la película— era que, durante el cuarto día de rodaje de Otra ronda, la hija adolescente de Vinterberg, Aída (nombre operístico como el que más, dicho sea de paso), murió en un accidente de autopista, provocado por alguien que se distrajo mirando su celular.

 

 

 

 

Yo que tengo claro qué clase de bardo y de movilización representa un rodaje, me pregunté cómo hizo Vinterberg para seguir adelante. Y me convencí de que una desgracia semejante no podía sino haber permeado la tarea de cada persona que participó de esa filmación, desde el empleado más raso hasta su protagonista. Bajo esa luz, el baile final de Martin adquirió todavía más resonancia. Es una suerte de acto de abandono, de parte de alguien que baja los brazos adrede y deja de resistirse a los dolores y las frustraciones que forman parte de su realidad para entregarse a la música de la vida, de la energía vital que impulsa a seguir adelante a pesar de todo. Porque la vida puede haberte cagado a trompadas, pero desde el mismísimo suelo, en medio de un charco de sangre y dientes, uno puede reconocer en sí mismo el deseo de ponerse de pie nuevamente y de disponerse a la aventura del porvenir. Que es lo que de algún modo dice la canción de Scarlet Pleasure a cuyo ritmo baila Martin al final. El miedo y la incertidumbre no se han ido («Me aterroriza estar del otro lado / ¿Cuánto falta para que me vuelva loco?»), porque no se irán nunca mientras vivamos. Pero el temor y el dolor son apenas parte de un contexto más grande, ante el cual la actitud es esencialmente positiva, agradecida:

Qué vida, qué noche

Qué bello, bello paseo

No sé ni dónde estaré en cinco minutos, pero soy joven y estoy vivo

Me cago en lo que digan, qué vida esta.

Muy al estilo de otra Scarlett, la O’Hara, al final de Lo que el viento se llevó: «Después de todo, mañana será otro día». Imagino que eso le habría dicho Aída a su padre, de poder: que no malograse su vida, que disfrutase de lo que todavía podía disfrutar.

Fue Nietzsche quien dijo que cada día en el que no bailamos al menos una vez debería considerarse un día perdido. Me sorprendió descubrirlo, porque siempre lo visualicé como una bolsa de papas con bigotes estilo manubrio y no imaginé que podía ser tan sensible al fenómeno de la danza. Pero es obvio que sabía de qué hablaba cuando se refería al tema. «Y aquellos a quienes vieron bailando fueron considerados locos —escribió—, por aquellos que no podían oír la música».

Otra ronda, maestro, por favor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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