QUEMEN TODO

Horacio Altuna y una novela gráfica que transparenta la violencia de clase en el imperio

 

Pudieron haber sido las puebladas en cualquier barrio del Conurbano bonaerense en aquel verano de hace veinte años; los autos quemados, el supermercadista chino llorando en la puerta de su local. O  gays, lesbianas, travestis, drags de todos los colores agarrándosela con la policía en la puerta del boliche Stonewall en el Village neoyorquino durante la primavera del ’69. Por qué no la batalla campal en plaza Congreso, el día en que se votaba la movilidad jubilatoria a fines de 2017; las motos policiales pasando por encima de manifestantes caídos, el tipo que le tiraba cañitas voladoras a la infantería. A partir de 1987, cualquiera de las intifadas en Cisjordania y  Gaza; más cerca, en esta última franja ayer nomás, entre bombardeo y bombardeo; los pibes tirándole piedras a los tanques. Hablando de tanques; aquel tipo solito frente a la columna de blindados en la plaza Tiananmen de Beijing en el ’89 cuando ya se contaban cerca de dos mil cadáveres. Un poco más lejos, el Cordobazo y al año siguiente el Rosariazo. Tlatelolco. Mayo del ’68 en París. Por donde y cuando se mire, de los levantamientos independentistas a las barricadas de resistencia, pasando por los alzamientos reivindicativos, disparadas por la injusticia o por la mera represión del poder instituido, movilizaciones y estallidos de violencia popular jalonan la milenaria historia de la humanidad.

 

 

El autor, Horacio Altuna.

 

 

Cualquiera de las anteriores puebladas y tantas otras pudieron haber sido el escenario para que el tremendo dibujante Horacio Altuna (Córdoba, 1941) situara Hot L.A., su flamante novela gráfica donde refleja aquella semana caliente de 1992 en que, principal mas no exclusivamente, la población afroamericana de la ciudad de Los Angeles, California, se adueñó de las calles. Desde los barrios marginales periféricos avanzaron hacia el centro de la ciudad en protesta, inicialmente, por el sobreseimiento por parte de un jurado blanco a los cuatro policías blancos que habían apaleado, estando esposado, al taxista negro Rodney King un año antes. La revuelta fue de tal magnitud que implicó una tregua entre las pandillas archienemigas Creeds (partidarios, creyentes, del palo) y Bloods (sanguinarios) que enfrentaron a la policía hasta que intervino la Guardia Nacional. Tras seis días de combates callejeros, quedaron sesenta y tres muertos, dos mil heridos, siete mil edificios incendiados y tres mil cien establecimientos comerciales destruidos. El conflicto entre los más fuertes que detentan el poder y los más débiles que se resisten a ser (más) sojuzgados adquirió la forma del enfrentamiento racial. Hizo emerger que tal conflicto de manera alguna se limitaba a los afroestadounidenses, sino que implicaba a latinos, orientales, en fin, todo aquello que no se pareciera al ciudadano wasp (white anglo-saxon person). Puso sobre el tapete no sólo el racismo en sus múltiples variantes, asimismo las injusticias sociales, el abuso de la fuerza autoritaria, en fin, formas particulares de la lucha de clases. Cuando el pueblo se harta, quema todo.

 

 

 

 

 

Presentada en formato álbum (0,30 x 0,22) como corresponde a una novela gráfica en la que el dibujo guía la trama, Hot L.A. reproduce el modelo del cómic, sin serlo. Una ilustración monocromática se inserta en el estilo tradicional de la historieta a fin de imbuir al lector en un universo familiar, contenedor de la potencia narrativa que el detalle desenvuelto por Altuna descerraja como un golpe de bate de beisbol en el parietal, que tanto abunda en la trama. Son cuatro historias que bien pueden leerse en forma aleatoria, aunque la última hace —salvando las distancias— lo que el coro griego: sin discurso explícito arroja una consecuencia social, ética, con la sangre proveniente de distintos cuerpos confluyendo hacia la misma alcantarilla que el blanco y negro (de los muertos, del dibujo) paradojalmente democratiza. Novela en la que reina la imagen. No es en la estricta palabra donde la acción se realiza sino en los mínimos detalles de la ilustración, en la vibración de la fibra y la sinuosidad de la línea donde no hay grises sino sutiles blancos y negros plenos, allí, la acción se produce. En el detalle. El texto, evoca; cada tanto propone una pista, por momentos simula ser accesorio.

“Nos criamos aquí. Esto es lo nuestro”, dicen dos adolescentes; caminan por calles horrendas; piensan si robar el mini supermercado del coreano: “Yo quiero lo que me ofrecen en la tele, güey”. Se desata el desastre, fuego y sangre, llega un patrullero, ni intentan impedir el saqueo. El coreano grita a los policías: “¡Me están robando! ¡Ustedes no defienden mi propiedad! ¡Ustedes…!”. Refugiados dentro de la patrulla, uno de los policías le responde: “¡Te callas coreano amarillo hijo de puta o te hago tragar los dientes a patadas! ¡Imbécil!”

Horacio Altuna va narrando de a grajeas visuales los sucesos producidos a raíz de la paliza a Rodney King, la impunidad de los policías, las sucesivas, crecientes explosiones populares. La siguiente escena es dentro de un bar de mala muerte con propietario blanco, en tanto en la vereda comienza a armarse la insurrección. Un viejo cliente recomienda cerrar: “¡Esta es una propiedad privada y al primer negro que se asome lo reviento”. La acción continúa en el sentido previsible; bah, un poco peor.

 

 

El crescendo se acentúa. Un traficante de la pandilla Bloods al que un grupito de la banda de los Creeds le roba doscientas dosis, sale a recuperar su mercancía y, también, venganza: “Los tomaremos por sorpresa, a los cerdos… Acompáñame a recuperar lo que es mío, hermano”.

Supuestamente habían establecido una tregua frente al enemigo blanco. En el trayecto caen unos y otros, se asaltan, saquean y queman comercios de blancos, negros, amarillos y mestizos. Mujeres que se quedaron sin su lugar de trabajo lloran en el cordón en la vereda. “¡Esto es nuestro! ¡Hay que resistir!”, no se sabe bien qué. Una imagen panorámica muestra a quienes enfrentan a la policía, los que huyen, otros que dan contenido político, algunos enfrascados en cuestiones personales.

El cuarto y último relato cambia de tono. Imágenes más amplias, breves textos laterales, sin diálogos, es la acción que rige la trama, reúne etnias y clases, hasta la mentada alcantarilla. A modo de síntesis, una secuencia se reitera en tres pasos: un plano corto muestra el desastre, la vereda, el escaparate; el siguiente levanta el foco para mostrar un fragmento del barrio, requiere especial atención reconocer algún fragmento del caos. Finalmente, la noche, la mirada se eleva aún más, capta una porción de ciudad, calles y hogares apenas son puntos de luz, todo se borra, una leve colina contrasta con el cielo estrellado y, en su ladera, las nueve letras de un inmenso, famoso cartel: Hollywood.

Cuentan los etnólogos que los nombres con que se designan a sí mismas las aisladas tribus (mal llamadas) etnográficas, casi siempre significan “los del centro del mundo”, “los magníficos”, algo así. Y a los extranjeros se los expulsa fuera de la cultura, de la condición humana como “liendres”, “diablos” o llanamente, “soretes”. El etnocentrismo como sistema identitario, diferenciador, parábola de acceso o repudio a lo diverso, ha sido causa más de espantosas masacres que de encomiables intercambios. En un extremo, dentro de una misma comunidad cultural, el narcisismo de las pequeñas diferencias ha desatado las más sangrientas luchas fratricidas. En la otra punta, el racismo aparece como la forma más perversa de anular las enormes semejanza y privilegiar las mínimas discrepancias. El conjunto de variaciones que dentro del capitalismo salvaje encubre  racismo, posesión, propiedad, pertenencia, diversidad, propiedad privada, identidad; perturba avanzar sobre las raíces de los enfrentamientos, descubrir y menos proponer alternativas al transcurso de la contradicción principal encerrada en la lucha de clases.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Hot L.A.

Horacio Altuna

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

52 páginas

 

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