RAFAEL Y DIEGO, UNA MISMA LUCHA

El reencuentro entre dos pibes de la periferia que enfrentaron al poder hasta el final

 

A esta altura hablar de Diego es como regar un lago, llevar arena al desierto o carbón a un incendio forestal. Todos los medios del mundo cubrieron su partida al origen y destacaron sus valores y su temple de luchador.

Algunos podrían llamarle conciencia de clase o militancia social, que en Maradona tomaba dimensiones heroicas.

Diego fue un pibe pobre que nunca olvidó para quién jugaba y dónde estaban los que le cagaban la vida a los pibes pobres como él. Murió el 25 de noviembre y todos recordaremos con dolor ese día.

El mismo día, tres años antes, otro pibe pobre que sabía para quién jugaba y dónde estaban los que le cagaban la vida fue asesinado por una bala estatal, comprada, administrada y provista a un prefecto con orden de disparar en la noche cerrada contra jóvenes Mapuce (así se escribe en su idioma). Ese mismo día pero del 2017 el Estado argentino mataba a Rafita Nahuel.

El Estado estaba comandado por un poder político que promovió el odio e inventó un supuesto enemigo “interno no argentino” con ribetes violentos y secesionistas.

La Patagonia hoy tiene a cientos de comunidades del pueblo Mapuce que a pesar del intento de etnocidio de Roca y su posterior persecución e invisibilización sobrevivieron resistiendo avasallamientos, estigmatización y despojo durante mas de 140 años.

Muchísimos años después de la invasión y fruto del debate que devino en toma de conciencia a raíz del quinto centenario del desembarco imperial español, algo se empezó a dar vuelta.

Si bien hay espacios de lucha que lograron conquistar derechos y reconocimientos legales en constituciones nacionales y provinciales, a casi 30 años de la inclusión del derecho indígena en la Constitución de 1994 es muy poco lo que en realidad se ejerce en términos concretos.

Rafa era un joven nacido en los suburbios de Bariloche, que están poblados por generaciones de desplazados de las comunidades Mapuce de la línea sur.

Diego era un hombre nacido en los suburbios de Buenos Aires, que fueron poblados por generaciones de desplazados de todas las provincias argentinas, históricamente nombrados como cabecitas negras.

El alto es la contra postal del Bariloche alemán con escenografía suiza, la periferia de los trabajadores a los que se pretende invisiblizar, los que perdieron sus orígenes y territorios, los explotados por los poderosos de todo el mundo que están realmente invadiendo la Patagonia para extraer o apropiarse de sus riquezas naturales.

El Conurbano bonaerense es un territorio que contrasta fuertemente con la ciudad de estilo europeo que las clases dominantes construyeron a su imagen y semejanza.

Rafa era un joven que junto a otros jóvenes recuperaron una porción de identidad y de territorio que pertenece al Estado rodeado de ocupaciones acordadas mediante concesiones dudosas con la administración de parques nacionales.

Diego fue un hombre que recuperó con su palabra ese lugar de orgullo de los desplazados, un cabecita negra que a pesar del éxito y el dinero no transó en su pensamiento y recuperó en el imaginario popular el orgullo de serlo.

Rafa fue un rebelde al que una manga de cajetillas filonazis decidió condenar a muerte en busca de una mano dura ejemplificadora para cuidar los avances de sus empleadores o contratantes, por lo general extranjeros.

A Diego lo mató el extractivismo mediático de su vida íntima exponiendo sus problemas y contradicciones 24 horas al día en vivo, intentando domesticarlo y callarlo.

Rafa defendía su derecho a vivir mejor en su territorio, pero también nos defendía a todos de la expoliación y posible destrucción de la soñada Patagonia cordillerana por parte de los Lewis, las mineras, las iglesias, los Benetton y tantos otros invasores.

Rafa se fue tres años antes asesinado por gente como Macri, Noceti y Bullrich, hoy impunes. Personajes de un gobierno al que el comandante Maradona, que se codeó con Fidel, Chávez, Néstor y Correa, atendió con sus frases célebres puteándolos a viva voz o con un decálogo de frases creativas.

Seguro que en donde hoy estén se mantendrán en equilibrio y el astro de la pelota al encontrarse con Rafita y escucharlo le rendirá su merecido homenaje. Quedará entonces en nosotros no olvidar para que acá en la superficie se le brinde justicia a su familia y una reivindicación a su lucha.

Una posibilidad real es que el Estado cumpla con su Carta Magna en su artículo 75, incisos 22 y 17, y que de una buena vez los Mapuce que quieran retomar la senda de la vida comunitaria rural tengan tierras aptas donde se recreen, se formen y desarrollen como Mapuce que son.

La ley 26.160 de 2006 prohibió desalojos para dar paso a un relevamiento integral en todo el país pero chocó con gobiernos provinciales y un poder real que traba su aplicación a través de una justicia adicta. La ley de propiedad indígena, que era el paso siguiente de aquella política, duerme en algún cajón. La educación intercultural y bilingüe, un derecho de todos, sólo retoma su importancia en algunas comunidades pero no se incorpora a la educación que imparte el Estado. Sus idiomas son tomados como lenguas secundarias y no se incorporan a la la comunicación oficial salvo en eventos específicos. Las declaraciones de odio y las noticias falsas que los estigmatizan no son siquiera visibilizados como un mal ejemplo. Sólo se habla de naciones originarias cuando algún medio intenta poner una nota de color que apunte a la sensiblería y ejerciendo el paternalismo sociocentrista. Ante tantas cuentas pendientes, es urgente avanzar con políticas concretas donde los pueblos indígenas sean protagonistas.

Mientras tanto, ese territorio donde el Estado derramó sangré inocente debería ser, a mi modesto modo de ver, un espacio de memoria administrado por esos jóvenes que arriesgaron su vida y perdieron a sus amigos por volver a su esencia, y desde allí comenzar a refundar entre todos el Estado Plurinacional que nos merecemos.

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