¡RANAS DEL MUNDO, UNÍOS!

Casi un libro de memorias, el del politólogo e historiador Benedict Anderson releva nacionalismos

 

Hijo de un funcionario del extinto imperio británico destinado a China, Benedict Anderson llegó a este mundo en 1936. A los pocos años la familia se radicó en Irlanda, fue becario en el aristocrático colegio londinense de Eton, hizo la universidad en Cambridge, desarrolló una brillante carrera como politólogo e historiador en Cornell, Estados Unidos, y murió en Indonesia, la patria de sus amores, en 2015.

Hermano mayor del destacado teórico marxista inglés Perry Anderson (Londres, 1938), Benedict fue un pionero en los estudios sobre el nacionalismo “siempre ligado al internacionalismo”. Prestidigitador de paradojas, el concepto cobra cuerpo al reflejar el popular apólogo indonesio que retrata a una rana cuya vida transcurre bajo la cáscara de medio coco (cuenco otrora utilizado para beber), convencida de que tal es el universo todo. Idea que se complementa con una tónica atenta a evitar “el peligro de un provincialismo arrogante”.

Con el materialismo dialéctico como herramienta principal, eligió como objeto de estudio el sudeste asiático, esa zona del planeta por cierto extraña al conocimiento latinoamericano que lo restringe a escenario de cruentas batallas de la Segunda Guerra Mundial y a escenografía de las andanzas de Corto Maltés, la saga del genial Hugo Pratt.

 

 

Experiencia vertida para el universo académico en Comunidades imaginarias (1983), su relevamiento no se restringió a Indonesia, sino que se extendió a Java, Sumatra, Borneo, Siam (hoy Tailandia) y Filipinas, sin desatender las presencias de Japón, China y Corea. Investigador irrepetible, Anderson aprendía las lenguas de los pueblos donde realizaba su trabajo de campo, hasta casi dominarlas como un lugareño. Asentado en cada localidad a la que se abocaba, sin dejar sus principios éticos e ideológicos de lado, llegaba a comprometerse con las causas libertarias a punto tal que, por ejemplo, le valieron la expulsión y el impedimento de ingreso a Indonesia durante un cuarto de siglo por parte de la dictadura de Suharto, entre otras peripecias.

De modo que la actividad de Anderson excede la excelencia de sus recorridos históricos, relevamientos antropológicos, análisis lingüísticos, perspectivas políticas. Suma el testimonio personal de las historias de vida que se iban cruzando a su paso, la descripción de la vida cotidiana, el relevamiento de ritos y creencias, el contraste fáctico con el modo de vida occidental, el desciframiento de las lógicas internas de cada cultura. Factores que hacen de este flamante Una vida más allá de las fronteras, su obra póstuma, un reservorio excepcional de materiales vívidos destinados a los estudios sociales y culturales, que se combinan con unas memorias sui generis, esta vez dirigidas a su público tradicional, con extensión al lector ávido por despejar del exotismo la riqueza cultural de pueblos que se descubren no tan apartados de las costumbres propias.

Entre los múltiples recortes que Una vida… cobija, el relato de ese espejo etnográfico que echa por tierra la universalidad de sus preconceptos, y que el autor denomina “choque cultural”, brinda un profundo panorama de la construcción tanto de una perspectiva interna como de una posición teórica y metodológica. Cuenta, sin ir más lejos, que recién llegado por primera vez a Yakarta en 1961, fue gentilmente alojado en la casa de la viuda de un juez de la Corte Suprema. Al segundo día, la torrencial lluvia de los monzones le impidió retornar donde su anfitriona, a la que tampoco pudo avisar. Abatido por británica culpa, al regresar al día siguiente se deshizo en explicaciones ante la anciana dama. “El monzón es así. Uno puede quedarse atascado en cualquier parte, y los chicos nunca dejarán de ser chicos”. Respuesta sorprendente, de la que Anderson extrae notables enseñanzas, al concatenarlas con otras observaciones.

 

 

Mujeres de Java.

 

 

En otro momento, el autor se detiene frente a un descampado donde pibes de entre ocho y doce años, muy humildes, se disponían a jugar al fútbol. Tras tirar al aire una moneda, “el bando perdedor se sacaba solemnemente los pantalones cortos (no llevaban ropa interior). De ese modo, diferenciaban un equipo de otro. No había arcos, desde luego, pero traían con ellos a cuatro hermanas y hermanos pequeños, aún más en edad de gatear que de correr, y los usaban con todo cuidado como postes móviles”. De lo que colige “la facilidad con que los varones se desnudaban en público hasta llegar a la pubertad, algo inimaginable en Irlanda o estados Unidos”, así como “la intimidad entre hermanos”. Y de ahí en más, ata una situación con otra para arribar a un compacto cuadro de la economía de los cuerpos y sus relaciones.

En esta vía, Anderson consigna un encuentro en el mercado con “una mujer joven, mugrienta y completamente desnuda, con el pelo largo y enredado que le llegaba hasta el trasero”, a la que los parroquianos no le prestaban mayor atención; eventualmente le obsequiaban algo de comida. Interrogada una vendedora, repuso: ‘¡Pobrecita! Algún hombre debe haberle roto el corazón y se volvió loca’”. Reiterado el suceso en otras situaciones, con hombres y mujeres en similar condición, señala “que tal vez esas pobres criaturas, que no le hacían daño a nadie, estaban mejor que los locos en Europa y América, quienes, en aquellos días, eran encerrados durante años en manicomios aislados”. Integración en lugar de segregación, constituyó para al extranjero una pauta que torció en forma definitiva un prejuicio generalizado, a la vez que le habilitó el discernimiento de los sistemas de socialización.

Sin precipitarse en un reciclaje de la teoría del buen salvaje, el investigador genera una aproximación al campo a “partir de un problema o una pregunta cuya respuesta uno no conozca”. Con la ignorancia al modo de piedra basal, genera un modelo carente de lineamientos burocráticos. Con esta perspectiva propone adentrarse en su relevamiento de los pormenores de la vida académica de los investigadores provenientes de las instituciones de los países del capitalismo hegemónico, tan diferentes en recursos económicos, anclajes teóricos y, por qué no, condicionamientos a los que rigen en nuestras universidades tercermundistas.

Sin hacerlo explicito, Benedict Anderson describe la vida en los claustros, departamentos universitarios e institutos de investigación como si fueran recónditas tribus, perdidas en un ecosistema a la vez salvaje y entrañable. Eso sí, sin el espíritu de independencia y autodeterminación que suele impregnar a los pueblos originarios. Por eso, concluye Una vida más allá de las fronteras, con una consigna: “En su lucha por la emancipación, las ranas no tienen nada que perder si dejan de acurrucarse en sus lóbregas medias cáscaras de coco. ¡Ranas del mundo, uníos!”.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Una vida más allá de las fronteras

Benedict Anderson

 

 

 

 

Buenos Aires, 2020

214 páginas

 

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