Raspando el fondo del disco rígido

Pelusitas informativas que insisten en sobrevolarnos

 

Quedó atrás un año entero y desde lo más recóndito de los meses, semanas y días transcurridos, algo siempre permanece, como rastros indisimulables de la crónica cotidiana. Se trata de temas, acontecimientos y personajes que demandan un lugar, cómodo o apretujado, en el estante de la historia. ¿A ver qué nos siguen diciendo estas pelusitas informativas que insisten en sobrevolarnos?

  • Hay un espacio en el Mundo Internet llamado Diez Palabras que me resulta apasionante. Cada sábado lo edita la periodista y escritora Marcela Basch y consiste en lo que a juicio de Basch fueron las 10 palabras que más la rondaron y sensibilizaron en la semana. Ya lleva más de 50 entregas y más de 500 términos de condición protagónica. En una de ellas la palabra elegida fue una sigla: NFTDP. Alude a la inexplicable costumbre machista de algunos varones de enviar fotos de sus penes sin pedido o consentimiento previo de los destinatarios, casi siempre mujeres. NFT son las siglas de No Fungible Token () en tanto que DP es Dick Pic, explicable como foto pene. Una cibernauta española avisa y nos facilita entender, sin traducción: “Si recibís una foto polla de un indeseable la podéis convertir en un NFT e incorporar la toma para siempre a un registro público que no se puede borrar y para que todo el mundo la vea “. Es probable que esta forma de escrache virtual ponga un límite a los pervertidos que imaginan que sus penes son obras de arte dignas de exhibirse. Pero también puede suceder que la discutible reproducción llevé a un machirulo (y encima narcicista) a decir entre sus amistades: «¿Viste dónde salí?»
  • A propósito de estos mundos raros. En los Estados Unidos funcionan numerosas aplicaciones de citas personales. A partir de la pandemia las más importantes, e incluso prestigiosas, piden a los interesados/as que incluyan en sus perfiles si ya están vacunados contra el Covid, si la dosis es completa, si sumaron el refuerzo y que marca de vacuna es la que le aplicaron. Sin embargo, nada dice acerca de otras condiciones de los/las candidatos/as: si son jodidos, violentos, o cuántos cadáveres llevan acomodados en el closet. Imaginaba entre dos amigas el siguiente diálogo:

–¿Cómo te va con tu nuevo amigo?

–Ah, ¿no te conté? Lo dejé.

–¿Resultó un psicópata?

–No, mucho peor: un antivacunas.

–Ay, amiga. Vos la misma exigente de siempre.

  • Es notable lo rápido que naturalizamos todo. Hay una cantidad de cosas que deberían colocarnos en alerta máximo y en estado de indignación, pero ya las observamos como si nos acompañaran de toda la vida y no hubiera nada que hacer para modificarlas. Me duele ver que con los transportadores de encargos (“Llamemos al delivery, vieja”) la tracción a sangre volvió a instalarse en la ciudad. Tristes jefes de sí mismos, independientes de toda falsedad, trabajan no en negro sino en negrísimo. Arriesgan vehículo propio (bicicleta, moto) y fundamentalmente el activo menos asegurado y más difícil de reponer: su propio cuerpo. En libros y escritos propios sigo las lúcidas reflexiones de Natalia Zuazo que llama a este fenómeno “la uberización de los servicios” y “el sumum de la economía colaborativa”. Claro: me dirán, es un trabajo. ¿Es un trabajo o es una clase de ocupación que remite al clásico dicho: pan para hoy, hambre para mañana?

 

 

  • El gobierno de la ciudad no se anda con chiquitas. Dependiente de la Jefatura de Gabinete de ministros, y dentro de la Secretaría de Innovación y Transformación Digital titila el neón de una subsecretaría cuyo nombre parece un chiste de Capusotto: Políticas Públicas basadas en Evidencias. Así la definen: “Todas las decisiones que tomamos en la Ciudad están basadas en datos y en evidencias”. Parafraseando al viejo General, la única evidencia es la realidad. Y esa realidad indica que la ciudad gasta millones en macetas totalmente disfuncionales (tan inútiles como los llamados bolardos) y no dedica idéntico empeño monetario para resolver vacantes escolares, para hacer crecer la conectividad en los barrios más vulnerables y para ofrecer refugios dignos a los que se quedaron en la calle. Para ser precisos: los macetones son cerca de 700. Diez veces esa cantidad son las mujeres, hombres y niños que cada noche deben atravesar las horas de “descanso” duermeveleando en la dura calle.

 

 

 

  • En 1985, o sea en el siglo pasado, el recordado Carlos Marcucci escribió una columna titulada La Argentina que se achica de noche, que aludía a que, mientras el músculo de muchos duerme, la ambición de otros tantos no descansa. Hace 37 años, y ahora igual, o peor, la infernal maquinaria del criminal descuidado de precios y la reducción de envases cumplen una tarea maléfica. Pero el menú de engaña pichangas en los productos de consumo masivo no para allí. Mientras no se termina de aplicar la que sería la utilísima ley de etiquetado frontal, el estimado consumidor es timado con cosas que parecen, pero no son. En las góndolas, entre las leches de verdad figura un alimento en base a leche. Muchos lo llevan porque es más barato pero además porque, de buena leche, caen en la confusión. También está en oferta un aderezo a base de queso procesado con almidón y con aroma a queso rallado natural. Y para que nada falte en la nueva mesa de los argentinos ahora también hay un estirador de hamburguesas caseras. La precarización alimentaria está servida.

 

 

 

  • Una de las novedades más sorprendentes del año pasado fue que el agua (sí, claro: esa que sale de las canillas, aunque no de todas) comenzó a integrar la tabla de valores a futuro en la bolsa neoyorquina. “Me la veía venir, cuando en la playa empezaron a cobrar el agua caliente para el mate”, acotó, clara como el agua, la escritora Margarita Mainé. Ella tiene publicada una novela en la que países poderosos, afectados en buena parte del año por la falta de sol, le compran rayos cálidos a un país pobre pero muy caluroso. Ya desde antes no era un derecho humano consagrado, porque 700 millones de seres humanos carecen de este bien. Muy próximamente, manipulada por los poderosos de siempre, el agua pasará a ser un lujo. La pregunta de cajón es: ¿cuándo se sumará el aire, que todavía sigue siendo gratis, a ese mundo que funciona en Wall Street?
  • No advertí una triquiñuela más infame que una (de tantas) de la oposición política al actual gobierno, comparando la cantidad de muertos por Covid con los 30.ooo desaparecidos durante la dictadura. Nunca creí que llegarían tan lejos, pero de ese modo procedieron. E incluso, a su manera, festejaron cuando los fallecidos por el cruel virus triplicaron la cantidad de víctimas del terrorismo de Estado en los años ’70 y ’80. Al principio de la pandemia imaginábamos que de esa situación tan crítica e indeseable el mundo todo saldría mejor. Esto es la prueba concreta de que la humanidad no salió dando un paso superador.

 

 

 

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