Recrear la epopeya social

El gobierno debe recrear una nueva epopeya, derrotar la desigualdad y construir una sociedad equilibrada

 

Perón gobernaba la Argentina al momento de mi nacimiento. El país era un tembladeral, la oligarquía lo acusaba de dictador a pesar de haber sido designado en elecciones democráticas y libres. Un diarios como Clarín, que en un primer momento fue desmesuradamente crítico, fue modificando paulatinamente su perfil opositor, aunque sin llegar a ser oficialista. El matutino La Nación, por el contrario, fue en todo momento un férreo opositor de aquel proceso. A Perón poco le importó la crítica de los “grandes medios”: sentía que tenía una misión que cumplir y la cumplió. Apenas llegado al gobierno encaró reformas estructurales que cambiaron la Argentina. La lucha social fue su gran bandera, lo cual quedó reflejado en la Constitución de 1949. Incluso la marcha peronista le dedica una estrofa:

Por los principios sociales

Que Perón ha establecido

El pueblo entero está unido

Y grita de corazón:

¡Viva Perón! ¡Viva Perón!

Esa defensa de los derechos sociales conformó el alma del movimiento peronista, transformándolo en un movimiento político relevante reconocido nacional e internacionalmente, e identificado con las reivindicaciones populares de los que menos tienen.

Eva Perón representa un fenómeno social muy especial y encarnó, como ninguna otra persona, el corazón del peronismo. Desde la Fundación que llevó su nombre desarrolló una tarea descomunal de ayuda social, que le proveyó, por un lado, de un altísimo reconocimiento popular, y por otro, el descomunal odio de las clases pudientes. Fue intransigente hasta el alma, nada le importaba más que el reconocimiento y la empatía popular, y poca relevancia otorgaba a lo que de ella dijeran las élites. En 1951 se realizó en el salón de actos de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Buenos Aires la tercera Conferencia Interamericana de seguridad social, evento en el cual una Evita ya enferma pronunció un discurso donde decía: “Nuestra gran tarea en pro de la Seguridad Social será la incorporación de todo hombre y toda mujer a la organización del pueblo”. Con esa frase definió a la perfección  lo que es y lo que significa la universalidad en materia de seguridad social. Cuando fui director del Centro de Investigación y Estudios de la Seguridad Social (CIESS), órgano académico y de investigación dependiente de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social que contiene a todos los países del continente americano, me topé con el video completo de aquel discurso, para mí emblemático, y atesoré una copia que proyecto y disfruto regularmente.

Como podemos ver, tanto Juan Domingo Perón como Eva Perón son reconocidos nacional e internacionalmente como aquellos dirigentes y líderes que hicieron de la justicia social una bandera transformadora, dando lugar a una lucha social de ribetes épicos para consolidar sus bases. Esa epopeya, 70 años después, sigue vigente para todos aquellos que abrazan la causa peronista.

Con el advenimiento de Néstor Kirchner al poder, ocurre algo parecido: enfrentó sin claudicaciones a los sectores de poder, incorporó a la militancia política y al compromiso social a una impresionante marea de jóvenes y fundamentalmente desarrolló, desde lo que puede considerarse como política social, el Plan de Inclusión Jubilatoria que permitió incorporar alrededor de 4 millones de beneficiarios al sistema de previsión social, fundamentalmente mujeres. Esta masiva incorporación, lejos de producir la debacle en el sistema previsional que pregonaban los agoreros de la derecha, representó la herramienta fundamental que permitió transformar la depresión económica de esos años en un crecimiento y desarrollo sostenidos. Vale recordar que también otorgó en cuatro años doce aumentos consecutivos de las jubilaciones y pensiones.  Es decir, Néstor Kirchner realizó una segunda epopeya social.

El cambio de mando en la figura de Cristina Fernández de Kirchner significó una ratificación y profundización de esa lucha, debiendo soportar por esa decisión, y además por ser mujer, una resistencia feroz y un escarnio desembozado en los medios de comunicación dominantes. Para la oligarquía local, una lideresa resulta intolerable, sobre todo si no sigue los designios impuestos por los grandes centros de poder. A Cristina poco le importó que la fustiguen, y con una entereza única enfrentó todos los embates. Ella continuó y profundizó la tarea de Néstor con audacia e inteligencia, cristalizando la estatización del sistema previsional y la desaparición de las AFJP; instauró la ley de movilidad jubilatoria, que generó un crecimiento de los haberes del 36,5% en términos reales, es decir por encima de la inflación, y amplió el plan de inclusión jubilatorio para cubrir universos aún no contemplados. Estas medidas dieron como resultado que la Argentina tuviera la jubilación más alta y el mayor índice de cobertura previsional de toda Latinoamericana. Esta fue la tercer gran epopeya de la seguridad social de la historia de nuestro país.

Pero luego llegó el macrismo y, como un tsunami, se llevó por delante todo lo que significaba una seguridad social inclusiva, hiriendo significativamente a esa gesta. Sin embargo, las epopeyas nunca mueren, en épocas desfavorables se resguardan en almas memoriosas, a la espera de ser rescatadas e izadas como bandera nuevamente, en el frente de una nueva batalla.

Pero en estos días, las preguntas danzan locas en mi cabeza: ¿Cuál es la epopeya actual? ¿Es necesario construir una nueva epopeya que haga honor a las palabras de Evita, respecto de incorporar a todo hombre y mujer a la organización del pueblo?

Algunos números me ayudan a ordenar el pensamiento: en diciembre de 2015 había 3.129.178 de titulares de jubilaciones y pensiones otorgadas sin plan de moratoria de regularización de aportes, y en julio de 2021 hay 3.192.293.  Si consideramos el crecimiento demográfico entre 2015 y 2021, deberíamos contar con 3.421.578 beneficiarios en esas condiciones, lo que demuestra que, en concreto, hoy tenemos 229.285 beneficiarios menos.

Con el plan de inclusión jubilatoria pasa algo similar: en diciembre de 2015, 3.389.852 de personas habían accedido al beneficio con las facilidades del plan, mientras que en julio de 2021 el guarismo asciende a 3.552.941. Si al igual que el ejemplo anterior, consideramos el crecimiento demográfico registrado en el periodo 2015-2021, quienes tienen un beneficio con las facilidades del plan deberían ser 3.706.610, es decir 153.669 más que en el presente. En total el sistema perdió cobertura en 382.954 beneficiarios. Esto quiere decir que hay más de 380.000 personas, en su mayoría mujeres, que no reciben nada. A menudo me espanto al escuchar que el problema previsional se circunscribe a la cuestión del monto de las jubilaciones, sin ver que lo más dramático está en esas 380.000 personas que no reciben nada, son mayores y no tienen otra alternativa que acceder a una jubilación para tener una vida medianamente digna.

Es verdad que el FMI aprieta, que todavía hay pandemia y que vivimos una crisis económica de enorme profundidad, pero no es menos cierto que las grandes crisis son una oportunidad para desafiar la adversidad, cambiar el paradigma y seguir con la lucha. Lacan decía que «cuando estamos ante algo imposible sólo queda un camino: hacerlo. Lo imposible está para hacerse, no es para prometerse, claro que tiene un requisito: no retroceder ante el deseo imposible que nos habita». Creo en definitiva que el gobierno debe recrear una nueva epopeya, derrotar la desigualdad y construir una sociedad equilibrada. Hay que derrotar la desesperanza, y eso se logra, en mi opinión, con el Ingreso Básico Universal (IBU).

En los días posteriores a la elección, muchas voces hablaron de la necesidad de instaurar el IBU. Muchos hicieron hincapié en que su implementación no depende de una cuestión presupuestaria sino de una decisión política que permita recrear la esperanza en los sectores populares y dé contenido a una nueva epopeya, opinión que comparto. No es simple, lo sé, siempre los intereses a vencer, de adentro y de afuera, son enormes. Pero hay que enfrentarlos porque eso es, precisamente, lo que hicieron Perón, Evita, Néstor y Cristina. Ese es el camino a recorrer.

Se puede perder una elección, y hasta varias. Pero lo que no está permitido es claudicar en la lucha social. Hay que identificar y aceptar los desafíos de la época, y dar la lucha, si no ya estaremos vencidos.

 

 

 

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